jueves, 10 de marzo de 2016


















La novia














Juan Carlos Herrera














Para mi madre Mariluz Movil,
a quien cuando yo era un niño
le escuché contar esta historia que asombra









Y la novia sin novio se va a quedar.

Juan Segundo Lagos









1

Esa noche fresca de agosto, Manuel Deluque fue la persona que más se enamoraría en la fiesta. Desde que estuvo adentro, se dio cuenta de que la rumba estaba encendida desde hacía rato, que el licor abundaba por todas partes celebrando el milagro de la alegría misma, y que las almas que lo descubrieron se pusieron contentas como si su búsqueda de una nueva vida era el único sentido que tenía tanta música. Llegó con una chaqueta gris bajo la cual tenía una camisa blanca manga corta, pantalón negro y zapatos de cuero de idéntico color, se veía recién bañado y afeitado, despidiendo un fuerte olor de colonia María Farina, y tenía tantas ganas de beberse un trago que sólo cuando de entrada se tomó uno caliente recordó entonces quién era. «Fue lo primero que lo hizo ser alguien diferente», diría un testigo después. «Era que quería olvidarse de algo malo que le había sucedido.» En verdad, era un hombre de poco menos de veinticuatro años, de cabello negro y liso, de cara morena y nariz con filo, dando como resultado una apariencia simpática y en cierto caso en el resto del cuerpo su contextura fuerte, y era muy allegado a esa casa donde había sido invitado de una manera especial. Emocionado por el calor de bienvenida tuvo la sensación de sentirse muy bien, y pronto se integró al espíritu festivo que estaba dominando el ambiente, porque de veras aquel parecía el último lugar sobre la tierra donde quedaba la gente más feliz de la especie.
En menos de lo que pensaba, al haber tantas personas en la reunión llena de bulla, su presencia inesperada que fue novedad se hizo poco a poco desapercibida, y muchos comenzaron a hablar y bailar hasta el infinito, haciendo de ese espacio una atmósfera de alegría que podía sentirse en el resto del Caribe. La música de salsa puertorriqueña se escuchaba repetidas veces, contundente y sin parar, y no parecía salir en esos instantes del poderoso equipo de sonido de la sala sino venir bajo las nubes, por impulso del viento y encima del mar desde las mismas Antillas. En efecto, aquello hacía parte de la cultura de Barranquilla, una ciudad que de noche recibe las brisas de todas partes del mundo. Las risas, los gestos de amistad, el regocijo que se inventaba con tal de agradar a todos, así como el espíritu resplandeciente de los invitados más importantes, eran suficiente incluso para que los que pasaran por la calle también sintieran que aquella situación era de ellos, aunque la verdad es que era ajena al resto de la ciudad que intentaba dormir. Las canciones de cualquier otro género constantemente eran bastante fuerte y no había esperanza de que les bajaran el volumen, las pisadas en la sala marcaban el compás del júbilo desencadenado, y había mujeres tan hermosas presentes en la fiesta, que aquello en vez de ser un homenaje a la diversión lo parecía más bien al mismo amor que esperaban de ellas. En la sala, Manuel Deluque se sentó en una silla, conversando con un amigo, tomando tragos de whisky con hielo, y hablando con tanta agitación sobre un tema, que nadie sabía si era por el tema o por los efectos rápidos del whisky. En ningún momento estaba fuera de lo normal, y sólo daba la impresión de ser uno más en medio de aquella algarabía, donde algunos pensamientos tenían que ser pronunciados en voz alta para poder realmente existir. La rumba apenas estaba iniciando, y él más que nadie estaba convencido de lo larga que a veces podía ser también la vida cuando es buena.
Las personas de la casa habían organizado aquel programa de son y retumba, para despertar la emoción que unía a conocidos y amigos por conocer. Era algo que muchos esperaban, porque era sabido que a la mayoría de las vidas que estaban allí les gustaba fiestear antes de acostarse a dormir. El anfitrión y su mujer, habían invitado a todo cuanto pudieron para descansar de una larga semana de labor, que no se parecía en nada a ese momento tan explosivo donde los empleados de ciertas empresas ahora pasaban a ser los protagonistas. En realidad nadie faltó, no tanto por la gran música de Héctor Lavoe que parecía resucitado, presente y activo en el ambiente, con el sonido estrambótico de El día de mi suerte que servía para bailar bien, sino porque era bien sabido que en aquel lugar a la medianoche se repartía un sancocho de hueso carnudo que despertaba a los borrachos que quedaban casi como muertos, y dejaba la sensación de que comer era más sabroso incluso que estar pegado a la pareja que acababan de conocer. Así que mientras en otras partes de Barranquilla, quizás otra gente rumbeaba sin parar, allí estaban pendientes de que fuera más allá de la mañana y por siempre. Por eso todos se sentían muy bien en aquel espacio, y algunos se asomaban a la calle y miraban la luna llena, la cual por su intensidad garantizaba que aunque faltara de pronto la luz eléctrica podían continuar bien con la rumba. Eran muchas las mujeres que habían sido invitadas, bellas y jóvenes, alegres y pícaras, inteligentes y admiradas, siendo interrumpidas por los hombres que las sacaban a bailar sin parar, haciendo más de ellas el sentido certero de la programación de esa fiesta. Las historias de trabajo tampoco faltaban, aunque había personas universitarias que estaban presentes, y vecinos de las casas de al lado, sacudiendo el alto ánimo prendido allí que tenía que ver con todo, menos con la aparición más adelante de una persona que ya estaba muerta.
Manuel Deluque tenía muchos amigos presentes en la fiesta, porque era bien sabido que era un buen muchacho, carismático e inteligente, y que su sentido de la amistad era el verdadero reflejo de su gran personalidad. Casi todos querían hablar con él, cuando estaba sentado y concentrado en un tema, y varias mujeres que no lo conocían lo miraban por eso. En seguida, se preocupó al llegar de tocar el hombro de cuanto pudo, manteniendo ese modo de ser que lo caracterizaba y producía que le cayera bien a la gente. Era divertido, bastante alegre si estaba bien, y era señalado como alguien humano, un personaje que en cualquier parte recibía un trato precisamente por su excelente muestra de simpatía, ésa que le permitía hacer grandes amigos al instante con sólo saludar a los hombres. Era lo que siempre lo definía, aunque al parecer estaba viviendo una pena oscura en el alma, que cuando se quedaba callado lo gobernaba con sus leyes por dentro. Sólo que en medio de tantas personas, demostraba una vez más ser así, fuerte y dinámico, recuperando aquella energía que lo hacía resaltar por encima de los demás, como si lo persiguiera una luz estelar, porque en verdad desde que llegó él se tuvo en cuenta que ya no faltaba nadie más para continuar hasta el amanecer.
-Esta noche será el comienzo de una nueva vida –se dijo a sí mismo.
En su interior, sabía que había algo que lo aquejaba de una manera profunda, en la que nadie que estaba allí lo podía ayudar por mucho que quisieran. Si estaba presente en la sala, para la sorpresa general, era huyendo de un tormento que antes de entrar a aquella casa, parecía por un momento haber quedado en la calle. Aunque resultara casi mentira, la notable mujer que podía decir que era su novia ya no lo era, y a él le dolía su ausencia, como si sintiera la frialdad de lo que algún día podía ser su propia muerte. Al no estar con él, eso le embargaba bastante en el fondo, aunque pusieran más aquella canción de Jerry Rivera que no pasaba de moda, y que levantaba el ánimo de muchos protagonistas de nuevas situaciones sentimentales. Era el ser que más amaba, por el cual había jurado sentar cabeza y meterse a vivir con alguien en una casa de paredes blancas y ventanas de vidrio azul, sintiendo que era el único sentido que tenía su vida, porque él era el hombre que más se había enamorado alguna vez de ella.
Días antes, había desaparecido como un ser que se fue haciendo invisible ante su mirada. En una ocasión en que la visitó en su casa, era una mujer diferente, alguien que parecía desconocerlo en cualquier parte, delante de los demás, dejando en claro que ya no se quería identificar públicamente con él. Durante las últimas semanas, anduvieron juntos sin tanto apego, sobre todo por parte de ella, que ya no necesitaba de su aire para respirar, ni de su dinero para vivir, ni de sus sueños turquíes para crear su propia realidad. Él no podía creerlo, porque siempre había tenido la certeza de que era el hombre de su vida, aquél que había nacido especialmente para quererla hasta con lo que traían sus días. Entonces en una ocasión le preguntó qué pasaba, y ella, preparada para eso y mucho más, le dijo que ya no lo amaba. Para Manuel Deluque, ése fue el principio de su desgracia, la que lo llevaría a la misma perdición, al horizonte de sucesos de un agujero negro, porque estaba tan acostumbrado al amor de ella, que cuando no lo sintió comenzó a morir sin encontrar un remedio. No hallaba por dónde tomar rumbo, y de eso se daban cuenta muchos, sobre todo aquellas personas que tenían claro que estando embelesado era más cuerdo que al andar solo como un hombre sin trabajo. Era Elizabeth Linero la mujer de la que más estaba enamorado, y estar sin ella era dudar de esa misma vida donde la había conocido. No hallaba cómo salir de su recuerdo, escapar de su imagen esbelta, aquella que entendía sembrada en lo más profundo de su ser, porque incluso sin verla la olía bien, la concebía en la superficie de su piel, y le parecía que sólo continuaría respirando si estaba a su lado, dándole cierta clase de besos y delicadas caricias, y sentía que ni siquiera viendo venir a sus brazos a la mujer más bella del Universo la podía olvidar, porque entonces con toda seguridad era ella.
Desde entonces, se convirtió en un hombre que nadie conocía. En la oscuridad donde estuvo agonizando durante unos días, nadie podía verlo ni sentirlo respirar y evitaba la calle por miedo a la luz solar, donde las mujeres que pasaban no le servían de consuelo, porque ni siquiera eran amigas de ella. Según las personas que más lo conocían, parecía imposible que pudiera volver a salir de ese letargo, de curar su corazón destrozado, y estaba tan deprimido últimamente que apenas quería volver a pensar en el amor, convencido como mucha gente de que lo que más hacía sentir bien a un hombre en la vida tarde o temprano lo hacía sentir peor. No daba para vislumbrar su propio porvenir, aunque apenas se le ocurrió buscarla de nuevo, ya que estaba convencido de que en cualquier parte donde se encontrara ella, tenía que estar gozando de una nueva vida que sólo empeoraba la suya. La única salida que veía era volver a estar junto a sus amigos, algo que poco a poco fue sucediendo, y cuando veía la realidad que lo rodeaba se dio cuenta de que a pesar de lo mal que había estado, este mundo con sus calles era mejor para otras personas que ya no pensaban en el amor. Ésa era la razón para pensar que se podía dar otra oportunidad en la vida, reconociendo aún al recapacitar que se volvería a enamorar de nuevo, que sería algo imposible mientras Elizabeth Linero siguiera en su recuerdo. Cuando fue invitado a esa fiesta, apenas lo pensó, dispuesto a comenzar en un estrecho sendero, que cada vez más lo llevaba a sentir la presencia de la muerte.
De manera que tenía intensas ganas de estar allí, como el ave Fénix resurgida de sus cenizas, pero no quería tanto bailar al igual que otras veces, porque le daba la sensación de que hasta esa grandiosa fiesta había sido inventada de la nada sólo para que se olvidara de ella. En muchas ocasiones, tomó repetidas veces del trago, hasta sentir que la cabeza le estaba comenzando a dar vueltas, como si en realidad estuviera cansado de bailar el mismo pase del hombre triste. Se pasó de trago varias veces, sirviéndolo él mismo, y a veces riéndose sin tanto sentido. En algún momento, había notado que estaba borracho, pasado de tragos y hundido en la amarga pena, porque inclusive las canciones que menos le gustaban le fueron animando a ponerse a bailar. «Sólo que no encontraba con quién», diría. «Por mucho que miraba alrededor, nada se parecía a lo que yo en el fondo deseaba.» En un instante, creyó que allí todos estaban pendientes de él, quizás porque su historia de desamor era muy bien conocida, pero la verdad es que la mayoría lo miraba porque parecía hablar a gritos, buscando siempre que su voz fuera superior a la de Rubén Blades que estaba sonando en el disco. Las caras de los amigos más cercanos, eran un espejo en el que se miraba bien, porque algunos también se habían hundido pronto en los efectos del trago, y entonces por un milagro instantáneo comprendían muy bien no tanto lo que estaba diciendo como lo que estaba sintiendo. Por ratos se sentía un poco bien al pensar en ella, aunque la verdad es que ésta se fue volviendo de nuevo irreal, desapareciendo bien en la lejanía, alejándose hasta de su recuerdo para siempre, rumbo a la negrura de muerte, y comenzó a mirar a las otras mujeres que fueron cobrando protagonismo por la esencia densa de la alegría, y que le recordaban con el sabor exquisito de la salsa que podían existir en lugar de ella, si tan sólo las observaba un rato. En efecto, Manuel Deluque comenzó a ver con más interés a aquellas mujeres que estaban presentes, como si de pronto se hubieran vuelto más voluptuosas, sólo porque durante unos minutos se les estuvo acercando y tropezando a propósito. Alguien que pasó a su lado y que él jamás pudo ver, incluso le dijo:
-Ojalá consigas a alguien que te haga olvidar de ella.
Lo mejor de todo, es que le pareció que aquella fiesta comenzaba sentirse en la ciudad. En verdad, más de un vecino debía estar trasnochándose por lo que sucedía allí, a pesar de que era un festejo por el buen regocijo, y que algunos durmiendo en la cama soñaban sin dudas con el amor, cuando sentían a todo volumen la música romántica de Jerry Rivera. En la calles, la onda retumbante de la música parecía mover más la hojas secas del suelo que la misma brisa. Era como si estuvieran interrumpiendo la tranquilidad de los demás, pero nadie allí adentro se preocupaba por eso sino de que él se divirtiera de veras, porque sabían que estaban en un barrio popular de la ciudad, donde durante el día la bulla de la gente era quizás más grande que la que emitía aquel equipo de sonido, que en esos momentos de la fresca noche era lo único que estaba sonando en el mundo. Aquello era el deleite que contagiaba la atmósfera, que iba lejos, lejos, a donde cualquiera que estando falta de ánimo se podía contentar. De paso, estaba haciendo levantar el ánima en uno de los sectores más conocidos de la ciudad.
En serio, el barrio Boston era uno de los más tradicionales de Barranquilla. Hecho al modelo norteamericano, era un lugar popular, distinguido y bastante habitado, porque tenía la ventaja de ser muy fresco y tener la cualidad de ser también uno de esos contornos que entre uno más bajaba por sus calles, más iba retrocediendo en la historia. Su puesto era bien conocido, siendo en el pasado construido por un famoso arquitecto estadounidense que trató de imponer el estilo de su país en una ciudad nueva, que en medio de la nada iba apareciendo a paso vertiginoso en la arena despoblada en la que sobresalió la construcción de aquel barrio moderno, aunque lo único que no pudo traer fue el clima frío de su lejana tierra. Desde entonces, muchos eran felices allí, precisamente por eso, disfrutando de aquel espacio que resultaba tan familiar, donde los vecinos parecían querer vivir hasta el final de sus días en el mismo sector donde habían nacido. La cultura que más se respiraba era la música, y era normal por eso ver en las terrazas a hombres sentados en las tardes tocando cualquier tema, compartiendo con sus amistades grandes recuerdos, uno de ellos por ser el lugar donde en una ocasión de parranda en la casa del periodista y compositor Lenín Bueno Suárez, el cantante Rafael Orozco y el acordeonero Israel Romero habían sellado para siempre la unión del Binomio de Oro. Los talleres, la vida, el ruido del día, hacían de aquel territorio donde a muchos les gustaba estar, y cualquier trabajador podía sentirse identificado con un ejecutivo aunque tuviera las manos llenas de grasa, porque era bien sabido que allí el trabajo daba para comer y piropear con el mejor humor a las mujeres que pasaban. Era un buen sitio, por supuesto, y era sabido que en el día diversas personas que haciendo un mandado sólo pasaron una vez por allí, habían tomado la decisión de quedarse a vivir.
Por su parte, Manuel Deluque seguía un poco distante, sintiendo que se habían olvidado de él. Más de una persona estaba casi en la misma situación suya, volviéndose casi desapercibida por tanta diversión ajena. De manera que al levantarse de aquella silla para saludar a otras personas que no había visto antes, se vio igual a una persona que ya no estaba enamorado de una mujer, sino de la fiesta nueva. En esos momentos, estaba lejos de tener el protagonismo principal, como el que tenían los anfitriones y las mujeres más bellas que irradiaban pasión nada más con sonreír, pero desde entonces presagiaba un poco la tragedia oscura que esa noche lo iba a hacer entrar en la historia. Las horas pasaron sin que nada las detuviera, y bastaba mirar a la calle solitaria que estaba enfrente para resumir que quizás algunos vecinos durmiendo estaban era soñando con cosas a años luz de aquel ambiente, mientras ellos los representantes del baile se preguntaban cómo podía estar bien la demás gente del mundo, si no estaba brincando y viendo a las mujeres vistosas que había en esa fiesta. Mientras demoró un rato parado, Manuel Deluque sintió que si se lo proponía podía ser el actor de aquella alegría, pero prefirió estar inadvertido, que era la costumbre en él en los últimos días, y seguir pensando en la mujer que no había podido acompañarlo hasta ese baile porque el amor no le había alcanzado. Recibió otros tragos, y cada vez que le bajaba caliente por la garganta sentía que le sabía a ella, y la fue olvidando para siempre como si se hubiera muerto por su oscura rabia. En medio de su espíritu solitario, sentía que había llegado a un punto de tanta emoción, que ya podía ver objetos donde no los había, decir cosas que ni siquiera había pensado y hasta desearle que le fuera mal, porque creía que eso era lo único que le esperaba en la vida si no estaba con él. En aquel largo rato que llevaba allí presente, había visto cada centímetro de la sala iluminada con tal precisión, que podía recordar todas las caras, todos los gestos y todas las canciones que habían estado sonando en el ambiente, que poco a poco se volvía suyo porque se dilataba bien. Se sentía de todas maneras algo incómodo, quizás por ser una de las pocas personas que no había llegado al lado de una acompañante, aunque la verdad es que desde el primer momento en que fue visto por algunas mujeres, muchas de éstas soñaron despiertas ser las dueñas de un hombre que no parecía enamorado de alguien a la vista sino de un recuerdo. Él no se había dado cuenta de eso ni de otras cosas más, y pretendía seguir integrándose a la rumba cuando, de un momento a otro, sintió la influencia de una mujer diferente en la sala.
La atmósfera, desde que había llegado, no había sido jamás parecida en esa mágica escena que no volvería a ser la misma, en la que un verdadero poder invisible lo estaba envolviendo por completo. Deduciendo que era una fantasía producto de aquel ambiente paradisíaco, no se molestó en mirar alrededor suyo para descubrir quién era el ser incógnito que lo estaba mirando, de tanto sentirse pensando por alguien que también estaba presente. Sólo que llegó un segundo en que aquella posesión se manifestó tanto, que ya no pudo ignorarla: era una mujer de cara agradable con un cabello castaño largo que en ningún momento anterior había podido ver, sentada de forma apartada y solitaria, teniendo un vestido blanco y manos trigueñas al igual que el resto de su piel, dueña de una imagen tan sobrenatural, que pensó que había surgido de su mente porque era ideal a como a él le gustaban. Estaba claro que la alejaba el silencio, examinándolo fijamente desde hacía un rato, y él se dio cuenta de eso por la manera en que la sintió en seguida una amiga más, que nunca nadie le había de presentar. «Era la mujer más bella que había visto en mi vida», confesaría después. No sabía en qué instante había aparecido, ni con qué intención, pero lo único claro es que tenía varios minutos de estar sola, esperando estar en sus ojos. Aprovechando que estaba de pie, Manuel Deluque se acercó al rincón donde estaba ella, ajena al ambiente desaforado, por lo que se preguntó por qué antes no la habían sacado a bailar. Cerca de su humanidad encantadora, le tendió la mano con cortesía para invitarla al baile.
-Una canción -le dijo él, temiendo que ella lo rechazara de inmediato.
Era tan hermosa la joven que se levantó obedeciendo a sus órdenes, que hasta creyó que era producto de su imaginación, pero al sentir su aire, su perfume seductor en el cuello, su sensibilidad de esencia puramente femenina, comprobó que era real como el resto de las demás mujeres, con la gran diferencia de que la que ahora estaba en sus brazos era la única que podía arrastrarlo a los mismos sueños de ella. Teniéndola cerca, sintió que era el hombre más afortunado de la raza humana, por estar abrazando a una mujer que ahora respiraba en sus oídos, posiblemente dándose cuenta de que él estaba preocupado, porque creía que cuando se acabara la canción que bailaban, terminaría la especie de amor instantáneo que estaban viviendo. En esos minutos, él sintió en verdad que estaba profundamente enamorado de ella. El ritmo que compartían era especial, porque era romántico e ideal para la ocasión, e identificaba esa situación de encanto que lo tenía embrujado, como si ella era la mujer que siempre había querido conocer para entender el único buen sentido que tenía nacer en la vida. Su manera de bailar, lo delató una vez más como un buen bailarín, y su pareja correspondía a sus impulsos con la sapiencia de una hembra que está a su lado sólo para acompañarlo, correspondiéndolo en todos los extremos, en la intimidad que sentía en su sudor, y hasta sintió que si en ese instante le hubiera querido dar un beso en la boca, ella gustosa lo habría aceptado. Aquello parecía un milagro que nunca le hubiera ocurrido estando sobrio, y no podía comprender bien lo que pasaba. Cuando estaba acabando la canción, pensó que se acercaba de nuevo la desgana de vivir. A la sazón, al ocurrir eso y dejar de bailar, le dijo para que ella se acordara de él por siempre, en caso de que no continuaran una pieza más, que era la mujer más bella que le había dejado ver la vida.
La frase debió sonarle muy divertida, porque cuando comenzó la siguiente canción, la misma muchacha lo tomó de las manos y le enseñó que el mejor modo de bailar al lado de una mujer tan especial como ella, era en efecto amándola con toda el alma. En su interior, Manuel Deluque no podía creer en aquel prodigio, y se enfrascó en seguirla a donde quisiera, consciente de que prefería estar muerto que seguir en una vida que ahora le pareció más triste, sólo porque nunca había estado ella. Era salvaje, elegante, llena de una fantasía de mil colores y considerable hermosura multiplicada, a pesar de que su espíritu resplandeciente manifestaba que no debía sentir por él algo más grande que lo que sentían los vivos, que eran conscientes de su tremenda apariencia que encendía las ganas de quererla. Sintió amarla en verdad y ver que ella era amada con complacencia, nada más porque le tocaba las manos, las caderas, su humanidad completa que lo tenía tragado, gracias a la confianza que le permitía la música. «Si por lado mío hubiera sido, nos hubiéramos ido en esos momentos», recordaría él. «Pero es que sabía bailar tan bien, que uno sentía que aunque estaba vestida y de pie, de alguna manera le estaba haciendo el amor.» Al acabar la segunda canción comenzaron a bailar juntos la siguiente, y él sintió que sería suya para siempre. Lo mejor de todo, es que bailando Cómo te quiero con esa extraña, miró que ninguna persona estaba tan emocionada como él por su presencia provocadora, y pensó que eso era lo mejor del amor, porque nadie en esta vida amaba con tanto poder a la misma mujer que uno desde el primer momento deseaba. Entonces se entregó a los pases, al ritmo bastante sabroso, a la melodía de ensueños, y como gran fanático empedernido amó a Rafael Orozco más que a sí mismo, nada más por ser el excelente intérprete de esa canción romántica que lo tenía bailando tan íntimamente con ella. En serio, todo parecía parte de una grandiosa ilusión. «De la que no quería despertar», recuerda bien. La mujer se daba cuenta de ese estado emocional que tenía, y le trató de hacer entender que era algo ocasional, que ella no era nada, que simplemente era alguien que también lo hubiera dado todo por haberlo conocido varios años antes a él. La manera como habían cazado en un rompecabezas hizo suponer que eran la pareja perfecta, y que la fiesta sólo tenía sentido porque en el medio de la pista los dos estaban inventando el amor.
Mientras los demás bailaban, se sentaban, volvían a bailar con otras parejas y luego nuevamente se sentaban, Manuel Deluque y la hermosa joven seguían juntos, despertando las miradas de las personas que se reían al echar un vistazo al lugar donde estaba él. En verdad, jamás lo habían visto así tan contento. «Se ha vuelto loco el pobre», dijeron entre sí. Pero a Manuel Deluque eso no le importaba, y estaba seguro de que nadie lo miraba por su manera peculiar de bailar sino por la majestuosa belleza de aquella muchacha, que le daba sentido a la luz que la alumbraba. En más de una ocasión, mientras seguía con ella, la miraba a la cara, lleno de emoción, y cuando la veía entonces sonriente, confirmaba que eso era señal de que seguiría bailando con él hasta la eternidad, y la volvía a abrazar y a entregarse a esa forma de amor inicial que representa el baile. Sin saber cuál era su nombre y sin haberla besado, ya sabía que era la mujer de la cual más se había enamorado alguna vez en la tierra. Sentía hasta ganas de lamentarse por ser consciente de haber vivido una larga vida sin ella, y ésta por su forma tierna de tenerlo le daba a entender que no hiciera eso, que así tenía que haber sido, que había necesitado veinticuatro años de su vida, para tener el amor suficiente con que atraer el de una mujer como ella. En algún momento, pensó que ya habían bailado tanto y afianzado la confianza, que aunque estuvieran sin bailar, podían comenzar a hablar aparte toda la vida. Manuel Deluque aprovechó unos segundos sin ella, para acercarse a sus compañeros y saludarlos, no tanto para ver cómo estaban sino para que ellos supieran que después de haber estado un rato con la mujer más hermosa de la historia, seguía siendo el mismo tipo humilde de siempre. Pero teniendo el miedo latente de que despareciera con la misma facilidad con que había aparecido, volvió corriendo y la tomó de la mano, y comprobó que en realidad no necesitaba bailar más con ella para tenerla asegurada como con un candado. Sin embargo, en serio no estaba desesperado con que eso sucediera, porque aquella mujer tenía el don de ser igual de importante en medio de la gente, que en la soledad que luego aprovecharían ellos dos. Su sensibilidad rebosaba energía, cada vez más se contagiaba de ella, y tuvo en cuenta por primera vez en su vida que era el hombre más complacido de la generación.
Entre tanto, en el resto de la casa todo era normal. La gente, a pesar de mirarlo bastante de vez en cuando, parecía vivir en un cosmos paralelo que sólo tenía que ver con aquel encuentro de muchos, donde ahora lo único que se festejaba era la posibilidad ilimitada de beber. Algunas de las mujeres que estaban allí, vivían felices, demostrando que ser hermosas era lo mejor que podía sucederles, derrochando sus energías sanas en un ambiente que se acercaba mucho a la ternura que les daban. Lo mejor de todo fue cuando el anfitrión se puso a cantar, y las personas que lo rodeaban lo acompañaron en el coro, porque era bien claro que era una persona muy alegre, que estaba más vivo que nunca al escuchar los aplausos regocijantes de los demás. Algo que despertaba claramente entusiasmo, y sirvió para que las personas dejaran de mirar un rato al hombre afligido, quien vivía feliz con la presencia de una acompañante, que solamente él veía de los pies a la cabeza. En realidad, mucho tiempo después se hablaría del significado de aquella grandiosa fiesta, que tenía todos los atributos de ser la mejor herencia del mismo paraíso, porque fueran otras las parejas que se conocerían allí. Era fascinante lo que estaba sucediendo con el amor general, que fácilmente no volvería a ocurrir, pero muchos se consolaron cuando tuvieron en cuenta que aquello que estaba aconteciendo, al menos quedaría grabado en el cerebro de unos pocos. En efecto, ése era el lugar donde en esos momentos ocurría lo mejor de la tierra, pues las personas menos sospechosas de simpatizarse antes de cruzar la puerta, como por arte de magia al comenzar a bailar también se enamoraban.
Por su parte, Manuel Deluque no se cambiaba por nadie, pero se comenzó a preocupar viendo que la mujer que estaba a su lado no manifestaba la menor incomodidad de estar solamente consigo, porque nunca había podido creer que nadie, ni siquiera alguien como ella, pudiera sentir por él tanta atracción. Creyó que a lo mejor estaba tan acostumbrada a su clásica belleza de mujer especial, que le parecía normar ser esclava de la locura irremediable de los hombres simples como él, que en verdad la enamoraban sólo de tanto estar enamorados de ella. Era la única explicación de que tuviera tanta paciencia con él, que si todavía no la besaba en la boca era por el respeto de no saber siquiera quién era. Por eso la contemplaba, complacida y bien sonriente, y comprobó que estaba igualmente enamorada de él, habiendo visto en sus ojos la ventana del amor. La amó a cierta distancia con todo el entusiasmo de la vida, y agradeció a los ancestros primitivos de la raza humana que invocando los buenos espíritus habían inventado la música universal, que era un verdadero afrodisíaco que lo podía llevar a pasar el resto de la noche con esa mujer. «Aunque era claro que si no hubiera querido, yo más nunca me podría olvidar de ella», diría. Las ganas de conquistarla en otra parte aumentaban cada vez más, con los segundos, con los minutos, y pensó que ya llegaría el sagrado momento de estar a solas con ella en algún lugar de la tierra, donde la oscuridad de un cuarto no borraría su belleza sino que por el contrario aumentaría su calor. En realidad, era normal que a esas alturas ya ella también debía estar enamorada, y era la única razón que explicaba por qué antes de que él la invitara a bailar, no se había dejado ver de nadie más. La buena vibración de ella parecía de otro sistema de cosas, pero a él no le importaba, y pensó que si en el fondo eso era un sueño entonces iba a buscar la manera apropiada de no despertar nunca más.
Al acabar la última canción que decidieron bailar, todo paró y comenzaron a estar de otra manera. Fue cuando se dieron cuenta de que podían estar juntos, bajo cualquier circunstancia de la vida. La miró a la cara, con una cualidad que ya delataba lo que sentían de manera mutua, y comprobó que aunque no bailaran más, quería seguir muy unido a ella para que sus pieles rozaran nuevamente. Él le dijo que saliera a la terraza esperando con eso estar apartados, porque pensó que ya había llegado el momento de que ella fuera su novia. La mujer le correspondió, sumisa a sus pretensiones, sabiendo muy bien lo que iba a suceder a continuación. Mientras iba camino a la puerta, a Manuel Deluque le parecía mentira estar caminando detrás de ella, si media hora antes no sabía ni podía imaginar que alguien así existía. A ese paso, desaparecieron un poco de la vista de los demás, entrando más en la intimidad.
La calle estaba solitaria, como en realidad esperaban que estuviera. Frente a la oscuridad, bajo la luna clara y ante el ruido de unos carros que pasaban por allí, sintieron que estaban en el lugar ideal para tratarse con más verdad. En efecto, así habría de suceder, porque era evidente que tenían ganas de hablar sólo para tener una buena excusa de estar mirándose a las caras, la mejor forma de saber lo que el otro pensaba. Sentada ella en un muro, él comprendió que si sabía cuál era su nombre, la conocería mejor. Así que cuando se lo preguntó, ella le respondió con toda la naturalidad de la vida.
-Ángela Guzmán.
Fue un golpe para él, porque sólo entonces comprendió que alguien así tan angelical se tenía que llamar. De esa manera, la fue viendo con familiaridad, siendo completamente claro que la mujer que tenía cerca era la más bella que había mirado alguna vez, tanto que se sentía seguro de que si fuera estado ciego hubiera recuperado la vista para poderla ver. Mientras hablaban, él la veía sonreír, con inocencia, con placer, dejando de manifiesto que por estar a su lado, ella podía estar incluso viva como las demás personas. En vista de eso entendió que la amaría hasta la muerte, y que por estar juntos eternamente sería capaz de matar al compañero que tuviera, y enamorarla contra su propia voluntad, con tal de estar viendo por siempre esa cara de doncella, que esa noche en la ciudad era lo mejor que iluminaba la luna llena. Sintió que de ahora en adelante, podía encontrarla aunque fuera buscándola sin detenerse, porque era consciente de que alguien de esa especie sería fácilmente rastreable en cualquier parte, por la identidad de su belleza. En verdad, ya ella también demostraba saber quién era él.
-Eres una mujer muy bella.
-Gracias –dijo ella.
Manuel Deluque se sintió contento.
-Gracias a ti –dijo-, por esperar que yo te viera para comenzar a bailar.
La manera en que la miraba, dejaba en claro que estaba enamorado de la mujer, de igual modo como ésta estaba dotada de hermosura. Ésta, en cambio, no veía nada fuera de lo normal en su apariencia, y creyó que a lo mejor él estaba nervioso con su sonrisa, que veía en su cara algo que los demás no veían. Prueba de eso, era que el resto de las personas seguía adentro en la fiesta, y casi nadie salía a traerle un trago de whisky a él, nada más que con la excusa de mirarla un instante a ella. Manuel Deluque le contó cosas sobre su vida, en algún modo triste, pero ella estaba más interesada en estar con lo que él era ahora, que en lo que fue días antes. Le dijo quién era, que se llamaba Manuel Deluque, el hombre que se lo podía dar todo con tal de obtener la mejor de sus miradas. Parecían una sola persona en esos momentos, y por cosas de la vida, los perros comenzaron a ladrar habiendo percibido algo del otro mundo en el ambiente.
-Bueno, de ahora en adelante sólo quiero estar contigo –le dijo él.
Era cierto, en el fondo. Por eso siguió mirando a la hermosa muchacha que estaba junto a sí, aceptando que ella no estaba tan enamorada de él como asombrada del caudaloso río desbordado de su amor. Era la única explicación de que lo siguiera muy dulce a donde él fuera, y le sonriera con simpatía.
-Como quieras –respondió ella.
-También quiero conocerte más.
Al decirle esa frase, estuvieron a punto de amarse en la terraza, pero él no quería besar sus labios a la vista de los demás. «El amor de una mujer como ella, no lo quería compartir ni con la luz amarilla del poste», diría después. Lo mejor del caso, es que no quería estar con ella en otra parte de más intimidad, porque Ángela Guzmán tenía la cualidad de ser igual en el amor en cualquier parte donde se encontrara, aunque estuviera sentada escuchando hablar a los demás. La forma en que él había enloquecido sólo podía ser explicada por un producto de la naturaleza que ella representaba, aunque como alguien humilde pensó que no era por ser bastante hermosa sino únicamente por ser mujer. Creyó que a lo mejor él había bebido más de la cuenta, que producía que viera la belleza que ella sobre todo tenía en el alma.
-Escucha lo que te digo –siguió diciendo Manuel Deluque-. Alguien como tú era lo que siempre había querido conocer.
-Eso se ve -contestó ella con sinceridad.
En vista de eso, él supo que podía avanzar más si ya ella lo comprendía bien. Al  mirarla más, sabía que nunca volvería a ser el mismo sin alguien como ella, porque tampoco lo dejaba de ver. Sólo que no veía la manera, ni el momento, de decirle que estaba enamorado de un ser que apenas conocía, aunque le dijo que esa noche de brisas era la mejor de su vida. En serio, aunque la forma de llegar a su corazón poco a poco se estaba acercando, podía sentir sus latidos en el pecho, y comprobó que su suerte en la vida era ser hombre, porque era la única manera de estar en el frente adecuado ante lo mejor que daba el amor.
-Te voy a decir otra cosa.
-Qué.
-No sabía ni que había alguien igual a ti, con toda la imaginación que tengo.
-¿De verdad?
-Claro –dijo él-. Cuando te vi por primera vez, hasta me pareció que eras una aparición.
La mujer se estremeció, y si en ese instante él no se atrevió a tocarla de las manos y besarla, era también porque su misma belleza helénica infundía un respeto sagrado. A diferencia de cualquier otra mujer, pensó que tenía que ser venerada y honrada con la humillación propia de los humanos, antes de obtener su permiso mental de ser amada. Sus pómulos, sus labios, su dentadura perfecta, hacían de ella una diosa igual a Afrodita, a la que primero había que implorarle el amor para que tuviera piedad de dárselo a los mortales. La manera como ambos siguieron hablando parecía propia de los seres humanos, pero la verdad es que Manuel Deluque había dejado de ser una persona común y corriente desde que pudo conocer a una joven mujer, que con sólo dejarse ver ya enamoraba a los hombres. Pensó que Ángela Guzmán era amiga de alguna de sus amigas que estaba allá adentro, que había sido traída a propósito para sacarle del despecho que sentía, desde que había terminado la relación con su última novia. Pero la verdad es que la mujer que estaba con él en aquella terraza, no tenía nada que ver con eso, era demasiado grande y dueña de una belleza occidental para servir de pañito de lágrimas, cuando ella misma podía hacer salir las lágrimas. Al querer sentir algo igual a sus besos, Manuel Deluque la miraba a la cara radiante y se daba cuenta de que a veces gracias al hombre una mujer también amaba.
Enfrente, la calle seguía solitaria, que de una u otra manera espantaba por su soledad. Soplaba el viento, frío, impetuoso, que parecía venir del otro mundo, y él pensaba que quizás eso era lo que ponía a aullar a los perros. Llevaba la música romántica de allí a otro lado, produciéndole la sensación de que en casi toda Barranquilla por culpa de tal melodía, se pudieran estar dando cuenta de esa gran pasión. Las puertas seguían cerradas, porque todos dormían, sin ver el enamoramiento en progreso de la pareja, aunque no era extraño que ciertas personas trasnochadas gozaran con las canciones que allí sonaban, porque era claro que el barrio Boston tenía fama de eso, de ser muy prendido, y que hasta un sordo podía reconocer el sector por la música antillana que hacía temblar el pavimento. Mientras tanto, ellos dos parecían las únicas personas esa curiosa noche que hablaban del amor. Nada apuntaba a los fantasmas, si bien Ángela Guzmán poseía un buen trato que ya no parecía mortal, dueña de una apariencia refinada que resultaba imposible en esa época. Era evidente que era tarde, el mismo peso del cuerpo manifestaba eso, algo que a Manuel Deluque lo tenía sin cuidado, porque por lado de él sería capaz de quedarse allí hasta la mañana con tal de asegurarse, al salir los primeros rayos del sol, de que la cara angelical que estaba viendo no era producto de su borrachera. Ni siquiera los carros pasaban, como prueba de lo avanzado de la medianoche, aunque a él lo único que le preocupaba era que aquella mujer no lo fuera a querer. Por eso siguieron conversando, de una manera tan natural, que bastaba verlos un rato juntos para tener la impresión de que tenían años de ser novios.
Él determinó que lo mejor era que se marcharan de allí, a otro lugar, más lejos y cómodo, donde la soledad de una pareja se parece al amor en medio de la muerte. Sabía que ella era una mujer hecha y derecha, y que podía llevarla a donde quisiera, pero todo era un pretexto para intentar amarla en el camino de su casa. Presentía que ella iba a estar de acuerdo, y que la confianza había madurado para eso y muchas cosas más que se esperaban. Se lo expuso, para de una vez dejarla en su casa, y ella por supuesto dijo que sí. Pensaba que ninguna mujer era tan buena como ella, pero creyó que su gentileza era resultado del mismo amor. Sentía que la escena allí afuera había llegado a su fin, y se ilusionó con abrir un instante que estaba tan maduro en las mentes de ambos, que no había sino que comenzar a vivirlo. Era claro que quería estar lo más solo posible con ella, para sacarle el amor.
-Contigo voy a cualquier lugar que tenga la noche –dijo él.
De modo que sin ni siquiera despedirse, se levantó de allí, porque ya eran más de las doce. Al verlo, ella también lo hizo, sin decirle adiós a nadie, como si lo único que le importara en esta vida era él. Manuel Deluque caminó hasta la acera de la calle, donde estaba parqueado su lujoso jeep ante otros vehículos, sabiendo que nada de ese modelo la impresionaría, desde que había estado impregnada más de su ser. En verdad, desde que estaba al lado de ella, los efectos del trago se le habían desaparecido, parecían cosas del pasado lejano, y se sentía completamente seguro de manejar con cautela para llevarla sana y salva hasta su casa, la mejor manera de demostrarle su amor. La muchacha se veía más humana, obediente a sus pretensiones, porque en realidad de ahora en adelante lo seguía a él. Pero lo mejor de todo, es que hacía prácticamente lo que le decía para llevársela, como si ella misma se lo tuviera insinuando.
Le abrió la puerta derecha del carro, siendo el buen caballero que era, y luego se dio la vuelta al otro lado para montarse. En esos momentos, comenzó a sentir más a la mujer que estaba a su lado y para protegerla del frío le puso encima la chaqueta que era de él, dispuesto a ir rumbo a un lugar donde solamente podían estar los dos, que era lo que imaginaban y querían de forma interior, compartiendo aquello que ya había dejado de ser amistad para ser el mejor amor. «Al tenerla a ella en el carro, tuve la seguridad de que sería mía para siempre», afirmó recordando eso. Efectivamente, al verla sentada al lado suyo, se sintió tan bien, que supo que no tenía necesidad de llevarla a ninguna lejanía, para estar más cerca de lo que estaba de esa compañera. Desde que encendió el automotor y comenzó a alejarse de aquella casa fiestera, creyó vivir algo importante, porque le pareció que los carros no habían sido hechos para ir más rápidos a ninguna parte, sino sólo para llevar a bordo una bella mujer como ella. Aún así, quería que su casa quedara al otro extremo de la ciudad, para tener la oportunidad de conocer más en el camino a aquel ser femenino que no decía nada, ni hacía nada para impedir que él hiciera lo que quisiera, como si dejar un hombre a su propia voluntad era lo que despertaba el verdadero sentimiento de una mujer. Era algo que pasaba entre los dos, pues a él le gustaba su silencio inspirador. Después de llegar a la esquina, el jeep dobló a mano derecha porque –aunque no se lo había preguntado- era evidente que una hermosa mujer de la categoría de ella debía ser rica, y vivir por esa razón en el norte de la ciudad.
La joven mujer, de veras para su agrado, disfrutaba de ir al lado de alguien que ya le había demostrado por su precipitado enamoramiento, que la podía amar con igual ímpetu hasta si supiera que estaba muerta. En su manejo iba tranquilo, sabiendo que ella estaba respirando mejor a su lado. La ciudad no parecía ser como en otras ocasiones en esos momentos, y aún no entendía él cómo se le había aparecido esa mujer extraña bajo la luna llena. Sentía que tenía que amarla, aunque fuera a bordo del carro, y tuvo en cuenta que astronómicamente la noche era mejor que el día, porque le había traído a la suntuosa mujer que más hizo abrir sus ojos. Ángela Guzmán miraba a su alrededor, sintiendo nostalgia por todo ese paisaje que iba dejando atrás.
Pasaron por La Cueva, un lugar que en otra época a esas horas de la noche no dormía. Ninguno dijo nada, por tener en cuenta que allí se habían reunido los intelectuales más importantes de Barranquilla, aquellos jóvenes protagonistas que en medio de la exaltada alegría, mamando gallo y tomando muchas cervezas Águila, cambiaron por siempre la historia de la literatura mundial. Era el bar donde estuvieron los amigos del famoso escritor García Márquez y en escasas ocasiones también éste, haciendo de aquel espacio una leyenda que enriqueció la cultura de la Costa Caribe. Personajes como Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Álvaro Cepeda Samudio y el inquieto Figurita, participaron en tantas tertulias, reuniones y ritmos de mambo allí, que muchas personas actuales querían conocer cuál era el único lugar del mundo donde los borrachos perdidos sabían más de libros que cualquier buen lector del extranjero, pero donde las discusiones sobre las grandes novelas de William Faulkner no servían para nada sino después no daban para beberse entre amigos una botella entera de ron blanco. Era el sitio donde Obregón había pintado unos de sus cuadros, los cuales no eran tanto la prueba contundente de un genio de la pintura universal sino el mejor testimonio de esos locos tiempos inolvidables. Era todavía un local valorado, mas sin embargo, Ángela Guzmán y Manuel Deluque iban tan sumidos en el amor que frente a esa esquina pensaron que nadie, ni en el pasado ni el presente, podía haber sido más felices que ellos dos.
El resto de la carrera 43, era una soledad que no terminaba. Se veían casas a ambos lados del camino, y en los alrededores, se sentía más la fuerza de la brisa invisible que el alma de las personas. En ese sentido, ellos parecían los únicos seres que existían en el mundo, y eso los contentaba un poco, porque sólo podía haber dos cuerpos para eso tan intenso que estaban viviendo. En verdad, él le confesó que estaba muy embrujado, para que ella tuviera piedad de su perdición. Si él hubiera tenido en cuenta hasta qué punto Ángela Guzmán amaba tanto las cosas de la vida, hubiera sabido que lo amaba con profundidad nada más que por hacer parte precisamente de ésta. La miró a los ojos, que brillaban de buen amor, y supo que estaba delante de la única mujer que lo quería sin conocerlo, en el decidido recorrido emprendido, mientras estaban pasando en esos mismos momentos por la atmósfera donde estuvo la joven Mercedes Barcha, cuando esperaba la declaración de amor del reconocido periodista Gabriel García Márquez que se había ido en su papel de corresponsal de El Espectador para Europa. Le escuchó decir que la había pasado muy bien estando al lado de alguien como él, porque era algo que hacía muchos años no había sentido. Tanto era así, que se dispuso a que aquella noche fuera la única infinita.
Ir juntos los dos por aquella larga carrera de forma sobrenatural, convertiría a la avenida Veinte de Julio en una de las más conocidas de la ciudad. En realidad, lo que él estaba viviendo aparentemente con ella y que contaría en muchas ocasiones durante el resto de sus días, produciría que cualquier persona en el día, en la tarde o a altas horas de la noche, al pasar por allí, dijera que había sido el lugar donde un hombre había andado con una mujer que ya no tenía nada qué hacer en esta vida. Si fue la misma parte por donde bajó caminando Alejandro Obregón trayendo del circo un elefante con el propósito de llevarlo a La Cueva y despertar a la gente que no le había querido abrir para venderle licor, a nivel internacional en la prensa sería más conocida como la carrera donde una noche un hombre anduvo conversando en un jeep con una mujer bella, cuya aparición inexplicable a él había pedido de inmediato la mejor pluma de la historia. Pero con ellos, muchos curiosos estarían pendientes de ese gran romance que hizo tal recorrido, hasta donde los llevara el curso de la noche. En su interior, esa misma madrugada, Manuel Deluque no tenía la menor idea de estar viviendo un capítulo de su vida, a pocas cuadras de La Tiendecita donde paraba después Álvaro Cepeda Samudio bebiendo tragos imparables, que posteriormente alimentaría la leyenda urbana más famosa de la ciudad. No le parecía importante el pasaje que lo rodeaba, sino la mirada de la mujer que iba a su lado porque lo llenaba de las mejores intenciones de vivir. En efecto, era tan humana en esos momentos, que a pesar de que iba abrigada le preocupaba que siguiera sintiendo frío.
Por otra parte, le hubiera gustado que esa madrugada que estaba viviendo, fuera en serio la más eterna de las madrugadas. Por eso trataba de darle lo más despacio posible al carro, para alimentarse cada vez más de un encuentro que se volvería sin lugar a dudas en un gran recuerdo para él. Ella lo había notado, y hasta se sintió halagada, aunque a diferencia de él, sentía que todo se acabaría antes de que fuera de mañana. De manera que él tuvo un fuerte sentimiento de que su compañía era inigualable, irremplazable mejor y con suerte insuperable, de estar viviendo una noche mágica que sería más eterna en su memoria que en el presente agradable, y al sentir su aureola cercana se sintió más dueño real de las palabras que un poeta castellano.
-Ojalá esta ciudad fuera la más grande de todas –dijo-, para que el camino hasta tu casa no se terminara nunca.
Se sintió feliz de verdad, y mientras manejaba con una mano, con la otra tocó la de ella. La sintió fría, algo helada y como su misma dueña procedente de las tinieblas, pero pensó que era porque ella también estaba nerviosa al lado de él, que tampoco había imaginado nunca en ninguna de las vidas en que sentía que podía vivir. Consideró que era su eterna compañera, la mujer con la que había estado toda la vida, y a pesar del peligro que era estar en las calles de la ciudad a esa hora, por la amenaza que podía representar cualquier sombra, bajó la velocidad del carro a una miniatura, con tal de que el camino hacia su casa demorara más que la noche. Ella, por su parte, sintió el anhelo ilimitado de ser comprendida y amada complacientemente, para olvidarse del infierno de la muerte.
Cuando iban pasando por la calle 72, había algo a la derecha que llamaba fuertemente la atención. Era la parte trasera del estadio Romelio Martínez, donde tampoco había nadie en esos instantes. Era sabido que desde sus pequeñas gradas que en las tardes se llenaban de muchas personas, se apreciaba mejor el fútbol clásico. En ese lugar en el pasado el Atlético Junior había escrito unas páginas de oro para la historia de la ciudad, donde ayudado por la brisa el balón corrió más rápido que en otras canchas polvorientas del planeta. Se hicieron grandes cosas que enriquecieron la percepción que se tenía de esa clase de juego, dándole fuerza a una camiseta roja y blanca, que los jugadores de los años setenta después de ganar un encuentro no se la quitaban ni para dormir. Muchos futbolistas habían hecho leyenda, de una manera tan agradable, que eran recordados más por la magia de la técnica que por sus goles. Uno de ellos había sido Garrincha, que vistió en una sola ocasión el uniforme del Junior. De forma que no ver siquiera desde la distancia una sola alma allí en las afueras de aquel mítico estadio, le llamó la atención al momento en que manejaba, teniendo en cuenta que ese instante no tenía nada que ver con el ruido que provocaban las personas en las gradas, al ver jugar bien al brasilero haciendo por la punta derecha sus famosos regates. Era una persona de vida polémica, que estuvo marcado profundamente por el amor de una mujer.
En verdad, al arribar en avión a Barranquilla por el aeropuerto Ernesto Cortissoz en septiembre de 1968 eso lo supieron rápido los seguidores, a pesar de que él había llegado para continuar haciendo el fútbol. Bajado en el hotel Majestic, Manuel Dos Santos que vino por un corto contrato no hizo sino pensar en el amor de Elsa Soarez, la cantante más querida de Brasil. Por ella había aceptado estar allí con el Junior esperando que también se viniera para vivir más tranquilos, consciente de que el idilio lo tenía completamente cambiado, ya que esperaban reencontrarse lejos de Río de Janeiro, donde la prensa local desde que había dejado a su mujer y sus hijos por culpa de la artista, no andaba pendiente de su juego sino de cómo posiblemente hacían el amor. Garrincha apenas se preocupaba por el futebol, aunque hablando de eso estuvo en una ocasión con el escritor Álvaro Cepeda Samudio, quien siendo director del Diario del Caribe le hizo el mejor reportaje que se recuerda en la historia del periodismo colombiano. Era claro que esperaba tener una nueva vida, aunque en cualquier estadio se acordaba de estar en los entrenamientos. En vista de que su esposa por grandes contratos musicales no vino a su encuentro lejano, Mané se sintió triste y se marchó para siempre.
Desde ese suceso, en la ciudad se daban el lujo de decir que por su principal equipo había pasado alguna vez el jugador más grande de la historia. En Barranquilla siempre lo quisieron como uno de los suyos, consciente de que por más de un mes Mané Garrincha había vivido en la ciudad y caminado por sus calles. Enterado de esa historia original, y de que había muerto en Río de Janeiro un 20 de enero de 1983, Manuel Deluque sintió que podía ver el fantasma en pena del jugador carioca ahora en los alrededores oscuros del estadio cercano, donde había dejado unas horas de su vida. No entendía por qué durante ese recorrido rápido por allí, en medio de una gran soledad, se le vino algo así a la mente. Sólo que en ese momento se acordó de que iba con una bella mujer, que merecía mucha más atención que pensar en eso.
Ángela Guzmán parecía estar en otra parte, pero bastaba mirarla un rato a la cara para reconocer que sabía lo que él dejaba de pensar. Se sentía muy feliz a su lado, y trataba de ir lo más despacio posible, porque lo único que deseaba era estar todo el tiempo con ella, amarla, sentirla, crear un recuerdo a costa de su cuello delicado, para después al día siguiente tener en qué pensar agradablemente sin necesidad de abrir los ojos. La historia de amor que vivían, a pesar del alejamiento de las galaxias, de las supernovas repentinas y de los cuásares que expulsaban los agujeros negros, era lo más admirable que estaba ocurriendo en ese momento en el Universo. La razón es que estaban a punto de dar el paso, que los uniría por siempre. No había mejor oportunidad que ésa para dejar de estar fingiendo que eran amigos, y se miraron a la cara con más entusiasmo, reconociendo lo que tenían por dentro, y para Manuel Deluque la sensación de que se iba a morir si no se echaba en sus brazos, era tan real como el frío de la madrugada.
-Estoy enamorado de ti –le dijo.
Detuvo el carro más allá de la calle 72, con la impresionante soledad que destacaba, al ver la mirada satisfecha de ella. En esos momentos, en más de una hora que llevaban juntos, por primera vez se miraron a la cara con claras intenciones amarse. Entonces se besaron de una manera tan espontánea, que incluso la oscuridad que reinaba en el sector no les dio miedo sino más ganas de abrazarse con comodidad. Ángela Guzmán era más natural siendo la nueva novia suya, por lo que se dejó tocar por donde él quiso, sabiendo que el hombre que la acompañaba era bueno, y que el deseo que sentía por ella era como el mismo calor que en delante le tenía que dar. Con la seguridad de que la mujer que tenía al lado ya le había dado mayor muestra del gran amor, Manuel Deluque tuvo una fuerte emoción, al sentirla entrar con toda y alma en su corazón. No entendía cómo podía estar enamorado de una mujer a la que apenas acababa de conocer esa noche, y ella lo consoló diciéndole que el amor era así, embrujaba, cautivaba por su sorpresa, porque aparecía cuando nadie lo esperaba en el cuerpo. Hablaron otras cosas más, pero él siguió lamentando los años que habían pasado para que le sucediera eso. Hasta le pidió no ir nunca a su casa, sino quedarse allí en ese carro, viendo surgir la luz del sol para que el resto de los seres humanos descubriera a la pareja más feliz de la vida, y volvió y la besó, y la abrazó mejor, y la quiso más que Dios que la había hecho nada más para verla. Estaba seguro de que con una mujer de ese glamour, podía ir a cualquier lugar de la vida, pasar años sin comer, sin beber agua y hasta sin dormir, con tal de no perderse ni un solo segundo del amor que daba, que era lo mejor que le podía ocurrir a un hombre. Su oportunidad de amarla dejaba entrever que el presente era superior al pasado, y al futuro, y era lo más parecido a un sueño del que para su felicidad infinita aún no acababa de despertar.
El carro comenzó a andar, no por temor al peligro de los gamines sino porque querían ir regando la cascada de aquel amor por toda la ciudad. Ella resplandecía de la alegría, y se dejaba besar de él aunque estuviera manejando, porque estaba seguro de que en ningún caso le tenía miedo a la muerte, siempre y cuando se fuera al mismo instante con ella. «En realidad –diría él después-, yo era el hombre más feliz del mundo al lado de esa mujer.» Se sentía privilegiado, y no quiso creer cómo pudo tener tanto tiempo una vista sin la cara de ella. Sintieron la brisa, que parecía venir en contra porque iban dentro de aquel carro descubierto, e imaginaron que procedía de alguna parte desconocida, para oxigenar ese episodio que ellos vivían y creaban cada vez más de tanto vivirlo. De alguna manera, tenía que venir del río, aquel cuya corriente circulaba más lento en su cauce por esa ribera, desde que había vuelto a aparecer en el mundo alguien tan especial como ella. Se imaginó que la gente que vivía en Barranquilla o llegaba de visita, y no veía a Ángela Guzmán, en verdad no había conocido bien la ciudad. Pensó que era mejor así, porque entonces nadie estaría ambicionando lo mismo que él. Nada podía hacer idear que aquel amor no duraría por siempre, y Manuel Deluque había sentido tanto el fantasma de la pasión, que pensó que la única manera de olvidarse algún día de ella era porque le robaran la cabeza.
Algunas personas, que días después conocerían aquella historia de amor que le dio la vuelta al mundo, se darían a la tarea de recorrer el mismo camino que ellos emprendieron. Fue como querer comprobar con los propios ojos que Manuel Deluque no había ido solitario en aquel jeep a altas horas de la noche, pues nada hacía comprender que hubiera vivido el afecto extraordinario con alguien que los demás no podían ver, y tan bien como la podía ver él. Incluso, les preguntaron a ciertos individuos de los establecimientos cerrados y algunos gamines si no habían visto tal madrugada un jeep de tal color subiendo por esa carrera, y nadie pudo dar una respuesta lógica, por la razón de que si algo había pasado cerca de ellos, fue un fuerte viento que les hizo sentir puro miedo. En una ciudad tan grande como Barranquilla, que un carro de esa marca circule por tal parte es algo normal, de manera que tener memoria para acordarse de uno solo es cosa de locos, porque si algún indigente lo hubiera mirado era por la belleza de la muchacha, que nadie recordó haber visto por allí para enamorarse más de la madrugada. La verdad es que pocos creyeron en la versión de Manuel Deluque, y más bien creyeron que se estaba inventado ese cuento de amor para tratar de darle celo a Elizabeth Linero. Pero él insistiría por siempre en que era algo cierto, y durante un tiempo la estaría buscando vuelto loco en muchas partes, para demostrar que sí era verdad que alguna vez hubo una madrugada diferente. Mientras tanto, por suerte para él, esa noche que estaba viviendo no se había acabado, y todavía tenía la dicha de vivir en carne propia el romance más grande de todos.
Estaban todavía lejos de llegar a la casa de ella, por lo que el amor que vivían era suficiente para tener la certeza de que aquel trayecto era el reloj de arena que dejaría medirlo a plenitud. Ángela Guzmán con su sedoso cabello suelto estaba más radiante desde que él la había besado, dándole fuerza a lo que decían los filósofos griegos de que el amor sentido por dentro, aumentaba como las nubes que estaban a punto de llover la gran belleza de una mujer. Era increíble que eso pasara, y él pudo comprobar que el resplandor de su hermosura lo iluminaba más que la luna llena. Algo había trascendido en su apariencia, ya que la manera en que ella se había transformado era sobrenatural, difícil de explicar, de descifrar en ese instante que lo había hechizado, porque todo aquél que la besaba una vez en la boca estaba condenado a quererla por siempre. En un momento se acordó de algo interno, que lo hizo entrar con una balsa en el río de la nostalgia.
En el pasado, había caminado por las calles de Barranquilla, triste, desconsolado, pensando que nunca iba a ser un hombre de buenas en el amor. Se preguntó si él, un joven de ascendencia guajira, tendría suerte con las mujeres como la mayoría de sus amigos, pero en vista de que pasaban los días, los meses, los años, y nada nuevo aparecía en su vida, mientras sucedía el triunfo de pasión de los demás en los parques, tuvo la sensación de que no había nacido para ser un protagonista del amor sino un lamentable testigo de él. Al ver a las parejas tomadas de las manos, corriendo y besándose muy felices, tomó la decisión de que algún tenía que ser alguien importante en la vida, para que al menos una mujer interesante se fijara en la camisa cara de marca Alberto VEO 5 que llevaba puesta. En esa definición, así fue su pobre existencia, vacía, falta de ánimo, pero cuando comenzó a tener sus primeras novias, tuvo en cuenta que con la que se iba a quedar toda la vida tenía que ser una en especial. «La mujer más bella de la historia», pensaba bien. En el fondo no se imaginó cómo era, cuántos años tendría, de dónde vendría o si en verdad la que correspondía a su imaginación existía. Sólo estaba seguro de que en cualquier momento aparecería, gracias principalmente al poder del pensamiento positivo de él.
De manera que en esa oportunidad, al ver el gran ejemplar que la tenía a su lado, tenía una fuerte razón para estar satisfecho por el cumplimiento de esa ilusión. Al lado de ella, abrazándola por la seguridad que le daba saber que era su novia, se sentía la persona más afortunada que se pudiera imaginar, sintiendo que ese amor era algo tan real, que ninguna mujer que estuviera muerta lo podía despertar. La fantasía que ella presentaba lo tenía feliz, y en cualquier parte donde estuviera la iba a amar con la misma fuerza, porque el poder que emanaba desde el fondo de su alma era algo que lo gobernaba por completo, y creía que si ni siquiera ella hubiera estado de forma material, habría podido escapar de esa increíble energía que la hacía existir al lado de él. Ángela Guzmán debió notar lo que él estaba sintiendo por dentro, concluyendo que el hombre que tenía no estaba loco sólo porque se aceptaba que estaba enamorado. Cerca de ella, quería decirle mil cosas pero siempre terminaba diciendo algo parecido.
-Te amo más que Dios.
Ángela Guzmán sonrió, con inocencia.
-Lo sé –dijo-, pero tenía que escucharlo de tus labios para que fuera cierto.
-Me gusta que lo sepas –dijo él.
Por un rato hicieron silencio, en medio del viento frío, y siguieron viendo el fugaz paisaje de una ciudad contaminada ya de tanto amor de los dos. Su cabeza con el cabello largo estaba en su hombro derecho, y Manuel Deluque sintió que ella lo hacía más varón de lo que era, y le agradeció a Dios porque las grandes cosas que él creaba en el cielo las podían amar los hombres en la tierra. Le daba miedo de que ella se quedara dormida, pero era imposible, ya que la pasión resplandeciente que le daba él hacía posible que sólo estuviera despierta y viva. Le dijo que se volteara a mirarlo, y eso hizo ella. Al verlo, pudo ver reflejado en sus ojos marrones todo lo que le ardía ya por dentro.
-Contigo voy hasta el final de la vida –le dijo él.
Era indiscutible, porque desde que la había besado en los labios, Manuel Deluque sintió que el mejor momento para su alma había ocurrido, y sin más testigos que ella misma. Supo que así había sido mejor, porque el verdadero milagro fue real gracias a eso, frente a una hembra de belleza felina que le demostró con su correspondencia que quizás el amor infinito que él sentía hacia ella, era lo único superior a su belleza. En realidad, lo que quería Ángela Guzmán era que aquello fuera aprovechado, porque estaba completamente segura de que ese amor había sido inventado para ser consumado de noche. De esa forma, se dejó amar y besar en aquel carro andando con la misma facilidad con que él lo imaginaba, e incluso, cuando tocó sus senos, sintió la energía que la hizo estremecer y considerar que la vida era lo mejor que le había sucedido alguna vez. Se besaron nuevamente, y estuvieron a punto de chocar contra un alto andén que habría dejado por completo dañado al carro, pero que hubiera sido el mejor rastro para convencer a los demás incrédulos que sí fue verdad lo que ocurrió esa noche.
En algún momento, Manuel Deluque llegó a presentir que aquello que estaba viviendo sólo le iba a suceder en una ocasión en la vida. Lo había notado cuando razonaba que tanto amor, no era algo que pasara con frecuencia en un mundo de problemas, y que además ella era tan fácil de amar que parecía haber salido de la nada. «Era como ir al lado de alguien que sólo yo imaginaba», diría después con sinceridad. «Pero cuando pasaba una nube y la luna llena pegaba en su rostro, me era suficiente para comprobar que era real.» Aunque al sentir su respiración, estimular su pasión animal y rozar su piel delicada, se daba cuenta de que era tan humana como él, transmitiendo algo que le aseguraba que ella era una hija de la noche, que se iba a ir con el manto de la oscuridad antes de llegar el día. Por eso diría que era ir casi al lado de un fantasma, porque en vez del calor el frío aumentaba en su cuerpo a medida que él la amaba. Tener eso en cuenta lo hizo sentir un poco de miedo, sobre todo cuando fue consciente de que ella estaba sonriente. En verdad, fue como si la mujer desconocida, que había pasado como un relámpago a ser su novia, se hubiera enterado de la duda de existencia que tenía él con respecto a ella.
Sabiendo que en cualquier instante podían llegar, Manuel Deluque quiso hablar con ella ciertas cosas de su pasado, para poder hacerse también una imagen de cómo era en la luz de la mañana. Sólo que Ángela Guzmán, más experta en las cosas de la pasión, le hizo ver que lo único que tenía sentido era ese momento. Por esa razón volvieron y se besaron, de forma sofocada, hasta tener la sensación de que amarse era lo mejor que les había sucedido a ambos, y pensaron que aquel amor era tan grande que, de algún modo u otro, al día siguiente podía aparecer en los periódicos. En medio del recorrido, Manuel Deluque tuvo la seguridad de que ella le había demostrado hasta un límite lo que podía hacer por él, y que aunque esa noche la llevara a su casa, podía ir a la suya tranquilo y saber que una hermosa mujer bajo los rayos del sol todavía tenía alma para pensarlo. El tiempo no pasaba tan rápido, y eso lo tranquilizaba más que la brisa imprudente que quería echar el carro hacia atrás, para que el amor demorara un poco más.
En realidad, era casi mentira que en todo ese recorrido no hubieran visto una sola alma humana, estando en la ciudad de Barranquilla, un lugar que no duerme ni de noche. La única explicación posible, es que muchas personas se hubieran ido a dormir temprano para soñar con ese gran amor que vivían ellos dos. Era algo que nunca había visto, ni allí ni en otro lugar apartado que recordaran. «Parecemos las únicas personas vivas», dijo él. Así lo pensó Ángela Guzmán, estando totalmente de acuerdo con él.
-Aunque seamos los únicos dos seres que queden –dijo de todas maneras ella-, tenemos el amor suficiente para volver a crear la raza humana sobre la tierra.
En conclusión, tenían suficiente ardor para quererse siempre, aunque ella era bastante clara con respecto a aquel amor, sólo podía tener protagonismo en la soledad de la noche. Para Manuel Deluque, con ello le estaba manifestando que una noche cualquiera, ella podía ser la hembra que aparecía en la cama para llevar a cabo un acto que tanto imaginaban los hombres, que al final siempre cumplían en la vida. Si eso era así, entonces no veía razón para seguirle dando tan despacio al carro, y pensó que lo mejor era que llegaran al barrio de ella, porque a pesar de su valentía, una mujer así debía estar bajo techo, protegida de tantos espíritus de muertos en la calle que al no tener vida, no podían amarla bien como él. Incluso, si comenzara a dormir, se acordaría por dentro de que era un sueño, y sería bien consciente de que ella se le entregaba desnuda para sentir mejor el amor. La sensación que tenía, era que la mujer que tenía a su lado quería acompañarlo esa madrugada en el carro, pero también quería llegar a su casa temprano. Se concibió un poco respetuoso, como si fuera la primera vez que ella sentía algo serio por alguien, que no estaba tan precipitado en abusar de su piel.
De repente en el camino que terminaba, después de cruzar la calle 84, Manuel Deluque comenzó a sentir un miedo oscuro, la amenaza de algo sobrenatural, aunque como él mismo lo reconoció, creía que se trataba por la expectativa de llevarla y no volverla a ver nunca. Estaba lejos de saber cuál era la verdadera razón de esa zozobra, y al mirarla a la cara, sentía que estaba hablando con alguien que sólo él veía. Era como si a pesar de todo, quisiera que otro viera lo que él estaba viviendo, para coincidir en que se trataba de algo real, ante la verdadera protagonista de una historia de amor que lo estaba arrastrando irrevocablemente al destino más peligroso. De paso, notaba que ella misma con inteligencia debió intuir qué pasaba, y entonces le sonreía, para que él comprobara que era como cualquier persona que por estar viva se había ganado el derecho de estar a su lado. El sentimiento de ir con una extraña que no era de esta vida, por muy bella que fuera en su imagen, lo hizo conjeturar que podía estar dirigiéndose directo al otro lado. Pero él mismo aceptaba que cualquier cosa hubiera permitido, siempre y cuando fuera tomado de la mano de ella, para sentir menos la muerte. Era de lo cual se sentía complacido, a pesar de lo desconocido e inexplicable que resultaba eso que le estaba ocurriendo, en la noche más increíble que tuvo.
En el barrio Los Nogales, Manuel Deluque sintió más confianza, porque explorar el lugar donde ella vivía, era conocer parte del verdadero itinerario de su vida. Casi no decía nada, porque después de besarla, sabía que ella sentía cada palabra que él estaba pensando. Al mirarla, le respondía sonriente, habiendo descubierto que él planeaba amarla para siempre. El aire estaba frío, sin bajar la temperatura, pero no le importaba, ya que aquel ambiente era el que le había tocado vivir con todos sus fenómenos, y estaba desesperado ahora con llegar, para conocer el espacio donde ella siempre había estado viviendo antes de él conocerla. El panorama era sólo de los dos, algo que aterraba, pero que a la vez lo contentaba porque servía para quererse. Ella le iba indicando el camino, y él se alegró cuando supo al ir llegando que no iban para otra ciudad, sino que por fortuna vivía en Barranquilla. Aquel sector era conocido por él, pero jamás se imaginó que una mujer como ella podía existir por esos alrededores, sin cambiar el mundo.
Al llegar frente a una casa que estaba al lado de una esquina, Ángela Guzmán le dijo que era allí. Saber que había llegado la hora de despedirse de ella, fue algo doloroso para él, tan acostumbrado a su compañía como si hubiera sido una mujer de toda la vida. Aún así, se quedaron otro rato conversando en el carro, despiertos, animados, sabiendo que si querían se podían quedar allí el resto de la noche, en medio del aire frío, dándole más sentido a una vida que a veces no parecía tener sentido, amándose bien, intercambiando palabras consagradas, conociéndose en serio mucho mejor, para que la próxima vez en que se vieran se reconocieran rápido hasta por la circulación de la sangre. Cualquier cosa que hablaban quería alargarse, con un entusiasmo inusitado. Sólo que ella tenía que irse, así que Manuel Deluque, sin despegar la mano del timón, le pidió que no se bajara, que se quedara con él. «Por favor», le dijo. La miró a la cara, para convencerla, aunque Ángela Guzmán, carismática, pero consciente de que ya tenía que partir, le dijo que no se preocupara, porque siempre iba a estar cerca de él, y en esos momentos se acercó al muchacho y le dio un gran beso en la boca, que encendió nuevamente el amor que le pertenecía a los dos. Ella sonrió una vez más, algo que ya era natural, y buscó la manera de abrir la puerta y dejarlo como el hombre más solo que recuerda la historia del mundo. Se bajó en ese estilo, tocando el suelo con sus tacones, pero dejando en él una sensación de frialdad que reconoció en seguida, ya que su compañía lo había mal acostumbrado a respirar exclusivamente al lado de ella, a hablar siendo oído por ella, a sentir el mismo amor que sentía ella, y cuando vio que se alejaba tuvo el convencimiento de que prefería mejor la muerte, antes que volver a vivir alguna vez sin su presencia.
-Nos vemos mañana –le dijo ella.
En la acera, Ángela Guzmán sacó las llaves de la cartera y abrió la reja. En ese momento, ya dentro de la terraza y aún con la chaqueta puesta, se volvió a verlo al considerar que estaba dejando en pena eterna a un hombre que con mirarla se sabía muy enamorado, completamente perdido ante su aroma de rosa fresca, que había tenido el placer de tocarla, después de procurar ella tener el encuentro con alguien que por fin la amó más que la vida, que era lo que en efecto quería. Éste sentía que el instante en que iba ella a desaparecer de la vista en la oscuridad de la terraza era algo latente, y trató de mirarla mucho para cuando eso sucediera, seguir viéndola con igual claridad en la mente. Ella cruzó el jardín, andando normal, y se hacía para el desamparo del compañero cada vez menos visible. Se acercó a la puerta de la casa para también abrirla con otra llave, y antes de girarla, volvió la vista de nuevo a él y se despidió con un gesto de la mano. Desde el carro, Manuel Deluque con claro dolor le hizo igual despedida, concibiendo que era un cobarde, que debió llevarla a otro lugar donde hubieran amanecido juntos, y no a uno donde nadie la estaba extrañando del modo en que él la comenzaría a extrañar a ella, sintiendo un pesar y una dolencia en el pecho como si fuera la última vez que la estaba viendo. Al abrir la puerta de la casa y entonces entrar, Ángela Guzmán desapareció en la infinita oscuridad para siempre, sin tener la menor idea de que el ser humano que quedaba afuera sentía unas ganas de llorar por no haberla seguido hasta el final de su destino, y conocer de esa manera ese ámbito interior que a ella le era tan familiar, porque era natural que en esa situación lamentable se quedara cualquier hombre después de haberla conocido.










