La novia
Juan Carlos Herrera
Para mi madre Mariluz Movil,
a quien cuando yo era un niño
le escuché contar esta historia
que asombra
Y
la novia sin novio se va a quedar.
Juan Segundo
Lagos
1
Esa noche
fresca de agosto, Manuel Deluque fue la persona que más se enamoraría en la
fiesta. Desde que estuvo adentro, se dio cuenta de que la rumba estaba
encendida desde hacía rato, que el licor abundaba por todas partes celebrando
el milagro de la alegría misma, y que las almas que lo descubrieron se pusieron
contentas como si su búsqueda de una nueva vida era el único sentido que tenía
tanta música. Llegó con una chaqueta gris bajo la cual tenía una camisa blanca
manga corta, pantalón negro y zapatos de cuero de idéntico color, se veía
recién bañado y afeitado, despidiendo un fuerte olor de colonia María Farina, y
tenía tantas ganas de beberse un trago que sólo cuando de entrada se tomó uno
caliente recordó entonces quién era. «Fue lo primero que lo hizo ser alguien
diferente», diría un testigo después. «Era que quería olvidarse de algo malo
que le había sucedido.» En verdad, era un hombre de poco menos de veinticuatro
años, de cabello negro y liso, de cara morena y nariz con filo, dando como resultado
una apariencia simpática y en cierto caso en el resto del cuerpo su contextura
fuerte, y era muy allegado a esa casa donde había sido invitado de una manera
especial. Emocionado por el calor de bienvenida tuvo la sensación de sentirse
muy bien, y pronto se integró al espíritu festivo que estaba dominando el
ambiente, porque de veras aquel parecía el último lugar sobre la tierra donde
quedaba la gente más feliz de la especie.
En menos de lo
que pensaba, al haber tantas personas en la reunión llena de bulla, su
presencia inesperada que fue novedad se hizo poco a poco desapercibida, y
muchos comenzaron a hablar y bailar hasta el infinito, haciendo de ese espacio
una atmósfera de alegría que podía sentirse en el resto del Caribe. La música
de salsa puertorriqueña se escuchaba repetidas veces, contundente y sin parar,
y no parecía salir en esos instantes del poderoso equipo de sonido de la sala
sino venir bajo las nubes, por impulso del viento y encima del mar desde las
mismas Antillas. En efecto, aquello hacía parte de la cultura de Barranquilla,
una ciudad que de noche recibe las brisas de todas partes del mundo. Las risas,
los gestos de amistad, el regocijo que se inventaba con tal de agradar a todos,
así como el espíritu resplandeciente de los invitados más importantes, eran
suficiente incluso para que los que pasaran por la calle también sintieran que
aquella situación era de ellos, aunque la verdad es que era ajena al resto de
la ciudad que intentaba dormir. Las canciones de cualquier otro género
constantemente eran bastante fuerte y no había esperanza de que les bajaran el
volumen, las pisadas en la sala marcaban el compás del júbilo desencadenado, y
había mujeres tan hermosas presentes en la fiesta, que aquello en vez de ser un
homenaje a la diversión lo parecía más bien al mismo amor que esperaban de
ellas. En la sala, Manuel Deluque se sentó en una silla, conversando con un
amigo, tomando tragos de whisky con hielo, y hablando con tanta agitación sobre
un tema, que nadie sabía si era por el tema o por los efectos rápidos del
whisky. En ningún momento estaba fuera de lo normal, y sólo daba la impresión
de ser uno más en medio de aquella algarabía, donde algunos pensamientos tenían
que ser pronunciados en voz alta para poder realmente existir. La rumba apenas
estaba iniciando, y él más que nadie estaba convencido de lo larga que a veces
podía ser también la vida cuando es buena.
Las personas
de la casa habían organizado aquel programa de son y retumba, para despertar la
emoción que unía a conocidos y amigos por conocer. Era algo que muchos
esperaban, porque era sabido que a la mayoría de las vidas que estaban allí les
gustaba fiestear antes de acostarse a dormir. El anfitrión y su mujer, habían
invitado a todo cuanto pudieron para descansar de una larga semana de labor,
que no se parecía en nada a ese momento tan explosivo donde los empleados de
ciertas empresas ahora pasaban a ser los protagonistas. En realidad nadie
faltó, no tanto por la gran música de Héctor Lavoe que parecía resucitado,
presente y activo en el ambiente, con el sonido estrambótico de El día de mi suerte que servía para
bailar bien, sino porque era bien sabido que en aquel lugar a la medianoche se
repartía un sancocho de hueso carnudo que despertaba a los borrachos que
quedaban casi como muertos, y dejaba la sensación de que comer era más sabroso
incluso que estar pegado a la pareja que acababan de conocer. Así que mientras
en otras partes de Barranquilla, quizás otra gente rumbeaba sin parar, allí
estaban pendientes de que fuera más allá de la mañana y por siempre. Por eso
todos se sentían muy bien en aquel espacio, y algunos se asomaban a la calle y
miraban la luna llena, la cual por su intensidad garantizaba que aunque faltara
de pronto la luz eléctrica podían continuar bien con la rumba. Eran muchas las
mujeres que habían sido invitadas, bellas y jóvenes, alegres y pícaras,
inteligentes y admiradas, siendo interrumpidas por los hombres que las sacaban
a bailar sin parar, haciendo más de ellas el sentido certero de la programación
de esa fiesta. Las historias de trabajo tampoco faltaban, aunque había personas
universitarias que estaban presentes, y vecinos de las casas de al lado,
sacudiendo el alto ánimo prendido allí que tenía que ver con todo, menos con la
aparición más adelante de una persona que ya estaba muerta.
Manuel Deluque
tenía muchos amigos presentes en la fiesta, porque era bien sabido que era un
buen muchacho, carismático e inteligente, y que su sentido de la amistad era el
verdadero reflejo de su gran personalidad. Casi todos querían hablar con él,
cuando estaba sentado y concentrado en un tema, y varias mujeres que no lo
conocían lo miraban por eso. En seguida, se preocupó al llegar de tocar el
hombro de cuanto pudo, manteniendo ese modo de ser que lo caracterizaba y
producía que le cayera bien a la gente. Era divertido, bastante alegre si
estaba bien, y era señalado como alguien humano, un personaje que en cualquier
parte recibía un trato precisamente por su excelente muestra de simpatía, ésa
que le permitía hacer grandes amigos al instante con sólo saludar a los
hombres. Era lo que siempre lo definía, aunque al parecer estaba viviendo una
pena oscura en el alma, que cuando se quedaba callado lo gobernaba con sus
leyes por dentro. Sólo que en medio de tantas personas, demostraba una vez más
ser así, fuerte y dinámico, recuperando aquella energía que lo hacía resaltar
por encima de los demás, como si lo persiguiera una luz estelar, porque en
verdad desde que llegó él se tuvo en cuenta que ya no faltaba nadie más para continuar
hasta el amanecer.
-Esta noche
será el comienzo de una nueva vida –se dijo a sí mismo.
En su
interior, sabía que había algo que lo aquejaba de una manera profunda, en la
que nadie que estaba allí lo podía ayudar por mucho que quisieran. Si estaba
presente en la sala, para la sorpresa general, era huyendo de un tormento que
antes de entrar a aquella casa, parecía por un momento haber quedado en la
calle. Aunque resultara casi mentira, la notable mujer que podía decir que era
su novia ya no lo era, y a él le dolía su ausencia, como si sintiera la
frialdad de lo que algún día podía ser su propia muerte. Al no estar con él,
eso le embargaba bastante en el fondo, aunque pusieran más aquella canción de
Jerry Rivera que no pasaba de moda, y que levantaba el ánimo de muchos
protagonistas de nuevas situaciones sentimentales. Era el ser que más amaba,
por el cual había jurado sentar cabeza y meterse a vivir con alguien en una
casa de paredes blancas y ventanas de vidrio azul, sintiendo que era el único
sentido que tenía su vida, porque él era el hombre que más se había enamorado
alguna vez de ella.
Días antes,
había desaparecido como un ser que se fue haciendo invisible ante su mirada. En
una ocasión en que la visitó en su casa, era una mujer diferente, alguien que
parecía desconocerlo en cualquier parte, delante de los demás, dejando en claro
que ya no se quería identificar públicamente con él. Durante las últimas
semanas, anduvieron juntos sin tanto apego, sobre todo por parte de ella, que
ya no necesitaba de su aire para respirar, ni de su dinero para vivir, ni de
sus sueños turquíes para crear su propia realidad. Él no podía creerlo, porque
siempre había tenido la certeza de que era el hombre de su vida, aquél que
había nacido especialmente para quererla hasta con lo que traían sus días.
Entonces en una ocasión le preguntó qué pasaba, y ella, preparada para eso y
mucho más, le dijo que ya no lo amaba. Para Manuel Deluque, ése fue el
principio de su desgracia, la que lo llevaría a la misma perdición, al
horizonte de sucesos de un agujero negro, porque estaba tan acostumbrado al
amor de ella, que cuando no lo sintió comenzó a morir sin encontrar un remedio.
No hallaba por dónde tomar rumbo, y de eso se daban cuenta muchos, sobre todo
aquellas personas que tenían claro que estando embelesado era más cuerdo que al
andar solo como un hombre sin trabajo. Era Elizabeth Linero la mujer de la que
más estaba enamorado, y estar sin ella era dudar de esa misma vida donde la
había conocido. No hallaba cómo salir de su recuerdo, escapar de su imagen
esbelta, aquella que entendía sembrada en lo más profundo de su ser, porque
incluso sin verla la olía bien, la concebía en la superficie de su piel, y le
parecía que sólo continuaría respirando si estaba a su lado, dándole cierta
clase de besos y delicadas caricias, y sentía que ni siquiera viendo venir a
sus brazos a la mujer más bella del Universo la podía olvidar, porque entonces
con toda seguridad era ella.
Desde
entonces, se convirtió en un hombre que nadie conocía. En la oscuridad donde
estuvo agonizando durante unos días, nadie podía verlo ni sentirlo respirar y
evitaba la calle por miedo a la luz solar, donde las mujeres que pasaban no le
servían de consuelo, porque ni siquiera eran amigas de ella. Según las personas
que más lo conocían, parecía imposible que pudiera volver a salir de ese letargo,
de curar su corazón destrozado, y estaba tan deprimido últimamente que apenas
quería volver a pensar en el amor, convencido como mucha gente de que lo que más
hacía sentir bien a un hombre en la vida tarde o temprano lo hacía sentir peor.
No daba para vislumbrar su propio porvenir, aunque apenas se le ocurrió
buscarla de nuevo, ya que estaba convencido de que en cualquier parte donde se
encontrara ella, tenía que estar gozando de una nueva vida que sólo empeoraba
la suya. La única salida que veía era volver a estar junto a sus amigos, algo
que poco a poco fue sucediendo, y cuando veía la realidad que lo rodeaba se dio
cuenta de que a pesar de lo mal que había estado, este mundo con sus calles era
mejor para otras personas que ya no pensaban en el amor. Ésa era la razón para
pensar que se podía dar otra oportunidad en la vida, reconociendo aún al
recapacitar que se volvería a enamorar de nuevo, que sería algo imposible
mientras Elizabeth Linero siguiera en su recuerdo. Cuando fue invitado a esa
fiesta, apenas lo pensó, dispuesto a comenzar en un estrecho sendero, que cada
vez más lo llevaba a sentir la presencia de la muerte.
De manera que
tenía intensas ganas de estar allí, como el ave Fénix resurgida de sus cenizas,
pero no quería tanto bailar al igual que otras veces, porque le daba la
sensación de que hasta esa grandiosa fiesta había sido inventada de la nada
sólo para que se olvidara de ella. En muchas ocasiones, tomó repetidas veces
del trago, hasta sentir que la cabeza le estaba comenzando a dar vueltas, como
si en realidad estuviera cansado de bailar el mismo pase del hombre triste. Se
pasó de trago varias veces, sirviéndolo él mismo, y a veces riéndose sin tanto
sentido. En algún momento, había notado que estaba borracho, pasado de tragos y
hundido en la amarga pena, porque inclusive las canciones que menos le gustaban
le fueron animando a ponerse a bailar. «Sólo que no encontraba con quién», diría.
«Por mucho que miraba alrededor, nada se parecía a lo que yo en el fondo
deseaba.» En un instante, creyó que allí todos estaban pendientes de él, quizás
porque su historia de desamor era muy bien conocida, pero la verdad es que la
mayoría lo miraba porque parecía hablar a gritos, buscando siempre que su voz
fuera superior a la de Rubén Blades que estaba sonando en el disco. Las caras
de los amigos más cercanos, eran un espejo en el que se miraba bien, porque
algunos también se habían hundido pronto en los efectos del trago, y entonces
por un milagro instantáneo comprendían muy bien no tanto lo que estaba diciendo
como lo que estaba sintiendo. Por ratos se sentía un poco bien al pensar en
ella, aunque la verdad es que ésta se fue volviendo de nuevo irreal, desapareciendo
bien en la lejanía, alejándose hasta de su recuerdo para siempre, rumbo a la
negrura de muerte, y comenzó a mirar a las otras mujeres que fueron cobrando
protagonismo por la esencia densa de la alegría, y que le recordaban con el sabor
exquisito de la salsa que podían existir en lugar de ella, si tan sólo las
observaba un rato. En efecto, Manuel Deluque comenzó a ver con más interés a
aquellas mujeres que estaban presentes, como si de pronto se hubieran vuelto
más voluptuosas, sólo porque durante unos minutos se les estuvo acercando y
tropezando a propósito. Alguien que pasó a su lado y que él jamás pudo ver,
incluso le dijo:
-Ojalá
consigas a alguien que te haga olvidar de ella.
Lo mejor de
todo, es que le pareció que aquella fiesta comenzaba sentirse en la ciudad. En
verdad, más de un vecino debía estar trasnochándose por lo que sucedía allí, a
pesar de que era un festejo por el buen regocijo, y que algunos durmiendo en la
cama soñaban sin dudas con el amor, cuando sentían a todo volumen la música romántica
de Jerry Rivera. En la calles, la onda retumbante de la música parecía mover
más la hojas secas del suelo que la misma brisa. Era como si estuvieran
interrumpiendo la tranquilidad de los demás, pero nadie allí adentro se preocupaba
por eso sino de que él se divirtiera de veras, porque sabían que estaban en un
barrio popular de la ciudad, donde durante el día la bulla de la gente era
quizás más grande que la que emitía aquel equipo de sonido, que en esos
momentos de la fresca noche era lo único que estaba sonando en el mundo.
Aquello era el deleite que contagiaba la atmósfera, que iba lejos, lejos, a
donde cualquiera que estando falta de ánimo se podía contentar. De paso, estaba
haciendo levantar el ánima en uno de los sectores más conocidos de la ciudad.
En serio, el
barrio Boston era uno de los más tradicionales de Barranquilla. Hecho al modelo
norteamericano, era un lugar popular, distinguido y bastante habitado, porque
tenía la ventaja de ser muy fresco y tener la cualidad de ser también uno de
esos contornos que entre uno más bajaba por sus calles, más iba retrocediendo
en la historia. Su puesto era bien conocido, siendo en el pasado construido por
un famoso arquitecto estadounidense que trató de imponer el estilo de su país
en una ciudad nueva, que en medio de la nada iba apareciendo a paso vertiginoso
en la arena despoblada en la que sobresalió la construcción de aquel barrio
moderno, aunque lo único que no pudo traer fue el clima frío de su lejana
tierra. Desde entonces, muchos eran felices allí, precisamente por eso,
disfrutando de aquel espacio que resultaba tan familiar, donde los vecinos
parecían querer vivir hasta el final de sus días en el mismo sector donde
habían nacido. La cultura que más se respiraba era la música, y era normal por
eso ver en las terrazas a hombres sentados en las tardes tocando cualquier
tema, compartiendo con sus amistades grandes recuerdos, uno de ellos por ser el
lugar donde en una ocasión de parranda en la casa del periodista y compositor
Lenín Bueno Suárez, el cantante Rafael Orozco y el acordeonero Israel Romero
habían sellado para siempre la unión del Binomio de Oro. Los talleres, la vida,
el ruido del día, hacían de aquel territorio donde a muchos les gustaba estar,
y cualquier trabajador podía sentirse identificado con un ejecutivo aunque
tuviera las manos llenas de grasa, porque era bien sabido que allí el trabajo
daba para comer y piropear con el mejor humor a las mujeres que pasaban. Era un
buen sitio, por supuesto, y era sabido que en el día diversas personas que
haciendo un mandado sólo pasaron una vez por allí, habían tomado la decisión de
quedarse a vivir.
Por su parte,
Manuel Deluque seguía un poco distante, sintiendo que se habían olvidado de él.
Más de una persona estaba casi en la misma situación suya, volviéndose casi
desapercibida por tanta diversión ajena. De manera que al levantarse de aquella
silla para saludar a otras personas que no había visto antes, se vio igual a
una persona que ya no estaba enamorado de una mujer, sino de la fiesta nueva.
En esos momentos, estaba lejos de tener el protagonismo principal, como el que
tenían los anfitriones y las mujeres más bellas que irradiaban pasión nada más
con sonreír, pero desde entonces presagiaba un poco la tragedia oscura que esa
noche lo iba a hacer entrar en la historia. Las horas pasaron sin que nada las
detuviera, y bastaba mirar a la calle solitaria que estaba enfrente para resumir
que quizás algunos vecinos durmiendo estaban era soñando con cosas a años luz
de aquel ambiente, mientras ellos los representantes del baile se preguntaban
cómo podía estar bien la demás gente del mundo, si no estaba brincando y viendo
a las mujeres vistosas que había en esa fiesta. Mientras demoró un rato parado,
Manuel Deluque sintió que si se lo proponía podía ser el actor de aquella
alegría, pero prefirió estar inadvertido, que era la costumbre en él en los
últimos días, y seguir pensando en la mujer que no había podido acompañarlo
hasta ese baile porque el amor no le había alcanzado. Recibió otros tragos, y
cada vez que le bajaba caliente por la garganta sentía que le sabía a ella, y
la fue olvidando para siempre como si se hubiera muerto por su oscura rabia. En
medio de su espíritu solitario, sentía que había llegado a un punto de tanta
emoción, que ya podía ver objetos donde no los había, decir cosas que ni
siquiera había pensado y hasta desearle que le fuera mal, porque creía que eso
era lo único que le esperaba en la vida si no estaba con él. En aquel largo
rato que llevaba allí presente, había visto cada centímetro de la sala
iluminada con tal precisión, que podía recordar todas las caras, todos los
gestos y todas las canciones que habían estado sonando en el ambiente, que poco
a poco se volvía suyo porque se dilataba bien. Se sentía de todas maneras algo
incómodo, quizás por ser una de las pocas personas que no había llegado al lado
de una acompañante, aunque la verdad es que desde el primer momento en que fue
visto por algunas mujeres, muchas de éstas soñaron despiertas ser las dueñas de
un hombre que no parecía enamorado de alguien a la vista sino de un recuerdo.
Él no se había dado cuenta de eso ni de otras cosas más, y pretendía seguir
integrándose a la rumba cuando, de un momento a otro, sintió la influencia de
una mujer diferente en la sala.
La atmósfera,
desde que había llegado, no había sido jamás parecida en esa mágica escena que
no volvería a ser la misma, en la que un verdadero poder invisible lo estaba
envolviendo por completo. Deduciendo que era una fantasía producto de aquel
ambiente paradisíaco, no se molestó en mirar alrededor suyo para descubrir
quién era el ser incógnito que lo estaba mirando, de tanto sentirse pensando
por alguien que también estaba presente. Sólo que llegó un segundo en que aquella
posesión se manifestó tanto, que ya no pudo ignorarla: era una mujer de cara
agradable con un cabello castaño largo que en ningún momento anterior había
podido ver, sentada de forma apartada y solitaria, teniendo un vestido blanco y
manos trigueñas al igual que el resto de su piel, dueña de una imagen tan sobrenatural,
que pensó que había surgido de su mente porque era ideal a como a él le
gustaban. Estaba claro que la alejaba el silencio, examinándolo fijamente desde
hacía un rato, y él se dio cuenta de eso por la manera en que la sintió en
seguida una amiga más, que nunca nadie le había de presentar. «Era la mujer más
bella que había visto en mi vida», confesaría después. No sabía en qué instante
había aparecido, ni con qué intención, pero lo único claro es que tenía varios
minutos de estar sola, esperando estar en sus ojos. Aprovechando que estaba de
pie, Manuel Deluque se acercó al rincón donde estaba ella, ajena al ambiente
desaforado, por lo que se preguntó por qué antes no la habían sacado a bailar.
Cerca de su humanidad encantadora, le tendió la mano con cortesía para
invitarla al baile.
-Una canción
-le dijo él, temiendo que ella lo rechazara de inmediato.
Era tan
hermosa la joven que se levantó obedeciendo a sus órdenes, que hasta creyó que
era producto de su imaginación, pero al sentir su aire, su perfume seductor en
el cuello, su sensibilidad de esencia puramente femenina, comprobó que era real
como el resto de las demás mujeres, con la gran diferencia de que la que ahora
estaba en sus brazos era la única que podía arrastrarlo a los mismos sueños de
ella. Teniéndola cerca, sintió que era el hombre más afortunado de la raza
humana, por estar abrazando a una mujer que ahora respiraba en sus oídos,
posiblemente dándose cuenta de que él estaba preocupado, porque creía que
cuando se acabara la canción que bailaban, terminaría la especie de amor
instantáneo que estaban viviendo. En esos minutos, él sintió en verdad que
estaba profundamente enamorado de ella. El ritmo que compartían era especial,
porque era romántico e ideal para la ocasión, e identificaba esa situación de
encanto que lo tenía embrujado, como si ella era la mujer que siempre había
querido conocer para entender el único buen sentido que tenía nacer en la vida.
Su manera de bailar, lo delató una vez más como un buen bailarín, y su pareja
correspondía a sus impulsos con la sapiencia de una hembra que está a su lado
sólo para acompañarlo, correspondiéndolo en todos los extremos, en la intimidad
que sentía en su sudor, y hasta sintió que si en ese instante le hubiera
querido dar un beso en la boca, ella gustosa lo habría aceptado. Aquello parecía
un milagro que nunca le hubiera ocurrido estando sobrio, y no podía comprender
bien lo que pasaba. Cuando estaba acabando la canción, pensó que se acercaba de
nuevo la desgana de vivir. A la sazón, al ocurrir eso y dejar de bailar, le
dijo para que ella se acordara de él por siempre, en caso de que no continuaran
una pieza más, que era la mujer más bella que le había dejado ver la vida.
La frase debió
sonarle muy divertida, porque cuando comenzó la siguiente canción, la misma
muchacha lo tomó de las manos y le enseñó que el mejor modo de bailar al lado
de una mujer tan especial como ella, era en efecto amándola con toda el alma.
En su interior, Manuel Deluque no podía creer en aquel prodigio, y se enfrascó
en seguirla a donde quisiera, consciente de que prefería estar muerto que
seguir en una vida que ahora le pareció más triste, sólo porque nunca había
estado ella. Era salvaje, elegante, llena de una fantasía de mil colores y
considerable hermosura multiplicada, a pesar de que su espíritu resplandeciente
manifestaba que no debía sentir por él algo más grande que lo que sentían los
vivos, que eran conscientes de su tremenda apariencia que encendía las ganas de
quererla. Sintió amarla en verdad y ver que ella era amada con complacencia,
nada más porque le tocaba las manos, las caderas, su humanidad completa que lo
tenía tragado, gracias a la confianza que le permitía la música. «Si por lado
mío hubiera sido, nos hubiéramos ido en esos momentos», recordaría él. «Pero es
que sabía bailar tan bien, que uno sentía que aunque estaba vestida y de pie,
de alguna manera le estaba haciendo el amor.» Al acabar la segunda canción
comenzaron a bailar juntos la siguiente, y él sintió que sería suya para
siempre. Lo mejor de todo, es que bailando Cómo
te quiero con esa extraña, miró que ninguna persona estaba tan emocionada
como él por su presencia provocadora, y pensó que eso era lo mejor del amor,
porque nadie en esta vida amaba con tanto poder a la misma mujer que uno desde
el primer momento deseaba. Entonces se entregó a los pases, al ritmo bastante
sabroso, a la melodía de ensueños, y como gran fanático empedernido amó a
Rafael Orozco más que a sí mismo, nada más por ser el excelente intérprete de
esa canción romántica que lo tenía bailando tan íntimamente con ella. En serio,
todo parecía parte de una grandiosa ilusión. «De la que no quería despertar»,
recuerda bien. La mujer se daba cuenta de ese estado emocional que tenía, y le
trató de hacer entender que era algo ocasional, que ella no era nada, que
simplemente era alguien que también lo hubiera dado todo por haberlo conocido
varios años antes a él. La manera como habían cazado en un rompecabezas hizo
suponer que eran la pareja perfecta, y que la fiesta sólo tenía sentido porque
en el medio de la pista los dos estaban inventando el amor.
Mientras los
demás bailaban, se sentaban, volvían a bailar con otras parejas y luego
nuevamente se sentaban, Manuel Deluque y la hermosa joven seguían juntos, despertando
las miradas de las personas que se reían al echar un vistazo al lugar donde
estaba él. En verdad, jamás lo habían visto así tan contento. «Se ha vuelto
loco el pobre», dijeron entre sí. Pero a Manuel Deluque eso no le importaba, y
estaba seguro de que nadie lo miraba por su manera peculiar de bailar sino por
la majestuosa belleza de aquella muchacha, que le daba sentido a la luz que la
alumbraba. En más de una ocasión, mientras seguía con ella, la miraba a la
cara, lleno de emoción, y cuando la veía entonces sonriente, confirmaba que eso
era señal de que seguiría bailando con él hasta la eternidad, y la volvía a
abrazar y a entregarse a esa forma de amor inicial que representa el baile. Sin
saber cuál era su nombre y sin haberla besado, ya sabía que era la mujer de la
cual más se había enamorado alguna vez en la tierra. Sentía hasta ganas de
lamentarse por ser consciente de haber vivido una larga vida sin ella, y ésta
por su forma tierna de tenerlo le daba a entender que no hiciera eso, que así
tenía que haber sido, que había necesitado veinticuatro años de su vida, para
tener el amor suficiente con que atraer el de una mujer como ella. En algún
momento, pensó que ya habían bailado tanto y afianzado la confianza, que aunque
estuvieran sin bailar, podían comenzar a hablar aparte toda la vida. Manuel
Deluque aprovechó unos segundos sin ella, para acercarse a sus compañeros y
saludarlos, no tanto para ver cómo estaban sino para que ellos supieran que
después de haber estado un rato con la mujer más hermosa de la historia, seguía
siendo el mismo tipo humilde de siempre. Pero teniendo el miedo latente de que
despareciera con la misma facilidad con que había aparecido, volvió corriendo y
la tomó de la mano, y comprobó que en realidad no necesitaba bailar más con
ella para tenerla asegurada como con un candado. Sin embargo, en serio no
estaba desesperado con que eso sucediera, porque aquella mujer tenía el don de
ser igual de importante en medio de la gente, que en la soledad que luego
aprovecharían ellos dos. Su sensibilidad rebosaba energía, cada vez más se
contagiaba de ella, y tuvo en cuenta por primera vez en su vida que era el
hombre más complacido de la generación.