2

Desde niña, Ángela Guzmán era una persona que emanaba una fuerte luz que afectaba a los demás. Sus padres pensaron que era especial, y desde siempre se dedicaron a criarla con esmero y sumo placer, igual que si fuera un deber hacia alguien que ya anunciaba que algún día le iba a pertenecer también a toda la humanidad. Esa imagen singular la distinguió del resto de las personas, y desde el principio de su vida notaba que la gente la miraba más de la cuenta, aunque ella misma nunca se imaginó que era por su hermosa apariencia sino por la curiosidad que despertaban todos los niños a su edad. Era atenta con esas personas, y su madre se sentía muy orgullosa de haber traído esa hija al mundo porque lo puso a girar mejor. Era la alegría de la casa, de una manera tan significativa, que bastaba con que apareciera en la sala para que los demás la miraran asombrados, como si en esos momentos fuera lo único que comenzaba mágicamente a existir. En cualquier lugar donde se encontraba, ya parecía tener el brillante protagonismo que la iba a caracterizar desde entonces, y ponía a pensar a los menos pensantes en que la única razón para que alguien fuera así tan bella, era porque sin lugar a dudas había sido concebida por sus padres con mucho amor.
En realidad, aunque no pareciera darse cuenta, desde temprana edad ella misma sintió que era un ser único y lleno de gran encanto, porque sus hermanos mayores siempre trataron de tenerla en todos los juegos donde brillaba intensamente, aunque si dormía no la despertaban, si se enfermaba nadie jugaba, ni con otras cosas distintas se alegraban, y cuando estaba afuera las personas que pasaban por la terraza se quedaban mirando un buen rato a aquella pequeña, cuyo brillo quedaba en la retina como si fuera un pedazo del sol. Su cualidad de ver la vida desde los primeros días, supuso la alegría total para sus padres, quienes no vacilaban en asegurar que el nombre que le habían puesto no era por pertenecer a un miembro de la familia ni a alguien más que conocieran, sino porque desde siglos antes sólo había pasado por muchas personas comunes, adecuándose de esa manera hasta cazar perfectamente en ella. «Eres la luz de la casa», le decía feliz su madre. De modo que esa atención que recibió desde que tuvo conciencia, hizo que fuera alguien que tenía el compromiso de ser la alegría de los demás seres humanos, incluso su abuela, quien en su vejez cada vez que la veía y la bendecía por tanta belleza que de alguna forma viajó desde sus entrañas, consideró en serio que el único hombre que podía casarse con ella tenía que ser un hermoso príncipe de una nación lejana. Su inteligencia enriquecía más esa sensación de que era impar, y aprendió a hablar a una velocidad sobrenatural, a cada cosa la llamaba por su nombre, podía recordar sucesos que los adultos ya ni siquiera sentían tener en cuenta en sus mentes, y cantaba tanto las canciones que estaban de moda, que los que la escuchaban se las grababan más por ella. Quienes al llegar a la casa y la veían, se ponían a observar con atención a aquella muchacha de cabello claro y largo que casi le arrastraba al suelo, hasta que también tenían la sensación de ser pensados por ella.
Leandro Guzmán era un abogado que estaba pendiente de todos sus asuntos, pero al llegar a la casa sentía que la niña que lo agarraba tierna de los pantalones era el único sentido que tenía en la vida, estando más en su mente que su propio pensamiento de ser él. Desde muy joven, cuando apenas estudiaba derecho en la Universidad Libre, anheló ser un buen padre, de los que eran más responsables, y más tarde al ver la hija que tenía sintió que Dios había escuchado sus ruegos y hasta se había pasado en el regalo, porque con la pequeña Ángela no había necesidad de ser el mejor del mundo para actuar como tal con gran facilidad. La amaba mucho, se lo hacía sentir al tocarla, comprobando en carne viva que nada había en la vida mejor que ella, alguien que no necesitaba crecer nunca para demostrar ya toda su luminosidad incandescente. En la calle, era un hombre muy ocupado, andaba resolviendo los problemas de toda clase de personas, que lo asediaban por su importancia, se había ganado un prestigio en la sociedad local, salía de vez en cuando en las páginas sociales del principal diario, mientras sus buenas amistades abundaban por doquier, siendo normal verlo entrar en lugares donde por su prestigio era confundido con las mismas leyes. Pero al regresar a casa, era un hombre diferente que encontraba en el calor familiar el aire suficiente para seguir más vivo.
En pocos años, había logrado acumular una pequeña fortuna que asombraba a amigos y colegas, y le cambió el interior al conocer a Bertha Simanca, la única mujer que al ser vista por primera vez por él, le hizo creer que podía vivir junto a alguien toda la vida. Ésta, al conocerlo, no sintió en cambio lo mismo, aunque opinara que con un abogado siempre estaría a salvo de cualquier problema. Estaban hechos eso sí el uno para el otro, lo que él interpretaba como el exacto mensaje de que había conocido a la otra persona que lo hacía mejor persona. Nunca antes se vio una pareja tan igual, que coincidiera en todo. Incluso, en el lugar donde se conocieron.
Fue una ocasión de lluvia en el centro. Al igual que siempre, la ciudad estaba paralizada, totalmente en caos, porque la lluvia fuerte que se desgarró del cielo con descargas eléctricas, trayendo truenos y relámpagos desmesurados, asustó nuevamente a todos por las consecuencias desastrosas que dejaba, de las cuales siempre se hablaban más que de la precipitación anterior. El arroyo de la carrera cuarenta y cuatro estaba aumentando, y muchas personas iban desapareciendo pronto del panorama, por miedo de mirar una fuerte corriente que podía llevarse a cualquier humano que se atreviera a medio desafiarla, y porque entre más se le prestaba atención más parecía estar creciendo. Estaba entrado él en una oficina, cuando se dio cuenta de que una mujer solitaria, como un triste náufrago con el paraguas, trataba de protegerse bajo la lluvia. En seguida, supo que era la mujer de su vida. De una manera un tanto habilidosa, le dijo que pasara, en un gesto formal, algo que ella hizo por miedo de seguirse mojando, pero entonces al interior del lugar, cuando él hablaba con la persona que tenía que hablar, estuvo más pendiente de ella. Mientras atendía ese asunto importante, escampaba en una ciudad que no volvería ser la misma, porque aunque siempre había algunos ahogados, algún individuo fuertemente electrocutado, algún viejo que desde su silla había caído víctima de un infarto al escuchar una centella que paralizó su vida, nunca había quedado nadie tan enamorado. Al salir, fueron a una refrescaría cercana, donde se enteró de que la mujer que estaba enfrente no tenía siquiera un novio en la mente. Intercambiaron historias, donde no faltó el tema de la lluvia inclemente que dejaba a gente sin techo, a algunos desamparados y a dos seres como ellos enamorados, y él siempre habría de decir hasta el resto de sus días que gracias a un arroyo urbano que no los dejó pasar la otra calle, se había apasionado. Se sintió entusiasmado, le pidió su teléfono y quedaron con la sensación de una atractiva amistad que podía prosperar más allá de ella, si se daban prisa.
Al día siguiente, cuando abrió la puerta de sus padres en el barrio Los Andes, se dio cuenta de que quien tocaba era él. Estaba bien vestido y apuesto, despidiendo un olor a perfume Paco Rabanne que encantaba con vanidad hasta a una esquiva mujer, y no cabía duda de que se lo había echado a puro propósito. Según dijo, quería llevarla a conocer una parte de la ciudad. «Un lugar donde yo me pudiera enamorar más de él», diría ella después. Aceptó ir, porque aquel hombre al que apenas conocía le transmitía una verdadera confianza, tanto que si hubiera sido un animal salvaje y fuertemente depredador como un tigre de bengala, le hubiera entregado de todas maneras su vida porque sabía que por mucho que la sacudiera con sus afanosas garras no se la iba a comer. En realidad, él estaba dispuesto a demostrar su caballerosidad de una forma más bien pasajera, porque ella no parecía merecer su amistad sino su gran amor. Le dijo quién era, qué hacía, cuáles eran sus aspiraciones, para que sintiera la confianza de estar frente al hombre más bueno que podía conocer. En serio, eso pudo surtir efecto, porque ella también le contó cosas reservadas de su propia vida, que enamoraban como su apariencia morena. En poco rato, ya parecían estar más cerca y decían que sí, que eran amigos, idea que a ambos no les llegaba porque cuando se miraban a la cara veían sus almas con tal claridad, que estaban seguros de en lo que se estaban convirtiendo. En esa ocasión, y después de haber cedido inevitablemente al imán del amor, se besaron por primera vez.
La relación enamoradiza duró un tiempo, el adecuado para comprender que tenían el suficiente apego que les iba a alcanzar para toda la vida. Se vieron en muchas ocasiones, pero siempre coincidían en todo, como la vez en que él apenas pensó decirle la forma en que pretendía amarla y darle todas las cosas de la vida que se merecía una gran mujer, y ella al verle la intensidad de la mirada le dio las gracias por sus buenas intenciones. Lo mejor de eso, es que los padres de ambos se agradaron de forma mutua, como si incluso antes de ellos conocerse hubieran sido grandes y viejos amigos que decidieron unir la suerte de sus hijos, para mezclarse en una sola línea de sangre. Se dieron cuenta de que él era el hombre de su vida, porque además de trabajador era alguien muy humano, que cumplía sus compromisos de una manera ejemplar, ganando fama en su profesión, aumentando la interminable clientela, a la que a veces le robaba tiempo para poder estar a solas con ella, hablando siempre del futuro porque habían descubierto que era bueno. Éste, por su parte, sintió que había conocido a su verdadera mujer, ya que desde que era su novia se comportaba de una forma tan reservada, que desde entonces sólo salía de la casa de sus padres cuando aparecía en la puerta él. En una ocasión, en un lugar donde estaban solos, él en medio del ardor pudo entrar con triunfo en la parte donde ella era más pensada, y para su complacencia mejor la sentía, pero al terminar Bertha Simanca lo cogió, venga para acá, quédese un rato aquí, mostrando su sapiencia, dejando en claro cómo en adelante serían las cosas, haciéndole prometer que sería su marido. De paso, escucha bien esto amor, tenía que esforzarse en hacerla valer, en sacarla de allí a plena luz del día, dándole el debido respeto, para que la gente viera que no era una mujer de paso sino de muebles. Cuando tuvo conciencia de eso, antes de él cumplir los treinta años, la llevó en seguida a vivir a aquella casa del barrio Los Nogales, donde vivieron los días más bonitos mientras estuvieron juntos, haciendo más amistades que estando solos, y recibiendo buena simpatía de los vecinos que los distinguieron en seguida por esa relación. Era el comienzo de una nueva vida, que de alguna u otra manera los sedujo, pensando él que nada había mejor que vivir siempre unidos, y que si alguien o varios los acompañaran de ahora en adelante era porque tenía ganas de hacerlos.
Mientras su esposa estaba embarazada, Leandro Guzmán se sintió salpicado por el atractivo ineludible de otras mujeres, y no dudó de caer en la tentación, porque era sabido que era rodeado por su reputación de jurista, aunque después de un furtivo encuentro con alguien al llegar a la casa sintiera rencor consigo, cuando veía la cara de una buena mujer que parecía amarlo más que a sí misma. En aquellos días, su imagen de hombre derecho iba creciendo con bastante fuerza. Su mujer, en cambio, se iba haciendo la dueña para siempre de la espaciosa casa. En su interior, sabía que el hombre que vivía a su lado era de lo más ejemplar, y trató de estar más pendiente de cómo era adentro que afuera, en la incertidumbre de la calle, donde lo que sentía por ella también terminó teniendo fuerte justicia. Al estar a punto de dar a luz a su primer hijo, se sintió mejor asistida que al ser la novia que trataba de contentar en la oscuridad del cine. En la clínica, Leandro Guzmán cargó a un pequeño al que le puso John, igual que su abuelo, y que le hizo sentir el hombre más afortunado. La razón es que siempre había querido tener un hijo, y consideró su deseo cumplido con aquel bebé que comenzó a llorar en sus brazos, al sentir que lo alejaron del calor de su mamá. La relación de la pareja aumentó mejor con eso, y cuando supo a los meses que ella estaba embarazada de nuevo, se sintió emocionado de verdad, porque ya comenzaba a sospechar que aquella mujer que le había tocado como esposa, le iba a dar unos grandiosos hijos que parecían salir de su imaginación. Así nació Martha, una niña que al crecer mostró un cabello negro y brillante, con un color muy blanco de piel que nadie quería dejar de mirar como si fuera nieve. Tener dos hijos lo hizo sentir un hombre más responsable, más comprometido con su trabajo para poder mantener el sustento diario, y ahora en cambio si estaba afuera, andaba más pendiente de lo que pasaba en su casa que de lo que sucedía en la calle, donde sólo lo buscaba la gente que estaba llena de líos y pleitos. En efecto, Leandro Guzmán era un hombre diferente al llegar a su casa y no se sentaba en el comedor donde estaba servido el almuerzo, porque primero iba a abrazar a aquellas criaturas que dejaban ver que no habían venido al mundo con la intención de ser algún día grandes, sino más bien para hacerlo feliz a él. La pequeña Martha le daba un sentimiento de protección que no había sentido nunca, y dormía con ella en medio de él y de la madre, y se acostumbró a escuchar su llanto de amargura como una manifestación de la ternura que se le tenía que dar.
Sin embargo, si hubo un embarazo con el que iba a suceder claramente algo diferente, fue el tercero. Su mujer demostró tener una habilidad para valerse sin necesidad de alguna empleada de servicio, barría, trapeaba y cocinaba bien el arroz de pollo que tanto le gustaba a él, y desde las primeras semanas actuaba de verdad como si no tuviera nada que no fuera de ella. Fue tanto el entusiasmo por ese nuevo hijo, que ambos prefirieron dormir bien apartados en la cama por las noches, para darle el mejor trato posible a esa criatura en formación, que una madrugada lloró por dentro. Parecían cosas de la fantasía, porque Bertha Simanca embelleció claramente con aquel embarazo poco común, y hasta su madre, hermanas y amigas de confianza, a pesar de que la vieron engordar demasiado en las piernas que arrastraba descalza, pensaron que en su matriz se estaba desarrollando la mujer más bella de la especie. En ningún momento ella pensó en eso, porque siempre había anhelado tener un hijo o una hija, que fuera inteligente, como su padre, noble, como su madre, y querida, como sus dos hermanos, pero nada tan llamativa como una blanca rosa. A los cuatro meses estaba tan acostumbrada con el embarazo, que seguía siendo feliz en la cama junto a su esposo sin que nada los estorbara, y presentía luego en su soledad que aquel bebé que tenía dentro, que había sido creado con amor, masajeado con amor, al nacer despertaría en los demás todo el amor del mundo. No se equivocaba, de verdad, porque sentía que lo que crecía en su útero era sin dudas algo fuera de lo normal, y pensó que para que alguien inspirara todo ese amor posible, entonces tenía que ser una hembra. Esa sensación la fue confirmando al tener unos seis meses, y se fue peinando por mucho tiempo el cabello suelto, sacándose las cejas, tiñéndose las pestañas, maquillándose bien ante el tocador y volviéndose con el pintalabios más hermosa de lo que era, para que su hija aprendiera los secretos más recónditos de la belleza que tanto le servía a una mujer en la vida, desde que estaba en el mismo vientre. Sentía que la criatura se enteraba de eso, y la amaba sin conocerla, y no se preocupó en absoluto por ponerle un nombre, ya que al verla nacer todas las personas que la rodearan, sabrían en seguida cómo había que llamarla.
El día del nacimiento, fue una tarde que todos recuerdan. Leandro Guzmán dejó de lado un asunto de poca importancia que estaba atendiendo en el centro de la ciudad, y corrió a la clínica a conocer la niña de su vida. En verdad era niña, como ya lo sospechaban, y la vio tiernamente dormida a un lado de su amada esposa, que sonreía satisfecha por ya reparar la más grande manifestación del amor que despertaba en su marido, antes incluso de verla. Tenía el cabello castaño algo largo, amarrado al cuello en su distinción de una clara heredera a reina, y desde que la vio durmiendo con los ojos cerrados comprendió que aquella hija sería lo que más iba a querer en la vida, porque su sólo nacimiento había causado que sucedieran cosas extrañas en el mundo, como que fuera a las dos en punto de la tarde. «Nunca había cargado en sus brazos una cosa tan hermosa», diría la viuda acordándose de eso. En el mismo cuarto de aquel centro clínico, delante la abuela materna, su alegre cuñada y la enfermera, supo cuál nombre iba tener. En realidad, cuando lo dijo, ya lo estaban esperando.
-Se llamará Ángela.
Los demás celebraron su elección, y hubo aplausos en general que anunciaban la llegada de una nueva persona en la historia. Su padre, por supuesto, no cabía de la felicidad. Entonces la besó, sintiendo una cándida energía que de ahora en adelante le sería familiar como su alma misma. De pronto, la hermosa niña se puso a llorar, despertando un sentimiento de protección por parte de las demás personas hacia su humanidad, que la iba a acompañar durante la vida. Estaban seguros de que esa hija, sería la más querida de todas las hijas de los hombres.
En la casa, estuvo en una cuna que se volvería sagrada por haberla acogido durante tanto tiempo. En muchas ocasiones, Leandro Guzmán no fue a la oficina para quedarse largas horas con ella, y hasta sus hermanos dejaron de ver con importancia a la madre y al padre que eran lo más sustancial que conocían, desde que había llegado a la vida de ellos una criatura única, que con su tierno llanto dejaba al descubierto la gran obra maestra que era capaz de hacer Dios. Las personas que llegaban a la casa siempre querían cargarla, a pesar del miedo al mal de ojo, porque era la única manera de satisfacer ese anhelo de tocarla que ya despertaba desde sus primeros días. Era de cabello liso, de piel clara y ojos vivos, y parecía amar a los demás de la misma manera como la miraban. Su madre la trató con igual cuidado que a los dos hermanos, pero siempre tuvo en cuenta que la vida giraba en torno a ella, y que los días por fortuna pasaban más lentos, a medida que gateaba ella detrás de su falda. Estuvo pegada de su pecho casi el año, y supieron que iba a ser fuerte y sana cuando estuviera grande, porque no le gustaba más nada. Era inquieta, traviesa y querida, y cuando besaba a los particulares con ternura en el cachete, dejaba el único recuerdo que nadie daba para olvidar jamás. La vida en la casa era increíblemente perfecta, y hasta Leandro Guzmán sintió que no había necesidad de tener más hijos, para ser el padre más satisfecho entre los hombres. Cada día lo contaba, valorando que a esa edad el tiempo que pasaba era mejor, y trataba siempre de recordárselos a ellos. Pero Ángela demostraba ser feliz a cualquier edad, y era tan inocente en la mirada, que a alguien le dio miedo de que al mismo Dios en cualquier instante se le diera por llevársela temprano al cielo, al darse cuenta perfectamente de que era un ángel.
La joven tuvo todas las virtudes esenciales, que la formaron bien, para que al ser adulta tuviera un buen recuerdo del hogar. Casi nunca salía a la calle, a la que al lado de sus hermanos sólo conocía por el resplandor de la ventana que tanto les llamaba la atención. Veían a mucha gente pasar por el andén, del mismo tamaño de sus padres, y se dieron cuenta de que el mundo era más que todo de seres como ésos. Eran felices viendo dibujos animados en el televisor a blanco y negro que había en la sala, y así conocieron a los primeros amigos de sus vidas, con la única diferencia de que éstos nunca salían de la pantalla. A veces eran visitados por sus primos que los indujeron en la búsqueda de duendes, pero sólo cuando más adelante salían a la terraza y veían a ciertos niños cerca que los quedaban mirando, del mismo modo inocente como eran mirados por cualquier ser pequeño, comprendieron que aquel escenario exterior también algún día podía ser de ellos. Al ser la menor, Ángela era la más consentida, dentro de la casa y fuera de ella, porque veía a las personas pasar por la calle y quedar un rato mirándola, lejos de saber que era por una belleza excesiva que, por estar en esa edad, ella era la única que aún no conocía. Desde que tuvo conciencia, siempre escuchaba a los padres y mayores que llegaban a la casa, que era una niña exclusiva, pero casi no sabía de qué se trataba eso, y sólo sentía un interés hacia la vida cuando alguien le regalaba un dulce, que ella pronto corría a compartirlo con sus hermanos. Su conocimiento de la vida iba aumentando sin parar, sin escapar de la inocencia, pero ya sabía por alguna razón que era un ser especial.
En una ocasión, pasaría algo raro que quedó en la memoria de la familia. Cuando una mañana de sol ardiente Bertha Simanca estaba en la calle con su hija, una extraña señora de canas, que vestía de negro y parecía sólo conocer el sufrimiento extremo de la vida, de pronto la detuvo. Quedó reparando de una manera un poco misericordiosa a la muchacha de apariencia llamativa que era cargada, porque admiraba su belleza real, que ya superaba a persona de cualquier edad. La mujer, como si se tratara de una seria advertencia, se atrevió entonces a decir: «Cuide mucho a su niña, que apenas llegará a ser grande». La madre se asustó profundamente, apretó más a su hija y se alejó rápido, temerosa, aterrorizada, pero siempre pensaría en las palabras proféticas de aquella mujer.
Mientras tanto, el interés de la joven por recibir el afecto de los demás ya iba tomando fuerza, cuando la verdad es que el amor era un resultado de ella. Sentía que los seres la querían por ser la última de los hermanos, pero la razón es que sus padres jamás volvieron a tener más hijos, sencillamente para concederle el privilegiado puesto de que ella por siempre fuera la menor. La música la hacía vibrar, y cuando aprendió a hablar ya hacía rato cantaba. Su muestra de inteligencia se fue revelando rápido, y tenía el don de recordar bien a los demás seres, aunque imaginaba que la gente sólo tenía el nombre en la cara. Al igual que cualquier niña de su edad, quería ser algún día una adulta, pero al descubrir el paraíso de la niñez aceptaba que no había nada mejor que eso, y procuraba querer a sus padres con mucho corazón, de manera que siempre la tuvieran pequeña. Ése era el único milagro que ellos no le podían hacer, pero al escuchar que algún día éstos se volverían viejos y dependientes de alguien, entonces quiso crecer más rápido, pensando que cuando ellos la necesitaran tener cómo ayudarlos. Juzgar que era la hija más querida no la hizo sentir por encima de sus hermanos, y más bien descubrió que los quería infinitamente. La verdad, es que ni sus padres y hermanos la querían tanto, como podía llegar ella a querer.
Desde muy temprano, comenzó a estar en una guardería de llamativos colores. Una gran experiencia como ésa, le manifestó que entre niños se sentía un poco mejor que entre adultos, y pronto se acostumbró a que allí era el lugar donde también podía vivir, y al estar asimilando algo nuevo, la gente de su familia parecía admirarla más por eso que por su belleza. Fue aprendiendo las vocales, y su espíritu resplandeció con más fuerza a medida que comenzó a saber cosas con las que ahora no jugaba. La aventura que eso supuso la cambió por completo, y recordaría por siempre que cuando iba para clases se aseguraba no tanto de llevar las tareas hechas, sino su lonchera llena de jugos y panes para comer y darles a los otros niños, que estaban era hambrientos de ella. De manera que aquello produjo que la niña consentida comenzara a tener más responsabilidad, y eso la ayudó a crecer, porque lo que antes manifestaba de forma exterior haciendo dibujos a lápiz, ahora lo dedicaba a hacer tareas aprendiendo las cosas que estaban escritas, hasta descubrir otra realidad totalmente interesante.
Para su padre, no había otra niña que demostrara ser tan inteligente, y desde que tuvo la oportunidad de verla avanzar en el aprendizaje, sintió el orgullo más especial en su interior. Si alguien cercano le preguntaba por su niña menor, le decía orgulloso que ya estaba estudiando. Ella debió notar desde bien temprano el gran interés que tenían los demás con que su alma girara en torno al estudio, y sentir que hasta el final de su vida no haría otra cosa más que aprender todos los días. La enseñaron a hacer las tareas con dedicación, diciéndole que más adelante estudiaría donde sus hermanos, algo que la tenía llena de emoción. Éstos ya estaban haciendo la primaria, en un lugar diferente.
El colegio Elena Duque era un centro estudiantil, que quedaba en un gran barrio de la ciudad. Desde su fundación en los años setenta, había gozado del privilegio de tener muchos alumnos en sus aulas, que más tarde al graduarse y ser profesionales, recordarían que la mejor época que tuvieron había sucedido cuando estaban aprendiendo las desconocidas cosas de la vida, en esos salones inolvidables. Aunque era un lugar no tan grande y algún día quedaría al lado izquierdo de la vía que llevaba a Puerto Colombia, hubo un tiempo en que estudiar allí era lo que más querían muchos niños de la ciudad. Era algo agradable, porque se decía que los pedagogos que pasaban por allí eran buenos, que siempre contaban con la aprobación de los alumnos, los cuales al llegar le cogían amor infinito a los estudios sólo por quedarles bien a esos profesores. En verdad, muchas personas que pasaron por ese lugar a veces se sentían más aburridas en las vacaciones de Navidad donde se reunían en una cena con sus familiares, que en los días en que frente al tablero escucharon que a bordo de un caballo blanco Simón Bolívar llegó a ser el hombre más grande de la historia, que el idioma español había cogido más prestigio universal desde que había sido mojado con tinta por la pluma de Cervantes, que el avión fue inventado por los hermanos Wright para imitar a los pájaros, que del fuego se habían apropiado los humanos primitivos no para cocinar sino por miedo a la oscuridad donde acechaban las fieras, y que Dios existía en el cielo porque de lo contrario no lo supiéramos. Por eso era sabido que en ese ambiente se formaban personas mejores, produciendo que en poco tiempo fuera uno de los colegios preferidos de entonces en cualquier sector.
Ángela Guzmán comenzó la primaria de esa manera interesante. Su experiencia en un salón de clases no era nueva, pero desde que comenzó a leer entendió que muchas cosas que quedaban para siempre en su cabeza, no sólo entraban por sus ojos como por los atentos oídos. Su inteligencia se manifestó con más fuerza cuando le tocaba hacer las tareas, y su madre reparaba su concentración en concebir los primeros dibujos, para grabar en el papel con lápices de colores las cosas que los demás no se molestaban mucho en pensar. El segundo y tercer año fue afianzando la confianza que tenía con el estudio, y lucir el uniforme se convirtió en parte de su personalidad. Se fue haciendo la mejor amiga entre sus amigas, y también fue teniendo contacto con los niños, quienes nunca cambiarían de colegio mientras estuviera en el mismo salón esa hermosa compañera. Ángela Guzmán demostró tener muy buen sentido para la amistad, y además se preocupaba bastante por tratar de ayudar a los demás que tenían dificultad con el estudio, no tanto por la incapacidad para aprender sino porque delante de la joven eran pocos los jóvenes que se concentraban en matemáticas y sociales, y en cambio les hubiera gustado que entre las asignaturas hubiera una materia del amor para que ella se las enseñara bien. Su capacidad en cuarto con el estudio y en desenvolverse en las otras cosas de la vida fueron sembrando la imagen de que aquella niña estaba bien predestinada, y que lo único que necesitaba era crecer para que fuera verdad lo que se decía en cuanto a ella, respecto a que era una mujer que nació sabiendo lo que iba a tener, como el cabello largo que no se cortó jamás. Las mejores amigas de su infancia en el colegio la recuerdan como alguien que siempre andaba pendiente de las demás, y que hubiera sido capaz de dejar de ser un poco más bella, para que la compañera más fea pudiera tener algún atractivo ante las miradas varoniles. En el quinto de primaria ya era la joven más famosa del colegio, lugar que durante su presencia en las aulas gozó de su período más dorado. La única que no parecía darse cuenta de eso era ella misma, que realizaba las tareas ya para salir del paso, pero con tanta maestría que respondía al cuestionario por lo que aprendía del profesor, con una seguridad poco vista antes. Si faltaba, se sabía que era porque estaba enferma, pero al volver una mañana, aparecía gracias a los cuadernos prestados con todos los trabajos realizados como si no hubiera faltado, hasta demostrar que su buen sentido del estudio se debía a que siempre adquiría el conocimiento seguro en casa, y que sólo iba a clases a presentar las tareas. Su modo de ser estimuló a las demás compañeras, y muchas se dieron cuenta de que era lo mejor que les había sucedido en la vida, y que aunque estando por mucho tiempo juntas nunca podían ser ella, al menos podían ser como ella.
Sonia Murcia era una de sus mejores amigas. Aunque vivía en la apartada población de Puerto Colombia, las unió desde el comienzo el buen corazón que ambas tenían, llegando a identificarse de tal manera en la amistad, que cuando pasando un mal momento una sentía gran dolor, la otra a veces ponía las lágrimas. Su sentimiento de amistad fue algo que Ángela Guzmán valoró, y no dudó en considerarle casi una hermana. Cuando estaban juntas, en el recreo, los chicos las miraban sin parar, y poco a poco Ángela Guzmán comenzó a reparar con interés a unos jóvenes que tenían años de estar enamorados de ella, pero que apenas se atrevían a decírselo por miedo de que al encararla el amor no existiera. «Después de que uno la miraba por primera vez, sentía que ya no podía hacer otra cosa», dice alguien que fue su compañero. La libertad se había apoderado de ella hasta tal extremo, que ya parecía conocer la ciudad entera, que su padre a bordo del carro se la había enseñado en detalles, sin saber que era la ciudad la que estaba cautivada desde que poco a poco la estaba mostrando orgullosa como a otra de sus grandes habitantes. Hasta las compañeras más apartadas, querían ser sus mejores amigas. «Como las mariposas que revolotean alrededor de una flor», decían. Sin embargo, su mundo siempre estaba en la escuela, visitando a la familia de sus padres y yendo a los sitios de recreación donde nunca faltaban los jóvenes que se hacían fuertes alzando pesas, porque pensaban que era lo único que podían hacer para llamar algún día la atención de su mirada. En el fondo, Ángela Guzmán debía tener motivos para estar encariñada con alguien, pero la verdad es que si leía las cartas de los enamorados era de la misma manera que al estudiar para una tarea, un tema que ya sabía de sobra, aunque descubría que por ella escribían con más palabras que cuando hacían un ejercicio para el profesor.
Durante el bachillerato, demostró una emoción más grande en cuanto a lo que el estudio representaba. En realidad, saber que ahora estaba en un grado completamente diferente, la hizo cambiar hasta por fuera, por lo que le dio inicio a su sentido de compromiso asegurándose de cuidar bastante la apariencia, que en todo el mundo se estaba empezando a ver. Su interés por el estudio se afianzó, y le gustó de sobra la clase de español, sobre todo cuando la ponían a leer grandes obras de la literatura universal. En especial una nueva novela de Gabriel García Márquez que estaba de moda, con el título de Crónica de una muerte anunciada, cuyo dramático desenlace al final la hizo llorar amargamente por única vez en su vida. Su pasión por la lectura fue aumentando, aunque le parecía que la gracia de aprender no era tanto para ganar los exámenes, sino para ser alguien de buen saber. Esa idea la llevó a ser una persona más responsable, e incluso cuando su padre no podía llevarla, ella misma cogía el bus urbano y se iba sola al colegio. Mientras sus amigas la veían como una de las mejores colegialas, los varones en cambio comenzaron a mirarla de manera diferente por ser sin duda la más bella, aunque ella nunca se preocupó por eso ni por ser la mejor estudiante. Desde entonces comprendió que aún así tenía que terminar los estudios, y esa etapa de su vida sería totalmente decisiva. Su mirada cambió, y su ilusión de ser algún día alguien en el futuro la hizo ser mejor persona en el presente.
Fue en ese entonces, cuando apareció un nuevo profesor que marcaría una huella indeleble en su vida. Se llamaba Julio Castro, era alto, de color moreno y de mirada seria, y era experto en ciencias naturales, una materia que a muchos les gustaba por encima de otras. «El primer hombre que se volvió loco por ella», recordarían después. Desde la primera ocasión en que estuvo en el salón, se sintió poseído por algo diferente, que lo envolvió por fuera y lo iluminó bien por dentro, como si haber llegado allí fue lo mejor que le hubiera pasado siempre. Al darse cuenta de que el amor invisible emanaba era de una alumna, no volvió a sentir otra cosa en la vida. Se enamoró hasta la obsesión, todos los días al tocar dar las clases parecía solamente programarlas para que las aprendiera ella, y cuando la muchacha lo miraba con interés sentía de veras que estaba siendo alumbrado por un astro humano, que si se hubiera apagado de repente el sol certificaba que en ese salón siguiera siendo de día. Fue indispensable en su trabajo, nunca fallaba una clase, demostrando en serio que era el mejor profesor del mundo, para llamar con eso la gran atención de ella. Le ponía las mejores notas, algo que de verdad ella merecía, aunque no entendía por qué con ese profesor ganaba ciertos exámenes excelentemente, que a veces no estudiaba muy bien en su casa.
Era un hombre que había estudiado en una gran universidad, para cumplir el sueño de sus padres que querían ver en la familia a alguien superado, instruido, ilustrado, que conociera las ciencias de la naturaleza como la vida que le esperaba. En su época de estudiante en España, siempre tuvo claro que quería ser un buen profesor, hasta tener la sensación de que había aprendido tanto en poco tiempo, que no quería olvidarse de nada antes de transmitir ese rico conocimiento a los demás. Sabía de todo en su rama, pero sobresalió en anatomía, le gustaba ver disecar a los mosquitos y hablar sobre la atmosfera, y tenía pruebas contundentes para confirmar que el Diluvio Universal realmente sí había sucedido aquí en la tierra, por el miedo prehistórico que desde entonces los seres humanos le tenían a la lluvia cuando duraba horas. Decía haber visto el fantasma de Humboldt una vez, a la orilla del río Magdalena, cuando en una canoa con unos amigos franceses hacían una expedición botánica, y aquello en vez de asustarlos les confirmó que en realidad estaban siguiendo bien sus pasos. Para él era además algo increíble: estaba en el siglo XX, y todavía el pobre difunto alemán seguía tratando de descubrir nuevas especies en la rica fauna, cerca de los pueblos ribereños donde ahora bailaban La pollera colorá. Otras cosas llamarían su atención, como por ejemplo escuchar viejos boleros de Daniel Santos, que el amor nunca dejaría pasar de moda. Después de graduarse con todos los honores en Madrid, volvió a la parte norte de Colombia y pasó por muchos colegios. Desde entonces, se la pasaba enseñando a quien quisiera escucharle con atención, y con tanto interés que en cualquier salón donde estuviera, gracias a él la materia de ciencias naturales se convertía en la más querida de los alumnos. Todos lo diferenciaban por su seriedad, por su dedicación al estudio, a la amistad con otros profesores y a su esmero para que nadie perdiera la materia esencial que él enseñaba, y siempre se le conoció como alguien lleno de sabiduría, prudencia y cordura, hasta que se enamoró perdidamente de una de sus alumnas.
Durante algunos días, se le vio muy cerca de ella, considerando que el perfume que germinaba de su cuello era una maldición para cualquier hombre enamorado, que tuviera la mala suerte de haberlo sentido a fondo en sus pulmones. Al saludarla, lo hacía con más frecuencia y cariño que a las demás, quizás para tratar de generar un recuerdo aparte en la memoria de ella. Hacía el esfuerzo eso sí de disimular lo que sentía, y de ponerles las tareas más fáciles a todos los alumnos, sólo para beneficiarla a ella. Pero se equivocaba, de una manera bastante exagerada. Si había alguien a quien le gustaba el estudio, ésa era Ángela Guzmán. Toda la vida eso había sido su gran obsesión, y no necesitaba que alguien se preocupara para que a ella le fuera bien en el estudio, ni tampoco era la primera vez que su presencia fantástica en un salón de clases iluminó las mejores charlas de los profesores más sabios. De manera que en algún momento, comenzó a sospechar de que algo pasaba. Aquel hombre la miraba de una manera diferente que los otros profesores, lo que la hizo sentir más incómoda, e incluso, cuando estaba en alguna parte del colegio, apartada y sola, se sentía demasiado pensada por alguien. Sólo que al verlo frente al tablero, tratando de impresionarla con la tabla periódica que era el abecedario de la naturaleza, con la alquimia de la antigüedad donde se pensaba encontrar el oro en un laboratorio y no moviendo la batea a orilla de los ríos y con la caída repentina de una manzana que fue el fruto del conocimiento que llevó a Sir Isaac Newton a descubrir la ley de la gravitación universal, se daba cuenta de que ese alguien era él, tan serio como paraba el bellaco. En el fondo, trató de ser lo más normal, porque era consciente de que su belleza hacía años que estaba causando daño mortal.