Entre tanto,
en el resto de la casa todo era normal. La gente, a pesar de mirarlo bastante
de vez en cuando, parecía vivir en un cosmos paralelo que sólo tenía que ver
con aquel encuentro de muchos, donde ahora lo único que se festejaba era la
posibilidad ilimitada de beber. Algunas de las mujeres que estaban allí, vivían
felices, demostrando que ser hermosas era lo mejor que podía sucederles, derrochando
sus energías sanas en un ambiente que se acercaba mucho a la ternura que les
daban. Lo mejor de todo fue cuando el anfitrión se puso a cantar, y las
personas que lo rodeaban lo acompañaron en el coro, porque era bien claro que
era una persona muy alegre, que estaba más vivo que nunca al escuchar los
aplausos regocijantes de los demás. Algo que despertaba claramente entusiasmo,
y sirvió para que las personas dejaran de mirar un rato al hombre afligido, quien
vivía feliz con la presencia de una acompañante, que solamente él veía de los
pies a la cabeza. En realidad, mucho tiempo después se hablaría del significado
de aquella grandiosa fiesta, que tenía todos los atributos de ser la mejor
herencia del mismo paraíso, porque fueran otras las parejas que se conocerían
allí. Era fascinante lo que estaba sucediendo con el amor general, que
fácilmente no volvería a ocurrir, pero muchos se consolaron cuando tuvieron en
cuenta que aquello que estaba aconteciendo, al menos quedaría grabado en el
cerebro de unos pocos. En efecto, ése era el lugar donde en esos momentos
ocurría lo mejor de la tierra, pues las personas menos sospechosas de
simpatizarse antes de cruzar la puerta, como por arte de magia al comenzar a
bailar también se enamoraban.
Por su parte,
Manuel Deluque no se cambiaba por nadie, pero se comenzó a preocupar viendo que
la mujer que estaba a su lado no manifestaba la menor incomodidad de estar
solamente consigo, porque nunca había podido creer que nadie, ni siquiera
alguien como ella, pudiera sentir por él tanta atracción. Creyó que a lo mejor
estaba tan acostumbrada a su clásica belleza de mujer especial, que le parecía
normar ser esclava de la locura irremediable de los hombres simples como él,
que en verdad la enamoraban sólo de tanto estar enamorados de ella. Era la
única explicación de que tuviera tanta paciencia con él, que si todavía no la
besaba en la boca era por el respeto de no saber siquiera quién era. Por eso la
contemplaba, complacida y bien sonriente, y comprobó que estaba igualmente enamorada
de él, habiendo visto en sus ojos la ventana del amor. La amó a cierta
distancia con todo el entusiasmo de la vida, y agradeció a los ancestros
primitivos de la raza humana que invocando los buenos espíritus habían inventado
la música universal, que era un verdadero afrodisíaco que lo podía llevar a
pasar el resto de la noche con esa mujer. «Aunque era claro que si no hubiera
querido, yo más nunca me podría olvidar de ella», diría. Las ganas de conquistarla
en otra parte aumentaban cada vez más, con los segundos, con los minutos, y
pensó que ya llegaría el sagrado momento de estar a solas con ella en algún
lugar de la tierra, donde la oscuridad de un cuarto no borraría su belleza sino
que por el contrario aumentaría su calor. En realidad, era normal que a esas
alturas ya ella también debía estar enamorada, y era la única razón que
explicaba por qué antes de que él la invitara a bailar, no se había dejado ver
de nadie más. La buena vibración de ella parecía de otro sistema de cosas, pero
a él no le importaba, y pensó que si en el fondo eso era un sueño entonces iba
a buscar la manera apropiada de no despertar nunca más.
Al acabar la
última canción que decidieron bailar, todo paró y comenzaron a estar de otra
manera. Fue cuando se dieron cuenta de que podían estar juntos, bajo cualquier
circunstancia de la vida. La miró a la cara, con una cualidad que ya delataba
lo que sentían de manera mutua, y comprobó que aunque no bailaran más, quería
seguir muy unido a ella para que sus pieles rozaran nuevamente. Él le dijo que
saliera a la terraza esperando con eso estar apartados, porque pensó que ya
había llegado el momento de que ella fuera su novia. La mujer le correspondió,
sumisa a sus pretensiones, sabiendo muy bien lo que iba a suceder a
continuación. Mientras iba camino a la puerta, a Manuel Deluque le parecía
mentira estar caminando detrás de ella, si media hora antes no sabía ni podía
imaginar que alguien así existía. A ese paso, desaparecieron un poco de la
vista de los demás, entrando más en la intimidad.
La calle
estaba solitaria, como en realidad esperaban que estuviera. Frente a la
oscuridad, bajo la luna clara y ante el ruido de unos carros que pasaban por
allí, sintieron que estaban en el lugar ideal para tratarse con más verdad. En
efecto, así habría de suceder, porque era evidente que tenían ganas de hablar
sólo para tener una buena excusa de estar mirándose a las caras, la mejor forma
de saber lo que el otro pensaba. Sentada ella en un muro, él comprendió que si
sabía cuál era su nombre, la conocería mejor. Así que cuando se lo preguntó,
ella le respondió con toda la naturalidad de la vida.
-Ángela
Guzmán.
Fue un golpe
para él, porque sólo entonces comprendió que alguien así tan angelical se tenía
que llamar. De esa manera, la fue viendo con familiaridad, siendo completamente
claro que la mujer que tenía cerca era la más bella que había mirado alguna
vez, tanto que se sentía seguro de que si fuera estado ciego hubiera recuperado
la vista para poderla ver. Mientras hablaban, él la veía sonreír, con
inocencia, con placer, dejando de manifiesto que por estar a su lado, ella
podía estar incluso viva como las demás personas. En vista de eso entendió que
la amaría hasta la muerte, y que por estar juntos eternamente sería capaz de
matar al compañero que tuviera, y enamorarla contra su propia voluntad, con tal
de estar viendo por siempre esa cara de doncella, que esa noche en la ciudad
era lo mejor que iluminaba la luna llena. Sintió que de ahora en adelante,
podía encontrarla aunque fuera buscándola sin detenerse, porque era consciente
de que alguien de esa especie sería fácilmente rastreable en cualquier parte,
por la identidad de su belleza. En verdad, ya ella también demostraba saber
quién era él.
-Eres una
mujer muy bella.
-Gracias –dijo
ella.
Manuel Deluque
se sintió contento.
-Gracias a ti
–dijo-, por esperar que yo te viera para comenzar a bailar.
La manera en
que la miraba, dejaba en claro que estaba enamorado de la mujer, de igual modo
como ésta estaba dotada de hermosura. Ésta, en cambio, no veía nada fuera de lo
normal en su apariencia, y creyó que a lo mejor él estaba nervioso con su
sonrisa, que veía en su cara algo que los demás no veían. Prueba de eso, era
que el resto de las personas seguía adentro en la fiesta, y casi nadie salía a
traerle un trago de whisky a él, nada más que con la excusa de mirarla un
instante a ella. Manuel Deluque le contó cosas sobre su vida, en algún modo
triste, pero ella estaba más interesada en estar con lo que él era ahora, que
en lo que fue días antes. Le dijo quién era, que se llamaba Manuel Deluque, el
hombre que se lo podía dar todo con tal de obtener la mejor de sus miradas.
Parecían una sola persona en esos momentos, y por cosas de la vida, los perros
comenzaron a ladrar habiendo percibido algo del otro mundo en el ambiente.
-Bueno, de
ahora en adelante sólo quiero estar contigo –le dijo él.
Era cierto, en
el fondo. Por eso siguió mirando a la hermosa muchacha que estaba junto a sí,
aceptando que ella no estaba tan enamorada de él como asombrada del caudaloso
río desbordado de su amor. Era la única explicación de que lo siguiera muy
dulce a donde él fuera, y le sonriera con simpatía.
-Como quieras
–respondió ella.
-También
quiero conocerte más.
Al decirle esa
frase, estuvieron a punto de amarse en la terraza, pero él no quería besar sus
labios a la vista de los demás. «El amor de una mujer como ella, no lo quería
compartir ni con la luz amarilla del poste», diría después. Lo mejor del caso,
es que no quería estar con ella en otra parte de más intimidad, porque Ángela
Guzmán tenía la cualidad de ser igual en el amor en cualquier parte donde se
encontrara, aunque estuviera sentada escuchando hablar a los demás. La forma en
que él había enloquecido sólo podía ser explicada por un producto de la
naturaleza que ella representaba, aunque como alguien humilde pensó que no era
por ser bastante hermosa sino únicamente por ser mujer. Creyó que a lo mejor él
había bebido más de la cuenta, que producía que viera la belleza que ella sobre
todo tenía en el alma.
-Escucha lo
que te digo –siguió diciendo Manuel Deluque-. Alguien como tú era lo que
siempre había querido conocer.
-Eso se ve
-contestó ella con sinceridad.
En vista de
eso, él supo que podía avanzar más si ya ella lo comprendía bien. Al mirarla más, sabía que nunca volvería a ser
el mismo sin alguien como ella, porque tampoco lo dejaba de ver. Sólo que no
veía la manera, ni el momento, de decirle que estaba enamorado de un ser que
apenas conocía, aunque le dijo que esa noche de brisas era la mejor de su vida.
En serio, aunque la forma de llegar a su corazón poco a poco se estaba
acercando, podía sentir sus latidos en el pecho, y comprobó que su suerte en la
vida era ser hombre, porque era la única manera de estar en el frente adecuado
ante lo mejor que daba el amor.
-Te voy a
decir otra cosa.
-Qué.
-No sabía ni que
había alguien igual a ti, con toda la imaginación que tengo.
-¿De verdad?
-Claro –dijo
él-. Cuando te vi por primera vez, hasta me pareció que eras una aparición.
La mujer se
estremeció, y si en ese instante él no se atrevió a tocarla de las manos y
besarla, era también porque su misma belleza helénica infundía un respeto sagrado.
A diferencia de cualquier otra mujer, pensó que tenía que ser venerada y
honrada con la humillación propia de los humanos, antes de obtener su permiso
mental de ser amada. Sus pómulos, sus labios, su dentadura perfecta, hacían de
ella una diosa igual a Afrodita, a la que primero había que implorarle el amor
para que tuviera piedad de dárselo a los mortales. La manera como ambos siguieron
hablando parecía propia de los seres humanos, pero la verdad es que Manuel
Deluque había dejado de ser una persona común y corriente desde que pudo conocer
a una joven mujer, que con sólo dejarse ver ya enamoraba a los hombres. Pensó
que Ángela Guzmán era amiga de alguna de sus amigas que estaba allá adentro,
que había sido traída a propósito para sacarle del despecho que sentía, desde
que había terminado la relación con su última novia. Pero la verdad es que la
mujer que estaba con él en aquella terraza, no tenía nada que ver con eso, era
demasiado grande y dueña de una belleza occidental para servir de pañito de
lágrimas, cuando ella misma podía hacer salir las lágrimas. Al querer sentir
algo igual a sus besos, Manuel Deluque la miraba a la cara radiante y se daba
cuenta de que a veces gracias al hombre una mujer también amaba.
Enfrente, la
calle seguía solitaria, que de una u otra manera espantaba por su soledad.
Soplaba el viento, frío, impetuoso, que parecía venir del otro mundo, y él
pensaba que quizás eso era lo que ponía a aullar a los perros. Llevaba la
música romántica de allí a otro lado, produciéndole la sensación de que en casi
toda Barranquilla por culpa de tal melodía, se pudieran estar dando cuenta de
esa gran pasión. Las puertas seguían cerradas, porque todos dormían, sin ver el
enamoramiento en progreso de la pareja, aunque no era extraño que ciertas
personas trasnochadas gozaran con las canciones que allí sonaban, porque era
claro que el barrio Boston tenía fama de eso, de ser muy prendido, y que hasta
un sordo podía reconocer el sector por la música antillana que hacía temblar el
pavimento. Mientras tanto, ellos dos parecían las únicas personas esa curiosa
noche que hablaban del amor. Nada apuntaba a los fantasmas, si bien Ángela
Guzmán poseía un buen trato que ya no parecía mortal, dueña de una apariencia
refinada que resultaba imposible en esa época. Era evidente que era tarde, el
mismo peso del cuerpo manifestaba eso, algo que a Manuel Deluque lo tenía sin
cuidado, porque por lado de él sería capaz de quedarse allí hasta la mañana con
tal de asegurarse, al salir los primeros rayos del sol, de que la cara
angelical que estaba viendo no era producto de su borrachera. Ni siquiera los
carros pasaban, como prueba de lo avanzado de la medianoche, aunque a él lo
único que le preocupaba era que aquella mujer no lo fuera a querer. Por eso
siguieron conversando, de una manera tan natural, que bastaba verlos un rato
juntos para tener la impresión de que tenían años de ser novios.
Él determinó
que lo mejor era que se marcharan de allí, a otro lugar, más lejos y cómodo,
donde la soledad de una pareja se parece al amor en medio de la muerte. Sabía
que ella era una mujer hecha y derecha, y que podía llevarla a donde quisiera,
pero todo era un pretexto para intentar amarla en el camino de su casa.
Presentía que ella iba a estar de acuerdo, y que la confianza había madurado
para eso y muchas cosas más que se esperaban. Se lo expuso, para de una vez
dejarla en su casa, y ella por supuesto dijo que sí. Pensaba que ninguna mujer
era tan buena como ella, pero creyó que su gentileza era resultado del mismo
amor. Sentía que la escena allí afuera había llegado a su fin, y se ilusionó
con abrir un instante que estaba tan maduro en las mentes de ambos, que no
había sino que comenzar a vivirlo. Era claro que quería estar lo más solo
posible con ella, para sacarle el amor.
-Contigo voy a
cualquier lugar que tenga la noche –dijo él.
De modo que
sin ni siquiera despedirse, se levantó de allí, porque ya eran más de las doce.
Al verlo, ella también lo hizo, sin decirle adiós a nadie, como si lo único que
le importara en esta vida era él. Manuel Deluque caminó hasta la acera de la
calle, donde estaba parqueado su lujoso jeep ante otros vehículos, sabiendo que
nada de ese modelo la impresionaría, desde que había estado impregnada más de
su ser. En verdad, desde que estaba al lado de ella, los efectos del trago se
le habían desaparecido, parecían cosas del pasado lejano, y se sentía
completamente seguro de manejar con cautela para llevarla sana y salva hasta su
casa, la mejor manera de demostrarle su amor. La muchacha se veía más humana,
obediente a sus pretensiones, porque en realidad de ahora en adelante lo seguía
a él. Pero lo mejor de todo, es que hacía prácticamente lo que le decía para
llevársela, como si ella misma se lo tuviera insinuando.
Le abrió la
puerta derecha del carro, siendo el buen caballero que era, y luego se dio la
vuelta al otro lado para montarse. En esos momentos, comenzó a sentir más a la
mujer que estaba a su lado y para protegerla del frío le puso encima la
chaqueta que era de él, dispuesto a ir rumbo a un lugar donde solamente podían
estar los dos, que era lo que imaginaban y querían de forma interior, compartiendo
aquello que ya había dejado de ser amistad para ser el mejor amor. «Al tenerla
a ella en el carro, tuve la seguridad de que sería mía para siempre», afirmó
recordando eso. Efectivamente, al verla sentada al lado suyo, se sintió tan
bien, que supo que no tenía necesidad de llevarla a ninguna lejanía, para estar
más cerca de lo que estaba de esa compañera. Desde que encendió el automotor y
comenzó a alejarse de aquella casa fiestera, creyó vivir algo importante,
porque le pareció que los carros no habían sido hechos para ir más rápidos a
ninguna parte, sino sólo para llevar a bordo una bella mujer como ella. Aún
así, quería que su casa quedara al otro extremo de la ciudad, para tener la
oportunidad de conocer más en el camino a aquel ser femenino que no decía nada,
ni hacía nada para impedir que él hiciera lo que quisiera, como si dejar un
hombre a su propia voluntad era lo que despertaba el verdadero sentimiento de
una mujer. Era algo que pasaba entre los dos, pues a él le gustaba su silencio
inspirador. Después de llegar a la esquina, el jeep dobló a mano derecha porque
–aunque no se lo había preguntado- era evidente que una hermosa mujer de la
categoría de ella debía ser rica, y vivir por esa razón en el norte de la ciudad.
La joven
mujer, de veras para su agrado, disfrutaba de ir al lado de alguien que ya le
había demostrado por su precipitado enamoramiento, que la podía amar con igual
ímpetu hasta si supiera que estaba muerta. En su manejo iba tranquilo, sabiendo
que ella estaba respirando mejor a su lado. La ciudad no parecía ser como en
otras ocasiones en esos momentos, y aún no entendía él cómo se le había
aparecido esa mujer extraña bajo la luna llena. Sentía que tenía que amarla,
aunque fuera a bordo del carro, y tuvo en cuenta que astronómicamente la noche
era mejor que el día, porque le había traído a la suntuosa mujer que más hizo
abrir sus ojos. Ángela Guzmán miraba a su alrededor, sintiendo nostalgia por
todo ese paisaje que iba dejando atrás.
Pasaron por La
Cueva, un lugar que en otra época a esas horas de la noche no dormía. Ninguno
dijo nada, por tener en cuenta que allí se habían reunido los intelectuales más
importantes de Barranquilla, aquellos jóvenes protagonistas que en medio de la
exaltada alegría, mamando gallo y tomando muchas cervezas Águila, cambiaron por
siempre la historia de la literatura mundial. Era el bar donde estuvieron los
amigos del famoso escritor García Márquez y en escasas ocasiones también éste,
haciendo de aquel espacio una leyenda que enriqueció la cultura de la Costa
Caribe. Personajes como Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Álvaro Cepeda Samudio
y el inquieto Figurita, participaron
en tantas tertulias, reuniones y ritmos de mambo allí, que muchas personas
actuales querían conocer cuál era el único lugar del mundo donde los borrachos
perdidos sabían más de libros que cualquier buen lector del extranjero, pero
donde las discusiones sobre las grandes novelas de William Faulkner no servían
para nada sino después no daban para beberse entre amigos una botella entera de
ron blanco. Era el sitio donde Obregón había pintado unos de sus cuadros, los
cuales no eran tanto la prueba contundente de un genio de la pintura universal
sino el mejor testimonio de esos locos tiempos inolvidables. Era todavía un
local valorado, mas sin embargo, Ángela Guzmán y Manuel Deluque iban tan
sumidos en el amor que frente a esa esquina pensaron que nadie, ni en el pasado
ni el presente, podía haber sido más felices que ellos dos.
El resto de la
carrera 43, era una soledad que no terminaba. Se veían casas a ambos lados del
camino, y en los alrededores, se sentía más la fuerza de la brisa invisible que
el alma de las personas. En ese sentido, ellos parecían los únicos seres que
existían en el mundo, y eso los contentaba un poco, porque sólo podía haber dos
cuerpos para eso tan intenso que estaban viviendo. En verdad, él le confesó que
estaba muy embrujado, para que ella tuviera piedad de su perdición. Si él
hubiera tenido en cuenta hasta qué punto Ángela Guzmán amaba tanto las cosas de
la vida, hubiera sabido que lo amaba con profundidad nada más que por hacer
parte precisamente de ésta. La miró a los ojos, que brillaban de buen amor, y
supo que estaba delante de la única mujer que lo quería sin conocerlo, en el
decidido recorrido emprendido, mientras estaban pasando en esos mismos momentos
por la atmósfera donde estuvo la joven Mercedes Barcha, cuando esperaba la
declaración de amor del reconocido periodista Gabriel García Márquez que se
había ido en su papel de corresponsal de El
Espectador para Europa. Le escuchó decir que la había pasado muy bien
estando al lado de alguien como él, porque era algo que hacía muchos años no
había sentido. Tanto era así, que se dispuso a que aquella noche fuera la única
infinita.
Ir juntos los
dos por aquella larga carrera de forma sobrenatural, convertiría a la avenida
Veinte de Julio en una de las más conocidas de la ciudad. En realidad, lo que
él estaba viviendo aparentemente con ella y que contaría en muchas ocasiones
durante el resto de sus días, produciría que cualquier persona en el día, en la
tarde o a altas horas de la noche, al pasar por allí, dijera que había sido el
lugar donde un hombre había andado con una mujer que ya no tenía nada qué hacer
en esta vida. Si fue la misma parte por donde bajó caminando Alejandro Obregón
trayendo del circo un elefante con el propósito de llevarlo a La Cueva y
despertar a la gente que no le había querido abrir para venderle licor, a nivel
internacional en la prensa sería más conocida como la carrera donde una noche
un hombre anduvo conversando en un jeep con una mujer bella, cuya aparición
inexplicable a él había pedido de inmediato la mejor pluma de la historia. Pero
con ellos, muchos curiosos estarían pendientes de ese gran romance que hizo tal
recorrido, hasta donde los llevara el curso de la noche. En su interior, esa
misma madrugada, Manuel Deluque no tenía la menor idea de estar viviendo un
capítulo de su vida, a pocas cuadras de La Tiendecita donde paraba después
Álvaro Cepeda Samudio bebiendo tragos imparables, que posteriormente
alimentaría la leyenda urbana más famosa de la ciudad. No le parecía importante
el pasaje que lo rodeaba, sino la mirada de la mujer que iba a su lado porque
lo llenaba de las mejores intenciones de vivir. En efecto, era tan humana en
esos momentos, que a pesar de que iba abrigada le preocupaba que siguiera sintiendo
frío.
Por otra
parte, le hubiera gustado que esa madrugada que estaba viviendo, fuera en serio
la más eterna de las madrugadas. Por eso trataba de darle lo más despacio posible
al carro, para alimentarse cada vez más de un encuentro que se volvería sin
lugar a dudas en un gran recuerdo para él. Ella lo había notado, y hasta se
sintió halagada, aunque a diferencia de él, sentía que todo se acabaría antes
de que fuera de mañana. De manera que él tuvo un fuerte sentimiento de que su
compañía era inigualable, irremplazable mejor y con suerte insuperable, de
estar viviendo una noche mágica que sería más eterna en su memoria que en el
presente agradable, y al sentir su aureola cercana se sintió más dueño real de
las palabras que un poeta castellano.
-Ojalá esta
ciudad fuera la más grande de todas –dijo-, para que el camino hasta tu casa no
se terminara nunca.
Se sintió
feliz de verdad, y mientras manejaba con una mano, con la otra tocó la de ella.
La sintió fría, algo helada y como su misma dueña procedente de las tinieblas,
pero pensó que era porque ella también estaba nerviosa al lado de él, que
tampoco había imaginado nunca en ninguna de las vidas en que sentía que podía
vivir. Consideró que era su eterna compañera, la mujer con la que había estado
toda la vida, y a pesar del peligro que era estar en las calles de la ciudad a
esa hora, por la amenaza que podía representar cualquier sombra, bajó la
velocidad del carro a una miniatura, con tal de que el camino hacia su casa
demorara más que la noche. Ella, por su parte, sintió el anhelo ilimitado de
ser comprendida y amada complacientemente, para olvidarse del infierno de la
muerte.
Cuando iban
pasando por la calle 72, había algo a la derecha que llamaba fuertemente la
atención. Era la parte trasera del estadio Romelio Martínez, donde tampoco había
nadie en esos instantes. Era sabido que desde sus pequeñas gradas que en las
tardes se llenaban de muchas personas, se apreciaba mejor el fútbol clásico. En
ese lugar en el pasado el Atlético Junior había escrito unas páginas de oro
para la historia de la ciudad, donde ayudado por la brisa el balón corrió más
rápido que en otras canchas polvorientas del planeta. Se hicieron grandes cosas
que enriquecieron la percepción que se tenía de esa clase de juego, dándole
fuerza a una camiseta roja y blanca, que los jugadores de los años setenta
después de ganar un encuentro no se la quitaban ni para dormir. Muchos
futbolistas habían hecho leyenda, de una manera tan agradable, que eran
recordados más por la magia de la técnica que por sus goles. Uno de ellos había
sido Garrincha, que vistió en una sola ocasión el uniforme del Junior. De forma
que no ver siquiera desde la distancia una sola alma allí en las afueras de
aquel mítico estadio, le llamó la atención al momento en que manejaba, teniendo
en cuenta que ese instante no tenía nada que ver con el ruido que provocaban
las personas en las gradas, al ver jugar bien al brasilero haciendo por la
punta derecha sus famosos regates. Era una persona de vida polémica, que estuvo
marcado profundamente por el amor de una mujer.
En verdad, al
arribar en avión a Barranquilla por el aeropuerto Ernesto Cortissoz en
septiembre de 1968 eso lo supieron rápido los seguidores, a pesar de que él había
llegado para continuar haciendo el fútbol. Bajado en el hotel Majestic, Manuel
Dos Santos que vino por un corto contrato no hizo sino pensar en el amor de
Elsa Soarez, la cantante más querida de Brasil. Por ella había aceptado estar
allí con el Junior esperando que también se viniera para vivir más tranquilos,
consciente de que el idilio lo tenía completamente cambiado, ya que esperaban
reencontrarse lejos de Río de Janeiro, donde la prensa local desde que había
dejado a su mujer y sus hijos por culpa de la artista, no andaba pendiente de
su juego sino de cómo posiblemente hacían el amor. Garrincha apenas se preocupaba
por el futebol, aunque hablando de
eso estuvo en una ocasión con el escritor Álvaro Cepeda Samudio, quien siendo
director del Diario del Caribe le
hizo el mejor reportaje que se recuerda en la historia del periodismo colombiano.
Era claro que esperaba tener una nueva vida, aunque en cualquier estadio se
acordaba de estar en los entrenamientos. En vista de que su esposa por grandes
contratos musicales no vino a su encuentro lejano, Mané se sintió triste y se marchó para siempre.
Desde ese
suceso, en la ciudad se daban el lujo de decir que por su principal equipo
había pasado alguna vez el jugador más grande de la historia. En Barranquilla
siempre lo quisieron como uno de los suyos, consciente de que por más de un mes
Mané Garrincha había vivido en la
ciudad y caminado por sus calles. Enterado de esa historia original, y de que
había muerto en Río de Janeiro un 20 de enero de 1983, Manuel Deluque sintió
que podía ver el fantasma en pena del jugador carioca ahora en los alrededores
oscuros del estadio cercano, donde había dejado unas horas de su vida. No entendía
por qué durante ese recorrido rápido por allí, en medio de una gran soledad, se
le vino algo así a la mente. Sólo que en ese momento se acordó de que iba con
una bella mujer, que merecía mucha más atención que pensar en eso.
Ángela Guzmán
parecía estar en otra parte, pero bastaba mirarla un rato a la cara para
reconocer que sabía lo que él dejaba de pensar. Se sentía muy feliz a su lado,
y trataba de ir lo más despacio posible, porque lo único que deseaba era estar
todo el tiempo con ella, amarla, sentirla, crear un recuerdo a costa de su
cuello delicado, para después al día siguiente tener en qué pensar
agradablemente sin necesidad de abrir los ojos. La historia de amor que vivían,
a pesar del alejamiento de las galaxias, de las supernovas repentinas y de los
cuásares que expulsaban los agujeros negros, era lo más admirable que estaba ocurriendo
en ese momento en el Universo. La razón es que estaban a punto de dar el paso,
que los uniría por siempre. No había mejor oportunidad que ésa para dejar de estar
fingiendo que eran amigos, y se miraron a la cara con más entusiasmo,
reconociendo lo que tenían por dentro, y para Manuel Deluque la sensación de
que se iba a morir si no se echaba en sus brazos, era tan real como el frío de
la madrugada.
-Estoy enamorado
de ti –le dijo.
Detuvo el
carro más allá de la calle 72, con la impresionante soledad que destacaba, al
ver la mirada satisfecha de ella. En esos momentos, en más de una hora que llevaban
juntos, por primera vez se miraron a la cara con claras intenciones amarse.