Una tarde ocurrió. Mientras estaban en recreo, se acercó al lugar donde ella estaba apartada, quizás pensando en la vida que no dejaba de tener buen sentido hasta ese momento en que estudiaba. Estaba sudando por el calor, se pasaba un pañuelo por la frente, como si en verdad la presencia intocable de ella, para él representaba un verdadero sufrimiento. Ella se puso nerviosa, pero él se aseguró de no dejarla ir y le dijo: «Eres muy bella». Ángela Guzmán sonrió, y hasta se sintió de nuevo halagada. Pero cuando vio que en la calle, él la estaba esperando para invitarla a salir, comprendió que estaba delante de un enamorado completamente perdido, cuya única medicina para su corazón sólo podía ser la misma causa que le había generado tal enfermedad incurable.
La insistencia fue grande, porque a los días siguientes, le profesor le daba las mejores notas y parecía agonizar sin hacerse un tratamiento, como si poco a poco se estuviera ahogando en el único océano del mundo que no tenía orilla. Ella le agradecía sus frases de galanteo, pero no le prestaba demasiada atención. Sabía que en cualquier momento él no aguantaría más, y caería por su propio peso. Un día, quedaron solos en el salón, cuando terminaron de irse el resto de los alumnos. Entonces él aprovechó y le dijo:
-Estoy enamorado de usted, niña.
Ángela Guzmán se asustó con sus palabras. No supo qué hacer, se levantó de su asiento, cogió sus cosas y salió corriendo por el pasillo, de prisa, sin mirar atrás, pero sintiendo que por mucho que avanzara y llegara hasta el infinito, no podía escapar de aquel espacio que estaba inundado por tanto amor derramado de él. Desde esa misma tarde le quitó el habla, pensando que era lo mejor que podía hacer, para no volver a sentirse machacada por una agonía de muerte que a ella sólo le daba pesar. Éste se sintió frustrado, derrotado y hasta avergonzando de su ilusión, y pensó que por mucho que hubiera estudiado en la lejana España de donde vino Cristóbal Colón con sus tres carabelas para que en el nuevo continente existiéramos todos, haber estado en una región legendaria donde don Quijote de la Mancha quiso destruir los molinos de viento para que alguien también le escribiera una novela de caballerías, haber estado en un remoto pueblo de ese país que estaba casi desconectado de la actualidad porque la gente insistía en hablar el mismo idioma conservado desde hacía cuatrocientos años, haber cogido para su gran felicidad un puñado de nieve en Madrid en pleno invierno fluorescente que le confirmó que estaba en Europa, haber visto en persona la cara del Rey Juan Carlos que lo miró a los ojos y le estrechó fuertemente la mano de plebeyo para que supiera que era algo cierto, haber tomado vino blanco en el almuerzo durante seis años para desarrollar su buen gusto por la copa llena y las cosas buenas y haberse graduado en la universidad con todos los honores que le valieron un viaje a Cádiz donde nació su antecesor José Celestino Mutis, eso no le había servido de nada para enamorar a una muchacha bonita de Barranquilla. No lo volvió a ver, por la sencilla razón de que desapareció. El profesor se había ido por siempre del colegio, lejos, demasiado lejos, para que no le siguiera haciendo más daño una extraordinaria belleza solar, que no tenía nada que ver con el egoísmo evidente de su amor.
Desde ese caso, Ángela Guzmán comprendió que era definitivamente diferente a las demás mujeres. Lo había notado, pero no había nacido para entender el comportamiento de los hombres, tan impredecible como las olas del mar de leva, y pensó con nervio que algún día iba a pagar tanta indiferencia hacia el otro lado de la mirada. Éstos agonizaban en verdad con las lágrimas, y se sintió culpable por ser la única dueña de tanta belleza. «Una blanca rosa que lamentaba tener espinas», decían con sinceridad las personas más allegadas a ella. En serio, porque si había algo que quería era ser buena, pero muy pronto comprendió que el amor no podía ser para repartirlo en los demás, y con razón llegó a creer que la mejor manera como podía corresponder a los que se morían por ella, era emitir a veces una sonrisa resplandeciente, que para remate no hacía sino ilusionarlos mucho más que antes. Nunca se había imaginado que causaría daño en los hombres, tan fuertes entre ellos pero tan débiles ante el fuego abrasador de sus ojos de violeta, a tal punto que muchos creían desfallecer, porque si ella por prudencia mejor no los miraba, eso los llevaba al mismo estado de dudar de su naturaleza humana. Quedaban desarmados, algunos que se confesaron prometieron cosas que sólo constaban en la imaginación superficial de los enamorados, la asediaron por varias partes para que ella considerara a los hombres, conmoviéndola de veras porque parecían estropeados y muy torpes en un charco de salitre, por la misma frustración de no encontrar su amor en ninguna parte de la vida. Pero ninguno le inspiraba nada en particular, ni podía ser novia de todo aquel que le dijera que la quería, y eso era suficiente para sentir que en realidad no era culpable del torbellino animoso que estaba pasando.
De otro lado, Sonia Murcia llegó a quererla tanto, que imaginó las mejores cosas de la vida al lado de ella, y se propuso que por nada, ni siquiera el hecho de que en cualquier momento tuviera cada una su compañero, dejaría de ser su gran amiga incondicional. Su amistad había pasado toda prueba, y si le hubieran puesto a escoger entre un novio y la cercanía de su amiga, se hubiera quedado con ésta, hablando de la luna, el sol y las estrellas, de la telenovela de moda, de aquellas canciones que sonaban en todas partes e interpretaba con poesía de oro un cantante llamado Rafael Orozco que muchas tenían como su preferido, por su cara con bigote, su lunar distinguido en el cachete, pero sobre todo por el timbre de su voz que lo hacía superior, y que debió ser el secreto amor platónico de una hermosa joven que no parecía arrastrarse por el amor que inspiraba el resto de los demás mortales. Su capacidad de entendimiento superaba su propio concepto de la vida, y era testigo de que su padre la quería tanto, que todavía en la adolescencia apenas si le permitía tomar el bus urbano donde regresaría a la casa, y siempre cumplía el compromiso de dejarla y de ir a buscarla, para que nadie demasiado obsesionado con las novelas de Corín Tellado, se la robara y llevara lejos. Las demás compañeras se sentían sus mejores amigas, pero Sonia Murcia en especial era la más profunda en sus sentimientos, y sabía si alguien le gustaba sin ella misma decírselo, nada más porque reconocía su estado de nervio, su silencio repentino, su cambio de respiración, al ver pasar en la calle a un hombre serio dueño de una apariencia tan fina que apenas se fijaba en la suya. Era consciente de que su amiga le había dicho que le gustaría casarse con un príncipe, aunque no fuera de sangre azul como en las grandes cortes europeas, porque su fantasía giraba igual al de una mujer que se sabía con inmensas pretensiones, a la que no le importaba la raza, la cultura ni el idioma, porque estaba segura de que en el amor lo único que interesaba era que la bienaventurada persona que ella quisiera, nada más tuviera un corazón para que sintieran la misma cosa. Si alguna vez le confesó eso, nunca lo olvidó, y pensaría que a lo mejor su amiga sabía con quién se iba a casar, y que no se lo decía a nadie por temor de que nadie se lo creyera, o porque era tan bella que ya era creíble que de la única persona que ella podía enamorarse, posiblemente ni siquiera existía en su país.
Ricardo Guzmán, su primo hermano, se sumó a aquellas andanzas. Se había hecho amigo cercano de Sonia Murcia con el paso del tiempo, de una manera bastante galán, a tal extremo que la amiga se quitaba de al lado cuando los veía juntos, consciente de que aquélla había quedado en buenas manos. Su amistad había sido determinante para que Sonia Murcia sintiera confianza y soñara con ser la compañera eterna de su primo, porque de esa manera más que amigas serían casi cuñadas. El hombre se sintió la persona más feliz del mundo por experimentar el amor de la morena mujer de Puerto Colombia, y salían a pasear a varias partes, a la playa, al lado del muelle, sabiendo que el ángel de su prima lo había guiado estupendamente a la buena amiga, para ver mejor la blancura de las grandes nubes. La relación con el paso de los meses se fue consolidando, produciendo que pensaran en el matrimonio, para dicha de Ángela Guzmán, quien ya había sido testigo del noviazgo de su hermana Martha, y del nacimiento del hijo de su hermano mayor, que ya estaba estudiando medicina en la Universidad del Norte. Decía por eso que cuando ella tuviera sus hijos, los iba a querer como si fueran suyos, y tal esperanza afianzó la creencia de que había nacido para querer más a los demás que la amaban por dentro y no por fuera. Se veía feliz, y a veces paseaban los tres por toda Barranquilla, aquel vividero del mundo donde ella estaba orgullosa de haber nacido, porque le gustaba el calor de su gente, el sol que lo alumbraba todo, los constantes carnavales que barrían con la peor de las tristezas, y si algo la ponía feliz era la despreocupación de la gente aún en medio del drama, y ver el mejor humor hasta para contar una gran historia que no gastaba más de diez palabras. Su pasión con la realidad había crecido a tal extremo, que se podía pensar que la vida sólo estaba para que resplandeciera ella.
Cuando tenía tiempo disponible, al salir de su casa o del colegio, tomaba un bus intermunicipal que se dirigía a Puerto Colombia, para visitar a la nueva pareja que se estaba acostumbrado a vivir mejor junta, y pasaba horas en la nueva casa desde que había descubierto que en vez de la calle, era más feliz allí dentro. La maravilla de aquel pueblo, entre pequeñas montañas junto al mar Caribe, le fascinaba de verdad, y en poco tiempo reconocía a muchos de sus habitantes que al verla una sola vez no la olvidaban, y la estación del antiguo tren en el parque, donde llamaba más la atención porque no parecía que venía de Barranquilla sino del cielo. «Le gustaba mucho bañarse en el mar, y yo me preguntaba si al mismo mar no le gustaba que se bañara ella», recuerda su amiga. Era un buen pueblo, que encantaba siempre con cada visita, a tal punto que hasta pensó en algún día irse a vivir allí. Su amiga siempre la defendía de los enamorados que caían presa de la fiebre incurable cuando la descubrían por doquier, y deliraban al menos estar una vez frente a su mirada para terminar de confirmar que había algo mejor que ser vistos por Dios. En una ocasión se quedó a dormir allí, aunque temprano al día siguiente, vio cómo llegaba su padre en el carro y se presentaba en la puerta de su sobrino, creyendo asustado que a ella le había pasado algo malo.
Una tarde, estuvo un largo rato en Puerto Colombia. Al parecer, este pueblo pequeño estaba teniendo mucho que ver con su vida, y entonces le sucedería algo que se establecería en los pocos días que le quedaban a su memoria. Había estado de paseo junto a su amiga recorriendo la playa, y estaba ya a punto de marcharse cerca de la vieja estación del tren, donde la presencia de su belleza resplandeciente convocaba más la atención de los mismos turistas nacionales e internacionales, que el antiguo muelle histórico que se estaba pudriendo por tanto mar. De ser tan mirada, era algo que a ella la ponía incómoda, aunque desde que comenzó a florecer en su adolescencia, se había acostumbrado a sentirse pensada por mucha gente que no pudo voltear a ver. Alguien que la vio caminar como una doncella, soltó una frase que sería inmortal y bastante recordada hasta el último momento de su vida.
-Eres la mujer más bella del mundo -le dijo de manera directa-. Pero lo único malo, es que un día cercano te vas a morir.
La joven quedó muda, siendo algo que no esperaba escuchar y menos en aquel pueblo que por el olvido del gobierno centralista, hacía un enorme esfuerzo por seguir apareciendo en el mapa nacional. Quizás por eso, decidió quedarse el resto del atardecer, sin atreverse a viajar por miedo a lo desconocido, calando la preocupación en su mente, en la interna conciencia, sintiendo un horror que la estremeció mucho, porque además sería el peor recuerdo que tendría de aquel pueblo donde no volvería nunca más. Pero fue como si su espíritu, de un momento a otro, hubiera quedado allí para siempre. En un futuro, ese incidente que ella misma contó a todo el que la quiso escuchar, sería una de las razones para que después de muerta, pensaran por qué su alma seguiría en pena en los contornos de esa población.
Por otra parte, se acercaba el gran día en que iba a terminar el bachillerato. Para Ángela Guzmán aquel sitio había representado en realidad la mejor experiencia, la que más la había marcado, y durante mucho tiempo diría que todo el buen conocimiento de la vida lo había aprendido en el colegio Elena Duque. En serio, al igual que muchas personas que se graduarían allí, tendría un bonito recuerdo de su paso por ese lugar, con la única diferencia de que su historia posterior, algún día haría de ella la ex alumna más famosa de aquel centro estudiantil en la región. Según la gente que la rodeaba, el último año haciendo decimosexto fue en el que más se concentró en los estudios, y lo hacía de una manera práctica, con ganas de terminar rápido, aunque todos pensaron que más bien sentía una enorme nostalgia porque se estaba acercando la hora de salir para siempre. Fue de todas maneras una nueva etapa de su vida que estaba a punto de comenzar, para alegría de ella y de las personas que más la amaban. Cuando llegó la hora del grado, con una toga posando para el fotógrafo, estuvo feliz, junto a sus compañeras, alegres y sinceras, representando el buen ejemplo que tenía por ser una de esas estudiantes excelentes que más le daban crédito al plantel.
A partir de entonces, mucha gente esperaba ansiosa que ella eligiera esa persona que asaltaría su corazón. Tendrían que esperar unos meses más para que pasara eso, por la razón de que la muchacha no demostraba mayor interés por otra persona que por sí misma, y si decoraba su apariencia no era para que nadie se enamorara de su cara sino que era lo primero que había aprendido aunque no quisiera arreglar la vista de los demás, que cuando la veían en seguida le daban gracias a Dios por poder ver, y apenas sentía algo por los idealistas que la molestaban delirando con ser alguien en su conciencia, porque la verdad es que Ángela Guzmán no se reparaba tanto en el espejo como la miraban a ella en la acera. Sin embargo, era evidente por estar en la lozanía de los dieciséis años, que en cualquier momento demostraría que se había enamorado, ilusionada con alguien, pero ese individuo no parecía estar en su entorno sino dentro de su cabeza. «Nunca hablaba de cómo deseaba que fuera», decían. Era efectiva de algún modo, esa omisión que la protegía, porque a muchos ilusos les hubiera bastado al menos aunque fuera una pequeña descripción, para salir corriendo de inmediato a parecerse al transcendente hombre de sus sueños. Pero el presentimiento de que el príncipe iba a venir a su vida fue cobrando tal creencia, que nadie dudaba de eso, no tanto por la onda expansiva de su pensamiento sino porque era innegable que con tanta belleza, sólo un hombre revestido de poder con dejarse ver un instante podría salirse con las suyas y llevarse a una mujer cuya excelsa apariencia que agradaba, había era terminado lastimando el sentimiento de los demás que la habían visto tantas veces. «Aunque parecía que lo que quería estaba al otro lado del océano Atlántico, ella lo estaba esperando sin ningún desespero», asegura Sonia Murcia. Nunca se lo propuso, pero comprendió que era una verdad de su vida, ir soltando las lágrimas de unas personas que la única manera como podían besarla en los labios, era primero matándola para que al menos con los ojos cerrados el dulce que quedaba de su amor pareciera cierto. Ángela Guzmán fue sintiendo en su interior algo profundo, como si esa persona que ella tanto esperaba estuviera más cerca de lo que imaginaba, aunque no tuvo necesidad de prepararse para atraerlo, porque estaba segura de que con su modo de ser, actuar y vestir, en cualquier instante vería aparecer a alguien característico de un lejano desierto, que la amaba desde antes de conocerla.
En una ocasión, ambas amigas estaban en un parque de la ciudad en la calle ochenta en Alto Prado, tratando de hacer la vida mejor. Era una tarde de brisas, de tranquilidad y gran panorama, viendo todo el alrededor que se enriquecía más con la imagen de la muchacha de menor edad. Al igual que siempre, eran hermanas de corazón, que se identificaban nada más que con el sólo acto de estar juntas. Las personas pasaban, y la miraban de una manera que aunque los pies andaban iban quedando con la cara fija, gravitando en torno a aquella belleza heliocéntrica. Ellas se reían, por supuesto, entendiendo la razón de muchas personas que con sólo verla una vez en la vida, podían grabarla para siempre en la memoria. Ángela Guzmán, por un misterio de la naturaleza, llamaba la atención de cualquier persona que hubiera desarrollado más el sentido de la pasión.
Sin saber por qué, se pusieron a hablar del amor, algo que a veces bañaba las conversaciones de ambas, porque era no normal que ante la insistencia de tantos jóvenes por su figura, la muchacha de cabello castaño no entablara un tema tan universal como ella. Era claro que Sonia Murcia pensaba en su mejor amiga, la cual hasta entonces no expresaba el más mínimo interés en alguien de este mundo, complaciéndose con vivir su propia vida, que para ella era de lo más simple al igual que las mariposas amarillas que volaban a su alrededor. No daba muestras de prisa por tener a alguien, quizás porque pensaba que el pretendiente que elegiría no sería producto del azar sino de sus sueños. De manera que la gran amiga le dijo:
-En cualquier momento vas a encontrar tu Príncipe Azul.
Ángela Guzmán quedó pensativa, claro está, como siempre que la amiga le hablaba de ese aquello. Había pensado en eso tantas veces, que tenía la completa seguridad de que si esa persona existía, era porque poco a poco había salido a la realidad de su propia quimera. Intuía que en cualquier momento, iba a sentir por alguien la misma energía que sentían la mayoría de los hombres por ella, algo que apenas lograba concebir cuando se miraba en un retrato rodeado de escharchas. Sólo que el tiempo pasaba, nada sucedía, y mientras tanto su hermosa apariencia se iba abriendo cada vez más como los pétalos de una flor. Estaba lejos de saber que en aquellos días esa ilusión de idilio se haría real, de una manera tan brusca, que ella misma admitiría que había recibido más de lo que había pedido.
Los carnavales en Barranquilla se prestaban para eso, porque era bien sabido que durante las fiestas carnestolendas, muchas parejas consumaron la relación nada más conocerse. En la ciudad, todo el mundo se volvía a la locura general, produciendo casetas, bailes típicos, aumentando el espíritu de alegría aunque fuera por unos días, donde ricos y pobres compartían igual entusiasmo, bailando lo mismo bajo el sol, la luna y las estrellas, escuchando el sonido del tambor en cualquier espacio de Barrio Abajo, que levantaba a los hombres más viejos de los taburetes porque volvían al ayer. Si había algo que los barranquilleros amaban de su ciudad, eran en realidad los grandes carnavales, porque aquello los conectaba con la verdadera vida que les hubiera gustado vivir los doce meses del año. En cualquier parte del país, se sentía el ritmo de esas comparsas, que dejaban ver a ciertas mujeres bellas casi desnudas en las casetas, en las fiestas públicas, aumentado el amor a primera vista entre dos personas del sexo opuesto, aunque nadie se dignaba a averiguar si era por efectos de la pasión o por quedarle bien a la fiesta. La música salsa, el merengue, la cumbia, hacían incluso que despertara el espíritu de los difuntos, quienes no se perdían aquel espectáculo donde además numerosos seres humanos se volvían sus nuevos socios en la muerte, porque era sabido que durante esta época muchas personas morían de forma inexplicable o en peleas callejeras, como si ése fuera el precio que tenían que pagarle al Rey Momo para que mantuviera su identidad adorable, aquella que producía que las mujeres más decentes a veces se permitieran un baile pegado con el vendedor de butifarra que les daba otra cosa, y que las prostitutas sintieran el impulso de regalar el amor a los clientes sin ser pagadas, pues no había mejor pago en la vida que vivir de nuevo el extraordinario carnaval. El pueblo sentía que era su fiesta, adueñándose de las calles donde pasaban los carros para mostrar las carrozas en las cuales desfilaban mujeres que si bien no mostraban la totalidad de sus cuerpos, era por el temor de que algún cura dijera que esa celebración era en honor al Diablo, el cual en serio era más amado en esos días porque, a diferencia de Dios, lo podían tocar, ser parte de él y acostarse fácilmente por su influencia, con una mujer protuberante que no conocían cinco minutos antes.
El mes de febrero era considerado de alguna manera un mes pagano, pero a nadie le importaba eso, viendo cómo personas de otras ciudades y de países cercanos y lejanos se hacían presentes en aquellas grandes fiestas, para ver si era verdad que las hermosas mujeres de Barranquilla eran más fáciles de amar en la época de carnaval. Inclusive en las calles más apartadas de la ciudad, los pobres sentían que también era su fiesta, y organizaban sonoras casetas, diversas rumbas que duraban hasta el amanecer, propiciando que unas mujeres salieran a veces embarazadas, y como a veces no sabían de quién, en vista de que algunas desubicadas tuvieron relación con varios hombres, la excusa que no tenía reproche era decir entonces que podían abortarlos porque eran hijos del Diablo. La diversión contagiaba al más aburrido, y los viejos que eran testigos de aquel espectáculo, aseguraban que el carnaval nunca dejaba de ser menos interesante que los de antes, y que por el contrario, entre más pasaban los años, más se iba adueñando de una ciudad que aparte del río, el sol y las calles de arena, era reconocida internacionalmente por sus carnavales que llenaban al mundo de más colores. Esthercita Forero por cantar el vienes en la noche La guacherna se había convertido en la novia de Barranquilla, la Batalla de Flores, en el Paseo Bolívar, servía para recordarle a la gente que aquella era sólo una guerra de amor, que las margaritas florecían con más entusiasmo sin eran lanzadas con alegría entre la masiva muchedumbre, y mientras corrían otros sucesos alguien llegó a decir que el sol había sido prendido para que ese gran carnaval se viera más que Colombia. Esta clase de comentarios los creía hasta el más incrédulo, de la misma manera como también se decía que la luna había sido puesta en el firmamento, para iluminar los pechos voluminosos de una mujer querida que se los daba de mamar despojados a alguien que por curiosidad bajo la tela sólo se los había mirado, en un lugar aparte de la calle. El Festival de Orquestas era uno de los espectáculos más esperados, porque permitía mirar la contienda de los grupos musicales más interesantes del momento, dejando ver al conjunto el Binomio de Oro que brillaba fuertemente, porque su cantante Rafael Orozco enamoraba siempre a más mujeres, haciendo de Barranquilla su ciudad por adopción desde que había descubierto que si cantaba con amor desde una de sus tarimas, podía ser escuchado en el resto del mundo. La razón es que más que una fiesta aquello representaba un verdadero negocio, donde muchos aprovechaban para entrar en los bares desapercibidos, para cometer robos que dejaban a algunos sin la inocencia, para enamorar a la mujer del vecino con el pretexto de que era sólo un juego de barrio, y para tomar ron en las mismas oficinas. Era algo que se sabía en todas partes, de manera que aquella era la fiesta apropiada, para ver con seguridad realizado lo más imposible de conseguir.
La caseta La Tremenda, situada en la carrera 43 con calle 50, era uno de los grandes templos durante estas fiestas, ya que incluía la presencia de los cantantes más famosos para atraer a las gentes. Las personas que sabían eso, trataban de llegar lo más temprano posible para estar presente en aquella atmósfera que olía a mucho perfume de esencia femenina, donde la alegría inyectada era lo único que una mujer necesitaba para creer más en el amor. Con exactitud, era bien sabido que dentro de aquel lugar, muchos hombres y mujeres se enamoraron a primera vista, efectuando que el contexto de rumba produjera un sentimiento que se desataba en locura febril, y un hombre blanco podía enamorarse perdidamente de una negra que tenía más nalgas que buena vida, un viejo por conquistar a una joven realizaba el milagro de volverse el niño alcahueteado por todos, alguien pobre sería capaz de volverse rico si el amor improvisado de una desnuda mujer millonaria le daba tiempo de pensarlo, mientras los músicos participaban en la pista donde estuvo El Joe Arroyo desplegando un voltaje casi afrodisíaco, para contagiar a un público que lo catapultaba como el primer dios negro del mundo. Este cantante que poco a poco se convertía indiscutiblemente en el Rey del Carnaval, tenía un extraño magnetismo que intervenía en las masas, que lo seguían como si fuera el líder de la religión del amor, porque diversos hombres gracias a su música encontraron con certeza a las mujeres de los bailes y de sus vidas. Siempre figuraba como el más importante, y cantaba canciones de Fruko y sus Tesos, y después con su agrupación La Verdad que lo dio a conocer mucho mejor en la portada de sus discos. Varios grupos vallenatos también se hacían presentes desde principio de los años setenta, con buen gusto y sabor al estilo de Jorge Oñate, que traía lo mejor de la Provincia. Pero la verdad es que la gente barranquillera siempre se sintió más atraída por la música de las Antillas, que sabía a mujer de raza morena, a aire isleño, a cacao espeso, que impacientaba a los hombres cuando veían pasar por la calle a la dueña de un cuerpo saliente, que hacía sudar el pensamiento, y por eso la salsa mandaba corriendo a las mujeres a la pista de baile. Así que la fama de aquel recinto estaba en el boca a boca de la mayoría de las personas que gustaban de la rumba, llamando gente de todos los extractos. Estar presente ante sus mesas sacudidas, o bailando al ritmo de la música, donde terminaban las sillas dañadas y unas botellas de ron en el suelo vacías y partidas, era un sueño que muchos querían hacer realidad.
La ocasión en que Ángela Guzmán se hizo presente allí con unas amigas, estaba lejos de saber que había caído en la trampa diabólica de la pasión. Había decidido salir a rumbear, para hacer lo que los demás hacían en esos días. Su corta edad producía que a cualquier lugar donde fuera siempre estuviera acompañada, pero la verdad es que aquella fiesta a pesar de sus máscaras, disfraces, espíritu dionisiaco, tenía un inocente atractivo para los demás, y la beldad no llamaba tanto la atención como la felicidad del baile que no paraba. Era poco amante del trago, de las cervezas Costeñita, pero en vista de que la gente de su confianza no dudaba un instante en echárselo por la garganta, la hermosa Ángela Guzmán también lo hizo, para no dejar solos a los compañeros que se alejaban rumbo a la locura, que de pronto pareció la mejor de todas las cosas. Se veía feliz, sin tener la menor sospecha de que esa tarde su vida iba a cambiar para siempre. Mientras tanto, en la escena cantaban de una manera estrambótica que hacía saltar los nervios, para dar posesión a la diversión que nadie regañaba. Los demás aplaudían, a veces bailaban, haciendo de aquel ambiente un momento sobrecogedor del que ningún presente podía escapar.
Las personas que estaban a su alrededor, recuerdan que ella estaba muy contenta con vivir ese momento, y por sus ojos desfilaron muchos hombres sin llamarle la atención, quizás por el respeto que tenía hacia sí misma, aunque la verdad es que no era la primera vez que iba a una fiesta donde la rumba pateaba como un cable pelado con electricidad, el ánimo hacía expulsar a los demonios que estaban falta de entusiasmo, mientras el delirio hervía, por el conjunto que estaba presente, haciendo ebullición un capítulo que pasaría a la historia común por tener a una mujer, que se volvería el personaje más importante de la leyenda urbana de la ciudad. En más de una ocasión, bailó con uno de sus amigos, salsa, merengue, vallenato, haciendo de aquél que la abrazaba un pobre ser humano, que podía estar cerca de su belleza física pero no de su amor. En ningún momento perdió la compostura, y recibía tragos de aguardiente Cristal sin negarse, para aprovechar aquel momento en el que por fin sintió que dejaba de ser la niña consentida de sus padres. «Estaba tan contenta, que en serio no la conocía», diría algún día su mejor amiga. En lo más sincero, pocas veces se le había visto así de feliz. Sonia Murcia en efecto estaba allí, y recuerda que ella se divirtió hasta los mismos límites de la alegría, sonriendo, siendo ella misma, confirmando con su presencia que si en Barranquilla abundaba algo en los carnavales, eran mujeres alegres como ella. Algunos más querían bailar consigo, y ella los recibía con agrado. La manera como daba felicidad en los demás era impresionante, y poder amarla con su beneplácito muchos sentían que era la verdadera meta de esos carnavales.
Por su parte, el conjunto que estaba presente prendió más la fiesta, haciendo que todas las personas siguieran el mismo ritmo de la sangre, impulsando un entusiasmo que desbordaba hasta salirse de la piel, y afectar a las paredes, al piso, al aire que se respiraba, a la misma naturaleza de cemento que reaccionaba ante tanta alegría que era mundana. La gente no dejó de pasarlo por alto, observando a un gran cantante de merengue que para animar el baile era el mejor, sin que los demás pararan de mirarlo, porque parecía representar la parte vocal del carnaval. El resto de los músicos lo seguían con temple decidido, sabiendo que eso era un toque para alegrar a la gente y mantener vivo el mismo regocijo que, al contrario de lo que decía la religión, los alejaba de aquel abismo oscurecido del infierno. Las personas que observaban la tarima no cabían de la alegría, y cada quien buscaba una pareja con que bailar una canción que era su preferida, y más de una persona que no conocía a una mujer la invitaba a lo mismo y ella no se negaba, porque era consciente de que aquella melodía también era su preferida. La maicena, el aguardiente, las camisas de colores, no eran comparable como las ganas de vivir en aquel momento de movimientos sísmicos, donde la repercusión de todo aquello podía sentirse más allá de donde llegaba la imaginación que se había olvidado de cuál era su cabeza. La rumba interna debía llamar la atención de la calle si hubiera sido en una época normal del año, pero la verdad es que afuera el mundo entero gozaba de la misma zumba. Todos querían que aquello durara todo el tiempo, aunque fueran conscientes de que la velocidad del reloj no parara, y asustara a los que ya habían descubierto la felicidad fugaz de la vida. El baile estaba en su apogeo, todos querían subirse hasta en la tarima y bailotear, y las botellas de ron aparecían de mano en mano, incluso cuando ya hacía rato no quedaban más monedas en el bolsillo.
Un hombre extraño apareció, como en medio de la nada, después de estar mirando durante un buen rato a Ángela Guzmán. Era claro, de cejas encontradas y tenía la apariencia de alguien propio. «El hombre que ella toda la vida había estado esperando», dijo un testigo de ese momento crucial. Sus miradas se cruzaron enseguida, y ella reconoció a una persona en la que había estado pensando tanto, que le pareció que no surgía de la realidad sino de su propio deseo. Él se acercó a su mesa atraído inmediatamente por ella, y la invitó a bailar. Sin pensarlo dos veces, Ángela Guzmán se dejó llevar por aquel individuo que por su aspecto demostraba ser un príncipe con Dios, y bailaron mal por culpa del aparecido algunas canciones, hasta tener la sensación de que él era su hombre y ella su mujer, despertando la atención de las personas que la acompañaban, que jamás la habían visto tan engreída al lado de alguien que apenas conocía y ya le tocaba la piel. Se entregaron de inmediato, sin pronunciar una sola palabra, sabiendo que la letra de la bachata romántica que bailaban hablaba mejor que ellos. Sentir que se había enamorado a primera vista, mientras estaba literalmente en sus brazos, fue algo que la asustó en serio, haciendo un esfuerzo por disimular algo que ya él sabía. Durante un gran período, no hicieron otra cosa diferente de bailar, a pesar de que esos ritmos él no los sabía pisar bien. El hombre estaba sonriente, no por prepotencia sino de la propia felicidad, porque le era increíble que alguien tan bella pudiera estar en ese lugar, que se imaginó lleno de marimondas, de borrachos, y no teniendo una princesa humana que había salido de las mejores páginas de un cuento de hadas. De manera que siguieron así, por unos minutos, echándole leña a la ardiente hoguera que los consumía.
Para ambos, nada fue más importante hasta ese momento de la vida que estar juntos. Cuando Sonia Murcia se dio cuenta de que aquélla estaba sonriendo, comprendió que los demás tampoco se equivocaban. Algo había pasado que hizo cambiar el curso de la historia, pues el frenesí que despedían comenzó a afectar a los otros de una manera tan instantánea, que le hizo bien a la propia fiesta. «Era claro que había pasado» diría su mejor amiga: «ella se había enamorado.­» En efecto, supo pronto que aquel desconocido era el hombre de su vida, y decidió no perderlo, mostrando su mejor lado femenino que producía que él más nunca la dejara, sonriendo con placer, con coquetería, para que viera bien una cara que si se enamoraban de ella quemaba como el sol. Él no cabía de la alegría inmediata que le provocaba aquel ser que lo contagió con elegancia, teniendo la certidumbre de estar sintiendo una fragancia alrededor de su cuello, que no olvidaría jamás y reconocería en cualquier lugar de oscuridad eterna. Lo mejor de todo, era que la adolescente misma parecía alargar el baile con la soltura de su cintura, provocando un encanto afrodisíaco que de verdad podía dejar sin los cinco sentidos, a cualquier mortal que tuviera la dicha de sentir al fin el amor despertado explosivamente en ella. Era claro que en cualquier parte y en todo instante, sólo quería que de ahora en adelante la vida fuera él.
El hombre debió notarlo, porque aunque no la mirara, en la retina seguía viendo su imagen agraciada que viajó a lo más profundo de su mente. En realidad, era la mujer más bella aparecida en su vida, en la de sus padres, en la de sus abuelos y en la de las demás personas en la tierra. Supo también que aquélla era la mujer de su alma, preocupándole que alguna de las personas que la acompañaban fuera su novio, pero cuando sintió las caricias de confianza de sus manos de princesa, notó que era la primera vez que ella pensaba seriamente en un hombre que la quería. Se hicieron a la confianza ligera, que lo unió a ella de una manera más especial, que lo introdujo en la corriente única que desembocaba en la pasión faraónica. Sintió que en ese momento se desmayaba, porque la que tenía a su lado era una mujer tan hermosa, que enriquecía la historia misma de esos carnavales.
-Eres la mujer más bella que he visto en mi vida –le dijo él.
Durante un buen rato, estuvieron hablando los dos, haciéndose casi una sola carne. Bastaba la manera como se miraban, para saber que estaban atrapados por la animada fuerza centrífuga que aseguraba la preservación, producción y continuación constante de la destacada especie humana. En el fondo, él parecía ser la persona de su vida, el humano que aparentemente salió de la nada para llegar a su encuentro y rescatarla de la amenaza de incertidumbre en que se había convertido su ser, siendo una preocupación en ella que ante tantos atributos prodigiosos, no atraía a aquel ente masculino que la hiciera querer. Desde entonces, no volvió a bailar con nadie más, ni lo volvería a hacer en el resto de la tarde, ni de otras tardes en su corta vida, demostrando con eso o haciendo creer a los que todavía llegaban, que aquel galán que la acompañaba era alguien que la conocía desde su más remoto pasado, y que había venido a la fiesta con ella. Con eso quedó concreto que, gracias a esa caseta legendaria, había nacido un nuevo amor.
En otras ocasiones volvieron a verse, pasando de la atracción a la acción de besarse pronto. Al decirle ella que era el primer novio que tenía, él no lo pudo creer, aunque la verdad es que la dulzura de sus labios manifestaba en seguida que tenía el azúcar intacto. Su enamoró con profundidad de Ángela Guzmán, la cual sentía que tuvo algo de gran inteligencia haber esperado a alguien que ni siquiera conocía, porque en serio poseía todos los atributos del hombre de sus sueños, buen mozo, piel trigueña, ojos bastante claros para ver bien, y por fortuna completamente enamorado de la misma mujer que se había enamorado de él. Nunca él se había apasionado de alguien con tanta rapidez, y las personas que se dieron cuenta de esa pasión lo felicitaron, porque en efecto eso quería decir que había encontrado a la mejor mujer que mostraba la vida. Sólo él sabe cuánto disfrutó a su lado, sabiendo que era su novio, cuántas veces tuvo el placer de tocar esa piel lozana que los demás ansiaban sobar, cuántas veces sintió que era suya por la satisfacción de amarla sin problemas, haciéndole creer a ella por primera vez que el amor en vivo era más placentero que estudiar, que pintarlo, y que soñarlo, pues pensó desde ya que sería su único novio por tener. La unión que representaban aseguraba que eran la pareja perfecta, y se les vio en varias partes, corriendo en los parques para poder volar, viendo películas en los cines para besarse mejor en la oscuridad, tomados de la mano en la calle 84 para comer deliciosos helados que sabían a ellos dos. De esa forma, fortalecieron una vez más la leyenda de que un amor tan grandioso de ese alcance, solamente podía nacer durante los carnavales, y se amaron hasta que no supieron hacer otra cosa. Era la mujer más bella que había visto hasta entonces, con la que mejor se llevaba, y aprendería a descubrir que había llegado a su vida para enriquecerla más de lo que ya estaba, sabiendo que podía vivir mucho más tiempo, siempre y cuando todos los días pudiera ver sonreír una cara como la de ella.