Entonces se besaron de una manera tan espontánea, que incluso la oscuridad que
reinaba en el sector no les dio miedo sino más ganas de abrazarse con
comodidad. Ángela Guzmán era más natural siendo la nueva novia suya, por lo que
se dejó tocar por donde él quiso, sabiendo que el hombre que la acompañaba era
bueno, y que el deseo que sentía por ella era como el mismo calor que en
delante le tenía que dar. Con la seguridad de que la mujer que tenía al lado ya
le había dado mayor muestra del gran amor, Manuel Deluque tuvo una fuerte
emoción, al sentirla entrar con toda y alma en su corazón. No entendía cómo
podía estar enamorado de una mujer a la que apenas acababa de conocer esa
noche, y ella lo consoló diciéndole que el amor era así, embrujaba, cautivaba
por su sorpresa, porque aparecía cuando nadie lo esperaba en el cuerpo.
Hablaron otras cosas más, pero él siguió lamentando los años que habían pasado
para que le sucediera eso. Hasta le pidió no ir nunca a su casa, sino quedarse
allí en ese carro, viendo surgir la luz del sol para que el resto de los seres
humanos descubriera a la pareja más feliz de la vida, y volvió y la besó, y la
abrazó mejor, y la quiso más que Dios que la había hecho nada más para verla.
Estaba seguro de que con una mujer de ese glamour, podía ir a cualquier lugar
de la vida, pasar años sin comer, sin beber agua y hasta sin dormir, con tal de
no perderse ni un solo segundo del amor que daba, que era lo mejor que le podía
ocurrir a un hombre. Su oportunidad de amarla dejaba entrever que el presente
era superior al pasado, y al futuro, y era lo más parecido a un sueño del que
para su felicidad infinita aún no acababa de despertar.
El carro
comenzó a andar, no por temor al peligro de los gamines sino porque querían ir
regando la cascada de aquel amor por toda la ciudad. Ella resplandecía de la alegría,
y se dejaba besar de él aunque estuviera manejando, porque estaba seguro de que
en ningún caso le tenía miedo a la muerte, siempre y cuando se fuera al mismo
instante con ella. «En realidad –diría él después-, yo era el hombre más feliz
del mundo al lado de esa mujer.» Se sentía privilegiado, y no quiso creer cómo
pudo tener tanto tiempo una vista sin la cara de ella. Sintieron la brisa, que
parecía venir en contra porque iban dentro de aquel carro descubierto, e
imaginaron que procedía de alguna parte desconocida, para oxigenar ese episodio
que ellos vivían y creaban cada vez más de tanto vivirlo. De alguna manera,
tenía que venir del río, aquel cuya corriente circulaba más lento en su cauce
por esa ribera, desde que había vuelto a aparecer en el mundo alguien tan especial
como ella. Se imaginó que la gente que vivía en Barranquilla o llegaba de
visita, y no veía a Ángela Guzmán, en verdad no había conocido bien la ciudad.
Pensó que era mejor así, porque entonces nadie estaría ambicionando lo mismo
que él. Nada podía hacer idear que aquel amor no duraría por siempre, y Manuel
Deluque había sentido tanto el fantasma de la pasión, que pensó que la única
manera de olvidarse algún día de ella era porque le robaran la cabeza.
Algunas
personas, que días después conocerían aquella historia de amor que le dio la
vuelta al mundo, se darían a la tarea de recorrer el mismo camino que ellos
emprendieron. Fue como querer comprobar con los propios ojos que Manuel Deluque
no había ido solitario en aquel jeep a altas horas de la noche, pues nada hacía
comprender que hubiera vivido el afecto extraordinario con alguien que los
demás no podían ver, y tan bien como la podía ver él. Incluso, les preguntaron
a ciertos individuos de los establecimientos cerrados y algunos gamines si no
habían visto tal madrugada un jeep de tal color subiendo por esa carrera, y
nadie pudo dar una respuesta lógica, por la razón de que si algo había pasado
cerca de ellos, fue un fuerte viento que les hizo sentir puro miedo. En una
ciudad tan grande como Barranquilla, que un carro de esa marca circule por tal
parte es algo normal, de manera que tener memoria para acordarse de uno solo es
cosa de locos, porque si algún indigente lo hubiera mirado era por la belleza
de la muchacha, que nadie recordó haber visto por allí para enamorarse más de
la madrugada. La verdad es que pocos creyeron en la versión de Manuel Deluque,
y más bien creyeron que se estaba inventado ese cuento de amor para tratar de
darle celo a Elizabeth Linero. Pero él insistiría por siempre en que era algo
cierto, y durante un tiempo la estaría buscando vuelto loco en muchas partes,
para demostrar que sí era verdad que alguna vez hubo una madrugada diferente.
Mientras tanto, por suerte para él, esa noche que estaba viviendo no se había
acabado, y todavía tenía la dicha de vivir en carne propia el romance más
grande de todos.
Estaban
todavía lejos de llegar a la casa de ella, por lo que el amor que vivían era
suficiente para tener la certeza de que aquel trayecto era el reloj de arena
que dejaría medirlo a plenitud. Ángela Guzmán con su sedoso cabello suelto
estaba más radiante desde que él la había besado, dándole fuerza a lo que
decían los filósofos griegos de que el amor sentido por dentro, aumentaba como
las nubes que estaban a punto de llover la gran belleza de una mujer. Era
increíble que eso pasara, y él pudo comprobar que el resplandor de su hermosura
lo iluminaba más que la luna llena. Algo había trascendido en su apariencia, ya
que la manera en que ella se había transformado era sobrenatural, difícil de
explicar, de descifrar en ese instante que lo había hechizado, porque todo
aquél que la besaba una vez en la boca estaba condenado a quererla por siempre.
En un momento se acordó de algo interno, que lo hizo entrar con una balsa en el
río de la nostalgia.
En el pasado,
había caminado por las calles de Barranquilla, triste, desconsolado, pensando
que nunca iba a ser un hombre de buenas en el amor. Se preguntó si él, un joven
de ascendencia guajira, tendría suerte con las mujeres como la mayoría de sus
amigos, pero en vista de que pasaban los días, los meses, los años, y nada
nuevo aparecía en su vida, mientras sucedía el triunfo de pasión de los demás
en los parques, tuvo la sensación de que no había nacido para ser un
protagonista del amor sino un lamentable testigo de él. Al ver a las parejas
tomadas de las manos, corriendo y besándose muy felices, tomó la decisión de
que algún tenía que ser alguien importante en la vida, para que al menos una
mujer interesante se fijara en la camisa cara de marca Alberto VEO 5 que
llevaba puesta. En esa definición, así fue su pobre existencia, vacía, falta de
ánimo, pero cuando comenzó a tener sus primeras novias, tuvo en cuenta que con
la que se iba a quedar toda la vida tenía que ser una en especial. «La mujer
más bella de la historia», pensaba bien. En el fondo no se imaginó cómo era,
cuántos años tendría, de dónde vendría o si en verdad la que correspondía a su
imaginación existía. Sólo estaba seguro de que en cualquier momento aparecería,
gracias principalmente al poder del pensamiento positivo de él.
De manera que
en esa oportunidad, al ver el gran ejemplar que la tenía a su lado, tenía una
fuerte razón para estar satisfecho por el cumplimiento de esa ilusión. Al lado
de ella, abrazándola por la seguridad que le daba saber que era su novia, se
sentía la persona más afortunada que se pudiera imaginar, sintiendo que ese
amor era algo tan real, que ninguna mujer que estuviera muerta lo podía
despertar. La fantasía que ella presentaba lo tenía feliz, y en cualquier parte
donde estuviera la iba a amar con la misma fuerza, porque el poder que emanaba
desde el fondo de su alma era algo que lo gobernaba por completo, y creía que
si ni siquiera ella hubiera estado de forma material, habría podido escapar de
esa increíble energía que la hacía existir al lado de él. Ángela Guzmán debió
notar lo que él estaba sintiendo por dentro, concluyendo que el hombre que
tenía no estaba loco sólo porque se aceptaba que estaba enamorado. Cerca de
ella, quería decirle mil cosas pero siempre terminaba diciendo algo parecido.
-Te amo más
que Dios.
Ángela Guzmán
sonrió, con inocencia.
-Lo sé –dijo-,
pero tenía que escucharlo de tus labios para que fuera cierto.
-Me gusta que
lo sepas –dijo él.
Por un rato
hicieron silencio, en medio del viento frío, y siguieron viendo el fugaz
paisaje de una ciudad contaminada ya de tanto amor de los dos. Su cabeza con el
cabello largo estaba en su hombro derecho, y Manuel Deluque sintió que ella lo
hacía más varón de lo que era, y le agradeció a Dios porque las grandes cosas
que él creaba en el cielo las podían amar los hombres en la tierra. Le daba
miedo de que ella se quedara dormida, pero era imposible, ya que la pasión
resplandeciente que le daba él hacía posible que sólo estuviera despierta y
viva. Le dijo que se volteara a mirarlo, y eso hizo ella. Al verlo, pudo ver
reflejado en sus ojos marrones todo lo que le ardía ya por dentro.
-Contigo voy
hasta el final de la vida –le dijo él.
Era
indiscutible, porque desde que la había besado en los labios, Manuel Deluque
sintió que el mejor momento para su alma había ocurrido, y sin más testigos que
ella misma. Supo que así había sido mejor, porque el verdadero milagro fue real
gracias a eso, frente a una hembra de belleza felina que le demostró con su
correspondencia que quizás el amor infinito que él sentía hacia ella, era lo
único superior a su belleza. En realidad, lo que quería Ángela Guzmán era que
aquello fuera aprovechado, porque estaba completamente segura de que ese amor
había sido inventado para ser consumado de noche. De esa forma, se dejó amar y
besar en aquel carro andando con la misma facilidad con que él lo imaginaba, e
incluso, cuando tocó sus senos, sintió la energía que la hizo estremecer y considerar
que la vida era lo mejor que le había sucedido alguna vez. Se besaron
nuevamente, y estuvieron a punto de chocar contra un alto andén que habría
dejado por completo dañado al carro, pero que hubiera sido el mejor rastro para
convencer a los demás incrédulos que sí fue verdad lo que ocurrió esa noche.
En algún
momento, Manuel Deluque llegó a presentir que aquello que estaba viviendo sólo
le iba a suceder en una ocasión en la vida. Lo había notado cuando razonaba que
tanto amor, no era algo que pasara con frecuencia en un mundo de problemas, y
que además ella era tan fácil de amar que parecía haber salido de la nada. «Era
como ir al lado de alguien que sólo yo imaginaba», diría después con
sinceridad. «Pero cuando pasaba una nube y la luna llena pegaba en su rostro,
me era suficiente para comprobar que era real.» Aunque al sentir su
respiración, estimular su pasión animal y rozar su piel delicada, se daba
cuenta de que era tan humana como él, transmitiendo algo que le aseguraba que
ella era una hija de la noche, que se iba a ir con el manto de la oscuridad
antes de llegar el día. Por eso diría que era ir casi al lado de un fantasma,
porque en vez del calor el frío aumentaba en su cuerpo a medida que él la
amaba. Tener eso en cuenta lo hizo sentir un poco de miedo, sobre todo cuando
fue consciente de que ella estaba sonriente. En verdad, fue como si la mujer
desconocida, que había pasado como un relámpago a ser su novia, se hubiera
enterado de la duda de existencia que tenía él con respecto a ella.
Sabiendo que
en cualquier instante podían llegar, Manuel Deluque quiso hablar con ella
ciertas cosas de su pasado, para poder hacerse también una imagen de cómo era
en la luz de la mañana. Sólo que Ángela Guzmán, más experta en las cosas de la
pasión, le hizo ver que lo único que tenía sentido era ese momento. Por esa
razón volvieron y se besaron, de forma sofocada, hasta tener la sensación de
que amarse era lo mejor que les había sucedido a ambos, y pensaron que aquel
amor era tan grande que, de algún modo u otro, al día siguiente podía aparecer
en los periódicos. En medio del recorrido, Manuel Deluque tuvo la seguridad de
que ella le había demostrado hasta un límite lo que podía hacer por él, y que
aunque esa noche la llevara a su casa, podía ir a la suya tranquilo y saber que
una hermosa mujer bajo los rayos del sol todavía tenía alma para pensarlo. El
tiempo no pasaba tan rápido, y eso lo tranquilizaba más que la brisa imprudente
que quería echar el carro hacia atrás, para que el amor demorara un poco más.
En realidad,
era casi mentira que en todo ese recorrido no hubieran visto una sola alma
humana, estando en la ciudad de Barranquilla, un lugar que no duerme ni de noche.
La única explicación posible, es que muchas personas se hubieran ido a dormir
temprano para soñar con ese gran amor que vivían ellos dos. Era algo que nunca
había visto, ni allí ni en otro lugar apartado que recordaran. «Parecemos las
únicas personas vivas», dijo él. Así lo pensó Ángela Guzmán, estando totalmente
de acuerdo con él.
-Aunque seamos
los únicos dos seres que queden –dijo de todas maneras ella-, tenemos el amor
suficiente para volver a crear la raza humana sobre la tierra.
En conclusión,
tenían suficiente ardor para quererse siempre, aunque ella era bastante clara
con respecto a aquel amor, sólo podía tener protagonismo en la soledad de la
noche. Para Manuel Deluque, con ello le estaba manifestando que una noche
cualquiera, ella podía ser la hembra que aparecía en la cama para llevar a cabo
un acto que tanto imaginaban los hombres, que al final siempre cumplían en la
vida. Si eso era así, entonces no veía razón para seguirle dando tan despacio
al carro, y pensó que lo mejor era que llegaran al barrio de ella, porque a
pesar de su valentía, una mujer así debía estar bajo techo, protegida de tantos
espíritus de muertos en la calle que al no tener vida, no podían amarla bien
como él. Incluso, si comenzara a dormir, se acordaría por dentro de que era un
sueño, y sería bien consciente de que ella se le entregaba desnuda para sentir
mejor el amor. La sensación que tenía, era que la mujer que tenía a su lado
quería acompañarlo esa madrugada en el carro, pero también quería llegar a su
casa temprano. Se concibió un poco respetuoso, como si fuera la primera vez que
ella sentía algo serio por alguien, que no estaba tan precipitado en abusar de
su piel.