  



  
3

El príncipe era del Líbano, trigueño, delgado y dueño de un perfil parecido, que hizo que una mujer difícil como ella cayera en seguida en el encanto de su gracia divina, creyendo que era ese hombre invisible en el que había pensado tanto, que al verlo aparecer luego de frente lo reconoció en seguida. Su nombre era Habîb al-Assad, tenía veintidós años, era vendedor de joyas buenas y con mejores muestras por haber, y era tan elegantemente apuesto, que al descubrirlo en sus proporciones masculinas más de una mujer de esta vida estaría pensando lo mismo que ella. Su espíritu delataba a una persona serena, tranquila y amable, que hablaba bien el español con acento extranjero, poseedor de una presencia seductora que se imponía ante los demás, aunque al instante se olvidó de sí mismo cuando la conoció a ella, un ángel que como muchos sabían había caído del cielo. «Él era el hombre que todas las mujeres aspiraban tener», decían quienes lo conocían. El aura que lo rodeaba lo hacía parecer como alguien de linaje real que venía de un país muy lejano, del Oriente Próximo donde el ser humano veía primero el sol, y el viento fuerte aumenta su protagonismo en la arena que era abundante de ensueños, de espejismos exuberantes que aparecían y desaparecían dejando la impresión de no haber estado, pero que aun así eran bastante menores a él, que era igual al agua de beber para una mujer que estuviera muriéndose de sed en el desierto. De esa forma, demostraba que su sangre venía pura desde sus más antiguos ancestros, porque a veces se casaban entre familia para mantener el rico patrimonio imperial, y la verdad es que hasta el Rey de Arabia Saudí al ver a una mujer con los atributos de ella, hubiera caído bajo el encanto de una dulce sonrisa que reflejaba una belleza deseada que nunca antes fue muy bien imaginada. Su mirada lejana y curiosa revelaba el carisma que era incluso superior a su aspecto, y desde entonces era imposible pensar que en cuanto él y ella se conocieran, no se produjera de inmediato el gran milagro del amor.
La verdad es que el inmenso poder de su raza estaba en que su padre era una persona adinerada, incluido en aquella parte de Asia, dueño de una familia donde abundaban rostros como el suyo, que controlaba una riqueza que aparte de ser la envidia de cualquier realeza musulmana, alimentó una interesante historia que con el transcurrir de los años ya no parecía sacada de la realidad sino de la más pura fantasía. La fortuna que poseía, había estimulado muchas leyendas en cuanto a su procedencia original, por lo que se podía pensar que aunque eran sólo personas comerciantes, algún antepasado enamorado de la noche pudo ser el dueño de la luna si hubiera estado en venta. En la cultura de donde venía, la riqueza era la ambición más grande del hombre, y ser científico, músico, médico, orador o creador de grandes obras literarias, sólo era un pretexto para adquirir el río monetario que le permitía a cualquiera hacer sus sueños realidades, desde tener un viejo camello que nunca se muriera de sed en el ancho desierto, conseguir que un astrónomo en una sola noche contara todas las estrellas del firmamento, hasta hacer que el Universo obedeciera siempre las órdenes de alguien que hubiera conocido su ley. De manera que la familia disfrutaba de los placeres terrenales, algunos tan excepcionales como conseguir la voluntad de la gente más apartada, que apenas había escuchado algo de esa casta. En cualquier escenario, tenían mucho poder que los llevaba a ser los dueños instantáneos de casi todo lo que desearan.
Él siempre había escuchado que ser rico, era el destino natural del hombre de su raza, y por eso el sentido de la gratitud era muy fuerte en esa tradición, en la que se creía que había que ayudar con constancia a los más desfavorecidos para seguir contando con el favor de Alá, que de todo se daba cuenta desde el cielo. En las calles, en las esquinas, en los zocos, desde joven pudo mirar que la vida era casi igual que en las viejas historias donde se mencionaban los genios grandes y felices salidos de las lámparas, como ver a unas mujeres demasiado bellas que se tapaban permanentemente los rostros, por temor de que si los tenían descubiertos podían hacerle un daño mortal al hombre. De modo que aquel lugar era sagrado por un orden cósmico que respetaban los seres humanos, provocando tantas fábulas que algunos aseguraban que los árabes aparte de todos los días leer El Corán, eran los dueños por excelencia del dinero, que el petróleo era más valioso porque lo extraían de la tierra y comercializaban ellos, al igual que las alfombras para volar, las telas para adornar a las mujeres, los jarrones para beber el té caliente que inspiraba grandes ideas, y el turismo en los camellos que les recordaba a los hombres que a bordo de uno cualquiera podía cruzar el desierto, y encontrarse desde la distancia el gran palacio de un antiguo país que sólo estaba en la imaginación del viajero. Era cierto que aquello era verdadero, en medio de una fantasía donde la aridez del clima era sobrellevada con esmero. Sólo ése era el único sentido de la vida, y que provocaba que en la tierra diariamente quisiera nacer tanta nueva gente.
La familia al-Assad toda procedía originalmente de Irak, aunque se mantuviera en muchos puntos del mundo enriqueciendo más una fortuna legendaria, debido principalmente a las joyas, desde diamantes, esmeraldas, rubís, perlas brillantes, que se remontaba al tatarabuelo que comenzó ese negocio en una calle deprimida, vendiéndole al primer transeúnte que tropezó, un valioso adorno de oro que había encontrado en un saco abandonado de especias. Desde entonces, se dio cuenta de que con ese capital podía poner algo rentable, y con el paso de los años fue vendiendo toda clase de objetos, desde alhajas, telas, figuras de arcilla, incluso antiguos libros encuadernados en cuero de ovejas, títulos con inscripciones en oro junto a piedras preciosas, que –según decían- habían sido escritos en una época bastante remota, no para ser leídos por nadie sino únicamente para adornar la biblioteca del gran califa de Bagdad, Harún al-Rashid. En realidad, adquirió muchas cosas de esta vida, hasta parecer un respetado patriarca con bastón que hubiera estado en los primeros días de la tierra, cuando era posible ver a Dios. Su éxito comercial le abrió las puertas de muchas partes, donde su nombre y reputación lo hacían parecer a aquellas antiquísimas personas que comandaban grandiosas caravanas, que hacían más atractivas las arenas del desierto. La fama llegaba a muchos lugares, llevándolo a ser considerado como un señor que había cumplido la promesa de estar preparado para morir satisfecho, en cierto cuarto sumergiéndose en una montaña de infinitos dinares de oro. En poco tiempo, había logrado sacar a flote un imperio mercantil que inspiraba el mismo canto de los poetas.
Su descendencia continuó con la tradición, y uno de sus nietos, con sus ojos de aceituna, llegó a ser príncipe de Marruecos, sólo porque la hija del rey antes de verlo en la alcoba había soñado con él. De modo que el apellido al-Assad casi todos los tenían, y casándose entre primos hermanos había hijos que nacían llamándose Mohamed al-Assad al-Assad. Era claro, por conservar la riqueza que era cuidada con tanta cautela, que llegaban a pensar que alguien se quisiera casar hasta con su hermana, para conservar siempre la misma sangre. Eran unas personas muy unidas, y trataban a toda hora de aumentar el dineral que poseía una fuerza de gravedad, que en su órbita permanente hacía que se volvieran más cercanas de lo que eran, sin que nunca parara el estado de gracia. El padre de Habîb al-Assad era uno de los personajes que más había hecho para aumentar el caudal de la familia y llevarlo a la grandeza internacional que hacía una leyenda universal, como las mejores cosas épicas e inverosímiles que sucedieron alguna vez en el pasado, cuando alguien en un caballo y con una espada poderosa se convertía de la nada en un príncipe, porque salvó de la muerte a una princesa raptada en el desierto. Tenía amistad con jeques, magnates y reyes, y no era difícil pensar que su hijo mayor terminaría siendo príncipe, si nada más quería tomarle la delicada mano a una hermosa princesa que nunca lo había visto. Era una de sus grandes aspiraciones, en alguien como él lleno de obsesión, que estando una vez en un cuarto, en medio de un delirio, ante una cara que no pudo ver, escuchó una voz que le dijo: la noche tiene dos ojos. El padre quería el bien para su hijo, y por eso trabajaba intensamente, porque era su preferido, su mejor esperanza, y tenía la intención de que algún día no muy lejano encontrara a una gran mujer de apariencia excelente, que reuniera las condiciones para postergar bien la estirpe.
Tal idea estuvo en su cabeza, aunque desde muy temprana edad Habîb al-Assad creció con la mentalidad de ser un empresario de éxito, que nunca se preocupó por llevar su linaje a la sangre azul, porque después de la lectura fantástica de Las mil y una noches que lo puso a soñar, era consciente de que una mujer humilde que fuera la más bella entre las mujeres como la que él quería, podía encontrarse aún en la realidad. Su modo de ser era impresionante, y terminó sus estudios de economía para convertirse en alguien que tuviera una carrera de acuerdo con sus intereses. En verdad, tuvo muchas novias, que se ilusionaron hasta el extremo, pero intuía tanto a las mujeres que era consciente de que éstas no se enamoraban de su masculinidad sino de su abundante fortuna, que las hacía poner más lindas con argollas grandes y excesivos metros de seda fina, sólo para ser advertidas en cualquier momento por él. Sin embargo, cuando conocía a una mujer con caderas de sobra para el buen amor, no era tan precipitado al igual que el resto de los hombres. «La mujer que se enamore de mí, no tiene que saber quién soy», decía. Tenía siempre el don de saber expresarse, aunque era sensato en reflexionar que una mujer de cultura diferente en cuanto lo viera, sabría que el amor que él buscaba era precisamente lo que más lo esperaba. Su padre, de alguna u otra razón, estaba de acuerdo en su elección, aunque la intención de que se casara con una prima lejana que vivía en El Cairo poco a poco iba tomando fuerza, y hubiera podido ser real si en vez de ir a conocer las tres pirámides de Egipto, no terminara yendo inexplicablemente a apreciar las máscaras de marimonda en los carnavales de Barranquilla. Mientras tanto, iba demostrando disciplina con los negocios de la familia, desplazándose a muchas partes del mundo donde tenían sucursales, que eran muy bien atendidas. Se veía entregado a los asuntos, demostrando tener más talento que sus hermanos, y siempre caía en el silencio duradero, como si también se ilusionara con alguien de cabello castaño largo que lo creía estar inventando. Ese hábito lo tenía casi desde niño, pero cuando hablaba parecía no haberse ausentado ni un solo segundo del diálogo que los demás entablaban, hasta que siguiendo el mejor destino del hombre de cedro decidió viajar a un remoto país de Suramérica.
Barranquilla era, por excelencia, una ciudad de inmigrantes. Su historia comenzó prácticamente por el río Magdalena, que con el curso del primer barco a vapor fue dejando ver desde la distancia que el buen futuro vendría por la corriente. Desde principios del siglo XX, con la apertura de Bocas de Cenizas, comenzaron a entrar más barcos procedentes del extranjero, trayendo de todo y para todos, agrandando el bienestar de una ciudad que cada día tenía más calles, más barrios y un gran mercado público donde sobresalía el bocachico, para acoger con placer a toda clase de seres humanos, como europeos, gringos, chinos, árabes y judíos, que de paso trajeron la semilla de sus culturas para sentirse igual que en sus tierras. Eso enriqueció la ciudad, gracias a un comercio internacional que la puso más cerca del mundo moderno. Pero sobre todo seguía llegando gente del Oriente Próximo, como si el calor de esa comarca fuera el ambiente propicio para continuar la misma prosperidad que no venían a sembrar, sino que sólo era una gran expansión de aquélla. Gracias a eso, su raza actual era un crisol que producía gente pujante y echada para adelante.
La cultura árabe allí estaba bien establecida, desde sus inicios hasta el momento, por lo que era normal que sus gentes fueran de lo más representante, y en la calle hablaran ese dialecto. En cualquier parte, sirios, palestinos y libaneses, tenían una fuerte presencia que se sentía en el ambiente, a tal punto que parecían los padres fundadores de la ciudad. Eran muchas las personas que conocían bien a los dueños de los puestos comerciales, como en el departamento de Córdoba donde también se habían asentado, aunque unos yendo y viniendo vivían muy lejos, donde el sol salía primero y por eso apreciaban mejor el sentido de los negocios. La amistad con otras personas de ascendencia del Medio Oriente era bien fortalecida, y no era raro que a veces algunos de sus integrantes estuvieran en una tienda tomando cerveza y hablando en español, para pasar desapercibidos por la mayoría de los habitantes de la ciudad que se alegraban de que nacieran y se criaran allí. En verdad, esta ciudad de mar y río siempre había tenido una participación turca, que la diferenciaba de otras del país. La comida como el quibe, las sanas costumbres, el sentido de la riqueza, habían contribuido para que la población creciera de mejor manera con el impulso que le había dado el empresario Fuad Char, y se dieran cuenta de que en cualquier lugar de la tierra ningún negocio bueno es imposible de abrir si se tiene una mente para pensar. De manera que era un lugar de agrado y placer, donde seguirían estando hasta el fin de los tiempos.
Los al-Assad tenían almacenes desde hacía años antes en esa ciudad, y les había ido tan bien en el comercio que contaban con los más grandes por la calle 76. Eran los lugares donde los hombres hablaban entre ellos en árabe y atendían a los clientes en español, con un sentido tan profesional del negocio que uno no hacía sino pensar que antes de la misma creación del mundo, ya esa raza había decidido que era la que iba a manosear el dinero. El éxito de ventas no paraba, y la importación que realizaban era esencial, ya que cualquier cosa inesperada que se llegaba a buscar en el mostrador siempre se encontraba, como el amor. La bisutería hacía parte del mercado que ellos dominaban, y era como si con tantos productos de joyas, no hicieran sino embellecer más a las mujeres de una ciudad que daría una alhaja como la reina colombiana Adriana Tarud, dueña de una hermosura fantástica que nacía en el brillo de su silenciosa mirada, y que era tan cálida como una urbe del Oriente Medio, porque la brisa fresca y permanente del río Magdalena hacía sentir cerca a cualquiera que viniera de lejos. Sin dudas, aquél era uno de los mejores sitios para fortalecer el negocio.
En vista de que siendo allí uno de los lugares del mundo donde más habían consolidado el mercado joyero, se debía siempre estar mirando. Era sabido que la prosperidad no paraba, y hasta el padre de él había ido en varias ocasiones a aquel lugar, para ver qué era lo que producía que tuvieran esa abundancia de dinero, que recogió por un tiempo William Mebarak en su búsqueda también de ser el mejor vendedor. Al llegar, comprendió en seguida que el ambiente era propicio para vender pendientes, porque aunque quedara en el Caribe al lado casi de la desembocadura de un río, y las mujeres anduvieran con la piel algo descubierta, allí se respiraba una atmósfera que lo hacía sentir como en Damasco, donde algunos hombres en la calle todavía andaban en camello para no gastar la gasolina que se debía exportar. Por esa razón, siempre procuraron cuidar mucho la clientela de aquella parte calurosa, y las joyas mejores que producían iban a parar a esas tiendas, para cautivar a una ciudadanía que a fin de cuentas no se deslumbraba tanto por eso como por las mismas mujeres nativas que se las colocaban. Combinadas ellas con las mejores prendas de Ormuz, producía que en aquella ciudad se pudieran ver al aire libre las mujeres más bellas de la creación.
El día en que llegó al aeropuerto Ernesto Cortissoz de Barranquilla, Habîb al-Assad supo en seguida que estaba en una comarca igual de caliente que su tierra. Al bajar del avión, reconoció por el clima que había algo misterioso que lo transformaría en una persona diferente, un hombre que estaba destinado a vivir un episodio de la vida que sería muy conocido en varias partes del hemisferio occidental. Lo sintió en la temperatura, en aquella deliciosa brisa proveniente del río que le hizo pensar en la que le decía su padre del Nilo, donde los cocodrilos más largos salían a la ribera para poderla respirar. Vino acompañado de un hermano, que mientras caminaba dentro de la sala de la terminal aérea le dijo que a lo mejor allí iba a encontrar a alguien que lo quisiera bien. Habîb al-Assad sonrió, como si ésa fuera la verdadera razón que lo había puesto a viajar desde el otro lado del mundo. Cuando buscaron la parte de afuera para subirse a un carro, seguían enigmáticamente poseídos. Fue en esos momentos, con sinceridad, que sintió real el amor de una mujer atrayente que debía vivir en esa parte.
Después de darle una vuelta a los almacenes de la familia, decidió pasear por esa ciudad de río y mar que verdaderamente era legendaria en la tradición de su raza, que veía lo más parecido a una tierra prometida. En la tarde, estuvo en restaurante tradicional de la ciudad, cerca al estadio Romelio Martínez que estaba cerrado. En medio de mucha gente, como cualquier libanés más y junto a su hermano y unos amigos, probó la popular sopa de guandú. Entonces por la sazón que sintió en el paladar, comprendió que quizás algún día le gustaría vivir allí. Luego estuvo en otros lugares más conocidos, tratando de descifrar la magia de esa parte, a donde lo había llevado la misma pasión. Con el tiempo descubrió una cosa­: aquella ciudad de sol y brisa proveniente del río le gustaba, por algo que todavía ni siquiera había conocido. «Era como si lo único que me faltaba era ver a la mujer, para tener motivo eterno de quedarme», diría. Había algo que lo obsesionaba en su interior, hasta que de una manera un poco profunda fue interpretando aquel fenómeno. En serio, cada vez más estaba absorbiendo el amor de una mujer que no había tenido la oportunidad de ver, y que, según creía, tenía que ser muy bella para que pudiera moverlo desde tan lejos.
El hecho de que Habîb al-Assad estuviera allí, no era del nada anormal, aunque contara con pocas amistades, y saliera a caminar a pie por las calles como pocas veces lo hizo en su ciudad natal. En ningún momento, se imaginó que aquella urbe iba a ser el lugar donde se quedaría viviendo más de un año, y quizás pensó que eso era parte del compromiso histórico de su raza que se tenía que expandir por todo el orbe, buscando acumular el dinero que ya estaba hecho. Le gustaba el sol, sus gentes, aunque por un poco de respeto al Islam, en raras ocasiones le gustaba salir a divertirse en los carnavales, y prefería estar en un cuarto de Beirut, al lado de sus sanas hermanas que cantaban tradicionales canciones que alegraban a Alá. Sin embargo, tomar cerveza era una de sus pasiones favoritas, y lo hacía a veces con tanto gusto, que era capaz de comprar varias canastas y bebérselas junto a su gente de confianza durante un fin de semana, y hasta de escuchar mucha salsa y saber quién realmente fue Héctor Lavoe en una esquina de Nueva York. Eso lo había puesto a pensar que la vida era mejor en Occidente de lo que su gente creía, aunque no vio en seguida en la calle a una mujer de belleza majestuosa como había escuchado tantas veces, a pesar de que allí todas iban tranquilas con las caras descubiertas. Era algo que se notaba en cualquier parte, y además se quedaban mirando un buen rato al ver a alguien de aire árabe como él. En su interior, era consciente de que algún día conocería a la mujer de su vida, sin importarle cuánto tiempo más se demorara eso, porque sabía que ya estaba en el lugar donde se encontraba.
Cuando por cosas de la vida se quedó durante todo el carnaval, caería en el hechizo del que no podrían escapar judíos, cristianos y musulmanes, por mucho que se mantuvieran retirados. En esos días de 1982, el ambiente de la ciudad había crecido de una manera muy grande, y se sentía el ruido de la cumbiamba por todas partes, que quedaba en la piel, volvía loco al más cuerdo, desataba la furia de los negros de Palenque que despertaban la sonrisa porque al correr y quitarse las camisas no tenían necesidad de disfrazarse de esclavos, al momento en que él respiraba la brisa proveniente del río Magdalena hasta más no poder, que le hizo sentir que había formado parte de Barranquilla desde una venida anterior. Él no tenía idea de lo que era esa explosión de la fiesta, pero la rumba lo emocionaba, el sonido del tambor, el ritmo sobrecogedor de la cumbia que pareció adentrarse en sus venas como la misma transfusión de sangre nueva, y ponerse a bailar de pronto una música misteriosa que no había escuchado conteniendo ese aliento sísmico en ninguna otra parte de la tierra, con la que más de veinte años después Shakira en Hips Don’t Lie obtuvo su éxito universal. Era algo que no había mirado, ni siquiera en una selva de la India donde estuvo alguna vez, y vio a unas mujeres iguales que en medio de la danza hindú, hacían mover contentos de un lado a otro a los grandes elefantes. De todas maneras, pensó que aquello también era importante para él gozar de la vida. Invitado por un amigo de la ciudad, aceptó ir a la caseta La Tremenda, siendo cualquier ciudadano más, sin querer parecer un archimillonario a pesar de que su primor de prenda lo delataba, pero lo hizo más que todo porque presintió que a lo mejor en ese local, encontraría el origen del pensamiento de la mujer que (aconsejada por el hada madrina) hacía años lo ansiaba.
Al llegar, tal como intuía, sintió que estaba en un lugar diferente al resto de en los que había estado. Había tantas personas en medio de la fiesta, bailando, festejando, haciendo saltar los ánimos por los aires, que apenas ya les daban protagonismo a los músicos que hacían todo el esfuerzo de la vida, por llamar más la atención de los que apenas conocían el carnaval. Estuvo un rato parado, en silencio, buscando cuál era la razón que lo había llevado allí, casi contra la voluntad de su cuerpo. Sin contenerlo, como por arte de magia, se sintió poseído entero por el amor, que tenía la loca fogosidad, el fuerte aroma de una doncella, pero sin haber visto en ese segundo la cara de la bella mujer que lo destilaba. La buscó en varias partes, con los sentidos bien abiertos, apresurado, desesperado, temiendo despertar de aquel sueño plácido, que ya había comenzado a tener incluso antes de conocerla. En su apuro, estuvo así, sin saber qué más hacer, hasta que al final detuvo la mirada en alguien que al cabo de un momento lo vio, cuando se sintió conectada con la misma pasión que lo identificaba. Era de cabello largo y castaño, cara inolvidable y manos de la más fina porcelana, y tenía la compostura de una princesa, que de repente ha descubierto que entre amigos se puede tener una verdadera diversión. En realidad, era la mujer que había imaginado, que estaba buscando para estar enamorado y cuyo intrínseco rastro corporal lo había arrastrado hasta allí.
A raíz de ese encantamiento, lo que él hizo fue acercarse y sacarla a bailar, consciente de que lo que menos sabía era moverse al ritmo de una cultura suramericana, donde había sido introducido por primera vez. De inmediato, ella respondió a su pedido y fue en seguida su gran mujer. Fue algo sorprendente, porque parecía ser su maestra de baile, en un punto en que él reconoció que ahora lo único que sabía era estar al lado de ella. Todo el resto sucedió de forma espontánea, porque entonces Ángela Guzmán no dejó de sentirlo un solo instante, como si su apariencia de árabe fuera suficiente para ser confundido con el último príncipe que quedaba en Oriente. En serio, no tenían la menor idea de lo que iba a ocurrir a continuación, pero después por su aire extraño, la química que producían contagió el ambiente, lo hizo completamente diferente, y todos los presentes de pronto se pararon, estuvieron poseídos, desarmados, y sin entender se fueron volviendo al mismo tiempo para mirarlos impresionados, porque sintieron que era de ellos dos que provenía el amor. Si alguien le hubiera preguntado qué estaba sintiendo, él hubiera contestado que la mejor media hora de su vida. En esa situación, en medio de la bulla, tuvieron la oportunidad de intercambiar preguntas y respuestas, y cada vez que ella le decía algo, él estaba recordando que era la mujer desconocida que siempre había querido, sin necesidad de verla. Supo que eso era el principio de un nuevo amor, el cual lo tenía bien emocionado y lo había llevado a pensar que de ahí en adelante, su vida solamente sería la que ella quisiera que fuera.
La relación que mantuvieron los primeros días, fue producto de una loca pasión, y nadie daba para explicarse cómo dos personas tan parecidas en sus rasgos sobresalientes, podían estar en un sitio mundano y a la misma hora sin ponerse de acuerdo. Habîb al-Assad era el príncipe que ella siempre había querido tener, y la verdad es que sus padres debieron ser las personas más felices de la tierra, cuando supieron que Ángela Guzmán había encontrado al hombre de su vida, atribuyéndole eso a su buena estrella, a pesar de haber ido al único lugar donde no la hubieran querido ver. Al lado suyo, la muchacha comenzó a vivir en serio un cuento de hadas de los hermanos Grimm, aunque para él aquello era propio de las historias fabulosas de Oriente, donde el amante conseguía siempre a la mujer de su vida en una tierra lejana, dueña de una apariencia bien agraciada, que nunca antes había podido estar con tanta exactitud ni en los versos libres de un poeta. «Era la primera vez que estaba enamorada de alguien que no era Dios», decía Sonya Murcia. En su interior, a ella le era casi mentira, estar ahora a su lado, paseando por todas partes, envolviéndolo con su instinto animal que lo hizo olvidar de que había venido de tan lejos. Siempre había pensado en alguien así, y por eso pocas veces les prestó atención a esos tristes pretendientes que la rodearon, que ni siquiera llegaron a tener un parecido con él. Era algo que por mucho que le dieran vuelta los demás no comprendían, produciendo que llegaran a dudar de que tuviera corazón. Pero cuando él de pronto apareció en su vida, demostró que tenía el mejor que debía poseer una buena mujer.
Sin que nadie entendiera, Habîb al-Assad no quería sino estar en Barranquilla, y su familia libanesa pensaba que al fin había encontrado a la encantadora mujer que le hizo entender cuál era el único destino cierto del hombre. Lo que su padre le pidió, es que si quería quedarse en aquella ciudad y vivir para siempre, es que fuera un buen representante de sus negocios. Eso era algo que él tenía muy claro, porque desde ahora podía tener una compañera a la que iba a volver socia en sus asuntos, aunque la verdad es que Ángela Guzmán era dueña de una belleza tan excesiva, que no parecía haber nacido para vender joyas sino más bien para exhibirlas. Ella se emocionó con aquella aventura, y la idea de ser su esposa la tenía muy emocionada, totalmente ilusionada, porque lo que más había querido era viajar por el mundo, y al lado de alguien ilimitado como él, podía hasta cumplir el deseo de tomarse una foto frente a un palacio de Indonesia que fuera de ella. Se divirtió mucho con aquél que fue su primer y último amor, dejándose amar con los abrazos y los besos sensitivos, pero sin saborear el jarabe de la adhesión completa, porque para eso debía tener antes el consentimiento apropiado de Dios.
Era algo que tenían en cuenta, desde que estuvieron en un cuarto de la ciudad. Debido a esa oportunidad tentadora, era la primera vez que él comenzó a mirarla con sus verdaderos ojos de libanés. Fue un instinto animal que ella crecida en belleza entendió, como si aquel hombre que había nacido para traerle cuantiosa riqueza, a la hora de desearla podía ser el mismo que la dejaría sin su tesoro. En el espacio de intimidad, dio el paso que no se había atrevido antes a dar, por el temor de que en verdad ella no lo quisiera hasta ese extremo. La abrazó, la besó, la acarició en sus partes mejores, y cuando insinuó ir más allá para vivir por siempre dentro de su carne, ella creyó que su vida estaba a punto de perderse sin ninguna clase de garantía, y entonces recordó los consejos de su madre, la cual le decía que para dejarse tocar de un hombre era porque había de tener puesto su anillo de esposo. Tener la cama tan cerca de esa mujer, fue algo de fascinación para él, pero no pudo ir a ese punto ardiente, hacerla una esclava suya en el placer, como ya era ella en su imaginación ansiosa. Ángela Guzmán le dijo que si tomaba una daga y se la colocaba en la garganta era capaz de darle la vida si así lo deseaba, pero no aquello que él en esos momentos anhelaba con desespero. Era tan fuerte el sentimiento con que lo dijo, que él no tuvo más dudas de que era en efecto la mujer que había buscado en el mundo entero. El suceso estaría sólo en los dos, y esa conciencia de culpa lo perseguiría por un rato, haciéndolo sentir mal por intentar llevar al pecado a alguien que todavía tenía su lado de ángel.
Sin hablar más de eso, estaban después en un restaurante de comida árabe, situado en el norte de la ciudad. Era algo a lo que ella poco a poco se acostumbraba, porque era consciente de que al enamorarse de él también se estaba enamorando de su cultura oriental, donde la bandeja servida era más abundante. En vista de eso, pidieron pollo asado al carbón al mejor estilo del lugar, con ensalada de lechuga, tomate y cebolla, papas cosidas y salsa de ajo. En esos instantes se miraron a las caras, reconociendo aquel amor que resplandecía y los iluminaba mutuamente, para abanicar un gran tema que estaba en el aire. Él sentía que había llegado el momento de decirle algo, que ella también quería escuchar.
Habîb al-Assad creyó que era adivina por la forma como lo miraba. Sin embargo, fue consciente de que él andaba tan enamorado, que no era nada de la otra vida que ella acertara en lo que siempre pensaba. Entonces se lo dijo de una manera natural, que le llegó al mismo corazón.
-Nos vamos a casar.
Ángela Guzmán se sintió feliz, de verdad. Para ella, en ese instante ya él comenzó a ser su esposo. Mientras tanto, quedaba pendiente algo de trascendencia. Cuando le preguntó a ella cómo quería que fueran las cosas, si se quedaría en su religión o él en la suya, ésta no tuvo la menor duda. Sólo así le dijo con el sentir que llevaba adentro, que en una iglesia.
-Quiero que sea lo más pronto, no importa dónde –le dijo él.
-Lo sé.
Pero ella quería explicar la verdadera razón de su ilusión en el altar.
-Es que siempre he soñado –dijo- estar como una novia vestida de blanco.
En consecuencia, era muy claro que ella seguiría con su devoción cristiana, y a él no le quedaba más remedio que convertirse a esa religión con tal de tenerla todos los días con gusto a su lado. Es decir: primero tenía que volverse seguidor del nacido en Belén, para poder apreciar el esplendor de su desnudez en la cama. Para él, eso no representaba ningún problema. La idea le fue dando vuelta en la cabeza, y cuando se lo comunicaría a sus padres, hasta estarían de acuerdo. Lo único que sabía era que la amaba más que a nadie, más que a sí mismo y que a todas las cosas, y que por ella podía vivir en cualquier otra parte y hablar solamente su idioma.
El admirable trato fue aumentando más con el paso de los días, y aunque ella ya no estudiaba en el colegio Elena Duque, él seguía al frente de sus negocios con la responsabilidad de cualquier vendedor. En varias ocasiones, al salir de su casa, ella lo acompañaba en el almacén de joyas, viéndolo a veces hablar en su lengua con sus socios y padres distantes que estaban en el teléfono, y soñando algún día dominar ese idioma con el que desde la antigüedad en el desierto se habían dicho las mejores frases de amor a una pareja, sobre todo después que le compró para su alegría infinita una vieja mansión al mejor estilo árabe, de las únicas dos que estaban en el barrio El Prado. Sus amigas se dieron cuenta en seguida de que había conseguido al soberano de su secreta ansiedad, y se alegraron por eso, sabiendo que algún día ella, cuando fuera su esposa oficial y estuviera moviendo su escultural cuerpo en una acostumbrada danza árabe frente a la alcoba, como una salvaje, sensualmente inspirada, llena de pasión, de erotismo, luciendo un traje recubierto en oro, esmeralda y muchos diamantes, haría de él el hombre más rico del amor. Por su parte, el joven Habîb al-Assad no veía la hora de llevar a cabo rápido aquel matrimonio, y así tener la oportunidad de estar en la oscuridad de un aposento con una dama que lo había puesto a ser el humano enamorado que más usaba la imaginación, de la que salía vapor, porque el amor de ella lo tenía tan prendado que después de una corta estadía en Maicao, sintió la necesidad de estar viéndola cerca a cada rato, para no tener que pensarla tanto. La iniciativa de él, sería llevar a cabo el matrimonio más grandioso que se hubiera dado alguna vez en la ciudad, para que la historia occidental recordara quién ante el altar había sido el hombre más enamorado del mundo. Estaba seguro de que también ella asentía a eso, y le dijo en una ocasión en su idioma que nunca, pero nunca, lo dejara solo, porque estar sin ella era igual a la muerte, habiendo descubierto algo que ya habían experimentado antes sus enamorados deprimidos. Era imposible que algún día dejara ella de quererlo, porque ya había visto en sí todas las condiciones de un hombre bueno, y estuvo entonces dispuesta a quitarse la ropa y entregársele antes de tiempo, pero él mismo decidió que mejor respetaría la costumbre católica del amor. En realidad, lo único que necesitaban para conocer la felicidad era que llegara el 4 de febrero de 1983, el día escogido para la boda del año.
La iglesia Inmaculada Concepción quedaba en el barrio histórico más representativo de Barranquilla, El Prado. Su inauguración, un día a principios de marzo del año 1951, puso de moda un lugar donde hasta los más ricos querían ir a rezar todos los días. Su fachada blanca frente a un pequeño parque y a pocos metros del Hotel El Prado, supuso la certeza de que también los ricos eran buenos si iban tanto a una iglesia, y los domingos atraía gentes de todas partes que querían estar presentes en las misas que comandaba entonces un padre, de barba vistosa y voz de Galicia, de quien se decía que alguna vez había visto a Dios. Su espacio interior estaba lleno de muchas personas, y su fama era motivo para que unas que llegaban a la ciudad estuvieran un momento aunque fuera en el lado exterior de aquella iglesia bonita, que además santificaba el ambiente, produciendo que ciertos individuos que pasaban la miraran bastante, y terminaran creyendo sin darse cuenta que gracias a ella estaban más cerca del cielo. En verdad, era raro que alguna persona de la ciudad no hubiera escuchado hablar de ella, tanto si era por su hermosa fachada blanca o por los comentarios de que las personas más pudientes de la ciudad de vez en cuando aparecían allí, que para ciertos indigentes eran indispensables de conocer, aunque sintieran un enorme desprecio hacia la gente que les daba limosna. Era algo que se veía semanalmente, provocando que la gente más apartada se hiciera una buena idea de lo que significaba estar adentro de ella.
El solo frente era suficiente para querer entrar en masa los domingos, a pesar de ser una de las iglesias más pequeñas del mundo. Las personas que vivían alrededor, se imaginaban que eso era lo único que le hacía falta a El Prado, para ser el mejor barrio del continente suramericano, como en un principio en los años treinta lo fue. Muchos tenían la sensación de aquel lugar de casas tan hermosas, de todas las culturas y los tamaños, era el lugar ideal para vivir, y por mucho que fueran a Roma, a Londres y a París, ese sector en cambio con terrazas de jardines vistosos, tenía el privilegio arquitectónico de ser en lo residencial casi varios países al mismo tiempo. Era sabido que las personas más adineradas, que a veces vivían en otros lados, no faltaban en aquel templo dedicado a la Virgen de la Inmaculada Concepción, y que por un momento sintieran lástima de los indigentes que pasaban por las calles o se acostaban un rato en los bancos del parque, no tanto para estar cerca de Dios sino de esa misma gente que siempre tenía los bolsillos llenos de monedas de plata. Sin embargo, también era sabido que muchas almas medio dañadas la visitaban, y que después de salir sentían que eran mejores personas que antes de entrar. Para unas personas, ir allí era algo de todos los días, en especial por las tardes, para dar las gracias por la continuidad de la vida. En cambio, unas aunque entraran varias veces en otras capillas que quedaran cerca de sus barrios, recordarían que alguna vez por lo menos habían ingresado en aquélla que era la iglesia de más hermosa fachada blanca que se conocía.
En cuanto a los matrimonios, ya se había perdido la cuenta de los más elegantes que se originaron allí, y que daban la idea de que era en una iglesia donde de verdad las parejas aseguraban para siempre el serio compromiso. En muchas ocasiones, al pasar por allí, algunos humanos eran conscientes de que se estaban llevando a cabo uniones conyugales bendecidas por el padre, y nadie tenía duda de que ambas familias de los novios debían pertenecer a la élite, porque los carros parqueados en las afueras eran de otros mundos, la felicidad hacia la vida era más persistente y el aire que soplaba purificaba el ambiente, para nada contaminado del mundo exterior que se oxidaba con tanta gente pobre de la ciudad, viendo a veces algo parecido a eso en las telenovelas. Era como si las personas, o nuevos ricos, para pertenecer de verdad a la sociedad barranquillera, tuvieran que casarse primero en la iglesia Inmaculada. Si alguien no lo sabía, poco demoraba en escuchar al pasar por su andén que ésa era la iglesia donde se casaban los ricos, y que a pesar de no ser nueva, donde se seguirían casando. Al ver el tamaño pequeño de la fachada blanca, a veces lo dudaban, pero bastaba asomarse un instante al interior del santuario para ver los adornos que enriquecían el aspecto sagrado, enriquecido por materiales caros, pulidos y bien ornamentados, y todos comprendían que muchos llegaban a casarse también por la sensación de que sólo realizándolo allí mientras miraban el alto techo, podían estar con sus parejas haciéndose una clara idea de la eternidad. Muchas personas, aunque vivieran en Estados Unidos o Europa, venían a ese templo de Barranquilla donde se habían casado sus padres, sus hermanas o sus amigos de sociedad. Sólo el que era rico sentía sinceramente que estaba en el lugar justo para una boda, que al día siguiente estaría en las páginas sociales de los principales periódicos de la ciudad. El ambiente era el más propicio para hacerlo, aunque las fiestas las celebraran en el norte, donde estaban las nuevas casas de la burguesía, haciendo de esa atmósfera el aire ideal para consolidar el verdadero amor que muchos querían de veras hasta la muerte.
Ése fue el lugar que la misma Ángela Guzmán escogió para casarse. Había sido su sueño de niña, al verla siempre por allí y escuchar todo lo referente a ella, de manera que la expectativa de que fuera así la tenía más contenta que antes. Decía que quería estar bien vestida, bella, como una cenicienta, para dicha de su corazón. Se sentía completamente bien, a tal punto que unos llegaron a pensar que por estar ese día en el altar, sería la mujer más hermosa de la historia que alguna vez estuvo vestida de blanco. Según su amiga Sonia Murcia, Ángela Guzmán no se cambiaba por nadie en esos días previos a la boda. Recuerda cuando compró el vestido de novia en un caro almacén del norte, con su compañía y la de su madre, y que lo escogió desde el primer momento en que entró, como si desde siempre hubiera sabido dónde se encontraba el ideal para ella. «Parecía la Cenicienta», decía. «Todo le estaba saliendo como lo soñó desde su juventud.» Según diría, le quedaba bien desde que se lo midió, tanto que no hubo necesidad de hacerle ninguna clase de costura y arreglos, y se vio tan claramente agraciada al arrastrarlo ante el espejo, que pareció que en esa propia ocasión ya se fuera a casar. Así que todo iba fácil ayudado por el viento del norte, las cosas marchaban por el camino correcto, la gente más allegada le pronosticaba un buen porvenir, le deseaba una vida duradera y mejor, y ella le demostraba una respuesta de afecto profundo cuando se vio de pronto rodeada de tanto cariño sincero.
Durante unos días, se comenzó a anunciar públicamente el acontecimiento inédito que iba a ocurrir. Aunque su padre invitaría a muchas personas, hubo más expectativa en vista de que alguien entre las personas de Oriente iba a casarse con una muchacha de Barranquilla, que aunque no era rica sí pertenecía a la sociedad. En los círculos sociales se comentó eso, y la comunidad árabe tuvo noticia, mientras nadie estuvo en desacuerdo con que fuera por una iglesia el matrimonio, menos el día caliente en que llegaron los padres de él desde Beirut y que cuando conocieron a la hermosa Ángela Guzmán en persona, comprendieron en seguida porqué su hijo había sentido el amor desde un continente que estaba tan lejos. Muchas personas estarían presentes en la boda, de eso nadie tenía la menor duda, porque aunque no eran de allí, la familia al-Assad conocía a unos miembros de su raza en la ciudad que a su vez conocían a grandes amistades, representativos de la alta sociedad. De manera que más o menos se tenía una idea de cómo iba a ser de grande aquella boda, que tenía a todos interesados por lo que iba a suceder como si fueran cosas de la realeza, ya que la imagen de príncipe de él y la belleza exótica de ella eran propicio para un fantástico cuento árabe, que mil años después parecería una exageración de la realidad.
La noche del casamiento del libanés Habîb al-Assad con la bella Ángela Guzmán, había motivos para pensar que se estaba llevando a cabo una nueva unión que se recordaría en la ciudad. Era algo que se veía, porque era claro que una hermosa mujer que había terminado por representar a la ciudad, iba a mezclar su sangre al menos una vez con una personalidad muy poderosa venida de Oriente, quizás por el misterioso rastro de su aroma corporal, que hacía incluso que las personas que nunca la habían visto recibieran en todas partes de los cinco continentes el bienestar del amor universal. Desde primeras horas de la tarde, fueron llegando uno por uno los invitados, que eran muchos, porque si bien la familia de la muchacha no era de las más ricas, su padre conocía a los hombres más poderosos de la ciudad que estaban contentos, ya que gracias a ella una de las fortunas más grandes del Líbano quedaría en parte en Barranquilla. Ésa era la razón más que suficiente, para que llegaran invitados del norte de la ciudad, gentes de bien, que de alguna u otra forma se beneficiaban mucho con la población árabe de la ciudad, que era muy profunda e influyente, como debía valorarlo enormemente el gran periodista y escritor Juan Gossaín. Los padres de ambos estuvieron presentes, si bien los de él se mantenían afuera y distantes por respeto a su religión islámica, y todos pudieron ver a un señor que era amigo personal del Rey de Arabia Saudí, que esperaba que la llevaran de paseo a su tierra para conocerla y admirarla con devoción como al monte Jabal Sawda, donde podían llegar al cielo. La fama de Habîb al-Assad era muy sabida desde que invitó a las personas, aunque la verdad es que muchos cuando vieran aparecer la cara de la novia comprenderían por qué alguien que era tan rico como un sultán, se había enamorado hasta de los barrios más pobres al sur de Barranquilla. Eso llamaba poderosamente la atención, y todos tuvieron la oportunidad de estar presentes en un lugar donde se iba a realizar la boda más grande en la historia de la ciudad.
Dentro de la iglesia que estaba iluminada, se vivía en completa calma. Eran muchas personas las que estaban presentes, y era impresionante cómo algunos ricos tuvieron que quedarse sentados en el parque de afuera, sólo porque no todos cupieron en la diminuta iglesia. Era un caso fuera de lo normal, y alguien con razón hasta alcanzó a decir que si aquella no sería la boda más grande registrada alguna vez en la ciudad, sería en definitiva entonces la mejor. Según la fortuna del hombre que esperaría en el altar, y de la mujer preciosa que iba a ser su esposa, no cabía duda de que fuera posible. Había tanta riqueza concentrada en el ambiente, oro y plata en los cuerpos y sobrado refinamiento en la apariencia pulcra de los invitados, que muchos se preguntaban dónde estaba allí Jesucristo cargando la pesada cruz. Pero como la ilusión de una mujer siempre ha sido ser llevada al altar con aires de una princesa, todos pensaban que al fin y al cabo Dios había inventado bien el amor, y no era del nada malo que de eso fuera testigo el resto de los hombres. Muchos políticos, personas de la alta sociedad, principales empresarios de la ciudad, en los que estaban los palestinos, se sentían halagados con que aquella religión recibiera como uno de los suyos a alguien que en su juventud, cerca de La Meca, había recorrido las mismas arenas del desierto que alguna vez aquejaron de amarga sed al profeta Mahoma, buscando a una mujer singular que en aquel entorno no aparecía ni un espejismo. Sintieron licenciosa emoción, como si todos los hombres al menos con la mirada se fueran a casar con la novia. Ésta, en cualquier momento, iba a aparecer, deslumbrar y demostrar para remate que si había algo parecido al pecado no era la riqueza material de los presentes, sino la misma belleza.
El novio estaba frente al altar, esperando a la novia. Se veía completamente sumergido en la soledad, en medio de una religión que apenas conocía, aunque por fortuna era el único hombre que la estaba esperando para amarla de verdad. Era consciente de que las personas estaban pendientes de lo que estaba pasando, y que muchos mortales que estaban sentados detrás suyo, hubieran dado toda su fortuna por estar en el cuerpo donde estaba él. «Parecía el hombre más afortunado del género humano», dijo alguien que estaba presente. Con quietud mantuvo su compostura, esperando ver pronto a una mujer, cuya sola presencia en la puerta de la iglesia le volvería a hacer sentir que no estaba solo en la tierra. Según diría después, quería que todo terminara rápido para estar con Ángela Guzmán en algún lugar distante, donde nadie más sintiera el amor de los dos. Sólo que entonces había que cumplir los requisitos católicos, muy cerca del padre que debió notar su nerviosismo, en vista de que la mujer que sería su esposa se estaba demorando bastante, como si en alguna parte se hubiera arreglado en sus asuntos íntimos más de lo habitual, para que él fuera consciente de que había valido la pena ser el dueño de ella. En serio, estaba desesperado por ver cómo era la cara de Ángela Guzmán, en el momento más especial de su vida.
Cuando apareció la novia, acompañada de su padre rumbo al altar, todos se volvieron a mirar a una mujer que ya daba la noción de venir de la otra vida. Era tan bella a pesar de su corta edad, que un gran rico de la ciudad se preguntaba y quejaba amargamente que cómo era posible que alguien venido de tan lejos, hubiera conocido primero a una muchacha bonita que podía ser su vecina. En efecto, muchos hombres pensaron eso sin disimular. Pero ya era tarde, y ella, sonriente, caminaba con su vestido blanco rumbo al lugar donde estaba el hombre que había esperado meses para poder llevar a cabo ese momento tan significativo, que lo hacía el más importante de los que se enamoraban. Esos segundos que pasaban no parecían acabar, pero tuvo paciencia, sintiendo que la atraía con la mirada, notando el silencio de las demás personas que estaban admirados ante ella, tan hermosa, tan ingenua, tan sonriente, animando a un público que cada vez más se sentía emocionado con aquel episodio prodigioso. En realidad, nada había mejor que ser testigo de lo que en esos momentos estaba ocurriendo al interior de la iglesia Inmaculada. Ella relucía siendo el sol que había bajado, que se había medio apagado para ser más humano, acercándose al hombre que la amaba con toda la fuerza del alma, en medio de la música tradicional, sintiendo que era para él, que por ella no sólo era capaz de renunciar a su religión, sino también a su nacionalidad y a su cultura, si ésta era impedimento para que pudiera verla ama de todos los pensamientos como la estaba viendo en ese instante. En ese estilo de andar, llegó al lugar donde estaba él, lleno de un miedo que se notaba.
Estando juntos, miraron al padre que era el único mortal que no parecía haber sido seducido por la apariencia irreal de ella. Cumplió con su compromiso, haciendo lo mismo que hacía siempre en ese caso. Sin embargo, se dio cuenta de algo significante. En su largo tiempo en aquel templo, jamás había sentido que una pareja se amara tanto. Eso en serio lo contentó, porque si algo había aprendido en su carrera en la diócesis, era que el matrimonio era la muestra más clara del amor.
-¿Acepta a este hombre como su esposo?
-Acepto –respondió ella.
Los mantuvo muy cerca, algo que era habitual. Al preguntarle al hombre si la aceptaba como esposa, éste asintió con la cabeza.
-Sí, acepto.
El padre, sintiéndose de veras inspirado por una orden que venía del cielo, los bendijo para siempre.
-Entonces los declaro marido y mujer –dijo, y después miró al bienaventurado-. Puede besar a la novia.
Para ambos no era la primera vez que lo hacían, pero de pie en el altar, delante del público que se creyó afortunado con ese espectáculo, fue una verdadera revelación cuando estuvieron besándose de los labios durante varios segundos, sacando el amor que tenían por dentro, brindándoles con la escena romántica a cada quien un poquito, dejando claro con eso que la realización de un matrimonio era lo mejor que ocurría siempre en la historia. Era algo fascinante, que sucedía en aquel recinto y contagiaba a todo el que tuvo la oportunidad de ser testigo de ese gran milagro. Durante un buen rato, sólo se escucharon los fuertes aplausos de los asistentes, a quienes les cayó como una mentira lo que estaba pasando. «Parecía el final feliz de un cuento de hadas», dijo alguien. En realidad, hasta el momento esa reflejaba ser la única verdad.
Después se volvieron a mirar a los demás, que estaban de pie. Ángela Guzmán, muy conmovida, lloró de la felicidad. Era el momento más extraordinario de su vida, y mientras sus labios sonreían, sus ojos botaban imparables lágrimas, sin poder creer lo que estaba viviendo, realidad electrizante que la erizaba, que la hacía sentir un ángel que al fin había tenido el permiso de Dios Padre Todopoderoso, para poder entregar su carne mortal a un humano. Algunas personas también lloraron por eso, en especial su madre, que estaba estremecida ante la sensibilidad de su hija, y lo único que le preocupaba era que la noche anterior fue la última vez que la tuvo viviendo oficialmente en su casa. «Mi niña estaba tan emocionada, y quería que los demás fueran más felices que ella», dijo la señora cuando la recuerda, llena de tristeza. La pareja de enamorados se iba abriendo paso, para salir a la calle, pero la multitud los obstaculizaba mucho, los incomodaba, los estrujaba, porque ya eran los seres más especiales. Nadie podía creer lo que estaba pasando, y al fondo, en el altar, el padre miraba orgullosamente a aquel pueblo cuyos seres demostraban ser buenos hijos de Dios, sintiendo que su compromiso por esa noche había terminado. «La boda por la que más se recuerda a un padre español», como aseguran unos. En el fondo, ya quería que la fiesta acabara, pero era imposible ante tantas felicitaciones que recibían los protagonistas del amor, y entonces Habîb al-Assad finalmente terminó de confirmar sin molestarse que a muchos señores que estaban allí, distinguidos representantes de la alta sociedad, también les hubiera gustado casarse con ella. En cambio, alguien rememora algo muy distinto. «Hoy pienso, por lo que sucedió luego, que un matrimonio a lo grande con tantos bombos y platillos, es de mal agüero», dijo. Era natural que eso pasara desapercibido, estando cerca de la calle, donde el novio no se molestó en absoluto que la tocaran tantos prójimos, sino que por el contrario, se sintió orgulloso de que todos vieran con los mismos ojos a una hermosa dama que a su corta edad de diecisiete años no había sido descubierta antes por otro hombre poderoso, como sin el amor de casada no hubiera sido realmente tan bella. En un momento, mientras se abrían paso entre tanto estropicio y les tomaban numerosas fotos, parecía que de pronto se hubieran vuelto famosos. Al ir llegando a la puerta, mirados y tocados por todos, él vio que la gente que estaba afuera igualmente quería verlos, porque había de nuevo que conocerlos. De alguna manera tenían razón, porque lo que eran ellos dos ya eran unas personas diferentes.
En la terraza, muchos ciudadanos que estaban cercanos se dieron cuenta de que aquella era una boda grande. Vieron salir a la novia, acompañada de un hombre que no era de esos lugares, pero que de repente sintió que pertenecía a esa cultura y esa raza desde hacía años, porque era poseedor de una prenda inestimable que no tenía la gente de allí ni con todo el dinero por hacer. Bastó ver el esplendor de los invitados, para imaginar que se trataba de otra gente rica que estaba de fiesta, porque supuestamente un rico se había casado con una rica, qué rico, algo a lo que estaban acostumbrados de los ricos, qué cosa con los ricos, así que algunos transeúntes inflexibles siguieron caminando de largo, pensando en lo que estaban pensando antes de mirar a las afueras de aquella iglesia a donde pertenecía la felicidad. En el parque había gente sentada, expectante con aquel desarrollo único de la vida. Para él, aquel era un momento halagador, porque la persona que más amaba ya era su mujer, y ella al sonreír se lo manifestaba, comprobando con eso cómo también había logrado convertirla en lo que quería que fuera.
El lugar donde se celebraría bien la fiesta a bombos y platillos era el Club Alemán, donde la alta sociedad de la ciudad siempre se había reunido. En esos momentos, ya algunas personas habían llegado con anticipo, porque la noche era temprana y se creía que aquella fiesta sería una de las mejores, donde no faltaría el whisky con hielo, el limón, la soda, las hermosas mujeres y hasta los temas de negocios. Era la otra celebración, donde la verdadera diversión estaba lejos del catolicismo. Cuando llegaran, los recién casados se encontrarían con la sorpresa de una gran recepción donde estarían vestidos de civiles, y podrían unos darse el lujo de bailar con la que a esas alturas, ya era considerada públicamente por la prensa como la mujer más hermosa que había nacido alguna vez en Barranquilla. Así que allí podrían disfrutar con más entusiasmo, teniendo en cuenta que la pareja estaba dispuesta a sacrificar mucho tiempo de su luna de miel, para complacer a tantos invitados que quedaban en la tierra. Era algo lleno de alegría, de un entusiasmo desorbitado que daba para pensar en las mejores cosas.
En su larga historia de existencia, aquel club había reunido en muchas ocasiones a las personas más prestantes de la ciudad, y pertenecer a él parecían cosas de una logia, porque eso brindaba una protección y caché que daba renombre, produciendo que unos hombres al hacer dinero, lo primero que quisieran era sentarse un instante en ese recinto para hacer ya parte de la sociedad. Durante toda la vida, era el lugar ideal para reunirse, porque daba gusto estar viendo casi las mismas caras. Muchas personas, que pertenecían allí, iban con frecuencia, formando una gran familia que parecía funcionar como corazón de la sociedad, dirigiendo desde esa sala a veces el destino propio de la ciudad. El padre de Ángela Guzmán era uno de sus célebres miembros, y por tal razón escogió el lugar como el ideal para continuar después los festejos de la boda. Sabía que nada había mejor que ese sitio para crear la bulla que querían tener, aunque a personajes del espíritu de Habîb al-Assad apenas les interesaba eso, y lo único que quería en la vida era complacer en todos los sentidos a su mujer, que nunca antes en una sola ocasión había permitido que su belleza exterior hubiera sido tan mirada por los hombres. De manera que si la fiesta tendría lugar allí, era para pasar a lo grande el suceso de un matrimonio, que se sentía en toda la ciudad.
Con todas las personas ya presentes, se vio a un hombre libanés vestido de civil como cualquier príncipe moderno. Se le veía hablar en español, gentil, atento, asegurándose de que todas las personas estuvieran cómodas, porque estaba tan feliz que sentía un poco de vergüenza, al ver que nadie pudiera estarlo tanto de la forma en que lo estaba él. Las personas lo miraban bailar el vals de la mano de ella con atención, y sabían que tenía mucha razón para dejar por siempre su país apartado, en busca de quedarse en una ciudad como Barranquilla donde encontró su mejor joya. El salón estaba repleto de gente, y apenas distinguían a la novia, que le tocó bailar con más de diez hombres desconocidos por ella, los cuales sólo de esa manera educada descansaron tranquilos, desde que descubrieron por primera vez su hermoso rostro de serafín en la iglesia. Nadie podía imaginar que una unión como ésa pudiera terminar unas horas más tarde en tragedia, ya que la felicidad de ambos era tan manifiesta, que hasta el adivino más diestro hubiera dicho que el futuro de toda la raza humana sería mejor desde que se habían casado ellos dos. «Al contrario», dijo alguien. «Parecía como si la felicidad de ellos que era tan grande, estuviera afectando para bien la vida de todos nosotros.» Cualquier persona que quisiera en esa efervescencia, podía acercarse a los invitados árabes naturales que estaban presentes, que eran unos cuantos en unas sillas, y tratar de hablar un tema, siempre y cuando la sonrisa no faltara en las caras, que era el único idioma que ellos allí podían entender. A las diez de la noche, el trago ya había comenzado a surtir efecto en las personas, y comenzaron a sufrir los estragos ciertos hombres por no haber conocido a tiempo a la mujer más hermosa que habían visto los ojos, para haber sido el protagonista de sus buenos momentos de casada donde el amor le iba a sobrar. La gente no cabía del entusiasmo por haber sido testigos de aquel acontecimiento que tenía a todos con los pelos de punta, haciendo de aquella velada una de las más recodadas en el club.
Si había alguien que estaba totalmente feliz, era Ángela Guzmán. Se le veía en la cara que no se cambiaba por nadie, y su amiga Sonia Murcia se dio cuenta de eso. Sabía ya que ésta estaba embarazada, de su primo hermano, y le había asegurado que después de la luna de miel, iba a ser la madrina de su primogénito. Ella, que pocas veces había tomado, se había permitido de vez en cuando unas copas, viendo siempre cerca al que era su esposo, que por su buen sentido del humor se había convertido en la sensación del escenario, y lo jalaba de vez en cuando, besándose delante de todos, para regalarles otro buen recuerdo perdurable a aquellas almas iluminadas que los miraban. Sabía que él había hecho todo lo posible por estar en algo que era su fiesta, y pensaba que de algún u otro modo podía complacerlo, siendo casi también de su religión, visitando aquellas tierras de las cuales le hablaba tanto, donde una mujer como ella podía perderse el desierto de la Arabia Feliz que era de los más grandes del mundo, y la humanidad entera hubiera corrido a buscarla para que apenas sintiera sed. Por eso trataba de mostrar una sonrisa angelical que les recordara a los presentes que ella ya tenía un esposo, pero que también era la amiga amorosa de todos ellos, y el público general muy cautivado comprendió que la iba a querer más que antes de ser así.
Después de medianoche, ella pensó que había tocado la hora de ir al edificio donde estaban los familiares libaneses de él, donde comenzaría a casarse en serio con su cultura. Las personas que estaban en el Club Alemán no sintieron molestia por eso, y pensaron que ya era su compromiso de esposa. Procuraron desprenderse de todos, de una manera tan especial que no sentirían su ausencia. Era normal que tuvieran que irse, para seguir con la emoción que ahora les pertenecía en otro lado. La gente que estaba más cerca de ella, le dijo que lo hiciera rápido, porque a esa hora en el Líbano ya era de mañana, y los padres de él habían hecho un gran esfuerzo por mantenerse despiertos en una ciudad que no les quitaba el sueño. Fueron las primeras personas de las que se estaba despidiendo para siempre.
El lugar donde se dirigieron era el edificio Girasol, y allí estaban esperando los familiares del novio con una música oriental, a la que ya ella poco a poco se estaba acostumbrando. Era el icono de la ciudad, en verdad, por su altura y redonda estructura. Siempre que se toma una foto, éste aparece de noche bajo la luna llena, una imagen de Barranquilla que en cualquier momento siempre le da la cara al mundo. Era algo que los mismos ciudadanos tenían en cuenta, sintiéndose orgullosos de aquella edificación, que de alguna forma reflejaba la grandeza arquitectónica. Pasar por esa carrera que llevaba al mismo norte, era de seguro mirarlo un rato.
Desde que llegaron al edificio, todos la abrazaron, para darle la bienvenida no tanto al apartamento sino a su nueva cultura. En realidad, si bien se habían casado como cristianos, sabían que ella pertenecería era a la tradición de ellos, porque aunque jamás entrara en una mezquita, no había poder sobre la tierra para que el joven Habîb al-Assad cambiara su gastronomía, sus paseos a camellos en el desierto y su idioma natural, que ella desde que lo conoció había hecho un esfuerzo tremendo por aprender, porque quería entender hasta la forma más original en que él pensaba su amor. La trataron como a la seductora princesa real, igual a las de los relatos persas y de inevitable sangre azul, con la que él nunca se pudo casar por no tener ninguna contemporánea la cualidad de ser sentida, y le hicieron ver que era una de ellos, con mucho cariño, prometiéndole el suegro más adelante grandes regalos que ella apenas pensaba, porque estaba tan emocionada con ese momento que estaba viviendo, que apenas quería que se hiciera de mañana y hubiera otras mañanas. Su esposo se sentó con ella, la llevó luego a varias partes de aquel lugar, demostrándole con eso que al lado suyo, todo era más pequeño de lo que cualquiera pudiera imaginar. Entonces en un rincón del apartamento la besó con más profundidad que en el altar, y le dijo que nunca lo dejara solo. En esos momentos, ya Ángela Guzmán había sentido lo esencial que era no solamente para él sino para toda la familia, y le dijo que estaría consigo hasta en la muerte. Si alguien le hubiera preguntado dónde había sido más feliz, hubiera respondido que en el apartamento donde vivió sólo unas horas con el novio. La comida que allí probó, las buenas costumbres, la serenidad de aquel festejo, le hizo entender que estaba en su primera armonía con los familiares de él. La madrugada estaba fría, y cuando se asomaban abrazados por una de las ventanas, veían cómo toda Barranquilla estallaba en los carnavales, que también parecían celebrar por ése que era el amor más grande del mundo.
Como tenían prisa, bajaron un momento a la terraza del edificio donde había algunas personas reunidas, haciendo de aquel momento algo muy placentero. Ambos se montaron al carro, cuando ya estaban a punto de irse al aeropuerto, y miraron al cielo. Según ella, como buena barranquillera, desde esa parte de la ciudad a un lado del edificio Girasol, se miraba mejor el disco de la luna. Esa imagen la tenía en cuenta, y muchas personas venían desde distintas partes sólo para desde allí apreciarla mejor. Eso le hizo decir que era una lástima que a esas alturas de la vida, que era la más especial para ella, por culpa de las nubes no se pudiera ver en ningún instante la luna, y que además en esa fecha posiblemente no estaba llena.
-No te preocupes –le dijo él-, que ahora que estemos en Miami será de miel.
Era la única verdad que querían. La idea era ir a esa ciudad al sur de los Estados Unidos, que era el país escogido por ella para pasar juntos en la soledad de una semana, las mejores noches que recordarían en sus vidas. Quería conocer los edificios del Downtown, los hoteles y restaurantes de Ocean Drive que conservaban el Art Decó, y tomados de la mano bajo el sol caminar descalzos por South Beach, buscando ver si era verdad que sus playas eran tan blancas como la sal, frente al océano azul que era el más grande reflejo del cielo. Estaba tan emocionada por eso, que cuando él se lo recordó, ella quiso ahora sí que la mañana llegara rápido, que era el momento en que les iba tocar estar en el aeropuerto. Las ganas de estar a solas con él, quizás aumentaron desde que se vieron en medio de tanta gente, pero algún día los demás entenderían porqué esa misma noche no habían visto la luna en la que se querían montar.
A pesar de que toda Barranquilla estaba amanecida por lo que fue una noche de Guacherna, las personas más ricas eran casi ajenas a eso. El matrimonio de una joven de la ciudad con un supuesto príncipe del Líbano tenía a los más curiosos hasta inventados historias inverosímiles, porque algunos aseguraban que tan pronto terminara esa noche se la iba a llevar de paseo por el mundo entero, mostrándole el palacio que ella quisiera tener, presentándole a los más conocidos príncipes de Oriente, y volviéndola más bella de lo que era con las joyas más originales que el hombre había inventado, desde que se salió de las arenas del desierto para que ninguna mujer como ella se muriera de sed. En realidad, casi no se equivocaban en pensar que podía pasar eso, en alguien que planeaba continuar sus estudios en la Universidad Autónoma del Caribe, con la carrera de diseño de modas. Por lado de Habîb al-Assad hubiera gastado toda la fortuna de la familia, con tal de alargar la vida de una mujer que era igual de hermosa a otras jóvenes que sólo nacían en esa ciudad, algo que demostraría en el futuro Paulina Vega cuando fue elegida Miss Universo. Sin embargo, la veía tan enamorada de la vida que aquello lo tranquilizaba, porque no había poder más grande que el del amor y por suerte él era el que se lo inspiraba a ella, aunque estaba bastante desesperada en marcharse de allí, para irse a la Florida, lo más pronto posible, sin esperar más, de una forma insistente que al esposo lo puso mal. Algunas personas, que recuerdan que eso sucedió, piensan que ya podía estar siendo llamada por la muerte.
Al darse cuenta de que faltaba poco para amanecer, se organizó una caravana que acompañaría a los novios al aeropuerto. En esos momentos, muchas personas que habían estado en la iglesia y en el Club Alemán, estaban ahora también allí, para despedir y acompañar unos a la pareja rumbo al único lugar donde podían pasar desapercibidos, sin que los curiosos supieran que estaban entrenando matrimonio. De manera contenta, Ángela Guzmán se preparó para marcharse. Algunos integrantes de una agrupación vallenata, estaban presentes e iban a acompañarlos, cantando las canciones de su ídolo Rafael Orozco, como el tema Muere una flor. Era especial ver cómo todas las personas querían participar en esa celebración por la boda, donde ellos dos no eran los únicos felices. Los preparativos para la marcha estaban arreglados, y serían más de cuatro carros los que irían juntos. Las personas que se quedaban en las puertas del edificio, no hicieron sino desearle lo mejor a aquella pareja, en cuyas caras se veía la felicidad misma, pero quizás también el deseo de estar pronto en un avión donde podrían descansar un poco de la pachanga.
Se despidieron de los que quedaron, entre ellos Sonia Murcia, que por estar embarazada de varios meses ya no se podía mover más. Ésta, antes de despegarse de ella, quiso que le sucediera lo mejor. «Ya puedes subir al cielo como deseaste», le dijo, y casi una hora más tarde cuando se enteró de la desdicha, se arrepentiría por siempre de haberle dicho esa reveladora frase. De todos modos lo articulado era cierto, porque si algo la tenía contenta era ver a su mejor amiga feliz, porque estaba realizando el mejor de sus sueños. Mientras tanto, los demás se movían de un lado para otro, pensando que pronto iba a amanecer. Muchos también les desearon lo mejor, sintiendo la joven casada que era ése su momento, y que no le quedaba más que dar las gracias por lo que había pasado con la ayuda de todos. Entonces Ángela Guzmán miró por última vez en la vida, a los humanos que allí se quedaban.
-Ahí les dejo Barranquilla, para que la gocen por siempre –dijo feliz la recién casada.
Quienes escucharon esas palabras, las recordarían claras sin olvidarlas. Algunos pensaron que si dijo eso, era porque era consciente de se iba para un lugar que estaba lejos. Otros creyeron que precisaba para que disfrutaran muy bien sin ella, ya que era específico que, además de irse de vacaciones, iba a estar ausente durante mucho tiempo. Sin embargo, nunca pensaron que sin pensarlo ni quererlo, se estaba refiriendo a la misma muerte que le esperaba.
Salir por el norte de la ciudad era quizás lo más ideal, porque buscarían la Circunvalar. En esos momentos, Habîb al-Assad sabía más a menos por dónde iría, y no podía ocultar la felicidad de ir al lado de alguien que confiaba en él lo suficiente para quedarse dormida, incluso si iba manejando. Según recordaría después, la misma Ángela Guzmán le dijo que sentía un poco de frío, y después él interpretaría eso como causa del miedo de no estar alguna vez juntos. Como la alegría era la que reinaba, la mantuvo alerta, diciéndole que estuviera despierta en todo el trayecto que iban a tener, porque el sol con ella dormida, no iba a querer aparecer en el horizonte. Ella sonrió, sintiendo que lo que más le gustaba de su marido era su modo de ser, la forma de hablar castellano con su acento libanés, y aquellos ojos casi tan transparentes que nunca podían ocultar lo que pensaba.
Nadie se imaginó que estaban a punto de vivir una tragedia. Quienes fueron los últimos en presenciar a la pareja, suponían que iba a disfrutar de una larga vida, porque el amor que la unía era suficiente para muchos años más de gran satisfacción. Si había alguien que estaba calmado en cuanto a irse y llevársela era el novio, por lo cual había motivo para pensar que con él como su héroe la muerte no podía tocarla a ella. Todo estaba bien, porque había comenzado de esa manera, y lo único que preocupaba era que no habían tenido un momento de descanso, habiendo mínimas razones para dudar de la persona que iba a conducir. En efecto, Habîb al-Assad no había parado de tomar tragos de whisky desde que estaban celebrando en el Club Alemán, aunque nadie se sintió con valentía de decirle que dejara el manubrio y lo diera porque se veía tan enamorado que era imposible pensar que en otras manos, su mujer estaría más segura que en las de él. Al montarse en el carro, ésta se sentía acorde, siendo fácil creer que sólo a su lado podía llegar a la luna de miel. Para decir verdad, no se sospechaba que a esas alturas él estaba un poco pasado de tragos, sintiéndose convincente de manejar con cordura en esos momentos porque estaban a punto de salir los rayos del sol, que le hizo creer que los mantendría despiertos y, por supuesto, a ella siempre del lado de la vida.
Al ir llegando al norte donde finalizaba la ciudad, entraron en la Circunvalar, por donde iban tantos carros. Era el lugar donde la mayoría de la gente que vivía por esos lados, tomaba la ruta para ir a Cartagena de Indias o al sur de la ciudad, buscando el puente Pumarejo sobre el río Magdalena. La verdad es que Habîb al-Assad en ninguna ocasión había conducido por allí, y le pareció que nunca terminaría de conocer aquella ciudad donde había descubierto a una mujer, que ahora era más de él que de los que hace años la conocían. Se mantenía al volante muy concentrado, con mucha prudencia, porque desde muy joven tenía experiencia en el timón, aunque más luego a causa de los tragos hubiera preferido que otra persona en sobriedad y menos cansada lo hiciera por él, sintiendo sinceramente que en esos instantes no quería usar las manos para conducir sino para abrazar a su amada. Ésta estaba a su lado, y era tan bella, y tan buena, que se veía claramente que estaba hecha para durar lo que durara la vida de la que, gracias a él, estaba más enamorada que nunca. A bordo del mismo carro, traían el equipaje que les iba a servir mucho el tiempo que iban a quedarse en Miami, un lugar donde ya él había estado varias veces por asuntos de negocios. Aunque fueran los dos en ese carro, sentían de veras que todas las personas iban en la misma unidad. La carretera estaba solitaria, a pesar de que había aires de jolgorios, y a veces pasaban unos carros a ciertas velocidades que eran fáciles de esquivar como los malos pensamientos.
La gran caravana llamaba la atención de las personas que la veían pasar a un lado del camino, y algunas se imaginaron que tanta celebración era por los carnavales. Los demás carros iban detrás, porque lo más ideal era cederle el turno a una pareja que si todavía no volaba, era porque había comprobado que la felicidad más grande del mundo estaba era aquí en la tierra. Algunas personas, recordarían ver a Ángela Guzmán mirar de vez en cuando hacia atrás, y emitir una sonrisa que enamoraba a cualquiera. «Iba tan complacida», diría alguien que iba allí «que todos pensamos que era la única dueña de la felicidad.» Era imposible pensar que pudiera ocurrir alguna cosa mala, y que alguien junto a su novio que dejaba tanta felicidad esparcida en el camino pronto los dejaría solos por siempre, sin tener tiempo de montarse en el avión de Avianca que esperaba en la pista del aeropuerto, para subir justamente al cielo como los demás vivos. El carro que iba más cerca, a veces tenía que bajar la marcha, en vista de que el esposo de ella disminuía la velocidad, para asegurarse de que todo fuera bien. «Si en algo estaba bien borracho, era del amor que tomaba de ella sin parar», aseguran de verdad. Fue algo que siempre vieron, la forma tranquila como él manejaba para andar normal. Mientras tanto, lo que esperaba era casi inevitable como la carretera que se extendía larga. Aún así, era increíble ver la alegría de tantas personas, ante dos seres humanos que, al contrario de lo que les esperaba, pensaban con razón que lo único que podía sucederles en adelante era el amor.
Por su parte, Habîb al-Assad conducía con calma, sabiendo que lo que más lo aguardaba estaba a pocos centímetros de él. Al frente aparecían otros carros, y tenía cuidado en eso porque iba con ella, que al estar despierta demostraba que sólo quería tener pensamiento para lo que estaban viviendo. Él, como debía ser, le hizo caso a su instinto que era el de manejar cuerdo, sabiendo que habían avanzado lo suficiente en el trayecto para llegar sin más tardanza, y al repararla entonces bien, cuando sonreía con su cabello largo, se daba cuenta de que la belleza siempre había sido una mujer. Estimulado por esa apariencia, y con ganas de impresionarla, aceleró la marcha del carro. En muchas ocasiones, había tenido prevención con eso, y demostraba una habilidad singular, pero se adaptó a esa nueva velocidad, yendo como jamás debió hacerlo, al lado de un ángel que por su virginidad pura todavía tenía alas para ir sola al cielo. Su esposa no dejó de tocarlo, en silencio, sintiendo que tanto sentimiento le daban hasta ganas de morirse con él. El destino del gran amor que cambió la historia estaba escrito, siendo algo que algunos tendría en cuenta, después de despertar de esa fantasía. «Si yo hubiera sabido cómo iba a terminar todo eso, nunca en mi vida hubiera aprendido a manejar un carro», contó el libanés, y fue una frase especial para este libro. En esos momentos, mientras iban en ese ritmo, el caso más triste, doloroso y lamentado que se recuerda en la ciudad, comenzaba irrevocablemente a suceder. Al igual que él, varios vieron con retraso que un vehículo imprudente venía demasiado rápido en sentido contrario, casi suelto de algo, pero aún así no se imaginaron que tenía algo que ver con la vida de casados que ellos estaban estrenando. Sin embargo, al notar que en realidad venía al impacto fuerte, el marido se movió a la derecha, de improviso, ágilmente, pero perdiendo el control de manera lamentable, en el ruedo chocaron fuerte contra un muro, y sin saber muy bien lo que por consecuencia pasaba, vieron cuando el mundo terrestre perdió la posición de siempre. Fueron varios los votes que tuvieron, en medio de los gritos, de la desesperación, sin saber qué pasaba con su mujer, qué estaba haciendo y por dónde se estaba yendo, provocando que la misma mente no diera para comprender en pocos segundos lo que estaba ocurriendo.
De inmediato, al acabar todo así y regresar el silencio de las cosas, las personas que iban a bordo de los otros carros y las que pasaban cerca, fueron a socorrer a las víctimas de aquel accidente. El estado pangado del carro era alarmante, y parecía mentira que alguien pudiera sobrevivir a esa desgracia funesta. Miraron que Habîb al-Assad había logrado seguir respirando a pesar de lo que había pasado, pero estaba sin fuerzas, adolorido, queriendo que alguien lo ayudara a salir para él también ayudar a su esposa. En cuanto a ésta, en seguida la buscaron. Con la ayuda de algunas personas, cuando la vieron tirada en el suelo en un lugar apartado de la carretera, pudieran tomarla y ver el estado con muchas heridas en que había quedado. Al principio pensaron que podía ser salvada, a pesar de que la bella figura estuviera empañada en seria consideración por el polvo y la sangre salida de adentro. Alguien que la examinaba mientras los demás en el suelo trataban de reanimarla, supo rápidamente que Ángela Guzmán Simanca estaba muriendo, porque empezaba a ponerse demasiado frágil, perdiendo el color claro de la piel, y por primera vez no preguntaba dónde estaba su esposo. Éste apenas pudo se apresuró en ir a la parte donde estaba su mujer, ilusionado que con la pócima de su amor sería capaz de abrir los ojos, pero al tomarla en sus brazos, besarla bien enamorado y llamarla varias veces, y a pesar de eso nada le respondía, lamentó con oscura amargura su ausencia como muchos de los presentes conmovidos con la dramática escena, en el instante en que la novia exhaló el último aliento y se fue de esta vida, que con toda seguridad también se quedaba bastante triste sin ella.