De repente en
el camino que terminaba, después de cruzar la calle 84, Manuel Deluque comenzó
a sentir un miedo oscuro, la amenaza de algo sobrenatural, aunque como él mismo
lo reconoció, creía que se trataba por la expectativa de llevarla y no volverla
a ver nunca. Estaba lejos de saber cuál era la verdadera razón de esa zozobra,
y al mirarla a la cara, sentía que estaba hablando con alguien que sólo él
veía. Era como si a pesar de todo, quisiera que otro viera lo que él estaba
viviendo, para coincidir en que se trataba de algo real, ante la verdadera
protagonista de una historia de amor que lo estaba arrastrando irrevocablemente
al destino más peligroso. De paso, notaba que ella misma con inteligencia debió
intuir qué pasaba, y entonces le sonreía, para que él comprobara que era como
cualquier persona que por estar viva se había ganado el derecho de estar a su
lado. El sentimiento de ir con una extraña que no era de esta vida, por muy
bella que fuera en su imagen, lo hizo conjeturar que podía estar dirigiéndose
directo al otro lado. Pero él mismo aceptaba que cualquier cosa hubiera
permitido, siempre y cuando fuera tomado de la mano de ella, para sentir menos
la muerte. Era de lo cual se sentía complacido, a pesar de lo desconocido e
inexplicable que resultaba eso que le estaba ocurriendo, en la noche más
increíble que tuvo.
En el barrio
Los Nogales, Manuel Deluque sintió más confianza, porque explorar el lugar
donde ella vivía, era conocer parte del verdadero itinerario de su vida. Casi
no decía nada, porque después de besarla, sabía que ella sentía cada palabra
que él estaba pensando. Al mirarla, le respondía sonriente, habiendo
descubierto que él planeaba amarla para siempre. El aire estaba frío, sin bajar
la temperatura, pero no le importaba, ya que aquel ambiente era el que le había
tocado vivir con todos sus fenómenos, y estaba desesperado ahora con llegar,
para conocer el espacio donde ella siempre había estado viviendo antes de él
conocerla. El panorama era sólo de los dos, algo que aterraba, pero que a la
vez lo contentaba porque servía para quererse. Ella le iba indicando el camino,
y él se alegró cuando supo al ir llegando que no iban para otra ciudad, sino
que por fortuna vivía en Barranquilla. Aquel sector era conocido por él, pero
jamás se imaginó que una mujer como ella podía existir por esos alrededores,
sin cambiar el mundo.
Al llegar
frente a una casa que estaba al lado de una esquina, Ángela Guzmán le dijo que
era allí. Saber que había llegado la hora de despedirse de ella, fue algo
doloroso para él, tan acostumbrado a su compañía como si hubiera sido una mujer
de toda la vida. Aún así, se quedaron otro rato conversando en el carro,
despiertos, animados, sabiendo que si querían se podían quedar allí el resto de
la noche, en medio del aire frío, dándole más sentido a una vida que a veces no
parecía tener sentido, amándose bien, intercambiando palabras consagradas,
conociéndose en serio mucho mejor, para que la próxima vez en que se vieran se
reconocieran rápido hasta por la circulación de la sangre. Cualquier cosa que
hablaban quería alargarse, con un entusiasmo inusitado. Sólo que ella tenía que
irse, así que Manuel Deluque, sin despegar la mano del timón, le pidió que no
se bajara, que se quedara con él. «Por favor», le dijo. La miró a la cara, para
convencerla, aunque Ángela Guzmán, carismática, pero consciente de que ya tenía
que partir, le dijo que no se preocupara, porque siempre iba a estar cerca de
él, y en esos momentos se acercó al muchacho y le dio un gran beso en la boca,
que encendió nuevamente el amor que le pertenecía a los dos. Ella sonrió una
vez más, algo que ya era natural, y buscó la manera de abrir la puerta y
dejarlo como el hombre más solo que recuerda la historia del mundo. Se bajó en
ese estilo, tocando el suelo con sus tacones, pero dejando en él una sensación
de frialdad que reconoció en seguida, ya que su compañía lo había mal
acostumbrado a respirar exclusivamente al lado de ella, a hablar siendo oído
por ella, a sentir el mismo amor que sentía ella, y cuando vio que se alejaba
tuvo el convencimiento de que prefería mejor la muerte, antes que volver a vivir
alguna vez sin su presencia.
-Nos vemos
mañana –le dijo ella.
En la acera,
Ángela Guzmán sacó las llaves de la cartera y abrió la reja. En ese momento, ya
dentro de la terraza y aún con la chaqueta puesta, se volvió a verlo al
considerar que estaba dejando en pena eterna a un hombre que con mirarla se
sabía muy enamorado, completamente perdido ante su aroma de rosa fresca, que
había tenido el placer de tocarla, después de procurar ella tener el encuentro
con alguien que por fin la amó más que la vida, que era lo que en efecto
quería. Éste sentía que el instante en que iba ella a desaparecer de la vista
en la oscuridad de la terraza era algo latente, y trató de mirarla mucho para
cuando eso sucediera, seguir viéndola con igual claridad en la mente. Ella cruzó
el jardín, andando normal, y se hacía para el desamparo del compañero cada vez
menos visible. Se acercó a la puerta de la casa para también abrirla con otra
llave, y antes de girarla, volvió la vista de nuevo a él y se despidió con un
gesto de la mano. Desde el carro, Manuel Deluque con claro dolor le hizo igual
despedida, concibiendo que era un cobarde, que debió llevarla a otro lugar
donde hubieran amanecido juntos, y no a uno donde nadie la estaba extrañando
del modo en que él la comenzaría a extrañar a ella, sintiendo un pesar y una
dolencia en el pecho como si fuera la última vez que la estaba viendo. Al abrir
la puerta de la casa y entonces entrar, Ángela Guzmán desapareció en la
infinita oscuridad para siempre, sin tener la menor idea de que el ser humano
que quedaba afuera sentía unas ganas de llorar por no haberla seguido hasta el
final de su destino, y conocer de esa manera ese ámbito interior que a ella le
era tan familiar, porque era natural que en esa situación lamentable se quedara
cualquier hombre después de haberla conocido.
2
Desde niña, Ángela Guzmán era
una persona que emanaba una fuerte luz que afectaba a los demás. Sus padres
pensaron que era especial, y desde siempre se dedicaron a criarla con esmero y
sumo placer, igual que si fuera un deber hacia alguien que ya anunciaba que
algún día le iba a pertenecer también a toda la humanidad. Esa imagen singular
la distinguió del resto de las personas, y desde el principio de su vida notaba
que la gente la miraba más de la cuenta, aunque ella misma nunca se imaginó que
era por su hermosa apariencia sino por la curiosidad que despertaban todos los
niños a su edad. Era atenta con esas personas, y su madre se sentía muy
orgullosa de haber traído esa hija al mundo porque lo puso a girar mejor. Era
la alegría de la casa, de una manera tan significativa, que bastaba con que
apareciera en la sala para que los demás la miraran asombrados, como si en esos
momentos fuera lo único que comenzaba mágicamente a existir. En cualquier lugar
donde se encontraba, ya parecía tener el brillante protagonismo que la iba a
caracterizar desde entonces, y ponía a pensar a los menos pensantes en que la
única razón para que alguien fuera así tan bella, era porque sin lugar a dudas
había sido concebida por sus padres con mucho amor.
En realidad, aunque no
pareciera darse cuenta, desde temprana edad ella misma sintió que era un ser
único y lleno de gran encanto, porque sus hermanos mayores siempre trataron de
tenerla en todos los juegos donde brillaba intensamente, aunque si dormía no la
despertaban, si se enfermaba nadie jugaba, ni con otras cosas distintas se
alegraban, y cuando estaba afuera las personas que pasaban por la terraza se
quedaban mirando un buen rato a aquella pequeña, cuyo brillo quedaba en la
retina como si fuera un pedazo del sol. Su cualidad de ver la vida desde los
primeros días, supuso la alegría total para sus padres, quienes no vacilaban en
asegurar que el nombre que le habían puesto no era por pertenecer a un miembro
de la familia ni a alguien más que conocieran, sino porque desde siglos antes
sólo había pasado por muchas personas comunes, adecuándose de esa manera hasta
cazar perfectamente en ella. «Eres la luz de la casa», le decía feliz su madre.
De modo que esa atención que recibió desde que tuvo conciencia, hizo que fuera
alguien que tenía el compromiso de ser la alegría de los demás seres humanos, incluso
su abuela, quien en su vejez cada vez que la veía y la bendecía por tanta
belleza que de alguna forma viajó desde sus entrañas, consideró en serio que el
único hombre que podía casarse con ella tenía que ser un hermoso príncipe de
una nación lejana. Su inteligencia enriquecía más esa sensación de que era
impar, y aprendió a hablar a una velocidad sobrenatural, a cada cosa la llamaba
por su nombre, podía recordar sucesos que los adultos ya ni siquiera sentían
tener en cuenta en sus mentes, y cantaba tanto las canciones que estaban de
moda, que los que la escuchaban se las grababan más por ella. Quienes al llegar
a la casa y la veían, se ponían a observar con atención a aquella muchacha de
cabello claro y largo que casi le arrastraba al suelo, hasta que también tenían
la sensación de ser pensados por ella.
Leandro Guzmán era un abogado
que estaba pendiente de todos sus asuntos, pero al llegar a la casa sentía que
la niña que lo agarraba tierna de los pantalones era el único sentido que tenía
en la vida, estando más en su mente que su propio pensamiento de ser él. Desde
muy joven, cuando apenas estudiaba derecho en la Universidad Libre, anheló ser
un buen padre, de los que eran más responsables, y más tarde al ver la hija que
tenía sintió que Dios había escuchado sus ruegos y hasta se había pasado en el
regalo, porque con la pequeña Ángela no había necesidad de ser el mejor del
mundo para actuar como tal con gran facilidad. La amaba mucho, se lo hacía
sentir al tocarla, comprobando en carne viva que nada había en la vida mejor
que ella, alguien que no necesitaba crecer nunca para demostrar ya toda su
luminosidad incandescente. En la calle, era un hombre muy ocupado, andaba
resolviendo los problemas de toda clase de personas, que lo asediaban por su
importancia, se había ganado un prestigio en la sociedad local, salía de vez en
cuando en las páginas sociales del principal diario, mientras sus buenas
amistades abundaban por doquier, siendo normal verlo entrar en lugares donde
por su prestigio era confundido con las mismas leyes. Pero al regresar a casa,
era un hombre diferente que encontraba en el calor familiar el aire suficiente
para seguir más vivo.
En pocos años, había logrado
acumular una pequeña fortuna que asombraba a amigos y colegas, y le cambió el
interior al conocer a Bertha Simanca, la única mujer que al ser vista por
primera vez por él, le hizo creer que podía vivir junto a alguien toda la vida.
Ésta, al conocerlo, no sintió en cambio lo mismo, aunque opinara que con un
abogado siempre estaría a salvo de cualquier problema. Estaban hechos eso sí el
uno para el otro, lo que él interpretaba como el exacto mensaje de que había
conocido a la otra persona que lo hacía mejor persona. Nunca antes se vio una
pareja tan igual, que coincidiera en todo. Incluso, en el lugar donde se
conocieron.
Fue una ocasión de lluvia en el
centro. Al igual que siempre, la ciudad estaba paralizada, totalmente en caos,
porque la lluvia fuerte que se desgarró del cielo con descargas eléctricas,
trayendo truenos y relámpagos desmesurados, asustó nuevamente a todos por las
consecuencias desastrosas que dejaba, de las cuales siempre se hablaban más que
de la precipitación anterior. El arroyo de la carrera cuarenta y cuatro estaba
aumentando, y muchas personas iban desapareciendo pronto del panorama, por
miedo de mirar una fuerte corriente que podía llevarse a cualquier humano que
se atreviera a medio desafiarla, y porque entre más se le prestaba atención más
parecía estar creciendo. Estaba entrado él en una oficina, cuando se dio cuenta
de que una mujer solitaria, como un triste náufrago con el paraguas, trataba de
protegerse bajo la lluvia. En seguida, supo que era la mujer de su vida. De una
manera un tanto habilidosa, le dijo que pasara, en un gesto formal, algo que ella
hizo por miedo de seguirse mojando, pero entonces al interior del lugar, cuando
él hablaba con la persona que tenía que hablar, estuvo más pendiente de ella.
Mientras atendía ese asunto importante, escampaba en una ciudad que no volvería
ser la misma, porque aunque siempre había algunos ahogados, algún individuo
fuertemente electrocutado, algún viejo que desde su silla había caído víctima
de un infarto al escuchar una centella que paralizó su vida, nunca había
quedado nadie tan enamorado. Al salir, fueron a una refrescaría cercana, donde
se enteró de que la mujer que estaba enfrente no tenía siquiera un novio en la
mente. Intercambiaron historias, donde no faltó el tema de la lluvia inclemente
que dejaba a gente sin techo, a algunos desamparados y a dos seres como ellos
enamorados, y él siempre habría de decir hasta el resto de sus días que gracias
a un arroyo urbano que no los dejó pasar la otra calle, se había apasionado. Se
sintió entusiasmado, le pidió su teléfono y quedaron con la sensación de una atractiva
amistad que podía prosperar más allá de ella, si se daban prisa.