  






4

Esa noche de oscuridad, Pedro Aponte tuvo en cuenta que se estaba haciendo demasiado tarde para regresar a su casa, y pensó que aunque le indicaran que parara ya no iba a hacer una carrera más. En su corta vida como taxista, tenía la costumbre de trabajar únicamente en Barranquilla, que era la plaza más grande para ganarse los pesos, y al acabar la jornada regresaba a su pueblo porteño, donde vivía con su mujer y sus hijos. En ningún momento, había sufrido un accidente, el carro era suyo y estaba con buen cuidado, y conocía muy bien aquella ciudad que era una de las más vividas por las personas, reuniendo siempre el capital que le permitía vivir tranquilo y no dedicarse a otra cosa distinta desde la mañana que no fuera manejar. De manera que era una persona bastante disciplinada, y mientras la mayoría de sus amigos se quedaba bebiendo cervezas los fines de semana, él prefería reunirse con sus hijos, mirar algunas películas que daban en el televisor, proporcionándole más vida a su familia que también lo distinguía por verlo en silencio en el mecedor. En todo eso y muchas cosas más iba pensando, cuando estaba saliendo de Barranquilla por el norte de la ciudad y se adentraba en el destino siempre desconocido de la carretera.
Era raro que fuera oyendo música en el pasacinta, aunque en su casa escuchaba toda clase de salsa y otros ritmos pegajosos del Caribe. Con las luces del carro, iba viendo con perfección todo el camino, sin descuidarse para nada, porque aquel era un lugar donde habían sucedido unos accidentes, sin que se supiera a ciencia cierta por qué. «Era entonces cuando no le tenía miedo a las cosas de la noche», habría de decir después. Era de todas formas alguien desconfiado, razón por la cual producía que anduviera con más calma y seriedad que cualquiera, y que a las once de la noche no le hiciera una carrera a nadie ni si veía que en la calle, rodeado de muchas personas, un ser humano en el suelo se estaba muriendo. A sus veintiocho años era un hombre hecho y derecho, que actuaba con mucha precaución, y el camino a Puerto Colombia lo conocía bien, como si hasta lo hubiera andado varias veces a pie. En realidad, para él eso era lo que más conocía del mundo en el que le había tocado vivir.
La carretera estaba completamente solitaria, al igual que todas las noches en que le tocaba volver. Prácticamente, lo que veía era producto de los focos del carro, y no había luna, algo normal a principio de ese mes del año 1984, cuando la oscuridad era reinante en el monte, del que a veces salían ardillas y otra clase de animales como los zorros chuchos, cruzando en carrera la carretera por donde él andaba concentrado. En esos momentos, pensó que le hubiera gustado llegar rápido a Puerto Colombia, porque tenía unas ganas de comer con las que apenas podía, y aunque tenía bastante dinero no quiso probar nada en la ciudad que rápidamente dejaba atrás, porque sabía que a esa hora su mujer le tenía tapada la comida, que él al llegar ansioso calentaría hasta con el hambre. Por instinto, conducía muy bien, como si fuera un juego práctico, y al igual que muchos de sus colegas, pensaba que nada le gustaba más en la vida que estar sentado en esa silla delantera, para que manipulando el timón todo lo exterior que lo rodeaba, diera la ilusión de moverse rápido. Simultáneamente, podía pensar en un millón de cosas, pero era consciente de lo que hacía con el manubrio, y que su vida dependía de su sobriedad, la cual siempre estaba con él, dejándose llevar por una alta velocidad a la que con sinceridad estaba acostumbrado tanto, que ya le parecía que era la forma más natural de andar en esta vida. Sin embargo, más adelante distinguió unas luces acercándose en sentido contrario, hasta ver que era un bus intermunicipal, que iba lógicamente para Barranquilla, sin poder reconocer quién era el chofer. Un carro particular venía detrás del bus, y disminuyó la marcha para no acelerar y pasárselo por el carril, donde conducía él. Era natural que a esas horas avanzadas de vez en cuando se encontrara con otros vehículos, pero ambos iban tan rápidos que desaparecieron de pronto como si nunca los hubiera visto. Entonces volvió a estar en la soledad infinita, mirando el monte interminable, donde la oscuridad era tan abrupta, que parecía mentira que en esa carretera el carro suyo pudiera inventar un poco de luz. Ninguna vez había sentido miedo, y en más de una ocasión, después de las nueve de la noche, debido a un casual problema, le había tocado bajarse, sacar las herramientas y cambiar la llanta dañada, como si estuviera en la terraza de su casa, llamando la atención de otros taxistas que medio paraban y sólo seguían de largo cuando él les aseguraba que todo estaba bien.
Debía ir antes de la mitad del camino, en el que comenzó a sentir la influencia de algo fuera de lo normal. Era algo que nunca en la vida había experimentado, y pensó que se debía al ir por una parte señalada, donde últimamente había pasado toda clase de accidentes inexplicables desde el punto de vista teórico. Las personas, entre ellas él, decían que aquello se debía a la curva de la carretera, que a veces cogía desprevenidas a las personas, que se habían acostumbrado a que el camino de la tierra aparte de plano era sólo recto. En esas cosas andaba abstraído, cuando vio que más adelante a su lado izquierdo, salía la silueta de algo que le pareció humano. En efecto, era una mujer vestida de blanco totalmente lista para el matrimonio, que le señalaba urgente que le parara, algo que él estuvo a punto de hacer, creyendo que se trataba de alguna dama que había sido abandonada por un hombre insatisfecho, o violada por unos bandidos de los que ahora escapaba. Estando pasando frente a ella, le pudo ver bien la cara, y se dio cuenta de que era apenas una joven adolescente, dueña de una belleza tan inmensa que no necesitaba mucha luz para demostrarla. Sin entender por qué, Pedro Aponte muy asustado continuó de largo, porque sintió un terrible escalofrío, que le hizo hielo por dentro, concluyendo que en realidad había tenido un llamado no de una mujer sino del otro mundo. Aceleró más en la velocidad del carro, sin mirar atrás, también completamente seguro de haber escapado a la tentación de alguien que podía estar tendiéndole una trampa, porque imaginó que a lo mejor no estaba sola, y mientras seguía de largo en la oscuridad de la carretera, se cruzó con otro carro, cuyo chofer a lo mejor sí iba a ser seducido por aquel extraño ser. En su interior, sintió un poco de descanso, porque ahora alguien la podía ayudar por él, aunque tardaría mucho tiempo en olvidar aquella experiencia, arrepentido a veces por lo que consideró una cobardía, que no era normal en su habitual modo de ser. Cerca de llegar a su pueblo, sintió más tranquilidad, siendo algo que a nadie al principio le iba a contar, porque estaba lejos de saber la verdad siniestra de ese acontecimiento.
Por su parte, Eduardo Contreras era un taxista de más edad, que tiempo después en esa misma carretera viviría un caso similar. Estaba en Barranquilla, manejando tarde de la noche en la calle 72, cuando una señora que iba saliendo de un supermercado lo detuvo, para preguntarle cuánto le cobraba por hacerle una carrera a Puerto Colombia, a lo que él le dijo que mil pesos. En realidad no quería hacer otra carrera más, pero recordaba: «Quería terminar de ganarme otros pesos». Al aceptar, le abrió la puerta, por donde ella se metió con las bolsas llenas de compra, y entonces comenzó a hacer la carrera. En menos de una hora, ya habían llegado al pueblo del mar, y acto seguido la dejó en la terraza de su casa. Él conocía a muchas personas en ese sitio, sobre todo a otros taxistas, pero se dio cuenta de que en el lugar donde se reunía la mayoría estaba casi solo, y pensó que lo mejor era que se fuera rápido para Barranquilla. En seguida salió del pueblo, adentrándose en la oscura carretera que a veces por su soledad, ponía a pensar en ciertas cosas que daban auténtico miedo.
Era una persona que conocía bien aquel camino, y en varias ocasiones había hecho carreras en ambos sentidos que le dejaban muchos pesos, pero era raro que lo hiciera como en esa particular ocasión, en la que se le había hecho tan tarde. Iba tranquilo, oyendo los viejos boleros de Emisora Atlántico, para sentirse acompañado. Durante toda la vida, había sido amante de aquella música tropical, y un día, según decía, le hizo una carrera a Nelson Pinedo, que a su avanzada edad aún huía de sus seguidores en el centro. También disfrutaba viajando por aquella carretera, larga y estrecha, que lo identificaba en la vida como su propio carro. Eran muchas las caras que había visto pasar por su asiento, y se sentía con razón que era el mejor de los taxistas en Barranquilla. Esa sensación de grandeza le daba seguridad, porque nunca lo habían atracado en el carro. Era un motor que tenía en su poder durante más de diez años, y pensaba que mientras siempre le funcionara, iba a ser un tradicional taxista de ésos que aún manejaban dando vueltas, sin haber que ya habían llegado a viejo.
La vía por donde se dirigía estaba por completo sola, y a diferencia de muchos, no pensaba en espíritus malos ni le inquietaba pasar por lugares donde ya habían habido varios accidentes que elevaban la atención, porque creía que a fin de cuentas algún día le llegaría su hora, pero que ésta nunca aparecía donde uno la imaginaba ni menos al estar mirando el reloj. En vista de eso iba muy tranquilo, sabiendo eso sí que ya era tarde, algo que le preocupaba, porque siempre le gustaba madrugar para cumplir el compromiso del oficio que consideraba el mejor del mundo. Sentía la voz del locutor, que le era tan familiar mientras manejaba, que hasta creía que le había hecho más de una carrera en ese auto. En algún momento, se cruzó con una camioneta llena de personas en la parte de atrás, y se imaginó que era de algunos guajiros que llegaban a Puerto Colombia a altas horas de la noche llevando quintales de marihuana, para transportarla en lanchas a los barcos parados en alta mar, que al ser cargados partían repletos para el extranjero. Él, al contrario de muchos, cuando en la oscuridad de la carretera veía otros vehículos, no sentía felicidad por la fugaz compañía sino miedo de que algún imprudente se le tirara encima, y provocara un accidente irremediable. De esa forma, a veces prefería la soledad para concentrarse en la música que le hacía acordar de sus mejores años de hombre, y de esas putas buenas cuyos burdeles había dejado de frecuentar en el centro, porque estaba seguro de que las mujeres bellas como las de antes ya no preferían la mala muerte. Acabado el programa de boleros, apagó la emisora y sólo entonces comenzó a sentir el ruido del carro que lo hizo tener en cuenta la realidad material de la carretera.
Estaba a una altura más allá de la mitad del camino, y creyó confiado que estaba repitiendo lo mismo de siempre, que era manejar bien para evitar el peligro. Se sentía seguro, como cualquier noche más de su vida, aumentando la velocidad si se daba cuenta de la soledad aguda del recorrido, y sólo disminuía un poco cuando veía que se acercaban las luces de otros carros. A ambos lados de la carretera, la oscuridad era infinita y sólo las luces delanteras de su carro parecían estar provocando la creación del mundo conocido. Por eso le tenía confianza a esa parte, donde había andado tanto con ese sentido. Entonces, de pronto, al lado derecho del camino, apareció la figura de una mujer vestida de blanco. Estaba acercándose apenas a ella, pero ni aun así impresionado con su imagen quiso pararle, porque sintió que no era normal que a esas horas de la noche, alguien sola con el vestido de matrimonio le hiciera señal de que se detuviera en aquel paraje. Más adelante, al ir perdiéndola de vista, entendió que aquello no era normal e hizo todo lo posible por olvidarse de eso, algo que no pudo, porque lo que había pasado nada se lo explicaba, y quiso que algún carro emergiera en la vía para no estar tan solo. Se creyó algo descansando a cierta altura de la carretera, ya que ésta volvió a ser la misma solitaria que había conocido antes en la noche.
En ese momento, Eduardo Contreras sintió que no estaba solo. A través del retrovisor, mientras el carro andaba sin haberse detenido un solo segundo en el trayecto, se dio cuenta de que la mujer a la que no le había querido parar estaba ahora sentada en la silla de atrás, muy tranquila, callada y arreglándose un poco el pelo, como si ya se hubiera encargado de decirle a él a dónde era la carrera que le tenía que hacer. Lo mejor del caso, es que ella en ese puesto estaba lo más de normal, serena porque la iban llevando para que se casara, dejando ver su lado humano, sin tener intención de hacerle el menor daño, y él profundamente en estado de shock quitó la mirada, se concentró en el manubrio y aumentó la velocidad a ciento veinte, sintiendo que lo que la aparición había venido a hacer era a causar su muerte, cosa que hubiera preferido antes que seguir incómodo con eso en la soledad del camino. «Lo único que sé es que era tan bella que parecía estar viva», dijo él después. Durante unos minutos que fueron una pesadilla, no volteó hacia atrás para no encontrarse con su mirada consciente de la vida, tratando de encontrar alguna manera de alejar lo malo de su aspecto, manejando sin parar como lo que más sabía hacer, avanzando en gran distancia lo que pudo, y sólo más adelante descubrió que la mujer no estaba con él, después de un largo rato de eternidad en que estaba entrando a la ciudad. Le pareció que a lo mejor se bajó en medio de la carrera cuando pasaron por el cementerio Jardines del Recuerdo, lugar donde debían descansar sus restos humanos. Pensó en serio que fue así, ya que tampoco había modo de explicar la desaparición repentina de aquel asiento, sin haber hecho nada más en absoluto y sin que él hubiera de nuevo parado en su vuelo. Le causó un respiro apreciar que el norte de Barranquilla donde llegaba era un sitio seguro, dejando la sensación de que la presencia de muchos vivos hubiera espantado a una muerta como ella.
Esa noche al llegar a su casa, sin comprender mucho el sentido de las cosas contó lo que había sucedido. En esos minutos, la madre de sus hijos debió creer que era verdad, porque él no quiso probar la comida, y durmió pensando en eso, sin poder repasar en algo más, como si la aparición de aquella mujer proveniente de la muerte hubiera querido dejarle una porción del más allá. En efecto, al día siguiente, amaneció sorpresivamente con fiebre, bastante enfermo y a punto de morir, y debió ser muy grave el asunto, porque su familia un poca temerosa con la situación tuvo que llevar a alguien para que le rezara una oración de vida. Fue algo que le demoró por unos días, y algunos se preguntaron si en realidad estaba peleando con la influencia de la muerte que personificaba aquélla. Cuando se recuperó, demoró unos cuantos días sin hacer una sola carrera, ni en la misma Barranquilla donde había tantos vivos. Siempre había de decir que eso que le ocurrió había sido cierto, y que la apariencia turbadora de aquella mujer era tan extraña, que sólo podía ser del otro mundo.
En cambio, Luis Hinojosa no contaría con la misma fortuna. Después de haber estado haciendo una carrera en Puerto Colombia, a las nueve de la noche quiso volver a Barranquilla. Todavía el rumor de que en aquella carretera salía un espanto no se había divulgado con tanta fuerza, y la gente seguía viajando tranquila sin más miedo que al de los accidentes nocturnos. Tenía treinta y cuatro años, y estaba separado de su mujer, aunque todas las noches en el Barrio Abajo llegaba a la casa donde vivía ella con su madre, y le dejaba algo de dinero por la niña que tenían. Sus amigos, aparte de eso, decían que entre ellos era el mejor. En esos momentos, aceleró por esa autoconfianza bastante rápido, recordando que a esa casa donde se dirigía se acostaban temprano, y que no era normal en él que llegara a esa hora. En la oscuridad del camino, iba tranquilo, pensando en el Junior, igual que muchos de sus amigos, al que en ese año de 1985 las cosas le estaban saliendo bien y prometía ser de nuevo campeón. Era lo único que tenía en la cabeza, y por ser viernes, estaba contento porque se estaba acercando la hora de verlo jugar, siendo narrado a todo pulmón por Edgar Perea el domingo en el Romelio Martínez, donde pocas veces él fallaba en su calidad de aficionado. Esa noche había tenido un buen tiempo como conductor, porque había logrado reunir bastante dinero, para pagarle al dueño del carro que él manejaba. Al contrario de muchos, algún día quería dejar de ser taxista y meterse a mecánico de camiones grandes.
La carretera estaba muy oscura, pero eso no lo asustaba. La luna estaba llena, y él la venía viendo frente a la ventana del carro, como si no viajara hacia Barranquilla sino que buscaba la forma de estar cada vez más cerca de ella. Le gustaba mucho la velocidad al manejar, y era amigo de varios taxistas que a veces le pitaban cuando se los encontraba en el camino. Lo raro de esa noche es que no vio a ninguno de ellos, y se imaginó con razón que la mayoría todavía andaba recogiendo algo de dinero en las calles de Barranquilla. Se apresuró por ir rápido, pensando en su pequeña niña que también siempre pensaba en él, hasta verlo llegar.
Cuando se estaba acercando a la Curva del Diablo, vio algo extraño que lo puso a pensar con preocupación. Se trataba de una mujer vestida de blanco, con un traje bastante elegante para la oscuridad de ese lugar tan apartado. Entonces debió sentir inmediato pesar con ella, porque imaginó que se trataba de una pobre mujer abandonada por algún hombre demasiado malo, como para dejarla sola a su suerte. Fue bajando la marcha a medida que se acercaba, hasta detenerse por completo y verla por la ventana abierta de la puerta derecha, reparando que estaba en verdad muy bien arreglada, lista para el matrimonio. La mujer era claramente bella bajo la luna y las estrellas, y los demás astros que se estaban moviendo sin detenerse en el cielo, y entonces habló con una voz que era de lo más normal.
-Por favor –le dijo ella-, necesito que me lleve urgente a Barranquilla, porque me tengo que casar.
En ese instante, él se fijó bien en su cara. A pesar de su apariencia embrujante que en un principio le inspiró confianza, tenía un poco de oscuridad alrededor de los ojos que denotaba eterna fatiga, algo fuera de lo corriente, como un verdadero espanto. Al darse cuenta de que en realidad se trataba del alma de una persona muerta, un golpe descomunal en el corazón acabó con la vida de Luis Hinojosa. Durante varias horas, estuvo allí sentado, solo, sin conciencia, sin haber soportado el impacto que le causó haber visto a una mujer, que vino puntual a su encuentro desde el inframundo. Muchos carros pasaron por allí, pero nadie se detuvo, imaginándose algunos conductores que se trataba de un taxista borracho que se había quedado profundamente dormido, teniendo un sueño con el amor. Sólo al día siguiente, por la alerta de ciertos curiosos al ver el vuelo cercano de los gallinazos, la policía que fue informada se acercó al lugar, unos agentes lo miraron y notaron que a pesar de que estaba sin vida, por sus ojos abiertos aún parecía presa de alguna fatal impresión.
Andrés Hernández era otro conductor que no tenía la más mínima idea del nuevo caso de ultratumba que se estaba generando en esa carretera, y habría de seguir yendo y viniendo varias noches sin que nada en absoluto le diera miedo, hasta llamar la atención del mismo fantasma. Era un hombre de algunos treinta y ocho años, de tez trigueña, natural de Soledad, Atlántico, andaba por todas las carreteras hechas y por hacer, pero tenía una mujer en Puerto Colombia a la que siempre visitaba, a pesar de tener un verdadero hogar en el sur de Barranquilla. En su mente, tenía la certidumbre de que esa situación en que algunas personas habían perdido la vida en la carretera que de Puerto Colombia llevaba a Barranquilla, no tenía nada que ver con él. Era un ser muy tranquilo, seguro de sí mismo, y manejaba con mucha cautela, a pesar de que los colegas supieran que al aumentar la velocidad era uno de los más prácticos en el asunto. Se sentía feliz con su propia vida, y si algo le gustaba más que manejar, era hacer dinero producto del manejo. Ésa era la razón de que aquel modelo amarillo fuera suyo, para ahorrar con más facilidad, en vez de estar pagándole la tarifa diaria al dueño. Se sentía engreído con el carro, y el único que siempre lo había manejado era él para estar seguro de que siguiera andando.
La noche en que se dirigió a las diez y media a Barranquilla, le tocó hacerlo rápido porque no era normal en él que anduviera tan tarde. A pesar de eso, la serenidad lo acompañaba, y si algo le preocupaba del camino era que pudiera quedarse varado, pero nunca con que se le apareciera una muerta. Era alegre, divertido, y tenía un sentido bueno del humor, por lo que al mirarlo a la cara, pocos se imaginaban que algún día dejaría de ser quien era. En esa ocasión, mientras escuchaba Él me mintió de Amanda Miguel, se cruzó con dos buses intermunicipales que viajaban demasiado rápidos en el camino, como si sus chóferes sintieran temor feroz de esa carretera. Pero él continuó tranquilo, sin problemas, dándole más rápido al carro al ver que a veces la carretera subía en forma de loma, y después bajaba para que se deslizara mejor. Era un gran profesional, aunque en alguna ocasión había chocado un auto por culpa suya en la ciudad, y el único herido había sido él. Esa experiencia lo llevó a sólo aumentar la velocidad de un vehículo si estaba en una parte de la carretera más despejada, y lo hacía de forma tan fuerte, que reflexionó que esa provechosa manera de llegar más rápido, lo obligaba a concentrarse para no ir pensando tanto. Se sentía consecuente de lo que hacía, aunque desde que tenía conciencia le había inspirado confianza esa calzada, que era la que más le pertenecía. Era claro que andar por allí le gustaba, y que así podía por ser siempre. Por eso en una fase del recorrido, vio a un lado de la carretera a una mujer que le hacía señal de que parara.
En vista del imprevisto, sintió por instinto que era necesario bajar la velocidad, porque estaba preparada para el matrimonio. Era algo que no le había tocado vivir en ese lugar ni con nadie distinto, pero le inspiró consternación la situación de la muchacha. Al frenar y verla a través de la ventana derecha que estaba abierta, ella le dijo que por favor le hiciera una carrera, que estaba atrasada para el casamiento, donde todavía la estaban esperando, así que comprendiéndola un poco él le abrió la puerta para que montara sonriente en la parte de atrás, en el momento en que le pareció una pasajera más y no alguien que dentro de su taxi quería ir un rato por la vida. Nada se le atribuía a algo fuera de lo común, por lo que el carro comenzó a andar ahora más rápido para que ella pudiera llegar con tiempo a su cita, a llevar el amor. Según recuerda, mientras manejaba, iba pensando en la hermosura de la mujer con que dejó de hablar, pero también dándole gracias a Dios porque en la soledad de la carretera volvió a ganarse un pasaje más. Siguió conduciendo con conocimiento al igual que otras veces, antes de que le pasara la sensación de esa novedad, viendo una vía que conocía bastante su alma. Miraba todo a su alrededor, el cielo, el horizonte, el monte donde la oscuridad se podía tocar, y todo le parecía bien como en otras ocasiones. Sólo que el ambiente se puso un poco raro, porque después de avanzar unos kilómetros considerables, sintió que algo detrás dejó de pensarlo, de estar con él, y al voltear para ver a qué se debía, se dio cuenta entonces por el asiento que estaba vacío de que había vuelto a quedar solo. Sin poder con la impresión que dejaba ese hecho impactante, se asustó como jamás en su vida había pasado, quedó perplejo en lo más hondo, hasta casi perder el control del carro. No entendía qué era lo que había sucedido, en el desarrollo de la rutina, y seguía inmerso en eso al ver para su alivio las primeras luces de la ciudad.
Con el suceso entonces, la gente fue diciendo que algo particular estaba pasando en la carretera de Puerto Colombia. Los primeros que sentían que podía ser por la presencia de algo paranormal fueron los conductores, aunque la vida siguió siendo la de siempre. Sin embargo, cuando pasaban por la Curva del Diablo, todos miraban con temor aquel sector del camino. Era como si por allí se estuviera apareciendo el mismo Diablo.
Aún así, poco se sabía de la verdadera razón de eso. Se seguían desconociendo los motivos originales, aunque se le atribuía a alguna clase de misterio, y un ejemplo era el desespero que siempre había tenido la muerte desde el principio del cosmos, por devorar lo que pudiera de la vida que se expandía como el espacio intergaláctico. Lo único que se logró con tanta especulación, es que a esa carretera poco a poco se le cogiera miedo, que a veces no tenía que ver con la intervención de algo infrecuente, pues muchos aseguraban que cuando alguien se iba a morir era lo más normal que le viera unos segundos antes la cara a la muerte. En el transcurso de los años, fueron aumentando los comentarios imaginados sobre esa carretera, a la que muy pocos ya querían usar en las noches solitarias, por temor de que se les apareciera entonces el hermoso fantasma que mandaba la muerte. Quizás tenían razón, porque siempre surgía la voz de un nuevo conductor con la versión de que había viso a una mujer bella vestida de matrimonio a un lado del camino, que infligía toda clase de tragedias porque al perder la vida se había casado obligadamente con la muerte. Llegó un momento, en que algunos incluso se retiraron de aquella arriesgada vida de conductores. Era claro que la mujer vestida de blanco, le salía a casi todo aquél que manejara mucho un carro por ese lugar.
Aquélla era por supuesto la carretera que llevaba al mar. Construida muchos años atrás, produjo que Barranquilla quedara más cerca de Puerto Colombia, algo que de alguna u otra manera fue volver a escribir la historia, ya que era sabido que la ciudad con el pequeño municipio estaban atados casi por un cordón umbilical. Durante lustros, los choferes la consideraban como algo que los llevaba al cielo, porque gracias a ella ganaban el pan de cada día, y desde que tenían uso de razón se encontraba en buenas condiciones para andar. Por nada del mundo la cambiaban, y era buena, a pesar de que al igual que en muchas otras carreteras, se habían presentado ciertos accidentes que fueron fatales, pero que se olvidaban o eran desconocidos por los nuevos conductores que tenían deseos de manejar. Era normal que hubiera habido esos accidentes, pero no los relacionaban con nada de la otra vida. En cualquier parte pasaban, y por eso lo único que les interesaban era que allí viajaban más tranquilos que en otra carretera conocida de la región, porque sentían el mar. Lo cierto es que ella los llevaba mejor al pueblo, y casi siempre estaban de regreso a Barranquilla a buena hora. Era algo certificado, y algún día cuando funcionarios del gobierno quisieron hacer un peaje, los conductores y personas del pueblo protestaron iracundamente por muchas cosas, una de ellas porque aquello representaría un retraso para llegar más rápido. El camino era un universo que no cambiaban por nada, porque manejar por allí era tan fácil como vivir.
Lo malo fue que de un momento a otro, y sin que nadie se lo explicara, comenzó a sobrevenir aquel fenómeno paranormal que cambió la referencia que se le daba a esa carretera. Las personas que aseguraban haber visto a la novia vestida de blanco, siguieron aumentado cada noche. La mayoría de esas personas, eran también los choferes de los mismos buses que se atrevían a andar tan tarde. Algunos, cuando les tocaba regresar solos por la carretera, decían haberla visto a través del retrovisor sentada solitaria en la parte de atrás, como cualquier persona que ya hubiera pagado su asiento. «Era real, como el largo vestido que llevaba puesto», decían. Al suceder eso, aumentaban la velocidad del vehículo para tratar de espantarla, con la única diferencia de que ella casi siempre inofensiva, no parecía por momento darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en este mundo, al que ya no pertenecía ni ansiaba pertenecer. Llegó un momento, en que casi nadie que había escuchado sobre eso quería aventurarse a andar por esa carretera, y otros hasta decidieron cambiar de profesión, con tal de no volver a experimentar tal visión que señalaba la presencia segura de la muerte. «Muchos se murieron nada más por mirar que era bella», aseguraban. En verdad, era como si aquel aparato estuviera dispuesto a alejar a todos los que manejaban por aquella carretera, y mientras trataba de cobrar inexplicable venganza de algo, hasta con el que estuviera manejando y no la viera. Aquel misterio fue cogiendo sobrada fama, y el que manejaba por allí prestando un servicio público, estaba al tanto de las apariciones de la bella mujer vestida de blanco que trataba de parar a las personas que iban en los carros, para que le dieran chance aunque fuera una vez a la muerte. Sintieron miedo, y algunos infortunados que iban pensando en ella, inevitablemente la vieron. Fue un momento que mejor no les hubiera gustado vivir, porque aunque llegaran a sus casas, entraran al cuarto, apagaran las luces y cerraran los ojos, la mirada de ella los perseguiría persistente, intensa y nítida, hasta el último segundo de sus vidas.
Mientras tanto, los accidentes mortales por los que se le acusaba, seguían sucediendo uno tras uno de corrido, algo que se volvió un escándalo. Con el curso de los años, cada vez que un carro se volcaba o chocaba con otro y perecían los pasajeros, ya nadie trataba de buscar una explicación distinta a la de la aparición repentina de aquella mujer, que estaba dispuesta a acabar con los hombres que aprendieran a conducir bien por allí. En una ocasión, cuando un bus que manejaba un hombre solo resultó incendiado a un lado del camino, todos se imaginaron qué había visto el pobre tipo para que hubiera terminado su suerte en medio de las llamas. «Era el infierno en la tierra», dijo un testigo. «Pero a ella nada de eso le bastaba para detener su crimen horrendo.» Parecía cierto, aunque en otras carreteras pasara lo mismo con altas cuotas mortales, y nadie dijera que era por ella. Como si fuera poco, en otra ocasión, un hombre que manejaba un carro particular de color rojo, quedó volcado a un lado del camino, en medio de las latas aplastadas y con los ojos abiertos, fortaleciendo la certeza de que con la alteración que se sufría al verla a ella, era suficiente para no dar para cerrarlos ni después de muerto. «Era claro, eso sí, que quería que alguien se los cerrara para no seguir viendo», dijo su primo. Con el transcurrir más de los años, seguían sucediendo esas cosas, y hubieran podido ser tomadas como accidentes que pasaban en cualquier carretera, si no fuera porque los cadáveres demostraban una impresión sempiterna que ya no se les quitaba ni aunque los ojos se les cerraran y sus cuerpos se pudrieran dentro los ataúdes, porque sabían que la propia muerte era ella. Muchos buses se volcaron a un lado del camino, y cuando el nuevo siniestro acontecía, parecía claro que desde algún lugar apartado, la mujer vestida de novia estaba divirtiéndose malignamente con eso. Personas que pasando de largo en el carro sobrevivieron a la fuerte impresión de aquella visión terrorífica, decían que bastaba mirarla a los ojos para sentir que estaban siendo vistos directamente por la muerte. «Y qué hermosa era la muerte», dijo alguien, que la alcanzó a ver a un lado del camino y vivió para contarlo. Su presencia espantaba, daba mucho miedo, y si se descarrilaba otro carro con su ocupante muerto, se aseguraba que la muerte se había disfrazado de novia guapa, porque era la mejor manera que se había inventado nunca antes para ganarse a los vivos. El hombre que la vio a un lado del camino, haciéndole señal de que parara, llegó a decir que a pesar de que sentía miedo por la expectativa de su presencia, tuvo un poco de lástima al mirarla existir tan solitaria. Sin embargo, no le paró. En cambio, un chofer distinto que después de creer que la había atropellado, paró el bus y se bajó, apareció luego muerto a un lado del camino, pero como alguien que dormía con ganas desesperadas de despertar de la pesadilla donde estaba ella.
Las autoridades llegaron a pronunciarse en aquel caso, que a la hora de la verdad parecía más una fábula de los conductores, y la medida que tomaron fue tratar de que nadie manejara tan tarde. Algo imposible, porque era pelear con la misma naturaleza de la carretera, que fue hecha para ser usada a cualquier hora en que sirviera por alguna urgencia. Alguien que tenía poder en la política, llegó a decir que ese fantasma estaba con un hambre insaciable de víctimas humanas, y que lo mejor era llevar en la noche un sacerdote a aquel camino para divorciarlo de la malevolencia. Nunca sucedió, porque por momentos la realidad parecía gobernar con las leyes de la vida, y a veces pasaba hasta un año sin que transcurriera nada, antes de que volviera a presentarse un nuevo caso que estremecía a la ciudadanía, y que hacía creer que una mujer desde la otra vida estaba apareciendo y acabando con los hombres que amaran más a los carros que a ella, que era una desgraciada en la oscuridad eterna. Luego con fuerza volvía a tomar protagonismo en los accidentes, y ciertas personas salieron en defensa de ella al sobrevivir a uno, porque decían que no habían visto nada cuando se salieron del camino. Sin embargo, después eran conscientes de que no hubieran podido perder el control en otra carretera. La creencia de que ella tenía aquel camino embrujado comenzó a tomar fuerza, pero casi nadie que caminaba de noche por la carretera decía haberla visto, como si fuera verdad lo que se decía, respecto a que aquel espíritu sólo les salía a las personas que estuvieran conduciendo carros. Su influencia se siguió sintiendo, y cobrando más importancia en aquellos alrededores, donde definitivamente se había instalado el ángel de la muerte.
Fueron los choferes de los buses interurbanos quienes más se sentían asustados, porque por el torniquete pasaban tantas personas sin verles bien las caras, que sentían que cualquiera de esas mujeres que entraban como amas de casa, trabajadoras o estudiantes, al quedar finalmente sola en el último asiento, terminaba convirtiéndose en la novia. Sentían bastante miedo, y alguien decía que en caso de llegar a verla, se bajaría del bus y saldría corriendo, pareciendo claro que a cualquier hombre que huía a pie ella no lo perseguía, pero la verdad es porque sabía que ya estaba muerto. En los lugares donde se encontraban y conversaban sobre eso, a veces se decían: «No manejes tan tarde, que te puede salir la novia». Sólo que cuando los nuevos conductores la descubrían, tenían miedo hacia la ley de la vida en general, porque daba la sensación de que con sólo pensar en ella se la veía en cualquier momento. Eran pocos los hombres que se atrevían a manejar solos hasta altas horas de la noche, resultando bien claro que el fantasma vestido de blanco los estaría esperando, porque consideraba que era casi una falta de respeto de ellos andar por los lugares oscuros, donde los muertos como ella tenían derecho a salir un rato.
En alguna ocasión en que Jairo Román salía de Barranquilla, se había quedado sin un pasajero en el bus y estaba manejando solo. Para él, era lo más normal de la vida estar a veces conduciendo sin compañía de nadie, y ya sabía que no recogería a más personas, teniendo en cuenta que iba por una carretera oscura desde donde parecía sentir la presencia lejana del río Magdalena, al que le tenía cautela por no saber nadar, y avanzaba rápido con ganas de llegar al pueblo para acostarse a dormir. Su forma de ir manipulando con astucia el timón, le daba la confianza de que a bordo del carro nada podía asustarlo, porque en caso de que viera algo raro, él simplemente iba dentro de aquel bus que se abría paso entre la brisa fuerte y lo hacía sentir en un espacio-tiempo diferente. Estaba ingenuo, con ganas de llegar pronto, y conocía tanto aquel trayecto que yendo por esa carretera estaba más cómodo, que caminando despacio por el corredor de su casa. Al pasar por la Curva del Diablo, tuvo cuidado de estar a punto de ver o sufrir un accidente, aunque hacía ya mucho tiempo en que había dejado de hablarse de que posiblemente por allí estaba sucediendo algo inaudito, y cuando entonces intentó pensar en lo normal, vio a la novia a un lado del camino. Estar con esa repentina presencia le causó un miedo que no era de él, aunque pasando por esa parte siempre sentía como si pudiera acompañarlo algún espíritu inspirador de temor, que se terminó ya de manifestar. Aceleró lo que pudo, con valor y decisión de hombre experto, y sólo más adelante al alejarse de aquel paraje, volvió a ser casi el mismo con aire nuevo, en una vía tan solitaria donde lo único que existía era su vehículo en huida.
En el trayecto, no se encontró con otro bus ni en sentido contrario, y supo por eso que se había dejado coger bastante tarde de la noche peor. En muchas situaciones, ya había pasado por eso, porque así como algunas veces había sido uno de los primeros en dejar de trabajar, varias veces también había sido uno de los últimos en andar por aquella carretera, que si en algo daba recelo era por tanta soledad que daba para imaginar muchas cosas que el día no mostraba. Sabía que estaba a pocos kilómetros de llegar al municipio, en el instante en que percibió que algo iba con él, por lo que al fijarse por el retrovisor, notó sentada a la misma mujer vestida de matrimonio en el último banco del bus, y mirándolo fijamente con sus ojos que ya han visto por varios años la muerte. Enteramente paralizado de miedo, y creyéndose víctima de una experiencia cruel que casi lo hace llorar, se apresuró en marchar más rápido, sin volver la vista a atrás donde posiblemente ella estaba esperando que de alguna manera muriera, pero no pasó nada, todo siguió quieto, igual, y consideró que su destino estaba más lejos de lo que había pensado, así como la esperanza segura de vida. En realidad, a diminuta distancia del Lago del Cisne, nunca supo en qué momento dejó de sentir la presencia de ese ser demoníaco, porque después al ver que estaba llegando al municipio volvió a ir solo, pero con unas ganas de parar y salirse de aquel bus, donde inexplicablemente sin pagar pasaje se había montado la muerte. Apenas llegó a Puerto Colombia, paró en el primer lugar donde vio a muchos seres humanos y prefirió que de ahora en adelante buscaría mejor otra profesión, antes que volver a experimentar algo horrible como eso, en que el miedo lo hizo sentir en serio humillado.
Sería una de esas personas en tratar de hacer que todos supieran, lo que en la carretera estaba sucediendo. A muchos hombres que manejaban buses, les dijo lo mismo para que fueran prudentes. En el interior, no quería que otros vivieran lo que vivió, ya que estaba seguro de que cualquiera no iba a tener el corazón tranquilo como él lo tuvo, para resistir lo que era peor que un rechazo de amor de la mujer más querida. Algunos le prestaron atención, otros no, pero con el paso del tiempo su historia se convertiría en una de las más conocidas. Pero de todos modos, hasta el final de sus días repetiría aquel suceso a quien quisiera oírlo, que para él fue tan real como la noche en que le tocó vivirlo. Era él el que más decía que por allí aparecía el fantasma de una mujer vestida de novia.
Un periodista se enteró de eso, y quiso entrevistarlo. La versión que el mismo chofer le contó, fue suficiente para hacer de ella una buena historia, que se publicó como noticia y despertó un gran interés entre los lectores. El chofer diría que si no se murió de miedo, era por la costumbre de que a pesar de que viviera lo que viviera, e incluso en ocasiones en que estuviera casi durmiéndose, casi siempre estaba manejando bien en esa carretera. «Es lo peor que me tocado vivir en la vida», explicó. «No sé cómo estoy vivo para contarlo, y no sé qué estará pensando ella de mí.» Con sinceridad, aunque confesó que la belleza de la mujer solitaria que estaba en el último asiento le asombró de una forma sobrenatural, hubiera preferido no haberla visto nunca ni de día. La manera seria en que contó todo, produjo que la mayoría de las personas sintieran que estaba hablando con la más pura verdad, porque era la única manera de explicar cómo logró juntar a su alrededor a tantos periodistas. Durante algunos días, no se hablaría de otra cosa, y el relato de la novia de Puerto Colombia cogió tal fuerza, que muchos comenzaron a tenerle miedo a esa ruta. Desde entonces, el público comenzó a creer que de veras ella estaba apareciendo, y lo podía hacer con cualquiera que se hubiera enamorado de esa carretera.