Al día siguiente, cuando abrió
la puerta de sus padres en el barrio Los Andes, se dio cuenta de que quien
tocaba era él. Estaba bien vestido y apuesto, despidiendo un olor a perfume Paco
Rabanne que encantaba con vanidad hasta a una esquiva mujer, y no cabía duda de
que se lo había echado a puro propósito. Según dijo, quería llevarla a conocer
una parte de la ciudad. «Un lugar donde yo me pudiera enamorar más de él»,
diría ella después. Aceptó ir, porque aquel hombre al que apenas conocía le
transmitía una verdadera confianza, tanto que si hubiera sido un animal salvaje
y fuertemente depredador como un tigre de bengala, le hubiera entregado de
todas maneras su vida porque sabía que por mucho que la sacudiera con sus afanosas
garras no se la iba a comer. En realidad, él estaba dispuesto a demostrar su
caballerosidad de una forma más bien pasajera, porque ella no parecía merecer
su amistad sino su gran amor. Le dijo quién era, qué hacía, cuáles eran sus
aspiraciones, para que sintiera la confianza de estar frente al hombre más
bueno que podía conocer. En serio, eso pudo surtir efecto, porque ella también
le contó cosas reservadas de su propia vida, que enamoraban como su apariencia
morena. En poco rato, ya parecían estar más cerca y decían que sí, que eran
amigos, idea que a ambos no les llegaba porque cuando se miraban a la cara
veían sus almas con tal claridad, que estaban seguros de en lo que se estaban
convirtiendo. En esa ocasión, y después de haber cedido inevitablemente al imán
del amor, se besaron por primera vez.
La relación enamoradiza duró un
tiempo, el adecuado para comprender que tenían el suficiente apego que les iba
a alcanzar para toda la vida. Se vieron en muchas ocasiones, pero siempre
coincidían en todo, como la vez en que él apenas pensó decirle la forma en que
pretendía amarla y darle todas las cosas de la vida que se merecía una gran
mujer, y ella al verle la intensidad de la mirada le dio las gracias por sus
buenas intenciones. Lo mejor de eso, es que los padres de ambos se agradaron de
forma mutua, como si incluso antes de ellos conocerse hubieran sido grandes y
viejos amigos que decidieron unir la suerte de sus hijos, para mezclarse en una
sola línea de sangre. Se dieron cuenta de que él era el hombre de su vida,
porque además de trabajador era alguien muy humano, que cumplía sus compromisos
de una manera ejemplar, ganando fama en su profesión, aumentando la
interminable clientela, a la que a veces le robaba tiempo para poder estar a
solas con ella, hablando siempre del futuro porque habían descubierto que era
bueno. Éste, por su parte, sintió que había conocido a su verdadera mujer, ya
que desde que era su novia se comportaba de una forma tan reservada, que desde
entonces sólo salía de la casa de sus padres cuando aparecía en la puerta él.
En una ocasión, en un lugar donde estaban solos, él en medio del ardor pudo
entrar con triunfo en la parte donde ella era más pensada, y para su
complacencia mejor la sentía, pero al terminar Bertha Simanca lo cogió, venga
para acá, quédese un rato aquí, mostrando su sapiencia, dejando en claro cómo
en adelante serían las cosas, haciéndole prometer que sería su marido. De paso,
escucha bien esto amor, tenía que esforzarse en hacerla valer, en sacarla de
allí a plena luz del día, dándole el debido respeto, para que la gente viera
que no era una mujer de paso sino de muebles. Cuando tuvo conciencia de eso,
antes de él cumplir los treinta años, la llevó en seguida a vivir a aquella
casa del barrio Los Nogales, donde vivieron los días más bonitos mientras
estuvieron juntos, haciendo más amistades que estando solos, y recibiendo buena
simpatía de los vecinos que los distinguieron en seguida por esa relación. Era
el comienzo de una nueva vida, que de alguna u otra manera los sedujo, pensando
él que nada había mejor que vivir siempre unidos, y que si alguien o varios los
acompañaran de ahora en adelante era porque tenía ganas de hacerlos.
Mientras su esposa estaba
embarazada, Leandro Guzmán se sintió salpicado por el atractivo ineludible de
otras mujeres, y no dudó de caer en la tentación, porque era sabido que era
rodeado por su reputación de jurista, aunque después de un furtivo encuentro
con alguien al llegar a la casa sintiera rencor consigo, cuando veía la cara de
una buena mujer que parecía amarlo más que a sí misma. En aquellos días, su
imagen de hombre derecho iba creciendo con bastante fuerza. Su mujer, en
cambio, se iba haciendo la dueña para siempre de la espaciosa casa. En su
interior, sabía que el hombre que vivía a su lado era de lo más ejemplar, y
trató de estar más pendiente de cómo era adentro que afuera, en la
incertidumbre de la calle, donde lo que sentía por ella también terminó
teniendo fuerte justicia. Al estar a punto de dar a luz a su primer hijo, se sintió
mejor asistida que al ser la novia que trataba de contentar en la oscuridad del
cine. En la clínica, Leandro Guzmán cargó a un pequeño al que le puso John,
igual que su abuelo, y que le hizo sentir el hombre más afortunado. La razón es
que siempre había querido tener un hijo, y consideró su deseo cumplido con
aquel bebé que comenzó a llorar en sus brazos, al sentir que lo alejaron del
calor de su mamá. La relación de la pareja aumentó mejor con eso, y cuando supo
a los meses que ella estaba embarazada de nuevo, se sintió emocionado de
verdad, porque ya comenzaba a sospechar que aquella mujer que le había tocado
como esposa, le iba a dar unos grandiosos hijos que parecían salir de su
imaginación. Así nació Martha, una niña que al crecer mostró un cabello negro y
brillante, con un color muy blanco de piel que nadie quería dejar de mirar como
si fuera nieve. Tener dos hijos lo hizo sentir un hombre más responsable, más
comprometido con su trabajo para poder mantener el sustento diario, y ahora en
cambio si estaba afuera, andaba más pendiente de lo que pasaba en su casa que
de lo que sucedía en la calle, donde sólo lo buscaba la gente que estaba llena
de líos y pleitos. En efecto, Leandro Guzmán era un hombre diferente al llegar a
su casa y no se sentaba en el comedor donde estaba servido el almuerzo, porque
primero iba a abrazar a aquellas criaturas que dejaban ver que no habían venido
al mundo con la intención de ser algún día grandes, sino más bien para hacerlo
feliz a él. La pequeña Martha le daba un sentimiento de protección que no había
sentido nunca, y dormía con ella en medio de él y de la madre, y se acostumbró
a escuchar su llanto de amargura como una manifestación de la ternura que se le
tenía que dar.
Sin embargo, si hubo un
embarazo con el que iba a suceder claramente algo diferente, fue el tercero. Su
mujer demostró tener una habilidad para valerse sin necesidad de alguna
empleada de servicio, barría, trapeaba y cocinaba bien el arroz de pollo que
tanto le gustaba a él, y desde las primeras semanas actuaba de verdad como si
no tuviera nada que no fuera de ella. Fue tanto el entusiasmo por ese nuevo
hijo, que ambos prefirieron dormir bien apartados en la cama por las noches,
para darle el mejor trato posible a esa criatura en formación, que una
madrugada lloró por dentro. Parecían cosas de la fantasía, porque Bertha
Simanca embelleció claramente con aquel embarazo poco común, y hasta su madre,
hermanas y amigas de confianza, a pesar de que la vieron engordar demasiado en
las piernas que arrastraba descalza, pensaron que en su matriz se estaba
desarrollando la mujer más bella de la especie. En ningún momento ella pensó en
eso, porque siempre había anhelado tener un hijo o una hija, que fuera
inteligente, como su padre, noble, como su madre, y querida, como sus dos
hermanos, pero nada tan llamativa como una blanca rosa. A los cuatro meses
estaba tan acostumbrada con el embarazo, que seguía siendo feliz en la cama
junto a su esposo sin que nada los estorbara, y presentía luego en su soledad
que aquel bebé que tenía dentro, que había sido creado con amor, masajeado con
amor, al nacer despertaría en los demás todo el amor del mundo. No se
equivocaba, de verdad, porque sentía que lo que crecía en su útero era sin
dudas algo fuera de lo normal, y pensó que para que alguien inspirara todo ese
amor posible, entonces tenía que ser una hembra. Esa sensación la fue
confirmando al tener unos seis meses, y se fue peinando por mucho tiempo el
cabello suelto, sacándose las cejas, tiñéndose las pestañas, maquillándose bien
ante el tocador y volviéndose con el pintalabios más hermosa de lo que era,
para que su hija aprendiera los secretos más recónditos de la belleza que tanto
le servía a una mujer en la vida, desde que estaba en el mismo vientre. Sentía
que la criatura se enteraba de eso, y la amaba sin conocerla, y no se preocupó
en absoluto por ponerle un nombre, ya que al verla nacer todas las personas que
la rodearan, sabrían en seguida cómo había que llamarla.
El día del nacimiento, fue una tarde
que todos recuerdan. Leandro Guzmán dejó de lado un asunto de poca importancia
que estaba atendiendo en el centro de la ciudad, y corrió a la clínica a
conocer la niña de su vida. En verdad era niña, como ya lo sospechaban, y la
vio tiernamente dormida a un lado de su amada esposa, que sonreía satisfecha
por ya reparar la más grande manifestación del amor que despertaba en su
marido, antes incluso de verla. Tenía el cabello castaño algo largo, amarrado
al cuello en su distinción de una clara heredera a reina, y desde que la vio
durmiendo con los ojos cerrados comprendió que aquella hija sería lo que más
iba a querer en la vida, porque su sólo nacimiento había causado que sucedieran
cosas extrañas en el mundo, como que fuera a las dos en punto de la tarde.
«Nunca había cargado en sus brazos una cosa tan hermosa», diría la viuda
acordándose de eso. En el mismo cuarto de aquel centro clínico, delante la
abuela materna, su alegre cuñada y la enfermera, supo cuál nombre iba tener. En
realidad, cuando lo dijo, ya lo estaban esperando.
-Se llamará Ángela.
Los demás celebraron su
elección, y hubo aplausos en general que anunciaban la llegada de una nueva
persona en la historia. Su padre, por supuesto, no cabía de la felicidad.
Entonces la besó, sintiendo una cándida energía que de ahora en adelante le
sería familiar como su alma misma. De pronto, la hermosa niña se puso a llorar,
despertando un sentimiento de protección por parte de las demás personas hacia
su humanidad, que la iba a acompañar durante la vida. Estaban seguros de que
esa hija, sería la más querida de todas las hijas de los hombres.
En la casa, estuvo en una cuna
que se volvería sagrada por haberla acogido durante tanto tiempo. En muchas
ocasiones, Leandro Guzmán no fue a la oficina para quedarse largas horas con
ella, y hasta sus hermanos dejaron de ver con importancia a la madre y al padre
que eran lo más sustancial que conocían, desde que había llegado a la vida de
ellos una criatura única, que con su tierno llanto dejaba al descubierto la
gran obra maestra que era capaz de hacer Dios. Las personas que llegaban a la
casa siempre querían cargarla, a pesar del miedo al mal de ojo, porque era la
única manera de satisfacer ese anhelo de tocarla que ya despertaba desde sus
primeros días. Era de cabello liso, de piel clara y ojos vivos, y parecía amar
a los demás de la misma manera como la miraban. Su madre la trató con igual
cuidado que a los dos hermanos, pero siempre tuvo en cuenta que la vida giraba
en torno a ella, y que los días por fortuna pasaban más lentos, a medida que
gateaba ella detrás de su falda. Estuvo pegada de su pecho casi el año, y
supieron que iba a ser fuerte y sana cuando estuviera grande, porque no le
gustaba más nada. Era inquieta, traviesa y querida, y cuando besaba a los
particulares con ternura en el cachete, dejaba el único recuerdo que nadie daba
para olvidar jamás. La vida en la casa era increíblemente perfecta, y hasta
Leandro Guzmán sintió que no había necesidad de tener más hijos, para ser el
padre más satisfecho entre los hombres. Cada día lo contaba, valorando que a
esa edad el tiempo que pasaba era mejor, y trataba siempre de recordárselos a
ellos. Pero Ángela demostraba ser feliz a cualquier edad, y era tan inocente en
la mirada, que a alguien le dio miedo de que al mismo Dios en cualquier
instante se le diera por llevársela temprano al cielo, al darse cuenta
perfectamente de que era un ángel.
La joven tuvo todas las
virtudes esenciales, que la formaron bien, para que al ser adulta tuviera un
buen recuerdo del hogar. Casi nunca salía a la calle, a la que al lado de sus
hermanos sólo conocía por el resplandor de la ventana que tanto les llamaba la
atención. Veían a mucha gente pasar por el andén, del mismo tamaño de sus padres,
y se dieron cuenta de que el mundo era más que todo de seres como ésos. Eran
felices viendo dibujos animados en el televisor a blanco y negro que había en
la sala, y así conocieron a los primeros amigos de sus vidas, con la única
diferencia de que éstos nunca salían de la pantalla. A veces eran visitados por
sus primos que los indujeron en la búsqueda de duendes, pero sólo cuando más
adelante salían a la terraza y veían a ciertos niños cerca que los quedaban
mirando, del mismo modo inocente como eran mirados por cualquier ser pequeño,
comprendieron que aquel escenario exterior también algún día podía ser de
ellos. Al ser la menor, Ángela era la más consentida, dentro de la casa y fuera
de ella, porque veía a las personas pasar por la calle y quedar un rato
mirándola, lejos de saber que era por una belleza excesiva que, por estar en
esa edad, ella era la única que aún no conocía. Desde que tuvo conciencia,
siempre escuchaba a los padres y mayores que llegaban a la casa, que era una
niña exclusiva, pero casi no sabía de qué se trataba eso, y sólo sentía un
interés hacia la vida cuando alguien le regalaba un dulce, que ella pronto
corría a compartirlo con sus hermanos. Su conocimiento de la vida iba
aumentando sin parar, sin escapar de la inocencia, pero ya sabía por alguna
razón que era un ser especial.
En una ocasión, pasaría algo
raro que quedó en la memoria de la familia. Cuando una mañana de sol ardiente
Bertha Simanca estaba en la calle con su hija, una extraña señora de canas, que
vestía de negro y parecía sólo conocer el sufrimiento extremo de la vida, de
pronto la detuvo. Quedó reparando de una manera un poco misericordiosa a la
muchacha de apariencia llamativa que era cargada, porque admiraba su belleza
real, que ya superaba a persona de cualquier edad. La mujer, como si se tratara
de una seria advertencia, se atrevió entonces a decir: «Cuide mucho a su niña,
que apenas llegará a ser grande». La madre se asustó profundamente, apretó más
a su hija y se alejó rápido, temerosa, aterrorizada, pero siempre pensaría en
las palabras proféticas de aquella mujer.