La idea de que alguien vestido de blanco estaba surgiendo en la vía que llevaba al mar, se volvió una trama para las personas más comunes. Algunos aseguraban que era una mujer que había muerto poco después de su matrimonio, y que su alma había quedado en esa carretera, como parte de una venganza implacable, acabando con los choferes inocentes, en su búsqueda del culpable de que ella se encontrara muerta sin nada de amor. Era una leyenda que se volvió urbana, llamando la atención de todos los reporteros que tuvieran interés por el periodismo narrativo. Alguien aseguró que era verdad que ella aparecía por allí, aunque nadie parecía explicar la verdadera razón para que lo estuviera haciendo, pero en vista de que los accidentes continuaban inclusive en ciertos parajes de la carretera que eran normales, se comenzó a señalar a aquel fantasma hasta como el responsable de las grietas del asfalto, de las vacas que se cruzaban, que producían peligro mortal para los carros en el día. Era algo que siempre ocurría, por lo que los periodistas habrían de documentarse no sólo con las numerosas personas que aseguraban haberla visto, sino de mencionar muchas veces el lugar conocido cerca de donde se decía que aparecía.
Puerto Colombia era un municipio pequeño ubicado a orillas del mar Caribe, el cual a pesar de la pobreza era considerado con razón por sus lugareños el mejor pueblo del mundo. Desde hacía muchísimos años, la nombradía de este lugar estaba fundada prácticamente en su prosperidad pasada, cuando por medio de un tren que venía desde Barranquilla, permitió que en su largo muelle entrara toda serie de cosas, desde los aparatos electrodomésticos más modernos hasta las razas europeas, judías y árabes, que huyendo de muchas situaciones como las guerras en la nueva tierra a donde llegaban daban para inventar la riqueza. Sin embargo, la gloria pronto estaba empezando había acabado. En ese entonces de la actualidad, era hogar de pescadores, de gente casera y muy buena en sus costumbres, que a veces al ver aparecer a muchos turistas pensaban que alguno de ellos quizás era un nuevo ejecutivo con grandes intenciones, tratando de encontrar el camino que los llevara a los días más dorados del pasado. Era fresco por la brisa en la tarde, y sus habitantes al nacer allí era raro que después se fueran a vivir a otra parte que quedara lejos.
En el año 1888 cuando la línea del tren que llegaba hasta Salgar terminó alargándose a ese lugar conocido como Cupino, el caserío comenzó a recibir del mar las maravillas que se daban en otra parte, a bordo de barcos tan grandes y magníficos, que los niños que los miraban ya no soñaban con ser pescadores sino míticos marineros. Era buena señal del futuro que estaba por venir, y que desde ya auguraba grandes cosas para la apartada población, que siempre conoció un solo idioma. Cuando el gobierno le dio el contrato de hacer el muelle al ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, éste tuvo en cuenta que estaba en un importante país que se merecía tener el más largo que conociera el hombre, para aparecer en la enciclopedia de la época. En efecto, ésa fue su idea inicial, y si no la cumplió era porque se necesitaba terminar rápido la obra para operar el comercio marítimo en un lugar que estaba destinado a darle a esa parte de la costa y al país, las cosas que estaban inventado las mentes más brillantes de esos momentos, como el bombillo de Thomas Alva Edison. Los barcos llegaban entonces con más continuidad, trayendo toda clase de objetos a aquel muelle cuya punta estaba casi en alta mar. En verdad, el tren que llegaba hasta el muelle se iba cargado de tantas cosas grandes para Barranquilla y luego por el río Magdalena al resto del país, que daba la impresión de que el mundo entero se estaba mudando para ese pueblo. Era lo más parecido a la fantasía, ver cierta clase de gente nueva, siendo los árabes una de las razas que más llegaban allí, trayendo su cultura, su gastronomía y sus cuentos milenarios, que no eran tan interesantes si no mencionaban entre los protagonistas principales la belleza infinita de una mujer, que era más fácil de amar bajo la luna creciente. En poco tiempo, aquel pueblo era un lugar donde todas las cosas sucedían, incluso como se las imaginaban que sucedieran, la abundancia no tenía fin, y todos en Barranquilla llegaban allí buscando lo que se acababa de inventar en Estados Unidos, como la radio y el cine, y leer frescos los periódicos en inglés que se imprimían en Nueva York. Era una situación mágica, y muchos individuos nativos cumplieron el sueño de hacerse marineros, a bordos de naves que iban a cualquier parte que estuviera en el mapamundi, y era tanta la fama del muelle que era el tercero más largo del mundo, que atraía los barcos más grandes de los océanos. Pero lo mejor es que unos hombres que llegaban, sin más equipaje que una maleta, fuerte disposición y con deseos de gran prosperidad, parecían en realidad que traían la historia.
Mientras tanto, el tren se iba siempre cargado de muchas cosas, rumbo a la ciudad de Barranquilla que a través de ese pequeño pueblo se convertía en la ciudad de arena más encantadora que las fotografías a blanco y negro iban a dar a conocer. Desde casi el comienzo de su historia, este lugar contó con la fama de que tenía las mujeres más bellas para ver, como algún día lo dejaría claro la actriz Sofía Vergara, porque era un crisol de varias razas como la francesa, italiana y alemana, que producía tales ejemplares. Era algo de admirar, porque personas diferentes y con grandes ambiciones hicieron reales sus ideas en poco tiempo, una de ellas ver volar el primer avión en el país. Cada vez que pasaba algo en Europa, como la Primera Guerra Mundial, la ciudad se llenaba de más gente inteligente. La cultura se respiraba en las calles del centro, donde el sabio Ramón Vinyes había traído en un bolsillo la literatura de España. En esa época, la erudición de la ciudad gozó de hombres intelectuales como José Félix Fuenmayor, algunos de los cuales leyeron todos los libros que eran buenos. Se fundó en la Calle Ancha un periódico llamado El Heraldo, donde en décadas venideras se formarían grandes periodistas con aspiraciones literarias, que con la técnica narrativa al modelo de Ernest Hemingway serían los mejores escritores de la generación. En adelante, así ocurrió, para bien de la gente, porque la prosperidad que llegaba en barcos o en aviones resultó buena para una ciudad nueva, donde de pronto todas las personas del mundo querían vivir. La sabiduría de su gente era asombrosa, y algún día leer al escritor estadounidense William Faulkner por el Paseo Bolívar sería tan natural como respirar el aire fresco proveniente del río Magdalena. El cine, el teatro y la literatura que se harían, produjo que los habitantes de Barranquilla sintieran que estaban a la vanguardia de las cosas más interesantes, y confirmó en Colombia que quien vivía en las costas del Caribe, por el privilegio de la vista se daba cuenta primero de lo que sucedía en el resto de la tierra. Muchos deseaban quedarse allí de por vida, y hasta brindar permanentemente por la vida.
Sólo que después de que Barranquilla decidió abrir el río a los barcos que navegaban por alta mar en 1936, la mejor historia de un pueblo vecino y su muelle tocó su fin. Los barcos comenzaron a entrar por Bocas de Cenizas, y recorriendo contra corriente las aguas del río Magdalena llegaban al puerto fluvial de la ciudad, y toda la mercancía se sentía en el centro que no paraba de crecer, y allí celebraron por tantas cosas que ahora se podían ver. Todo comenzó a cambiar en la Puerta de Oro de Colombia, la situación fue haciéndose un poco mejor con la construcción de las mansiones navieras, cerca de la iglesia San Nicolás, y la identidad de la gente era fácil de reconocer si se miraba nuevamente el río que era transitado por muchos navíos de diferentes banderas con contenedores pesados, que la hicieron más grande y habitada por los hombres con talento. Era tanto el progreso, impulsado también por los Santo Domingo, que llegó a tener a mediados del siglo veinte, que hasta se pensó que Barranquilla podía ser la capital del país. Se abrieron muchas nuevas industrias, sobre todo las que estarían establecidas por la Vía Cuarenta, que le darían una nueva cara a la ciudad. Era fácil visualizar desde entonces, como diría el locutor Marcos Pérez, el panorama de la futura metrópoli.
Puerto Colombia se sumó en el olvido, y el muelle fue abandonado por siempre. Era algo dramático, ya que nadie se imaginó siquiera que el principal puerto del país, algún día muy cercano sólo sería recordado por los poetas de folletines. Los pescadores artesanales o buzos de brazo largo, para bien o mal, trataban de sacar las migajas del fondo del mar, de lo que antes tanto llegaba por encima. Sin embargo, el amor que su gente le tenía, hacía de él un pueblo querido por los amantes del recuerdo. Era algo que pertenecía a la vida, porque unos habitantes se sentían orgullosos, como si estuvieran más a gusto con la situación de la nostalgia. El turismo era algo que llamaba gente, y el viejo muelle de cemento con hierro fue rescatado entonces por los enamorados. Era el único testimonio de las glorias pasadas, y llamaba fuertemente la atención verlo resistir al mar y cada tarde a una nueva caída del sol. Caminar cerca viendo mucho el largo muelle, que inspiró varias veces a la poetisa barranquillera Meira Delmar sentada a la orilla de la playa, era algo lleno de encanto que atraía a la gente de más lejos. Bañarse en el mar, era un sueño de nunca acabar, y ver las montañas que le hacían casi una bahía, manifestaba claramente que todavía de alguna forma aquel pueblo apartado, casi en sus cenizas, seguía existiendo para las curiosas personas de afuera que lo llegaban a encontrar en el presente.
De manera que la vieja estación del tren, era el lugar de recreación. En sí, la vida del pueblo parecía girar en torno a ella, y por el sentido nuevo de vida que daba. Los lugareños sentían que era un pueblo pequeño que nunca crecía, pero algunos pensaban que así era mejor, porque entonces no tendrían que caminar tanto para hacer cualquier mandado. Tenía varias casetas, donde vendían toda variedad de comidas, bajo la sombra y al aire libre, dejando a gusto a los comensales que se daban el lujo de probar bien fritos pescados buenos, que sólo unos minutos antes habían andado libres bajo el agua marina. Lo mejor de todo, es que aquél que llegaba avistaba la placa conmemorativa de la estructura carcomida de cemento del antiguo muelle, que recordaba que alguna vez por allí había pasado de prisa la historia.
En aquel mismo lugar, donde paraban los buses interurbanos, fue donde se comenzó hablar entre los conductores de que algo extraño en la carretera estaba sucediendo, alimentando entonces una leyenda que no tenía nada que ver con su pasado memorable. En serio, los cuentos de que en la carretera yendo para Barranquilla aparecía el fantasma de una mujer, ya era algo que tenía fuerza en la narrativa regional, y unos choferes amigos se habían puesto de acuerdo para no trabajar tan tarde. Como muchas personas rondaban por allí y escuchaban lo de la novia de los transportadores, la población se fue enterando de que algo raro estaba pasando en la carretera, siendo por fuera lo que más se estaba comentando de ese pueblo que dejó de ser importante para el mar, tema nuevo que se hablaba y se exprimía durante las tardes en las terrazas, en la calle, en los solares, y hasta los niños dejaron de jugar por las noches a los carritos ante el temor de que se les apareciera la novia. Lo mejor del caso, es que al llegar en el bus se podían ver bien las caras de las personas que la habían visto, que eran las mismas todavía con que estaban contando el hecho. Todos sentían un poco de miedo, y aquél que veía su alma vestida de blanco en la carretera, juraba que era la mujer más bella que podía salir de entre la muerte. En prevención de eso, aún así decían que el que le parara, se iría de esta vida sin tiempo para saberlo. Algo que no era tan seguro, aunque muchos que lo hicieron se habían muerto, sin haber sentido el respectivo miedo porque a veces su agraciada apariencia confundía el corazón.
La tradición oral desde allí no sólo fue regándose por la población sino más allá de la carretera, por medio de los choferes que en todas partes andaban. En verdad, el mito fue tomando más fuerza en la ciudad de Barranquilla, y se decía que todo era una mentira de los conductores para cobrar más caro a las personas que querían viajar de noche, contra supuestamente la voluntad de ellos. En cualquier calle de la ciudad se repetía eso hasta parecer una verdad, que dañaba la imagen de Puerto Colombia que al menos necesitaba la afluencia del turismo. Lo sonado del caso, es que siempre llegaba un nuevo conductor contando que en efecto la había visto sentada en el asiento de atrás, por medio del espejo retrovisor, donde por principio natural sólo se podían ver los vivos. Con el paso de los años, a la gente le dio miedo viajar por esa carretera por no encontrarse con la novia que se les aparecía hermosa a los hombres, para que se casaran fácil con la muerte. Algunos se preguntaban quién había sido esa mujer, y cuando incluso en Telecaribe se habló bastante sobre el caso, se tejieron toda clase de versiones. Algunos aseguraban que se trataba de una mujer que acompañada de su padre rumbo a la iglesia, se mató de pronto en esa carretera, y que su alma había quedado penando porque se perdió el amor. Otros decían que en realidad se trataba de una mujer como la novia de Barrancas que quedó plantada por el novio, que no la esperó en el altar, o de alguien engañada que se había suicidado, y que desde entonces su fantasma salía en esa carretera para acabar con la existencia de todos los hombres, y vengarse del daño que le hacían al corazón. Más cosas se dijeron al respecto, que era la Llorona, o que era alguien loco que se disfrazaba para asustar, pero nadie en sí daba para saber cuál era la verdad. Pero de lo que no había la menor duda era que seguía apareciendo, sin importar que las personas ya lo supieran.
En Barranquilla, era donde la leyenda había de volverse mundial. Muchas personas contaban eso, diciendo que aparecía de noche vestida de blanco en la carretera de Puerto Colombia, y la gente más joven se refería a aquello como una historia buena, aunque pocos la hubieran querido vivir. Los periodistas no perdían la oportunidad para escribir sobre eso que llamaba tanto la atención. Muchas crónicas salían publicadas, donde prevalecían las versiones de los principales testigos que ya se daban por ciertos. «Cuando los conductores de buses vienen solos en la noche, a través del retrovisor la ven sentada en el último asiento», se decía. A muchos les fascinaba aquella leyenda urbana, que parecía sacada de la fantasía. También se anunciaba en Noticias Caracol, algo que volvió esa historia familiar para la audiencia colombiana. Con el tiempo se olvidaba de eso, y se contaban otras cosas terrenales. Pero la novia siempre estaba saliendo, llamando hasta la atención de la hermosa periodista Claudia Villarreal, que si quería en su programa podía volver más atractiva la cuestión para los que estaban con claridad interesados en ella.
Cada vez más había gente del medio siguiendo la pista de eso. Con el paso del tiempo, bastaba con que se dijera o inventara la historia de que había vuelto a aparecer la novia sentada en el asiento detrás de un taxista, para que al día siguiente temprano se vendieran casi todos los ejemplares del periódico principal. Era algo que llamaba la atención, y entonces algunos lectores se preguntaban si aquello no era un cuento que se inventaban de vez en cuando ciertos cronistas encantados por lo desconocido, que muchas veces tuvo en cuenta el renombrado comunicador Ernesto McCausland en su búsqueda de lo interesante. Era una buena historia de miedo, por la que más se estaba conociendo la ciudad.
Fue por eso que unos que se interesaron bien en ella, se dirigieron a la casa en Puerto Colombia de una persona que había conocido a una bella mujer cuando estaba viva, para publicar un suceso en el periódico que tanto les interesaba a los lectores de temas paranormales. En serio, porque era bien sabido que varios se sentían seducidos por aquello, sobre todo con la confesión del chofer Jairo Román. Todos querían asegurarse de que sí hubo una muchacha que después de muerta, sentía cierta clase de odio hacia los vivos. Era claro que la mujer vestida de blanco siempre aparecía en aquella carretera, y que estaba causando accidentes que causaban intriga, y querían saber la razón que la llevaba a hacer eso. Era una cuestión que merecía importancia, y con más profundidad de lo que antes se podía pensar. Por eso estaban decididos a investigar bien el caso, para escuchar la mejor versión del supuesto origen de la novia.
En vista de eso, Sonia Murcia decidió contarle lo que sabía a uno de los periodistas que buscaban su testimonio. Era una mujer que aún vivía en el pueblo, aunque con otro marido. Era alguien de pensamiento diferente, pero tenía todo claro para contestar a lo que se le preguntaba sin mala intención. Algunos periodistas confirmaron entonces que sí había alguien del pasado que había muerto al acabarse de casar, que fue la mejor amiga de ella. Muchas personas escucharían su relato, el cual en realidad sí podía ser el verdadero testamento de un caso real, que después se volvería sobrenatural.
La tarde en que estuvo dispuesta a contar su historia, se había desocupado de los oficios domésticos y estaba sentada en la sala. Era una mujer ya entrada en años, pero bastaba tener en cuenta lo que iba a referir, para que de pronto rejuveneciera y fuera igual al mejor recuerdo que ella tenía de sí misma. La persona que estaba al lado, conoció que ahora era una mujer que tenía varios hijos, y que había vivido en Puerto Colombia el tiempo suficiente, no sólo para contar la historia de ese pueblo sino la misma del mundo que ella había conocido. Se veía tranquila, serena, con ganas de aclararle a la gente la verdad del asunto, porque no estaba segura de lo que decían por allí los choferes señalando que podía ser su amiga con toda certeza, ya que recordaba a ésta con todo el amor posible que los años no habían podido borrar, como si el fantasma de la doncella fuera más bien un alma compasiva en la vida de ella. «Era la muchacha más buena de todas», dijo. En realidad, mostró ganas de llorar cuando se acordó de su gran amiga. Le daba pesar la leyenda distorsionada que se estaba gestando en torno a ella, una persona que fue tan inocente como cualquiera de las que la rodeaban en esos momentos, y que al parecer el único pecado que cometió en la vida fue hacerle caso temprano al amor.
-Su historia es la más triste que se recuerda –siguió diciendo.
En esos momentos, bastó mirar a la mujer para darse cuenta de que comenzaba a navegar en las aguas ya claras de la memoria. Las personas que la escucharían hablar, fueron conscientes de que estaban siendo testigos, de forma inesperada, de una gran joya de la crónica literaria, que no podían dejar pasar por alto, y con grabadora en mano y libreta de apuntes, no sólo quisieron grabar todas sus palabras sino anotar cualquiera de sus gestos conmovedores. La vieja amiga, que estaba ahora casi también olvidada en el pueblo, pareció la única persona con suficiente autoridad para contar la verdad que todos querían oír. Entonces comenzó a hablar, primero con nostalgia y luego con dolor intenso, y fue evidente que de la nada, la imagen risueña de la bella compañera se hizo una realidad intangible que casi se podía ver, mientras parecía mentira que alguna vez hubiera podido ser humana.
Según comenzó a decir, ella se llamaba Ángela Guzmán Simanca, acababa de terminar el bachillerato en el colegio Elena Duque, siendo una de las muchachas más bellas del plantel, con quien compartió interminables horas felices. Fue su compañera de muchos ratos, con la cual anduvo en varias partes que ya habían cambiado en la ciudad de Barranquilla. La conoció bien desde los nueve años, a tal punto que lidió sus secretos, su vida mejor que nadie, y sería una de las personas que más la extrañaría cuando se fue sin despedirse de este mundo. En época de carnavales, su vida cambiaría para siempre. Una tarde de marzo de 1982, conoció en la caseta La Tremenda a quien sería el amor de su vida, el libanés Habîb al-Assad, que enseguida quedó prendado por su hermosa apariencia que nunca dejaba a la vista pasar de largo. Era el hombre que siempre había estado esperando, algo de lo cual muchos se dieron cuenta, porque había que conocerla bien para saber que estaba enamorada hasta de la mala forma de bailar de él. El amor floreció vertiginoso, y en once meses le cumplió a ella el sueño de su vida, que era vestirse igual a una princesa de cuento de hadas para estar en al altar con su príncipe querido.
El matrimonio se realizó en la iglesia Inmaculada, donde muchos invitados tuvieron la oportunidad de ser testigos de un momento que no sólo unió a dos culturas, sino que fue una verdadera sensación, porque daba gusto ver que unas personas tan privilegiadas en el aspecto físico pudieran quererse de igual manera. Nunca antes había pasado algo igual en aquel recinto sagrado, que también sería conocido por ese inolvidable matrimonio, que dejó su huella por siempre en la historia de la ciudad. La belleza increíble de la mujer, fue objeto del comentario de los presentes, sobre todo de los hombres, que no podían aceptar que un individuo viviendo tan lejos, hubiera despertado el amor en una joven de diecisiete años que bien pudo ser de ellos. La fiesta se celebró en el Club Alemán, por iniciativa del padre de ella. Hubo una gran rumba, donde el joven casado pudo estar alegre en medio de una cultura que no era la suya, pero donde le esperaba el gozo de una mujer que inspiró a la empresa familiar la realización de mejores joyas. Más tarde siguieron al apartamento de los familiares del novio en el edificio Girasol, al buen estilo oriental. Al llegar con la amanecida la hora de marcharse al aeropuerto, se despidieron de ciertos seres queridos, en especial de Sonya Murcia, que no pudo acompañarla por estar embarazada. Se hizo una caravana de varios carros, y con conjunto vallenato se dirigieron al aeropuerto Ernesto Cortissoz, por la Circunvalar. En el camino, todo parecía tranquilo, tanto que muchos se imaginaban que la parranda iba para largo, incluso cuando la pareja estuviera lejos. Mientras iban un vehículo imprudente casi los impacta, y por esquivarlo el carro donde estaban los recién casados perdió el control, chocó contra un muro y dio unos doce botes en el asfalto. La única fallecida en el accidente fue Ángela Guzmán.
Su muerte fue una verdadera locura en la ciudad, sobre todo un balde de agua fría para los numerosos invitados que se habían quedado celebrando en la fiesta. En aquella época, causó un dramatismo traumático, toda clase de comentarios infinitos, de grandes especulaciones sin resolver, casi más de lo que se decía ahora que era un fantasma de la carretera, y muchas personas lamentaron el triste final de una hermosa joven tan enamorada de la vida, que parecía mentira que se hubiera ido para siempre de ella. En cualquier parte, se hablaba sobre eso, se recordaba sin parar, sin que dejara de doler, por las cosas magnificas del matrimonio, la elegancia de los novios, la despedida increíble que tuvieron, rumbo a una luna de miel que nunca pudieron alcanzar porque no salió esa noche en el cielo. Sonya Murcia anotó que según le había dicho la desaparecida Ángela Guzmán en una ocasión, si algún día se presentaba un accidente de carro, escaparía por la ventana. El carro donde ella iba dio muchos tumbos, y recorrió más de setenta metros. Nadie creía que eso hubiera sucedido, que hubiera intentado saltar, pero sí explicaba por qué de pronto había sido la única víctima mortal de la desgracia.
El diario El Heraldo de Barranquilla dejó constancia de los hechos. En efecto, como vieron los periodistas, allí se ve el carro arruinado, la foto de la hermosa novia que mira feliz desde la vida, y al esposo destrozado por dentro como el más infortunado de todos. Era verdad, y muchos recordarían que aquello había acontecido, y que en su época treinta años antes había causado tanta conmoción o quizás más que cualquier noticia positiva del año en la ciudad, sobre todo por el estado del viudo que, tal como rezaba en la información, dijo con un acento árabe lo que sentiría desde ese instante en adelante: «Me quedan muchas tardes tristes». Era algo que al mostrarse de nuevo pareció revivir el viejo drama, casi olvidado por completo. En las páginas del periódico que publicó el informe varias veces, se relata el suceso que guarda dolor. La tragedia de la novia estaba presente en la hemeroteca del periódico, al igual que el sino trágico de Adaníes Díaz el cantante de Marianita -que murió cuatro días después un 9 de febrero en una carretera de La Guajira-, para el que la quería volver a sacar y comprobar con los ojos que al menos servían para llorar. Para muchos que leyeron eso a principios del año 1983, se les había convertido en la dramática historia de amor que más los había impactado en la vida.
Como se supo años después, el millonario empresario libanés vivía ahora en Bogotá. Seguía con el negocio de la familia, siendo un hombre mayor que viajaba por varias partes del mundo y del país que de todas maneras no lo dejó ir. En realidad, poco se sabía de él y apenas respondía a las preguntas que le despertaban aquel viejo recuerdo que nunca se curaba. Lo que estaba claro era que había rehecho su vida con otra persona originaria de Argentina con quien tenía varios hijos, y mantenía contacto con la familia de la muerta, sobre todo con la madre. Pero aquél que lo conocía bien, entendía que no se había olvidado por nada de la joven, a la que la felicidad de estar con vida sólo le duró diecisiete años.
Uno de los periodistas que revivió el caso con esa importante investigación, no pudo creer en las cosas inexplicables que eso dejaba. Todo el tiempo había creído en la supuesta aparición del fantasma que salía de noche en la carretera, y había hablado con varias personas que decían haberlo visto. Pero había algo que no entendía del todo, por mucho que le diera vueltas al mismo tema, teniendo en cuenta que la aciaga cuestión había ocurrido era en la Circunvalar. Por eso no tardó en decir:
-Siempre creí que el accidente donde murió la mujer, había sido en la vía de Puerto Colombia.
La historia de Sonia Murcia sirvió para esclarecer los hechos y pensar que ella no tenía nada que ver con el fantasma de la carretera, porque Ángela Guzmán era una joven hermosa y buena, que nunca le habría hecho daño a nadie. Si algo la conectaba con aquel municipio donde decían que aparecía vestida de novia, era quizás haber estudiado en el colegio Elena Duque, que después de estar muerta ella ahora quedaba en esa ruta. En cambio, algunos aseguraban que en realidad sí podía ser ella, porque aparte de eso tenía un primo hermano que vivía en Puerto Colombia, al que había visitado varias veces. La leyenda creció más con esa especulación, y al darse cuenta de la belleza que tuvo la mujer en la vida real, fue suficiente para que muchos hombres dejaran de tenerle miedo a la muerte, y hasta tuvieran el interés de conocerla sin importar los riesgos letales en la soledad oscura de la carretera. Pero por mucho que se dijera eso y se repitiera hasta el cansancio, según la que fue su cuñada la que aparecía no era la joven, porque más bien parecían cosas del demonio. «El espíritu maligno se disfraza de ella, para hacerles daño a los hombres», decía. Fuera cierto o no, muchos preferían pensar que sí era ella debido a la coincidencia de los hechos. Uno de ellos, era que desde la fecha en que se comprobó que había muerto, comenzó a aparecer el fantasma más temido de la carretera. Alguien que lo había visto, como un taxista que no se atrevió a parar, dijo que era igual a la mujer que estaba en la vieja fotografía del periódico, que volvió a publicar una edición especial de la historia real por las implicaciones posteriores que se le adjudicaban, y sintió tristeza después por no haberla embarcado en su carro, cuando supo que estando viva había sido sólo una adolescente muy querida, que más bien inspiraba en los demás las ganas de manejar y de vivir. Por último, otros creyeron en lo que decía Sonia Murcia para defenderla, porque aquel fantasma que aparecía en la carretera con un vestido de novia preparada para el matrimonio, tenía que ser el mismo espíritu del enemigo.
La madre de la joven, también se enteró de esos malos comentarios. Todavía tenía un buen recuerdo de su hija, y la amaba con todo el cariño que conservaba en lo más profundo de su alma. De manera que le pareció que aquello que se decía sobre las supuestas apariciones de su hermosa hija, era a gritos algo sinceramente injusto, debido a la buena memoria de su niña. Pero en vista de la insistencia de los testigos, decía siempre a quien quisiera escucharla: «Ojalá que me salga a mí». Era cierto que estaba hablando con la más pura verdad.
La verdad es que aquella historia, ya no pertenecía sólo a Barranquilla y sus alrededores. En cualquier parte de Colombia, se hablaba de ella, diciéndose que era un fantasma que aparecía en la carretera que de la gran ciudad llevaba a Puerto Colombia. Eso fue producto para que muchas personas, viajaran a altas horas de la noche para ver si era real que el espectro surgía. Algunos aseguraban haberlo visto, y pareció una verdad absoluta, porque contaron el hecho temblando y más nunca volvieron a visitar el pueblo donde todavía estaba parado el muelle extenso. En cambio, otros que fueron en carro por curiosidad no regresaron vivos, debido a que sufrieron un accidente mortal por la Curva del Diablo, sin haberla visto. Muchas personas pensaron que lo mejor era explotar aquella historia para mostrársela al mundo, y al parecer la novia de los conductores se prestaba para eso, porque daba pistas de su existencia, como sucedió una vez cuando un equipo de televisión a bordo de un carro que transitaba allí por la noche grabando un documental sobre ella, al regresar al estudio vio la imagen blanca que apareció fugaz en el trayecto mientras estaba en pleno tránsito. Los medios de comunicación registraron eso, y entonces en el mundo Barranquilla también comenzó a conocerse por ser el lugar donde aparecía el fantasma de una novia, con el vestido blanco del matrimonio. El misterio constante se convirtió en leyenda urbana, que inspiraría hasta una película en la que actuó como psicóloga Stephanie Pugliese, y unos se sintieron orgullosos de ella como del arroz de lisa.
Sin embargo, ni con la investigación a fondo que pareció propia de un buen reportaje, y que fue conocida en todas partes, resultaba suficiente para que dejaran de contarse nuevas historias sobre las visiones de la novia vestida de blanco en la carretera. Cada vez más salían personas que decían haberla visto a un lado de la vía, la cual con su imagen imprevista provocó tanto susto en un hombre que era conductor, quien a pesar de luego de varios kilómetros de haberla dejado atrás sentía que en cualquier momento podía perder fatalmente el equilibrio del manubrio, porque ya ella le había mostrado la muerte. Siempre que se contaba algo de ella, inquietaba a los más interesados en su vestido blanco en la oscuridad. En una ocasión, un carro de bomberos fue avisado de un incendio en la carretera por un carro que se había volcado, y no tardaron en llegar al lugar de los hechos. Cerca de allí, estaba la policía. En el instante en que se creía que la persona había muerto dentro del motor en llamas, surgió del monte oscuro un pobre hombre con la ropa desgarrada y sangrando mucho, que dijo haber salido despedido del carro que de pronto se volteó, cuando sólo comenzaba a pensar en ella. En una ocasión distinta, alguien que recibió una llamada telefónica de una mujer supuestamente conocida de Puerto Colombia para tener una aventura amorosa y montó con prisa en un carro, pereció trágicamente en el camino. «Fue ella la que lo llamó», dijo llorando la madre de la víctima. En efecto, cuando se quiso averiguar quién había sido la persona que había citado al muchacho, nadie apareció para decirlo. El susto se fue apoderando de todas las personas que tenían la mala suerte de ir a altas horas de la noche por aquella calzada, y procuraron tratar de no andar por allí ni si el sol estaba en el cielo. Pero lo peor de todo sucedió a finales de un mes de abril, en que un hombre que manejaba un carro por la carretera, dejó abandonado supuestamente éste a un lado del camino, y no apareció jamás. Según las personas que creían en esas cosas, aquello tenía una fuerte explicación. «Se lo comió vivo», dijeron. El temor de que cosas inexplicables siguieran teniendo desarrollo, fue suficiente para que muchas personas no quisieran ir solas por esa carretera, pero aun así, el espíritu maligno seguía encargándose de hacer sus fechorías con tal perfección, que nadie puso en duda de que se trataba de la misma encarnación del mal. Cuando un hombre que se atrevió a manejar solo, la vio a un lado del camino, se extrañó de que ella lo quedó mirando un instante con sentido de piedad, lo que le bastó para confirmar lo que se intuía desde la más remota antigüedad de los pueblos, respecto a que la muerte siempre había sido una mujer.
Alguien que había escuchado esas historias era Mario Sánchez, que a bordo de su carro una noche estuvo pensando en ella, en vista de la oscuridad del camino. Era un taxista que tenía más de diez años en aquel oficio, y consideraba que si no le había salido nunca, menos sucedería ahora yendo a Puerto Colombia que estaba al tanto de la situación escalofriante. Al parecer, la mayoría de los casos en que aquel fantasma al que se culpaba injustamente de que era Ángela Guzmán Simanca se había aparecido, era a los que habían menospreciado su existencia. Así que iba viendo el paisaje, y sintiendo el aire que entraba por la ventana abierta que más bien le traía vida. En el fondo, era un chofer adiestrado en lo suyo, y estaba seguro de que si algo se le presentaba no había aparición de este mundo que pudiera alcanzar a un carro rápido. En eso estaba, cuando se fue acercando a la Curva del Diablo.
En muchas ocasiones había pasado por allí, y había visto un accidente que apenas tenía media hora que acababa de acontecer. Aunque escuchó que era por la difunta, pensó que la verdad es que podía deberse a la curva peligrosa de esa vía, que a veces tomaba a los desprevenidos por sorpresa. En más: creía que las personas conductoras visualizaban tanto a la novia, que a lo mejor la terminaban atrayendo a la vida real. En su caso, él iba muy tranquilo pensando en las cosas de esta vida para mantenerse sujeto a ella, viendo además que al lado suyo pasaban varios carros con hombres que pertenecían al mundo material. «Creer uno en una mujer muerta que se enamora de los conductores», pensaba con algo de menoscabo. En sus manos sólo tenía importancia agarrar bien el manubrio, y acelerar después de que anduviera por esa vía difamada. Entonces, cuando pensaba que ya había pasado por el lugar del peligro, la vio. Era una mujer vestida de blanco que estaba allí, demostrando que podía hasta levitar a un lado de la vía con destreza. Sintiendo que estaba siendo una víctima semejante a muchas personas que no habían vivido para contarlo, aceleró lo que pudo para que ella no tuviera tiempo de sentarse en la parte de atrás, como les ocurría a unos hombres que no le paraban. Mientras tanto, en su desespero, el carro se salió del asfalto y dio varios votes que lo llevaron rumbo a la muerte, donde estaba mandando ella.
La historia salió en una noticia, y nadie dudaba de que era verdad lo que pasaba en esa carretera. La seguridad de que algo fuera de lo común estaba saliendo, se creyó que más que una venganza del amor, aquella era la venganza universal de las víctimas que muchas veces por la imprudencia de los carros habían muerto en una carretera, como le sucedió a la misma Ángela Guzmán. «Aunque pareciera mentira, ella era una víctima más de la carretera», dijeron. A muchos taxistas, por mucho que les pagaran, les dio miedo andar por allí hasta de tarde, aunque se tranquilizaron y lo siguieron haciendo, porque hasta entonces no había antecedentes de que el fantasma de la muerta fuera visible bajo los rayos del sol, aunque eso no evitaba los accidentes. Una de las personas que manejaban en los buses, declaró en cierta ocasión al noticiero de Jorge Cura que prefería ir acompañado para no ver nada, porque al parecer ella siempre se les aparecía a los que iban solos. Pronto eso también terminaría por descartarse.
Una noche José Hernández que era conductor, al lado del cobrador de pasajes William Nariño, vivieron lo que otros habían vivido. Iban en la parte de adelante, mientras el joven William Nariño contaba los vueltos. En realidad, hacía mucho tiempo que no se comentaba nada respecto a que había vuelto a aparecerse la mujer muerta, pero entre los conductores de buses hablar de ella era tan normal como referirse al precio siempre ascendente de la gasolina. En un momento, a un lado del camino, vieron a la novia con su vestido de matrimonio. Con gran razón, llenos de susto y sin saber qué hacer con la circunstancia, no hicieron sino acelerar. Pero eso no bastó para que ella se rindiera, porque lo peor iba a ocurrir aunque creyeron perderla de vista. Estaban a pocos kilómetros de la ciudad de Barranquilla, cuando a través del retrovisor, visibilizaron que en la parte de atrás estando sentada los acompañaba. Lo horrible del caso, es que la mujer con cara gris desde la muerte los miraba fijamente, como si sí se diera cuenta de lo malo que pensaban los hombres de ella. Ambos gritaron del mismo miedo, tanto que espantaron al espíritu de la mujer que terminó despareciendo, dejando bien el recuerdo de que estuvo. En ese momento descansaron, en serio, aunque pensaron que más adelante se les revelaría ya como la muerte oscura que sin darles tiempo de creerlo se los llevaba a donde no se veía nada. Al llegar a la ciudad, sanos y salvos, cambiarían de oficio para siempre, y sin arrepentirse jamás de eso. Sólo que antes se encargaron de decir por todos los aires que era una verdad garantizada la presencia de aquella mujer, y lo que antes era visto como una leyenda se aceptó en la vida moderna.
Desde entonces, ya nadie tuvo dudas de que lo que estaba sucediendo en esa carretera era algo de prevenir. El temor de que pasaran cosas peores, produjo que en la única parte donde daba miedo ser conductor era por allí. El respeto por las personas que manejaban buses o taxis tuvo un gran significado, y nadie entendería nunca por qué en realidad no salía en otras partes, sino solamente yendo para Puerto Colombia, donde nadie la había atropellado. La única razón que tenía sentido es que ella se estaba vengando de cualquiera que manejaba carro, quizás ya sin buscar a la persona que alguna vez la mató, porque se era consciente de que mientras existiera la vida siempre estaría presente la muerte bajo cualquier apariencia. De modo que la vida de las personas siguió siendo normal, y cuando volvía a anunciarse la noticia de que la habían visto nuevamente, apenas ya encantaba, aunque se aseguraba que ella era hasta la culpable de que muchos cantantes famosos del vallenato, hubieran muerto trágicamente en diferentes carreteras de la Costa Caribe. Si eso pasaba sólo se comentaban más cosas pasmosas, como el hecho de que a veces por medio de la novia se podía ver a la muerte, sin estar en ella. El fantasma siguió siendo parte del contexto, y no parecía saciarse con todos los accidentes y muertos que se iban acumulando con el paso de los años, sino que quería más, dejando ver de veras que espiar a la vida era la sola intención que tenía la muerte. De lo que estaban muchos seguros, es que aunque a veces nadie la viera, era la responsable de la mayoría de los desastres que ocurrían por allí.




  
  



  
5

Al despertar ese día siguiente, Manuel Deluque se acordó de que era el hombre más afortunado de la especie humana, por haber tenido aquella agradable experiencia con una hermosa e increíble mujer que ni estando durmiendo pudo olvidar. Al ver la cálida atmósfera que lo rodeaba, tuvo en cuenta que la ilusión de un gran amor le había permitido llegar tranquilo en la madrugada a su casa, y se sintió de veras feliz, porque sólo él había tenido en sus brazos a una mujer tan bella en todas sus proporciones, que apenas la daba para ver igual en el recuerdo. Se sintió un poco cansado, cuando eran las diez, pero ver mejor el ámbito en penumbra de su cuarto lo puso a dudar de la misma percepción, porque no había más nada que él. De modo que pensó que lo adecuado era apresurarse, bañarse rápido y salir a la calle, donde quizás quedaba un poco de su rastro esencial, que le podía asegurar que sí había pasado. Era algo en lo que estaba repasando constante, y por nada de la vida quería estar sin ella, para tocarla, besarla y quererla, sintiendo de nuevo esa fuerte presencia que había terminado embrujándolo en los sentidos, al darse el lujo de poseerla de una forma espontánea poca vista antes, por lo que le seguía preocupando que únicamente hubiera sido un sueño de amor.
La casa estaba activa antes de que recuperara la conciencia, y cuando abrió la llave de la regadera, escuchó las voces, conversaciones y comentarios, que nada tenían que ver con eso tan importante que él estaba sintiendo. Mientras se bañaba y restregaba con el jabón, pensaba sin parar en ella, hundido en su recuerdo donde siempre aparecía con una sonrisa, la cual mejoraba las facciones de su cara, y al terminar de echarse agua y cepillarse bien los dientes, volvió al cuarto donde comenzó a cambiarse con sus mejores prendas, rociándose la colonia que tanto le gustaba para estar en la calle. Se sentía bastante bien, y aunque posiblemente su desayuno estaba servido desde hacía rato en el comedor, no tenía ganas de comer sino de cruzar la puerta y salir a la terraza, para ver el sol que iluminaba una ciudad maravillosa, donde por primera vez el protagonista principal era él. Quería hacer las cosas rápido, sin más pérdida de tiempo, que aprovechaba para hacerse una idea clara de cómo debía ser ella, cuando se sabía pensada por el amor. La certidumbre de que su vida había cambiado al cien por ciento, lo tenía por completo entusiasmado y con ganas de vivir todos los días posible en este mundo, que la presencia inesperada de esa mujer había vuelto mejor.
Nada le hacía creer que la noche anterior había tenido cierta experiencia con un caso paranormal, porque había pasado de una manera tan natural, que él demoraría muchos años en aceptar que cómo algo que sólo fue una ilusión pudor quedar grabado profundamente en su memoria. Se veía más bien entusiasmado, ilusionado, creyendo bien en una mujer, porque había sucedido un nuevo caso de asombrosa pasión que no tuvo tiempo de ser amistad. Estaba lejos de saber que esa mañana la decepción que sufriría por la inexistencia física de la persona a la que quería amar, sería más desastrosa que cualquier hecho que le hubiera ocurrido antes a su pobre espíritu, y que caería en un estado tan lamentable, donde las cosas de vida lo podrían ayudar mucho menos que la tentación más grande que se había inventado la muerte. Sin embargo, a veces tenía la sacudida de que lo vivido la madrugada anterior no había sido más que una fantasía que él tuvo, por creer tanto en la idea rosada del amor. Pero cuando recordaba cómo estaba de enamorado, la chaqueta que le faltaba y qué más tenía que buscar en su piel delicada para sentirse mejor, comprobaba que aquella aventura había sido material igual a su presencia en esos momentos dentro de la casa, y lo que le intrigaba era el desenvolvimiento hábil como ella, sin conocerlo muy bien, hizo que una noche fuera de amor. En efecto, eso era lo único que no encajaba, para dejar de dudar de la dicha más colosal que experimentó jamás. Por eso estaba ansioso por verla otra vez, y si alguien le hubiera dicho la verdad en ese instante no le hubiera creído, porque estaba seguro –y con suma razón- de que nadie se podía enamorar excesivamente de otra persona que nunca hubiera visto. El recuerdo que tenía de ella era suficiente para darse por bien servido, por lo que creía que todavía lo esperaba como cualquier mujer que representaba a la vida.
Mucho tiempo después, su madre se arrepentiría de no haber sabido lo que había pasado con su hijo para ayudarlo a fondo. Según ella, era un muchacho muy bueno, cuyo único defecto era creer en el amor a primera vista. Pensaba que él, al igual que había pasado con muchos hombres desdichados en la carretera que de Barranquilla llevaba a Puerto Colombia, había sido víctima de una trampa mortal de la noche. Precisamente por una sencilla razón: era alguien muy ingenuo que manejaba un carro descubierto que llamaba la atención. En realidad, estaba segura de que en efecto sí había visto algo que los demás no veían, porque conocía a su hijo profundamente, y sabía que cuando se enamoraba de alguien, era porque había sido encandilado con una gran mirada de mujer bonita. Durante algún tiempo lamentaría eso, sobre todo porque algunas personas dirían que se había vuelto loco. La idea de que había recibido un llamado del mundo inferior, haría de él alguien más bien digno de su lástima.
Ella había ido a la tienda a comprar las cosas del almuerzo, así que al estar de regreso ya era demasiado tarde para saber qué era lo que estaba pasando. Sólo se enteró de lo que había ocurrido horas después, cuando alguien le dijo que su hijo se había vuelto loco, histérico, poseído aún por la alucinación, y andaba tirándole piedras a toda Barranquilla, porque era una ciudad que había quedado sin noche. Por esa razón estaba lejos de saber lo que en esos momentos él estaba punto de vivir, enfrentándose a una realidad que había terminado por trastornar sus sentidos abiertos, porque siempre diría que si en algún instante notó algo fuera de lo normal estando a su lado, fue esa mujer misteriosa que se parecía a la oscuridad. Estar solo, dentro de la casa, fue algo que quizás un espectro había arreglado días antes, para que terminara viviendo lo que terminó de vivir, sin creer aún así en la mentira más grande que tuvo el amor. Si habrían querido hacerle un favor antes de salir, le hubieran preguntado por su vida. En seguida hubiera respondido que estaba pasando un momento de buen agrado, con algo que solamente, para su fortuna, su recuerdo tenía.
Frente el closet abierto, terminando ya de cambiarse, era claro que había vivido lo suficiente en aquella casa donde estaba su alma, y aparte de ser un profesional, le gustaba leer libros de cualquier materia, llegando a tener una cultura que en su etapa de universidad había sorprendido a profesores y le había valido la fama de alguien fascinante, dueño de una gran imaginación para bien la vida. Al estar durmiendo, aunque fuera tarde, nadie le tocaba la puerta ni si lo llegaban buscando, porque todos eran conscientes de que Manuel Deluque era amante de su intimidad, llegando a profundizar tanto en ésta, que era como si en su larga soledad hubiera logrado establecer contacto indirecto con unas entidades invisibles, pocas de los cuales se atrevían a aparecer a su alrededor por no tener el amor que él deseaba. Reflexionando en esa costumbre eterna, se peinaba el cabello ante el espejo, mirando aquella masculina apariencia que había terminado por seducir a una bella mujer, que si estaba cerca no dejaba a un hombre cerrar los ojos. Su sentido de ser le había indicado que era la dueña de su vida, y que posiblemente en el lugar donde se encontrara también tenía que estar pensando en él, por el amor que se le había traído. Al sentir que estaba listo, dejó todo bien arreglado, abrió la puerta del cuarto y empezó a pertenecer a aquel ámbito en el que quería seguir de largo, viendo en la ventana el resplandor de la calle, donde estaba ocurriendo un asunto importante para que sintiera otra vez con seguridad que era el mejor hombre.
No vio a nadie que le preguntara a dónde iba, y aunque el desayuno estaba servido y tapado en el comedor, apenas le prestó atención. Sabía que su madre preparaba la mejor comida que él probaba, pero las ganas de ver a la mujer de su sentimiento lo tenían desesperado, concluyendo por dentro que cuando un hombre está completamente enamorado, no siente el hambre común. Concebía que estaba poseído por algo superior, y tener esa sensación lo llenó de valor, de unas ganas de irse y llegar rápido a donde Ángela Guzmán, antes de que en el corazón se le esfumara el amor. Recapacitó que era bueno decirle a alguien para dónde iba, porque quizás iba a estar en algún lugar al lado de la nueva novia, y allí se podían preocupar por ver que no volvía en varias horas que para él serían unos segundos. Se dirigió a la cocina, buscando a su madre, pero al no verla por el mesón, pensó que a lo mejor estaba en la tienda como todas las mañanas a esa hora comprando lo del almuerzo, y en el espacio de la soledad aprovechó para seguir pensando en la mujer de la noche, la única cuyo amor seguía seduciendo a los hombres sin necesidad de tener vida. Sentía que la verdadera magia del amor estaba en eso, en poder abrazar y besar a una mujer hermosa apenas la acabara de conocer, y no se preguntó qué era aquello que había hecho en el pasado, que ahora lo hacía merecedor de la compañía de una muerta que hasta el viento procedente de lejos llegaba a ella, para que lo respirara y pudiera vivir un poco. En realidad, era consciente de que jamás en su vida había visto a alguien con esos atributos sobrenaturales, y le pareció mentira ese cuento de los escritores eruditos, los cuales aseguraban que la mujer más bella de la historia pertenecía ya sólo a las arenas alejandrinas que eran movidas por el viento.
En esos momentos, su hermana menor se cruzó con él en la sala, cuando parecía estar jugando sola y feliz. Ella le dijo que su madre le había dejado el desayuno servido, tal como siempre le decía al verlo salir del cuarto. Pero según él, no tenía nada de hambre.  
-Una persona me está esperando -dijo.
Su hermana apenas entendió, sobre todo por el estado de ánimo que le vio esa mañana, a diferencia de los últimos días en que andaba muriéndose de despecho en la soledad. Había sido testigo como el resto de la familia del gran dolor vivido por la separación de Elizabeth Linero, y creyó que ya se habían arreglado las cosas entre los dos, ya que siempre había sentido un aprecio por aquella mujer que estuvo destinada a ser su cuñada. Sintiendo comodidad por eso, lo fue viendo desaparecer. Mientras tanto, Manuel Deluque recordó cuál era el camino que tenía que andar en esta vida.
Al estar a punto de salir, tuvo en cuenta que iba a exprimir un momento parecido al de la noche anterior, que le generó el mejor recuerdo que había de tener. Seguro de que su apariencia de hombre estaba más preparada para la nueva ocasión que en la fiesta de Boston, creyó con razón que ese día las cosas serían más grandes, y que podía llegar al extremo íntimo al lado de aquel ser humano de cabello largo y claro, cuya afección permitida sólo podía ser reflejo del mismo agrado de conocerlo. La verdad es que él era ya una persona diferente a la que todos conocían, y haberse visto en el espejo no fue suficiente para comprender de verdad qué era lo que le estaba pasando, al pretender seguir teniendo un buen sueño durante el día y delante del sol. Aunque no lo notara, haber sido víctima de la aparición súbita de alguien, era un caso que nadie que lo conociera hubiera podido resolver, y la única manera de entender aquello que le había sucedido sin que corriera peligro, es tan complejo como tratar de explicar por qué si está el odio sigue naciendo de nuevo el amor. La sensación de que había vivido algo fuera de lo normal ya lo había percibido él, pero por estar embelesado con lo que recordaba, no se preguntaba cómo alguien dejó amarse tan rápido, con la misma facilidad con que alguna vez murió en una carretera. Aunque no alcanzó decirle a los demás a dónde iba, eso lo tenía sin cuidado, porque estaba acostumbrando a ver a su familia de continuo, que confiaba en todo lo que hacía. Entonces montó en el carro y buscó el rumbo de la casa de ella, bastante emocionado, contento, precipitado, porque esperaba verla nuevamente y comprobar que seguía teniendo el mismo espíritu que lo había enamorado.
Según la gente que lo conocía, él era un muchacho bueno, querido por los seres humanos, que tenía la virtud de caerles bien a las personas nada más verlas, por lo que era normal que terminara de atraer la atención de una mujer aunque no fuera de este mundo. Su sentido de la amistad era lo más admirable, y quería tanto el bien de sus amigos, que hasta los ayudó a conseguirse novias que eran amigas de él, y aparte de eso la gente estaba de acuerdo en que era un profesional de los mejores. Por esa razón, eran varias las personas que lo estimaban, que le celebraban las locuras en las raras ocasiones en que se pasaba de la raya, y sin más era avisado cuando se organizaba alguna fiesta, en la que él pocas veces faltaba, porque era un hombre de descendencia guajira al que le gustaba mucho el vallenato. «Pero era injusto que se enamorara de mujeres, que después de todo siempre desaparecían de su vida como si fueran fantasmas», dijo alguien que lo consideraba. Sus amigos lo tenían en el grado de una persona buena, y podía demostrar mucho cariño a alguien apenas acababa de conocer, y más si era una sublime mujer que aumentaba las ganas de ver siempre. En sí, era un hombre que reunía todas las condiciones para ser apreciado, con un atributo que pocos tenían, que era el de servir antes de ser servido, de preocuparse por el problema de alguien allegado, de solucionárselo veloz, y podía enterarse de los detalles más recónditos, salvar relaciones que estaban ya resquebrajadas, aunque la que últimamente había terminado con una novia lo tuvo en el limbo durante una semana, y sólo ver la mejor cara de la muerte lo pudo hacer olvidar del mal de la vida. Nadie recuerda haberle visto un solo síntoma de locura, y si alguna vez había demostrado tenerlo era por estar al borde del arrebato, después de haber estado con una bella mujer que por algún tiempo probaba el amor que salía de él. Su carisma era un don que Dios le había dado para ser una presencia necesaria en los demás, y quizás alguna mujer que no lo conoció en vida, había entonces aprovechado para tratarlo un rato, cuando descubrió que después de la muerte podía encontrarse esa posibilidad. De modo que era alguien a quien por excelencia querían, a quien le tenían un profundo cariño, y pocas personas se sentían a veces con autoridad de llamarle la atención si veían que cometía algo equivocado, porque casi nadie estaba en contra de él.
Cuando estaba muchacho, había tenido la ilusión de ser el marido de una buena mujer que pensara más en él que en su propia belleza. Toda la vida había escuchado que las mujeres más bellas de la tierra nacían en su misma ciudad de Barranquilla, así que él viviendo allí no tenía mucha dificultad para encontrarlas cualquier mediodía cruzando la calle. En algún momento, llegó a pensar que no tenía suerte con las mujeres, porque al estar enamorado de una dama que gozaba de una extraordinaria apariencia extraterrestre, se daba cuenta perfectamente de que no tenía ojos para él. Esa frustración se fue apoderando de su alma, de su espíritu, formando su personalidad dura, y si estaba en la calle y veía pasar mujeres a su lado de encantador atractivo, a veces miraba para otro lado, ya que tenía la convicción de que estaban en planos de la existencia diferentes. Sólo que en los momentos de soledad, a veces inspirado, creía que esa ilusión se podía hacer realidad. Se sintió decidido a encontrar esa mujer de sus sueños, antes de que otro hombre pudiera hacerlo primero que él.
Estando estudiando en la Universidad Simón Bolívar, pudo experimentar la realidad de estar en un lugar donde era amigo de más mujeres que de hombres. Desde el primer día en clase, se sintió seducido por una muchacha guapa que venía de otra parte, y que al notar la mirada insistente de él le sonrió de veras. Su nombre era Stefani Daza, natural de La Guajira, y era dueña de un cuerpo tan escultural que desde que la vio, se confesó que mientras ella estuviera en esa universidad él no se iba a salir nunca de allí. Desde que siendo su gran amiga se convirtió en su novia, pareció llamar la atención general de casi todas las personas que hasta el momento no se habían dado cuenta de la presencia de él. Sería alguien con la que estuvo en varias partes, en las discotecas, incluso en un motel, donde descubrió que con una mujer demasiado bella también es posible hacer el amor, y por un buen rato que quedaba para el recuerdo. Sólo que al comienzo del cuarto semestre ella no regresó a la universidad, se quedó en Villanueva escuchando vallenatos de Daniel Celedón, y más nunca volvió a saber de su paradero. Para Manuel Deluque, aquello representó un drama del que no se dio para sobreponer pronto. Nunca antes había tenido una relación tan seria con una joven, y durante el resto de sus estudios de contaduría tuvo algunas otras relaciones, pero en ningún caso se trató de alguien importante, por el que hubiera dado la vida entera antes de obtener un beso que supiera a amor. En el fondo, era como si suerte con las mujeres iba a cambiar el día en que fuera alguien independiente. El resto de sus estudios transcurrió de esa manera, y cuando iba a las parrandas de sus amigos guajiros, escuchaba vallenato y tomaba en vano bastante whisky Old Parr para que algo peor le doliera en la garganta. Fue uno de los mejores estudiantes, y al llegar el momento de la graduación les dio la felicidad más grande a sus padres.
En su interior, comprendió que de ahora en adelante podía aspirar tener una mujer a su lado, que lo sedujera de la misma manera en que él imaginaba que fuera. En razón de eso, hizo todo lo posible por conseguirse un buen trabajo. Un amigo de la empresa le dijo que en el lugar cerca de donde él estaba, había una esbelta mujer que lo iba a hacer caer presa del encanto, porque era dueña de una belleza tan grande que incluso los hombres de corazones más fríos corrían el riesgo de que al mirarla una sola vez, no podían pensar después en una cosa diferente. Preguntó cuál era el nombre de la muchacha, y le respondieron que Elizabeth Linero. Con ese ánimo no perdió la ocasión de ir a conocerla, en el momento en que ella salía de su trabajo, y desde la distancia pudo comprobar que la apariencia de aquélla podía influir tanto en su conciencia, que sólo después una mujer que vino del otro mundo pudo superar el amor que él sintió a primera vista por una de éste. Al enterarse de que estaba sola, de que acababa de terminar con su último novio, se ilusionó veloz con ella y quiso acercársele solo en su afán de encararla, pero el amigo le dijo que lo dejara hacer antes el contacto para presentársela con el debido protocolo, y que así ella tuviera una primera buena impresión de él.
-Es una mujer seria de las de antes –le aseguró de todas maneras.
Para Manuel Deluque, aquello representó una tortura, porque desde ese momento supo que nunca podía olvidarse de una mujer que ni siquiera sabía que existía, siendo alguien que iba a hacer cuanto estuviera a su alcance para que ella se habituara a pensar sólo en él. En efecto, en una ocasión, el amigo lo llamó por teléfono y le dijo algo que le gustó. «Adivina a quién tengo al lado –le dijo-: una persona que te quiere conocer.» En pocos minutos, Manuel Deluque entraba en el restaurante de la calle ochenta y cuatro, donde la hermosa Elizabeth Linero estaba sentada solitariamente esperando la llegada del amor. En realidad, era más bella si la tenía cerca y era mirado de pronto por ella. Tenía el cabello largo y negro, los ojos claros y vivos y estaba muy bien maquillada, siendo evidente que también podía sentir tristeza por algo que anteriormente en su vida había pasado, que la había dejado en un fuerte despecho como para considerar el comienzo de una nueva relación. No había dudas de que quería conocer a alguien del que ya le habían hablado muy bien, y le asombró de que estuviera allí, aguardándolo sin conocerlo siquiera debido a la descripción interior que le habían dado de él, que la hacía más valiosa sobre todo por el intenso interés que tenía en ella. Al brindarle una gaseosa, se dio cuenta de que la mujer que tenía a su lado estaba también impresionada con su presencia de galán, porque el profundo amor que trajo él fue tan terminante que ella sin quererlo lo sintió entero. En esa oportunidad, hablaron de muchas cosas, tocando el tema de la posibilidad de salir adelante. Fue entonces cuando le preguntó cuál era el sueño principal de su vida, y él le respondió con un genio inspirado que nunca había sido suyo, que era vivir eternamente al lado de una mujer hermosa como ella.
La relación se convirtió en noviazgo, de una manera que no se las creía, con aquella mujer que había nacido en un pueblo pequeño del Magdalena, y a él le parecía imposible que eso pudiera suceder, porque ninguna vez lo había pensado. Su pasión no conocía límites rozando la felicidad, y desde el primer momento en que la besó en los labios con buen gusto, se le metió el espíritu de ella. Lo que más le asombró y lo tomó fuera de lugar, después de muchos abrazos y palabras de sabio, fue cuando supo que alguien tan elegante como ella también se había enamorado de él. Se volvió una persona trabajadora, que ganaba un buen sueldo, y para él nada tenía más sentido que pensar en ella, aunque siempre la viera. Fue algo que lo hizo demasiado feliz, aunque no pensó que lo más grande que pasaría en su vida lo dejaría marcado con un hierro candente, al haber tenido la oportunidad en una noche de verano de quitarle la ropa, en medio de las caricias, del fuerte desespero, del deseo infinito, que los llevó a hacer a continuación el amor, desencadenando la mejor actuación que conoció de ella, que lo llevó derecho al cielo, después de lo cual pensó con error que ya no le importaba si se acababa el mundo. Ese sentimiento de que era ya su señora le hizo un daño terrible, porque pensó que era un río caudaloso en el que se iba a bañar siempre, cuando la verdad es que para la mujer él era solamente un amante de paso, que se había recomendado a sí misma para salir de un enorme dolor que le dejó un hombre que no se quiso casar con ella. En cambio, él estaba feliz con esa mujer y pensaba que después de ella, lo único que podía venir era la muerte.
De modo que sin esperarlo, fue sucediendo lo impensable. El amor fue cayendo en la normalidad, en la monotonía, dejando ver que no era algo tan grande como hubiera sido mejor la amistad. Con los meses siguientes, después de que tuvieron más actos sexuales que hicieron creer en la fantasía, al ella decidir que había llegado el momento de terminar la relación, Manuel Deluque no lo creyó. Algo dolió en su corazón, que no tenía cura posible, en ningún lado. «Fue como si hubiera tenido un infarto, sin morirme», explicaría después. Cayó en un estado de humillación en el que nunca se había imaginado, y hasta le imploró con llanto que no lo dejara solo. En vista de eso, Elizabeth Linero sintió miedo de alguien como él, obsesionado con su imagen, y lo fue apartando de su lado de una manera despiadada. No respondió a su petición, no le prestó más atención, se hizo indiferente, y trató de verse lo menos posible bella, sin maquillaje, sin echarse su perfume particular, para que él pudiera olvidarse de lo que eso inspiraba. Nada de eso funcionó, porque el hombre que la amaba más que a sí mismo la quería hasta mejor de manera natural, desnuda, agria, con lagañas, sin cepillar en las mañanas cuando la despertaba el resplandor del sol, que era como ella con la añadidura de una sonrisa había logrado embrujarlo, y entonces al ver su insistencia inmadura, no tuvo más remedio que ser brutal con él, y le dijo que estaba enamorada de otro hombre que se le había aparecido. Aunque no supo si fue verdad, aquello dio resultado, porque mató en vida al pobre Manuel Deluque. Su alma pasó a estar en un estado destrozado, sólo pensaba en ella y en lo que podía hacer con ella, y llegó a alarmar a las personas porque en vez de olvidarse de ella, había terminado por olvidarse de lo normal que siempre había sido él.
Desde ese momento, su vida no volvió a tener el mismo sentido de antes. Apenas salía de la casa, después de abandonar el trabajo, ni se asomaba a la calle para no ver la cara de la gente que seguía tranquila en la vida, mientras él estaba dolido por alguien que no hacía sufrir al vecino de al lado que hablaba de política, al cliente que comía pan con gaseosa en la tienda del cachaco y al hombre que voceaba La Libertad desde una bicicleta y era sumamente feliz. En más de una ocasión intentó comunicarse con Elizabeth Linero, pero al confirmar que era feliz con un arquitecto, se quiso morir en serio, porque hasta el momento se había imaginado que el único hombre que podía estar en su pensamiento era él. No volvió comer. No escuchaba música, porque inmediatamente le hacía acordar de ella. Pensaba que si alguien le hubiera dicho que ella se había muerto cuando estaban juntos, no le hubiera dolido tanto como saberla ahora llena de buena vida, entregándole el amor a otra persona que no la quería tanto como él. No veía la manera de salir de esa oscuridad, donde el desánimo sacaba unas lágrimas que calentaban su cara. En algún instante pensó que en la calle estaba la salvación, porque en el cuarto no hacía sino sufrir su ausencia igual al de una persona querida que se hubiera muerto.
Por eso en los últimos días, se sabía que había terminado la relación amorosa con una mujer que siempre creyó que iba a ser la mitad de su vida, y algunos distinguían que andaba despechado hasta querer desaparecer para no seguir inspirando el peor pesar. Se veía diferente, aunque emitiera una liviana sonrisa que no le salía de adentro. En raras ocasiones, se había visto así tan abatido, y algunos pensaron que hacer fiestas era un honor para él, pero en muchas ocasiones no se presentó, mientras la mayoría de la gente se preguntaba qué le sucedía a Manuel Deluque que ya casi no manejaba su jeep por Barranquilla. Su sentido de la amistad se juzgaba destruido, y fingía por momento estar alegre, cuando la verdad es que muchas veces le echaba llave a su cuarto, donde volvió a prender el equipo de sonido a todo volumen con la música repetida de Diomedes Díaz en su interpretación de Sin medir distancias, para que nadie se diera cuenta de que estaba llorando por un amor parecido al de esa canción. El daño que sentía que le había hecho aquel que consideró el amor de su vida, lo había hundido en un abismo del que no sabía cómo escapar, y escuchó de nuevo muchas canciones para curar esa herida, no pensando en otra mujer sino en ser alguien de gran trascendencia, para que aquélla que lo había puesto a sufrir lo viera algún día mejor que en el que llegó a sentir algo diminuto por él. Su dolor con el paso de los días fue sanando, y estuvo jurándose a sí mismo que nunca volvería a enamorarse de una mujer que no conociera bien, pero se equivocó, cuando vería a una tan bella que pareció un nuevo gran invento del amor.
En medio de su profunda pena, creyó que todavía le quedaba alguna oportunidad de renacer en la vida. En el fondo, pensaba que a fin de cuentas no valía la pena echarse a morir por nadie, si a la hora de la verdad aquélla aunque fuera dueña de una apariencia insuperable, no era la hermosa mujer de Barranquilla con la que había fantaseado desde muchacho. Algo le dijo que si bien ésa no era la respuesta que buscaba desde que cayó en la lobreguez de la depresión, sí tenía que ver con las palabras de aliento que le decían otras personas, sobre todo su madre, cuando le indicaba que la suerte le tenía guardado algo mejor. En vista de eso se acordó de su vieja ilusión de ser el eterno compañero de la mujer más bella que vieran sus ojos, la cual hasta el momento no parecía estar en la vida. Era consciente de que no tenía la menor idea de cómo era, cuál era su nombre, pero pensó que tenía que estar cerca de la mujer que él idealizaba, porque de lo contrario no la sentiría. Con esa inspiración dijo, como si él mismo lo hubiera invocado, que la próxima mujer que se consiguiera tenía que ser del otro mundo.
Nunca había escuchado la historia de que una mujer vestida de blanco, se les estuviera apareciendo a los hombres. Su vida estaba en otro lado, y además giraba dentro de la misma ciudad de Barranquilla, por lo que estaba acostumbrando a sólo ver mujeres en la calle resplandeciente, que eran producto de la realidad y no iban regando a su paso sin complicaciones el aroma del amor. En ningún momento había oído aquello que sucedía en la carretera yendo a Puerto Colombia, y si había pasado, más había tardado en escucharlo que en olvidarlo, porque aparentemente no tenía nada que ver con su interés. Una mujer que, según decían los choferes, llevaba a los hombres mal parados a la misma perdición de enamorarse de la muerte. Al igual que cualquiera, era ajeno a aquel fenómeno, tan metido en una existencia donde las cosas que brillaban no eran hechas de oro como la gente creía, consciente de que aunque demostraba ser un hombre de buenas en las cosas de esta vida, era alguien con una sensibilidad profunda que no estaba preparado para enfrentarse con un luminoso espíritu de rostro risueño, que fue el mejor regalo de la noche que se hizo para siempre recordar. Por eso andaba en una línea paralela a eso que afectaba a los choferes, con la única coincidencia que no podía nadie dudar: la novia se les revelaba la mayoría de las veces a los hombres que estaban solos. Era algo que no se comprendía, pero que más adelante se iba a saber con certeza.
Era difícil entender qué había hecho Manuel Deluque para merecer la presencia de alguien que ya estaba muerta. La única razón era que al haber terminado la relación amorosa con la mujer que más amó hasta el momento, la simulación de otra que ya no estaba era un consuelo para la decepción, porque al aparecer se creía que el fantasma que se asomaba en la carretera vestido de novia, era en verdad un alma en pena perpetua por no haber consumado nunca, ni después de la boda, el gran amor. De manera que él, desdichado como ella, sería el elegido para vivir un romance con alguien que por fortuna no lo condujo al más allá, pero que hubiera sido mejor si lo hubiera hecho, porque se llevó el amor de la vida. En vista de eso, algunos dirían que el alma de la novia había sido tan feliz aquella noche con él, que a partir de entonces no volvería a aparecérsele jamás a nadie más, porque era la primera vez que estando enamorada se había ido a la muerte sin morirse. Para él, sin embargo, había sido lo peor que le había tocado. Era algo con lo que iba a convivir incesantemente, aunque habría de decir que lo que se le apareció era real, humano igual a él y a cualquiera de las que habían pasado por su corazón, y por lo ocurrido sin explicación, quiso ir a buscarla a la región de la muerte cuando se dio cuenta de que una mujer como ella podía regresar a la vida, y por el hallazgo de la fuente de la eterna juventud, con la misma edad con que había fallecido.
Al enterarse de que había sido invitado a una nueva fiesta, se le iluminó la vida, porque era la primera vez que iba a estar en medio de la alegría desde que se había sumido en la profunda tristeza. Se puso su llamativa ropa, se hizo el mejor peinado, se arregló bien en el espejo, y creyó que alguien como él podía darse de nuevo una oportunidad. No tuvo el presentimiento de lo que le iba a suceder, sino que se dejó llevar por la expectativa de estar en un lugar repleto de mujeres, donde era conocido por varias personas, y cuando estaba a punto de llegar lo único que le extrañó es que hubiera tanta gente alegre, si en la ciudad no había pasado exactamente nada bueno. La idea de que alguien tan importante lo estaba esperando, no estaba en su cabeza. Sólo tenía el convencimiento de que su presencia era lo único que faltaba para que de verdad comenzara la rumba, y así quedó demostrado en cuanto él llegó y tranquilizó a todos, porque pareció el mismo sujeto de siempre.
En su interior, algún entendería porqué había llegado hasta allí. Tuvo que pasar mucho rato, para que comenzara a tener plena conciencia de la escena que lo rodeaba. Sólo quería una cosa para su alma, pero nadie le atraía con fuerza. A veces se sentía emocionado, y de trago en trago comenzó a sentir algo extraño, que nunca había estado con él. Cuando tuvo la ocasión de verla sentada aparte, tuvo la sensación de que era tan humana como las demás mujeres, pero con una gran diferencia, porque lo único que la hacía irreal era la belleza. En seguida comprendió que Dios había atendido a su llamado, y al contrario de otros hombres, quería estar en un lugar solo con ella, porque tenía la seguridad de que sólo así llegaría al mismo estanque de su amor. En ese vivir no notó nada raro, y mientras bailaba con ella, lo que también le agradó era que tarde o temprano su ex Elizabeth Linero de esa nueva relación se iba a enterar con lujo de detalles. Fue lo mejor que sintió en la vida, y al recordar eso admite que por momentos le parecía mentira lo que estaba viviendo, porque no podía creer que tanta emoción positiva pudiera ser de pronto posible en un hombre por naturaleza infeliz. Aquella situación lo revivió por completo, aunque no comprendía por qué la gente presente, la mayoría que había sido consciente de su drama anterior, no se asombraba tanto de estar viéndolo al lado de una mujer tan bella, que enriquecía más las ganas de estar en la sala. Sólo que no estaba para prestarle atención a eso, y al ver que ella iba a donde él se dirigía, tuvo en cuenta que podía ser el único dueño del amor. La energía que ella le transmitía era difícil de explicar, y fue entonces un poco consciente de que lo que estaba viviendo era una pasión bastante grande, que sólo podía ser real como esa noche tan fresca.
Mientras estaba completamente seguro de haber cambiado hasta la normalidad, los demás pensarían otra cosa. Habían visto en el buen amigo un comportamiento tan extraño, que últimamente le habían presentado toda clase de amigas con el propósito de rescatarlo de la pena profunda, pero nada había podido con el carácter de un hombre que estaba más enamorado de alguien que ya no veía, que de las amigas de las amigas que estaban dispuestas a ayudarlo dejándose ver. Era algo que se iba a regar en todas partes, con una insistencia exagerada. Él seguía en su encierro, aunque fingiera por el contrario ser fuerte. Pero todo estaba hecho para que en adelante su vida pasara a estar en el boca a oreja de la sociedad, ante la gran desgracia de él.
En la fiesta donde estaban, sucedió algo inaudito que llamó fuertemente la atención. Se mostraba desde el principio siendo un ser solo, aunque alegre, hablando con sus amigos, celebrando, saludando a todo el mundo, descubriendo por primera vez que no hay nada mejor que estar enamorado de uno mismo. En ningún momento le vieron nada raro, aunque no tardarían en ver que se emborrachaba más rápido que los demás. Entonces, de un instante a otro, algo inexplicable ocurrió, porque cuando vieron que estaba totalmente inspirado en mitad de la sala, no lo pudieron creer. «Estaba bailando solo», diría alguien que recordaba con nitidez ese detalle. Aunque muchos fingían no darse por enterados, notaban que Manuel Deluque al igual que un místico había entrado en una especie de trance, de éxtasis profundo, tratando de abrazar a alguien que no estaba con él, para olvidarse de sus penas y ser mejor bajo la luz, y pronto se acostumbraron a su arrebato de borracho donde estaba haciendo el papel de payaso feliz. Lo veían moverse con mucha emoción, como si se hubiera enamorado de algo que sólo él deseaba que estuviera presente. Los demás celebraron eso, permitiendo que el inesperado espectáculo hiciera también parte de la fiesta, y hasta alguien se le acercó y le dio varias veces de un trago, para que él siguiera al ritmo de su propia alegría, desatando algo que nadie entendía, habiendo perdido el rumbo, y sólo entonces algunos que lo estimaban mucho creyeron que por fin el pobre amigo despechado se había vuelto completamente loco. «Era algo más o menos así, por no decir que sí», dijeron. Pensaron que lo mejor era dejarlo solo, para que fuera feliz en su condición, y cada quien se volvió a concentrar en lo suyo, a hablar de los temas que tenían que hablar, oyendo toda clase de música que alegraba la fiesta, ignorando a un hombre perdido que hace tiempo pareció olvidarse de la vida. La gente bailaba, casi al lado de él, y algunas mujeres casi tan hermosas como las que a él le gustaban, lo rozaban para que despertara y se fijara en ellas con ganas de agarrarlo y bailar, pero la verdad es que Manuel Deluque no estaba para cambiar por nada ese estado de milagro, en el que se había hundido con su pensamiento. Era increíble, pero él alzaba sus manos como si estuviera alzando las manos de alguien, le sonreía a algo que no le sonreía, le hablaba a algo que no le hablaba y quería besar a algo que nunca lo había de besar. «Nadie era capaz de interrumpirlo», decían. «En realidad, era como si hubiera escogido bailar con el amor.» En medio de todo, el hombre demostraba estar en mejor estado de ánimo que los demás, aunque éstos creyeran que había perdido la conciencia de la realidad que lo rodeaba, y en serio era más feliz si nadie parecía darse cuenta de lo que únicamente estaba viendo él. Se preguntaban quién era la mujer que estaba recordando o imaginando para que tuviera tal emoción, que lo obligaba a mantenerse bailando mientras los demás se sentaban de vez en cuando y descansaban para volverse a parar con otra pareja, al mismo tiempo en que él por nada de la vida tenía en sus planes el de tomar un asiento, porque el amor estaba de pie. «Daba pesar, pero todos pensábamos que en una fiesta cualquiera tenía derecho a ser feliz», dijo Rosalba, una de sus mejores amigas. En algún periodo, fue dejando la energía a un lado, al acabar una de las tantas canciones que bailó con el alma que no era de él. A lo último bajó la mano invitando a algo que no hacía parte del ambiente y caminó hacia la terraza, donde al sentarse en un muro vieron que se puso a hablar solo como un poeta improvisado. Era fuerte la música que venía de adentro, así que pocos distinguieron que más tarde se montó en el jeep que estaba en la calle, y se fue a un rumbo desconocido.
Durante esa noche y al día siguiente, fue el tema de todas las bocas de las personas que lo conocían. La preocupación de que el buen Manuel Deluque hubiera perdido la cordura, alarmó a muchos y otros que no lo vieron y se enteraron de eso, quienes recibieron las intensas llamadas telefónicas, donde escuchaban hablar del espectáculo que hizo solo, sobre todo en la terraza, cuando alguien que se acercó a darle un trago escuchó que le preguntaba el nombre a algo que no lo tenía. Era evidente que había dejado de ser la misma persona de siempre que conocían, pero con lo sucedido la noche anterior dejaba ver que no andaba bien, aunque se creyó que al montarse en el carro era con rumbo a la casa de su ex Elizabeth Linero, para reclamarle por qué razón lo había dejado. Si alguien era ajeno a lo que estaba pasando, era el mismo Manuel Deluque. Era indudable que había bailado como cualquiera, pero sin nadie material. Pero los demás presintieron, y ahí de verdad acertaron, que de alguna u otra manera estuvo poseído por el amor.
Alguien hasta intentó comunicarse con su familia, para preguntarle si había llegado bien. Era algo normal que eso pasara, teniendo en cuenta que no se había despedido de ninguno de los presentes. Pero pronto se abstuvo, porque creía que a lo mejor al despertar él podría estar recuperado, y nadie quería hacerle entender que había estado un poco loco. Quisieron en ese sentido respetarlo, pensando que a fin de cuentas hasta el más cuerdo tenía malos momentos en la vida. Así que lo mejor fue dejar que las cosas siguieran su curso, y que algún día encontrara a la mujer que lo haría olvidar de todo lo malo que era estar sin ella.
Sólo que días más tarde, cuando hubo conocimiento del fenómeno inmaterial que había ocurrido, tuvieron profunda piedad de él. En efecto, el hecho de que la novia se le había aparecido en esa fiesta de todos fue algo que tuvo credibilidad en los demás por la prueba clara de su locura, a tal punto de que tuvieron lástima, aunque nadie pudo ver lo mismo en la sala, pero sí sentir su energía por medio de él. En realidad, creían que tenía que ser una muerta para que pudiera inspirar el corazón del gran amigo, quien desde que había terminado con Elizabeth Linero no tenía ojos para una viva. «Por eso se enamoró de aquélla, que era algo completamente fuera de lo normal», diría alguien. La pista de que se había ido con ella, era palpable porque no volvió más. Al montarse en el carro abrió dos puertas, soltó en el vacío su chaqueta que no se cayó, algo que alguien demasiado borracho vio, y eso fue determinante para armar el rompecabezas de que sí había sido víctima de una aparición sobrenatural.
Pero lo más asombroso de todas las cosas, es cómo si aquélla era la mujer que hacía perder el control a los hombres que manejaban de noche en la carretera de Puerto Colombia, con él sólo había tenido una relación para que pudiera ser feliz un rato en la vida. No se explicaba eso, y por eso dudaban de que se tratara de la misma mujer que hacía morir a los chóferes. Sin embargo, algunos dirían que si el fantasma de Ángela Guzmán se le apareció a él sin hacerle el menor daño, era para enamorarlo de una manera tan enorme que luego con su rápida ausencia provocara su depresión irreparable, otra de sus macabras maneras para transportar a un pobre de alma a las tinieblas. Nadie estaba seguro, menos las personas más cercanas, que dirían que ella al verlo, tratarlo y conocerlo se había enamorado hondamente de él, y por eso cambió los planes de llevárselo a la muerte donde quizás el amor no se sentía. «Nadie sabrá cuál fue la razón que ella tuvo para no llevárselo, pero lo cierto fue que se le apareció y hasta le dio su gran amor», diría alguien. En cambio, Manuel Deluque creería tener después pruebas suficientes para entender cuál había sido la razón para que ella le surgiera, sin hacerle daño físico. Según dijo después, la difunta sí se le había aparecido para llevárselo a la muerte como a otros hombres, pero nunca contó con que podía sentirse también enamorada, hasta decidir dejarlo en la vida donde se vería más bello para su buen agrado. Al darse cuenta de que él estaba profundamente enamorado para amarla en la muerte, desapareció antes del amanecer, sabiendo que cuando él muriera, se volverían a tener con complacencia porque ya ella se había asegurado antes el encargo del amor. En el fondo, muchos creyeron que después de eso, Manuel Deluque atentaría con su vida para perseguirla, porque la única manera de estar donde estaba la novia era en la muerte, aunque nada le garantizaba que iba a volver, cosa que él por supuesto si ya estaba con ella no pensaba hacer. Con lógica, él sabía que después de eso sí la iba a ver, por una sencilla razón: si los muertos como ella regresaban a la vida, ¿quién le aseguraba que no podía comenzar a desnudarla por la espalda en el más allá? La realidad es que su convicción tenía mucho sentido, y creía que algún día encontraría la ocasión, aunque fuera un accidente de tránsito o cualquier cosa antes de la vejez, para encontrarse con ella donde los dos por primera vez fueran iguales.
Desde entonces, su historia pasaría a formar parte del folclore. Muchas personas contarían su caso, incluso el presentador de radio Abel González, como el de un hombre que en una fiesta había conocido a una muchacha curiosa que más nadie vio, y que al lado suyo tendría un romance que no se supo bien si sucedió en la vida de él o en la muerte de ella. Por su importancia, eso después salió en todos los periódicos de la tierra, aunque él fue el único hombre que al principio no creyó que fuera sólo una aparición. Pero para las personas que estaban cerca de él, había entrado en una especie de locura, que a ella le pareció la mejor ternura. Sin quererlo, pasaría a formar parte del comentario de muchas personas, hasta darle más páginas buenas la literatura. Era como si lo que aún le faltaba por vivir era esa mañana en que iría a buscarla, la cual aseveraría que había tratado con cosas del fuego eterno. Lo que sí estaba claro era que ella, aunque venida de la muerte y a la que sólo vio en una ocasión, había sido el auténtico amor de su vida.
Mientras tanto, él estaba seguro de estar viviendo un hecho material al que muchos seres humanos les hubiera encantado vivir. Si en algún momento notó que alguien en la fiesta lo miraba más de la cuenta, pensó que era por la imagen de la hermosa mujer, que no parecía venir de la muerte sino del sol. Estimó que eso era lo más normal, ya que su apariencia era fantástica, y daba la impresión de que muchos mortales le hubieran vendido el alma al Diablo, con tal de haberse ido junto a ella por donde la rotación de la tierra se iba llevando la única noche que tuvo el espacio de verdad. Tuvo en cuenta que luego de haberse marchado de la fiesta, iba a ser objeto de muchos comentarios, aunque lo que se le pasó fue no haberle preguntado a ella de quién era amiga, cuál era la persona buena que la había invitado a ese lugar, sólo para que él al verla conociera el amor. Al recordar después que Ángela Guzmán tampoco se lo dijo, creyó que eso era el sentido de la verdadera sorpresa, sin estar deambulando en los anillos de Saturno, y se conformó con amarla y ser amado por ella, como jamás lo había hecho con nadie en su fase de sucumbida. Se sentía por completo mejor que sus amigos, y hasta en algún instante se dijo por dentro que si ella hubiera estado muerta de todas maneras también la habría amado, por la misma poderosa razón que siempre inspiraba verla.
En ningún momento anterior de su vida había sentido lo que tuvo que vivir, y por eso dirigiéndose directo a la casa donde la había dejado recién en la madrugada, le pidió a Dios del cielo que ante la luz matutina ella lo volviera a ver igual de interesante, que en la oscuridad y el frío de la noche cuando él era su calor. Sólo que al recordar todo lo que habían hablado, entendió que había conocido parte de la personalidad que gobernaba su corazón, y que a lo mejor ella debía estar pensando más en él que él en ella, esperándolo con ansiedad, para hacer realidad esos sueños de vida de los que habían hablado, cuando lo mejor fue sentir el sueño. En su interior, le bastaba con pensar en su cara risueña para tener en cuenta que siempre que se acordara de ella, estaría muy enamorado. Presentía que sería de él para el resto de la vida, y repasando eso movía bien el timón. Su corazón daba tumbos, por miedo, pero recordaba tanto el camino de su casa que hubiera sido capaz de llegar a pie, con tal de comprobar que ella lo seguía esperando con más interés que a la mañana.
El barrio Los Nogales era un sector que él conocía bastante bien, como buen ciudadano que era. Era sabido que en la época de la bonanza marimbera, unas personas de La Guajira que se hicieron ricas con el comercio ilegal que era la moda en el mundo, habían venido a la ciudad de Barranquilla a invertir sus fortunas y a comprar algunas de aquellas casas, siendo algunas tan llamativas que abundaban en vistosidad. Allí tenían muchas viviendas buenas, las cuales gozaban de tanta hermosura, que llamaban de inmediato la atención inclusive de cualquier persona que no recordara los estropicios de aquellos tiempos. Muchas personas de renombre, habían pasado por allí, estableciendo el aura de seres legendarios, pues habían hecho prácticamente de la nada, fabulosas fortunas que parecía increíble que hubieran existido antes sólo en la imaginación de un machetero. Mientras tanto, a él le intrigaba que una mujer como Ángela Guzmán pudiera vivir en ese lugar, donde se escuchaba tanto vallenato y se hacían grandes parrandas, y se preguntó por qué alguien archimillonario como esas personas de armas en manos no la hubieran conocido antes, y haberla seducido con su poder de intimidación. En algún momento, a bordo del carro que recorría el sector, llegó a pensar que podía ser hija de alguno de esos hombres, pero cuando recordó el apellido de ella supo que era de ascendencia barranquillera. Al instante volvió a quedar tranquilo, como siempre que sentía algo que le preocupaba de ella, estando llegando a su dirección.
Al parar el jeep frente a la reja de la casa de ella, quedó un poco pensativo. Le parecía mentira que mientras era el hombre más enamorado en la historia de la humanidad, bajo el sol caliente en ese carro sin techo, ella debería estar allí adentro, quizás durmiendo o ayudando a su madre en las tareas domésticas, sin sorprender ni al perro que podría estar cerca esperando su presa. La gente pasaba, y vio con envidia a esos vecinos, que seguramente hacía años eran testigos de la existencia de la mujer más hermosa que se recordaba, aunque eso no les había cambiado en nada la vida, porque tenían que llevar de todas maneras dinero a la tienda, para poder sacar algo con que hacer el almuerzo. Sin embargo, cuando tuvo en cuenta que la noche anterior él había sido el gran afortunado de tener su amor, respiró tranquilo, comprobando que no había necesidad de haber nacido y criado en Los Nogales, o ser un rico guajiro, para poder convertirse en el hombre que sería su esposo. Ese sentimiento de felicidad curó su ego, y pareciendo cada vez más un personaje sombrío de Shakespeare, se dispuso a estar lo más pronto cerca de ella, para sentir su calor, completamente seguro de que verla con su cabellera suelta, era lo único que le aseguraba que ya era de mañana. Al abrir la puerta del carro, bajó en seguida y se dirigió apresurado a esa casa que recordaba bien.
Estaba cerrada como la habían dejado, de modo que estuvo un rato golpeando el hierro de la reja, hasta distinguir que había un timbre. Al hundirlo dos veces, esperó un rato, sintiendo que ella misma podía abrirle, pero nadie salió durante un largo momento y entonces pensó que a lo mejor todavía se encontraban durmiendo. La gente pasaba, y lo miraban parado allí, como si fuera el único hombre que existiera en esos momentos en el mundo. De pronto, cuando no lo esperaba, una mujer entrada en años abrió la puerta de la terraza, y salió directamente su encuentro. Era una señora vestida de negro, pero bastaba verla un instante para darse cuenta de que era la dueña de ese raro espacio, que parecía olvidado por el amor.
-Buenas –dijo él, para demostrar educación.
La señora se acercó desconociendo al extraño hasta la reja, sin recordar quién era. Lo miró un rato, de los pies a la cabeza, tratando en el fondo de entender el pensamiento de alguien que la iba a encarar. Era claro que no lo conocía, ni en esta vida ni en la otra. Supo bien que era un desconocido, y le preguntó qué necesitaba.
-Soy amigo de Ángela –dijo él.
La señora, impactada, lo miró a la cara estando ya no tan seria.
-Ah, perdón –dijo, y abrió la reja-. Pase.
-Gracias.
Él mismo no podía creer la confianza inmediata con que se le trataba, sólo por pronunciar ese nombre que tenía magia. La señora abrió la reja, para que él continuara. Entrar en el ámbito de aquel jardín, donde había cayenas rojas y trinitarias rosadas, fue sentir de nuevo para su alivio inmenso la presencia del amor, porque también vio unas rosas blancas, que se parecían mucho al alma de la joven Ángela Guzmán. Todo estaba bien cuidado alrededor de la grama, y él reconoció que había alguna mano diligente que en las mañanas se encargaba de cuidarlas bien, regarlas con bastante agua y podarlas de vez en cuando junto a las otras de diferentes colores, y que en realidad todas se parecían a ella. «Qué flores tan bonitas», dijo. La señora lo escuchó por su amabilidad, y estuvo de acuerdo.
-Sí.
La mujer caminó hasta la puerta, que estaba abierta, y lo convidó a seguir. En su mente, Manuel Deluque supo que la muchacha debía ser la consentida de aquella casa, para que el sólo hecho de que alguien la mencionara y dijera ser su amigo, fuera considerado alguien muy especial, llegando a estar en la confianza absoluta. La señora estaba vestida de negro, pero no le prestó atención porque se imaginaba que a lo mejor debía guardar luto por el esposo muerto, como en efecto lo estaba hace mucho tiempo. El ámbito de la casa en el interior estaba un poco apagado, muy oscuro, pero se imaginó que era costumbre de aquella gente en el barrio, que gustaba mucho de la intimidad que hacía que la vida fuera más discreta y mejor para pensar. Estando adentro, la señora lo invitó a tomar asiento, y él lo hizo, por supuesto, esperando que en cualquier momento aparecería la muchacha, y ella lo miró a la cara y le preguntó que cuándo la había conocido.
En el fondo, Bertha Simanca había estado esperando durante muchos años que algún hombre llegara a su casa, en vista de lo que se decía de su hija. En cualquier parte de la calle, era señalada como la madre de la muchacha que les salía a las personas que manejaban en la carretera que llevaba a Puerto Colombia, pero al igual que muchos poco podía imaginar que podía aparecerse de una forma amigable, en la que ella sí creía que fuera. «Cuando llegó aquel muchacho a mi puerta, comprendí que me iba a traer razones de mi hija», diría después. «Se le veía en la cara que la había visto.» Era claro que se sentía un poco incómoda con la presencia de aquel tipo que no había visto nunca, pero también que estaba ansiosa por escuchar sus palabras, que le traían algo nuevo a su vida rutinaria. Algo le decía que había pasado algo fuera de lo normal, y que aquél se lo iba a contar en sus mejores detalles. Pero estaba a años luz de comprender por qué, en efecto, su hija buscaba el contacto con un hombre que quería vivir.
Manuel Deluque estaba también ansioso. Para que no pareciera que su hija era alguien que se dejaba conocer tan fácil, que incluso fue la novia a la que besó extremadamente la noche anterior sin apenas saber muy bien quién era él, le respondió que la conocía desde hacía muchísimo tiempo. La madre aceptó que eso era lo más normal, y él le preguntó entonces dónde estaba.
-Quién –preguntó a su vez ella.
-Ángela.
La mujer no entendió, y el ambiente se puso en serio tenso. En verdad, estaba empezando a suceder algo fuera de lo esperado.
-Anoche la traje –dijo él.
La señora entró en desconfianza, por supuesto. Llegó a temer de la presencia de aquel extraño, porque le pareció que le estaba mintiendo, al estar equivocándose con respecto a su hija, porque aunque oía que quizás aparecía como un aparato, no podía creer que él no supiera que estuviera muerta. Aún sin estar alarmada, se dijo a sí misma que cómo era posible eso, si estaba claro que todos sabían lo que ella sabía. En razón de eso, le expresó la única verdad que sabía desde hacía varios años.
-Mi hija está muerta -dijo.
A continuación, le dijo al muchacho que mirara a la pared, para que viera colgado un cuadro, donde la hermosa mujer que él quería tenía el cabello castaño suelto, y estaba sonriendo como muestra de su singular belleza y juventud. Él lo hizo, aunque el papel le pareció demasiado viejo, para la edad que mostraba la muchacha que había traído la madrugada anterior. Pero a pesar de todo, era la persona que conocía y había besado recientemente. Más todavía, verla allí fue tener en cuenta que no se había equivocado de casa, porque era donde ella vivía con su alma. Afirmó rectificando que no era posible que estuviera muerta, porque él la había traído en la noche en el carro, y por la puerta había entrado. Bertha Simanca se sintió clara con su afirmación, porque en algún momento llegó a creer que era ella la que había perdido la comprensión de las cosas. Y más bien impresionada por eso de que la noche anterior la habían traído allí, a su casa, donde ella casi la había parido y la había criado bien, quedó sin respiración y se puso a llorar.
Entonces él supo el resto de la historia. Su hija, la menor de los tres hermanos, hacía muchos años había muerto, en un siniestro accidente de tránsito, a la mañana después de haberse acabado de casar. Su muerte dejó a todas las personas consternadas, porque sucedió precisamente cuando iba a gozar de la luna de miel en el extranjero. En la ciudad, casi todo el mundo sabía eso, al ser algo trágico que quedó para siempre en la historia, y cada vez que alguien pasaba por el frente de aquella casa se acordaba de que era el lugar donde había vivido alguna vez la hermosa adolescente, que la muerte había hecho famosa. La señora pensó en serio que él había sido víctima de alguna aparición de ella, y lo quiso de algún modo, por haber visto la forma humana de una criatura que desde su muerte había soñado siempre ver en la oscuridad junto a su cama de viuda, pareciendo bien real, para decirle al menos a alguien que le había salido. La confirmación de que lo que había tenido con él no era más que una ilusión, lo angustió profundamente y quiso no haber existido en esos momentos ni nunca antes.
No sabía qué hacer con aquello que había terminado de escuchar. Se sentía bastante mal, como si se hubiera equivocado de lugar, y quería que alguien le dijera que eso que estaba viviendo era sólo algo que más bien estaba pensando, a fin de cuentas por la eterna duda que tenía del amor. Era una injusta pesadilla, que le dolió en el corazón, porque no daba para imaginar cómo a una mujer que vio la noche anterior, en verdad no le había alcanzado el soplo de radiación para llegar en llamas a ese día. Era claro que había sido quizás víctima de una aparición, en la que solamente pudo creer un hombre enamorado.
-No puede ser -dijo.
Al ver a la señora llena de tristeza, se dio cuenta de que en realidad ella no estaba mintiendo, que a lo mejor tenía razón, al mismo momento en que él no daba para explicarse qué había pasado si todavía sentía el aliento de su voz, cuando la muchacha en la madrugada le dijo con suma razón que lo amaba más que a la noche. En su parálisis, Bertha Simanca parecía desbordarse en el llanto, sintiendo que en serio aquel muchacho había sido testigo del encuentro inexplicable con su hija, y sintió piedad de él, porque era la forma más natural de desdicha en que podía quedar cualquier hombre, que hubiera tenido la oportunidad de verla sonreír por el gran placer de llegar a verlo. Juntos vivieron algo conmovedor, temblaban, se asfixiaban en la confusión, y él miraba alrededor, queriendo que ella apareciera de algún lado dispuesta a decirle que había vuelto por siempre de la sombra, para poder vivir feliz al lado de alguien como él. Fue algo insólito, pero sólo estaban las paredes, el viejo comedor, los muebles mismos donde ella alguna vez se había sentado para hacer las tareas, sin sospechar que algún día cuando ya no estuviera, llegaría hasta su casa alguien buscándola por la fragancia de su cuello, que antes de morirse dejó regado por toda la tierra. La señora se percató de que a pesar de eso él no creía del todo que ella estaba muerta, porque insistía en que la madrugada anterior la había traído allí y todavía hasta sentía su amor. Era tan grande su insistencia, por lo que llorando sin parar sintió más lástima de él, y se dispuso a hacer algo urgente:
-¡Ay, mijito, ahora mismo te voy a aclarar esto!
De manera que entró rápido al cuarto, para cambiarse de ropa. Mientras lo hacía, él desde la sala la sentía de nuevo llorando. Al volver mejor vestida y con una cartera, encontró a un hombre que no hallaba cómo pararse, pensando en la muchacha que había visto más enérgica que cualquiera, porque estaba llena del gran amor que creaba la vida. No entendía qué se disponía a hacer la señora, pero presintió que quería ir para la calle. Él por su parte, apenas quería salir de allí, sintiendo que era el lugar donde más había quedado la presencia espiritual de Ángela Guzmán. Sólo cuando la señora le dijo que lo iba a llevar para dónde sí estaba ella, se dejó conducir por la mano.
Bertha Simanca sabía que aquel era un caso que se salía de lo normal, pero también ella se sentía partícipe de eso, y decidió que no descansaría hasta que fuera al único lugar donde él podía despertar de su sueño. En su larga vida, era raro que algo se presentara así, pero como era de su hija de la que se estaba hablando, se sintió con la obligación de moverse rápido, mientras pensaba en ella y miraba a aquel muchacho que se había dado el lujo de ver una cara, que hacía años lloraba por su mortal ausencia. «Sentía pena con aquel muchacho, porque me pareció tan bueno», diría después. En ningún momento, se imaginó que iba a vivir un caso semejante, y pensó que eso diferenciaba ese día de los otros días sin sentido, y que nada era mejor que estar en la calle, bajo el sol de las once, rumbo a un lugar donde creía haberla dejado sin movimiento, sin existir por completo, mientras en la casa ella lloraba por mucho tiempo su temprana muerte que se alargaba hasta la eternidad. En realidad, si no se había quitado el luto ya no era tanto por dolor, sino porque le daba miedo que sin ponerse tales vestidos negros, ya se no pudiera volver a acordar bien de ella. Era una mujer que vivía sola, sintiendo que la presencia de aquella joven la acompañaba diariamente, escuchando que tenía algo que ver con la supuesta novia vestida de blanco, que a veces aparecía en la carretera que llevaba a Puerto Colombia. Estaba segura de que su hija era algo angelical, y que si su alma estaba en pena ella sería la primera en darse cuenta porque podía sentir su desamparo perdurable. Pero con la presencia de aquel muchacho, llegó a creer que sí era cierto que le estaba saliendo a un vivo, pero no la misma que provocaba esas muertes horribles.
Si él hubiera sabido lo que más o menos ella sabía, quizás no hubiera perdido su tiempo. No había escuchado bien hablar sobre la mujer muerta que se les aparecía a los vivos, aunque la que él había visto también estaba vestida de color blanco. Se sentía incómodo por eso, y quería retirarse de aquella atmosfera de duda que no se le despegaba. La señora estaba por completo segura de que a lo mejor su hija se le había presentado a ese tipo, y que al contrario de lo que se decía de aquel otro fantasma de la carretera, si aparecía no llevaba a nadie a la muerte sino más bien a la idea del amor. Sabía que tan pronto viera lo que le iba a mostrar, terminaría de creer en la inocencia de la muchacha.
En el carro, Manuel Deluque recorrió el norte de Barranquilla hasta comenzar a andar por las afueras. La señora le iba diciendo más o menos por dónde tenía que seguir, pero sin saber él para dónde marchaban, yendo en silencio, sin poder creer lo que estaba viviendo, seguro de que estaba cuerdo respecto a que eso que había visto la noche anterior era real, porque la muchacha había estado sentada en el mismo lugar donde ahora estaba su madre. Bajo el sol caliente, por la carrera 51B, se preguntó si aquello no fue producto de la borrachera, pero tenía demasiadas evidencias para demostrar que sí había sido protagonista de una pasión con una mujer que podía ser considerada las más bella por ver, propietaria de un carisma sin igual, que sólo podía ser el de una persona que conociera bien la vida. «Quería que algo me demostrara que esa señora estaba loca», confesaría con sinceridad él. Sin saber muy bien lo que estaba ocurriendo, conducía resignado, completamente asombrado de una señora que al escuchar lo que él había dicho respecto a una historia romántica con su hija, se había puesto a llorar y quería llegar por eso a alguna parte significante, donde dejaría en claro que la estaba confundiendo con la realidad. No le quería preguntar nada, porque no quería oír esa misma voz que le había dicho que la mujer que había visto la noche anterior, hacía años se había muerto sin conocerlo. En sí, aquella mujer que iba a su lado ya le era del todo familiar, de igual forma que para ella él resultaba casi un hombre conocido. Lo vio conducir, por la carretera que llevaba a Puerto Colombia, un poco temiendo la verdad que ella le había acabado de contar, sin creer del todo que era cierto, y más bien esperanzado de que algo demostrara que la había visto viva como las flores más frescas. Esa idea lo tenía alentando, porque creyó que Ángela Guzmán había venido por siempre a su vida, para ser la única dueña de su amor.
El cementerio Jardines del Recuerdo quedaba en las afueras de Barranquilla, y era tan grande y lleno de flores sobre la grama, que muchas personas antes de morir ya habían elegido que les gustaría descansar eternamente en ese lugar apartado. En su larga historia de existencia, había recibido bajo tierra a muchos difuntos que eran celebridades de la política, el periodismo y la farándula, y diversas personas que sin ir a visitar a sus muertos, entraban por una razón como si también de un sitio turístico se tratara. Quizás por quedar cerca del norte de la ciudad, allí iban a dar los ataúdes de las personas más prestantes de la sociedad, y ser enterrado en ese suelo era casi sinónimo de clase, por lo que siempre que alguien de mucho dinero se moría ya se sabía que iba a ser enterrada en esos jardines, donde había lápidas de mármol con grandes realces, rosas de todas las clases, de todos los colores y tamaños, dejando ver que las flores era lo único que terminaba por gustarles a los muertos. Cualquiera podía caminarlo por los corredores, y mirar en el suelo muchas tumbas, donde estaban enterradas grandes personalidades, por lo que no había sino que preguntarles a los sepultureros para que respondieran en seguida. Desde allí, cerca de la estatua de Jesús, se podía ver el río Magdalena en su curso milenario. No había pues mejor lugar para elegir el área de descanso de los que ya no hacían parte de esta vida, aunque algunas personas aseguraban que de noche muchas personas que regresaban de la ciudad, entraban al cementerio y buscaban sus tumbas. Era parte de una de las tantas leyendas de la ciudad, porque los sepultureros estaban seguros de que sólo veían a los vivos, aunque a veces no sabían si las personas que en el día les pagaban para mantener bien cuidada una tumba indicada, eran los familiares del muerto o el mismo muerto. De todas maneras, como en cualquier campo santo, siempre había comentarios de esa clase, y algunos hombres preferían entrar al cementerio de día que de noche, para llevarles una flor de visita a las almas ausentes, tanto para decir qué vaina, en Barranquilla sí muere la gente. Al igual que cualquier día, el aire que arribaba del río era natural, inspiraba las ganas de vivir, y muchos que llegaban a visitar a sus muertos se encontraban de pronto con ganas de quedarse, por el paisaje que terminaban de representar tantas flores diferentes que no nacían allí. Aunque pronto se marchitaran, diariamente estaban llegando más flores procedentes de la ciudad, con lo que se manifestaba que los muertos a veces recibían más demostración de amor que los vivos. Esa forma cultural hacia la muerte era lo que hacía de aquel cementerio el más conocido de la Costa Caribe, quizás por estar en las afueras de la ciudad, donde los dormidos no eran perturbado ni ofendidos por el ruido urbano, las voces de bulla y la alegría fiestera de la gente que reflejaba la vida. Lo mejor del caso es que unas personas, al pasar por allí y aunque no tuvieran un muerto enterrado, veían tanta tranquilidad y buen cuidado del terreno, que les daban ganas de entrar un rato para ver qué se sentía estar cerca de lo que iba reuniendo siempre la muerte.
Al bajarse del jepp en la afueras de aquel cementerio, Manuel Deluque se imaginó muchas cosas. Al verla vestida de negro, comprendió que aparte de eso, era una persona que siempre había estado allí de visita, llorando por su drama familiar, y tuvo de veras miedo, porque de pronto le pareció que ella estaba acostumbrada a verle la cara a lo triste. Sin saber qué hacer, se fue detrás suyo, tratando de ver qué pretendía, en vista de su obstinación, pero con temor de que le mostrara algo que todavía no quería aceptar. La vista de tantas tumbas, le fue haciendo caer en cuenta de que la muerte de un ser querido era algo normal que le podía pasar a cualquiera, pero él estaba seguro de que la mujer a la que supuestamente iban a visitar no estaba allí, sino alejada por una madre que no la quería para él. Estaban en serio llenas de muchas flores, y al paso le quedó claro que aquello no era una muestra de amor hacia los entes inconscientes, como se creía, sino que tantas rosas de distintos colores era una forma de consolar más bien a los parientes que quedaban vivos.
Algunos sepultureros que regaban el agua de las mangueras los quedaron mirando, reconociendo en seguida a la señora que llegaba con regularidad. Por educación, Bertha Simanca siempre los saludaba y ellos le respondían recordando lo que iba a hacer cuándo se dirigía por ese lado, sabiendo de quién exactamente era la madre. Sin embargo, no sabían qué sucedía con aquel tipo que les pareció un completo extraño, que no tenía perfil de haber estado allí con anterioridad. «Se le veía en la cara que estaba bastante perdido», dijo uno de ellos. En serio, iba en silencio, preocupado, como algunas personas que sienten miedo hacia los cementerios hasta de día. Tenía temor de que su propia vida estuviera corriendo peligro, pero la insistencia de la mujer lo tenía un poco confiado, porque lo que le iba a mostrar al parecer era muy importante.
Ésta seguía su camino muy serena, y era claro que hubiera podido arribar a donde se dirigía con los ojos vendados. Por eso se aseguraba de que la estuviera siguiendo, para que entendiera que ella tenía la verdad, mientras en esos instantes él miraba en la grama la tumba del desaparecido periodista de deportes, Fabio Poveda Márquez. Cerca de allí, de vecino, estaba la lápida del cantante Rafael Orozco Maestre donde quedó grabada su imagen inmortal con unos versos de la canción Sólo para ti, el gran artista del vallenato que se fue de este mundo sin llevarse consigo sus canciones. Mientras tanto, a él no le quedaba otra solución que seguirla hasta donde lo arrastrara su insistencia terrestre. Caminaron por un corredor, sintiendo cómo poco a poco se estaban enterando de la única realidad que esperaba a la vida, y viendo las últimas moradas de otros personajes conocidos de la ciudad. Siempre había escuchado eso, aunque le causaba interés el nombre de ciertas personalidades como Álvaro Cepeda Samudio, un importante escritor de periódicos y libros que había leído, el cual parecía aumentar su renombre y prestigio con el paso del tiempo. Aunque no era persona de cementerios, y estaba allí contra su propia voluntad, dejó de pensar en eso porque de pronto la señora comenzó a detenerse.
Cuando llegaron entonces a la tumba que ella buscaba, él se preguntó cómo había terminado en ese lugar, qué era lo que le estaba sucediendo, para ir detrás de algo que prácticamente era nada. En el suelo estaba una lápida de mármol, entre la grama de un jardín muy bien decorado con flores de colores diferentes, cuyo terreno le señaló la señora que era donde estaba sepultada la muchacha, y en el fondo era cierto porque el grabado de la placa decía: Ángela María Guzmán Simanca. En seguida, el hombre se dio cuenta de que era verdad que estaba muerta al igual que cualquiera de los que estaban cerca, en el polvo inclemente de sus huesos, aunque al lado estuviera descubierta una gran prueba de su libertad ocasional, porque allí mismo, acababa de dejar la madrugada anterior, estaba la chaqueta abandonada que él le había prestado para resguardarse del frío y que ella no había tenido tiempo de devolverle. La señora presenció eso, y al mirarlo resignado comprendió qué era lo que había pasado, como si de un momento a otro hubiera reconocido el fenómeno inexplicable. La evidencia demostraba que el alma de su hija, antes de que se hiciera de mañana, había regresado a hacerse invisible a su lugar de descanso eterno, después de haber querido con razón ser feliz nuevamente por un breve tiempo en la vida.
Era algo sobrenatural lo que había ocurrido. Si alguien a parte de ellos hubiera visto lo mismo, también hubiera sido testigo de que las cosas de la otra vida transcurrían a veces en ésta sin cambiar para nada el curso de la realidad, y con tanta fantasía que más bien parecían cosas de la mentira en la que nadie creía. El hecho era contundente, sin darle cabida a más misterio, dejando en claro que lo más difícil de aceptar no era tan imposible como se pensaba anteriormente. Y eso hacía sentir frío, el que sólo puede producirlo meditar un momento en la muerte profunda del ser más que más se estima.
En vista de eso, el hombre no entendía muy bien lo que estaba viviendo. Era la desilusión más grande que había experimentado, porque se sentía una vez más desatendido por alguien que quería.
-Esto es lo peor que me ha pasado en la vida –dijo lleno de aflicción.
En ningún momento, había esperado un caso insólito de esa manera. Sin saber qué más hacer, no supo dónde quedó, por haber visto eso que le confirmó que sí era verdad que alguien lo había amado, aunque no le hubiera contado de su estado natural, para no decepcionarlo en el mejor instante de la relación fosforescente que la hizo ser. Era un acontecimiento asombroso, porque tenía conciencia clara de lo que recordaba, que era tan real como el aire que allí se respiraba, y a pesar de eso entendía que nunca había tenido nada que ver con su reposo actual. Sintió por esa razón que estaba padeciendo una pesadilla que respaldaba lo material, y fue un gran desgraciado, un hombre desventurado al que le tocó vivir esa situación traumática, que haría que fuera alguien que detestaría por siempre el día. Por eso decidió alejarse de un salto lo que pudo, sin escuchar a la señora que le preguntaba cómo se sentía, para dónde iba, preocupada en serio por él, la cual había admitido que de alguna manera tenía razón, al mismo tiempo en que el dolor lo estaba destruyendo sin compasión, llegando al punto de dudar de la fidelidad de su recuerdo incuestionable. «No encontraba el pobre el camino para salir de allí», diría la mujer. Se fue haciendo cada vez menos visible, sin saber por dónde andaba, qué le pasaba y porqué, y ella pensó que también él era algo fuera de lo normal, por haber vivido la noche anterior ese hecho exclusivo, que sólo le había de suceder a un hombre que se había enamorado. Sin más indecisión, buscó las afueras de aquel lugar que le recordaba su mala fortuna, con ganas tremendas de llorar y de que alguien le explicara por qué una mujer que hacía años estaba muerta había salido a su encuentro, sin tener la sinceridad de decir lo que pasaba, para evitar más adelante esas graves consecuencias, hasta comprender que debió ser muy grande el amor que sintió por él para que no se lo llevara, y pudiera tener en cuenta al menos cómo pudo ser ella de haberlo conocido en su vida anterior. Eso dejaba en claro que su calamidad era estar respirando, habiendo tenido esa experiencia reservada con algo que ya no estaba. El destino que lo esperaba, ausente de cariño y sin claridad, era el de un hombre del que muchos afirmarían que se había vuelto loco, pero no le importó, porque estaba seguro de que había sido un privilegio después de todo haberla sentido, aunque eso calaría en su modo de ser llevándolo directo al peor desastre, sabiendo que su desdicha era la única falta de consuelo que iba a tener en adelante.

Bogotá, 25 de junio de 2015