Mientras tanto, el interés de
la joven por recibir el afecto de los demás ya iba tomando fuerza, cuando la
verdad es que el amor era un resultado de ella. Sentía que los seres la querían
por ser la última de los hermanos, pero la razón es que sus padres jamás
volvieron a tener más hijos, sencillamente para concederle el privilegiado
puesto de que ella por siempre fuera la menor. La música la hacía vibrar, y
cuando aprendió a hablar ya hacía rato cantaba. Su muestra de inteligencia se
fue revelando rápido, y tenía el don de recordar bien a los demás seres, aunque
imaginaba que la gente sólo tenía el nombre en la cara. Al igual que cualquier
niña de su edad, quería ser algún día una adulta, pero al descubrir el paraíso
de la niñez aceptaba que no había nada mejor que eso, y procuraba querer a sus
padres con mucho corazón, de manera que siempre la tuvieran pequeña. Ése era el
único milagro que ellos no le podían hacer, pero al escuchar que algún día
éstos se volverían viejos y dependientes de alguien, entonces quiso crecer más
rápido, pensando que cuando ellos la necesitaran tener cómo ayudarlos. Juzgar
que era la hija más querida no la hizo sentir por encima de sus hermanos, y más
bien descubrió que los quería infinitamente. La verdad, es que ni sus padres y
hermanos la querían tanto, como podía llegar ella a querer.
Desde muy temprano, comenzó a
estar en una guardería de llamativos colores. Una gran experiencia como ésa, le
manifestó que entre niños se sentía un poco mejor que entre adultos, y pronto
se acostumbró a que allí era el lugar donde también podía vivir, y al estar
asimilando algo nuevo, la gente de su familia parecía admirarla más por eso que
por su belleza. Fue aprendiendo las vocales, y su espíritu resplandeció con más
fuerza a medida que comenzó a saber cosas con las que ahora no jugaba. La aventura
que eso supuso la cambió por completo, y recordaría por siempre que cuando iba
para clases se aseguraba no tanto de llevar las tareas hechas, sino su lonchera
llena de jugos y panes para comer y darles a los otros niños, que estaban era
hambrientos de ella. De manera que aquello produjo que la niña consentida
comenzara a tener más responsabilidad, y eso la ayudó a crecer, porque lo que
antes manifestaba de forma exterior haciendo dibujos a lápiz, ahora lo dedicaba
a hacer tareas aprendiendo las cosas que estaban escritas, hasta descubrir otra
realidad totalmente interesante.
Para su padre, no había otra
niña que demostrara ser tan inteligente, y desde que tuvo la oportunidad de
verla avanzar en el aprendizaje, sintió el orgullo más especial en su interior.
Si alguien cercano le preguntaba por su niña menor, le decía orgulloso que ya
estaba estudiando. Ella debió notar desde bien temprano el gran interés que tenían
los demás con que su alma girara en torno al estudio, y sentir que hasta el
final de su vida no haría otra cosa más que aprender todos los días. La
enseñaron a hacer las tareas con dedicación, diciéndole que más adelante estudiaría
donde sus hermanos, algo que la tenía llena de emoción. Éstos ya estaban
haciendo la primaria, en un lugar diferente.
El colegio Elena Duque era un
centro estudiantil, que quedaba en un gran barrio de la ciudad. Desde su fundación
en los años setenta, había gozado del privilegio de tener muchos alumnos en sus
aulas, que más tarde al graduarse y ser profesionales, recordarían que la mejor
época que tuvieron había sucedido cuando estaban aprendiendo las desconocidas
cosas de la vida, en esos salones inolvidables. Aunque era un lugar no tan
grande y algún día quedaría al lado izquierdo de la vía que llevaba a Puerto
Colombia, hubo un tiempo en que estudiar allí era lo que más querían muchos
niños de la ciudad. Era algo agradable, porque se decía que los pedagogos que
pasaban por allí eran buenos, que siempre contaban con la aprobación de los
alumnos, los cuales al llegar le cogían amor infinito a los estudios sólo por
quedarles bien a esos profesores. En verdad, muchas personas que pasaron por
ese lugar a veces se sentían más aburridas en las vacaciones de Navidad donde
se reunían en una cena con sus familiares, que en los días en que frente al
tablero escucharon que a bordo de un caballo blanco Simón Bolívar llegó a ser
el hombre más grande de la historia, que el idioma español había cogido más
prestigio universal desde que había sido mojado con tinta por la pluma de
Cervantes, que el avión fue inventado por los hermanos Wright para imitar a los
pájaros, que del fuego se habían apropiado los humanos primitivos no para
cocinar sino por miedo a la oscuridad donde acechaban las fieras, y que Dios
existía en el cielo porque de lo contrario no lo supiéramos. Por eso era sabido
que en ese ambiente se formaban personas mejores, produciendo que en poco
tiempo fuera uno de los colegios preferidos de entonces en cualquier sector.
Ángela Guzmán comenzó la
primaria de esa manera interesante. Su experiencia en un salón de clases no era
nueva, pero desde que comenzó a leer entendió que muchas cosas que quedaban
para siempre en su cabeza, no sólo entraban por sus ojos como por los atentos
oídos. Su inteligencia se manifestó con más fuerza cuando le tocaba hacer las
tareas, y su madre reparaba su concentración en concebir los primeros dibujos,
para grabar en el papel con lápices de colores las cosas que los demás no se
molestaban mucho en pensar. El segundo y tercer año fue afianzando la confianza
que tenía con el estudio, y lucir el uniforme se convirtió en parte de su
personalidad. Se fue haciendo la mejor amiga entre sus amigas, y también fue teniendo
contacto con los niños, quienes nunca cambiarían de colegio mientras estuviera
en el mismo salón esa hermosa compañera. Ángela Guzmán demostró tener muy buen
sentido para la amistad, y además se preocupaba bastante por tratar de ayudar a
los demás que tenían dificultad con el estudio, no tanto por la incapacidad
para aprender sino porque delante de la joven eran pocos los jóvenes que se
concentraban en matemáticas y sociales, y en cambio les hubiera gustado que
entre las asignaturas hubiera una materia del amor para que ella se las
enseñara bien. Su capacidad en cuarto con el estudio y en desenvolverse en las
otras cosas de la vida fueron sembrando la imagen de que aquella niña estaba
bien predestinada, y que lo único que necesitaba era crecer para que fuera verdad
lo que se decía en cuanto a ella, respecto a que era una mujer que nació
sabiendo lo que iba a tener, como el cabello largo que no se cortó jamás. Las
mejores amigas de su infancia en el colegio la recuerdan como alguien que
siempre andaba pendiente de las demás, y que hubiera sido capaz de dejar de ser
un poco más bella, para que la compañera más fea pudiera tener algún atractivo
ante las miradas varoniles. En el quinto de primaria ya era la joven más famosa
del colegio, lugar que durante su presencia en las aulas gozó de su período más
dorado. La única que no parecía darse cuenta de eso era ella misma, que
realizaba las tareas ya para salir del paso, pero con tanta maestría que
respondía al cuestionario por lo que aprendía del profesor, con una seguridad
poco vista antes. Si faltaba, se sabía que era porque estaba enferma, pero al
volver una mañana, aparecía gracias a los cuadernos prestados con todos los
trabajos realizados como si no hubiera faltado, hasta demostrar que su buen
sentido del estudio se debía a que siempre adquiría el conocimiento seguro en
casa, y que sólo iba a clases a presentar las tareas. Su modo de ser estimuló a
las demás compañeras, y muchas se dieron cuenta de que era lo mejor que les
había sucedido en la vida, y que aunque estando por mucho tiempo juntas nunca
podían ser ella, al menos podían ser como ella.
Sonia Murcia era una de sus
mejores amigas. Aunque vivía en la apartada población de Puerto Colombia, las
unió desde el comienzo el buen corazón que ambas tenían, llegando a
identificarse de tal manera en la amistad, que cuando pasando un mal momento
una sentía gran dolor, la otra a veces ponía las lágrimas. Su sentimiento de
amistad fue algo que Ángela Guzmán valoró, y no dudó en considerarle casi una
hermana. Cuando estaban juntas, en el recreo, los chicos las miraban sin parar,
y poco a poco Ángela Guzmán comenzó a reparar con interés a unos jóvenes que
tenían años de estar enamorados de ella, pero que apenas se atrevían a
decírselo por miedo de que al encararla el amor no existiera. «Después de que
uno la miraba por primera vez, sentía que ya no podía hacer otra cosa», dice
alguien que fue su compañero. La libertad se había apoderado de ella hasta tal
extremo, que ya parecía conocer la ciudad entera, que su padre a bordo del
carro se la había enseñado en detalles, sin saber que era la ciudad la que
estaba cautivada desde que poco a poco la estaba mostrando orgullosa como a
otra de sus grandes habitantes. Hasta las compañeras más apartadas, querían ser
sus mejores amigas. «Como las mariposas que revolotean alrededor de una flor»,
decían. Sin embargo, su mundo siempre estaba en la escuela, visitando a la
familia de sus padres y yendo a los sitios de recreación donde nunca faltaban
los jóvenes que se hacían fuertes alzando pesas, porque pensaban que era lo
único que podían hacer para llamar algún día la atención de su mirada. En el
fondo, Ángela Guzmán debía tener motivos para estar encariñada con alguien,
pero la verdad es que si leía las cartas de los enamorados era de la misma
manera que al estudiar para una tarea, un tema que ya sabía de sobra, aunque
descubría que por ella escribían con más palabras que cuando hacían un
ejercicio para el profesor.
Durante el bachillerato,
demostró una emoción más grande en cuanto a lo que el estudio representaba. En
realidad, saber que ahora estaba en un grado completamente diferente, la hizo
cambiar hasta por fuera, por lo que le dio inicio a su sentido de compromiso
asegurándose de cuidar bastante la apariencia, que en todo el mundo se estaba
empezando a ver. Su interés por el estudio se afianzó, y le gustó de sobra la
clase de español, sobre todo cuando la ponían a leer grandes obras de la
literatura universal. En especial una nueva novela de Gabriel García Márquez
que estaba de moda, con el título de Crónica
de una muerte anunciada, cuyo dramático desenlace al final la hizo llorar
amargamente por única vez en su vida. Su pasión por la lectura fue aumentando,
aunque le parecía que la gracia de aprender no era tanto para ganar los exámenes,
sino para ser alguien de buen saber. Esa idea la llevó a ser una persona más
responsable, e incluso cuando su padre no podía llevarla, ella misma cogía el
bus urbano y se iba sola al colegio. Mientras sus amigas la veían como una de
las mejores colegialas, los varones en cambio comenzaron a mirarla de manera
diferente por ser sin duda la más bella, aunque ella nunca se preocupó por eso
ni por ser la mejor estudiante. Desde entonces comprendió que aún así tenía que
terminar los estudios, y esa etapa de su vida sería totalmente decisiva. Su
mirada cambió, y su ilusión de ser algún día alguien en el futuro la hizo ser
mejor persona en el presente.
Fue en ese entonces, cuando
apareció un nuevo profesor que marcaría una huella indeleble en su vida. Se llamaba
Julio Castro, era alto, de color moreno y de mirada seria, y era experto en
ciencias naturales, una materia que a muchos les gustaba por encima de otras.
«El primer hombre que se volvió loco por ella», recordarían después. Desde la
primera ocasión en que estuvo en el salón, se sintió poseído por algo
diferente, que lo envolvió por fuera y lo iluminó bien por dentro, como si
haber llegado allí fue lo mejor que le hubiera pasado siempre. Al darse cuenta
de que el amor invisible emanaba era de una alumna, no volvió a sentir otra
cosa en la vida. Se enamoró hasta la obsesión, todos los días al tocar dar las
clases parecía solamente programarlas para que las aprendiera ella, y cuando la
muchacha lo miraba con interés sentía de veras que estaba siendo alumbrado por
un astro humano, que si se hubiera apagado de repente el sol certificaba que en
ese salón siguiera siendo de día. Fue indispensable en su trabajo, nunca
fallaba una clase, demostrando en serio que era el mejor profesor del mundo,
para llamar con eso la gran atención de ella. Le ponía las mejores notas, algo
que de verdad ella merecía, aunque no entendía por qué con ese profesor ganaba
ciertos exámenes excelentemente, que a veces no estudiaba muy bien en su casa.
Era un hombre que había
estudiado en una gran universidad, para cumplir el sueño de sus padres que
querían ver en la familia a alguien superado, instruido, ilustrado, que
conociera las ciencias de la naturaleza como la vida que le esperaba. En su
época de estudiante en España, siempre tuvo claro que quería ser un buen
profesor, hasta tener la sensación de que había aprendido tanto en poco tiempo,
que no quería olvidarse de nada antes de transmitir ese rico conocimiento a los
demás. Sabía de todo en su rama, pero sobresalió en anatomía, le gustaba ver
disecar a los mosquitos y hablar sobre la atmosfera, y tenía pruebas
contundentes para confirmar que el Diluvio Universal realmente sí había
sucedido aquí en la tierra, por el miedo prehistórico que desde entonces los
seres humanos le tenían a la lluvia cuando duraba horas. Decía haber visto el
fantasma de Humboldt una vez, a la orilla del río Magdalena, cuando en una
canoa con unos amigos franceses hacían una expedición botánica, y aquello en
vez de asustarlos les confirmó que en realidad estaban siguiendo bien sus
pasos. Para él era además algo increíble: estaba en el siglo XX, y todavía el
pobre difunto alemán seguía tratando de descubrir nuevas especies en la rica
fauna, cerca de los pueblos ribereños donde ahora bailaban La pollera colorá. Otras cosas llamarían su atención, como por
ejemplo escuchar viejos boleros de Daniel Santos, que el amor nunca dejaría
pasar de moda. Después de graduarse con todos los honores en Madrid, volvió a
la parte norte de Colombia y pasó por muchos colegios. Desde entonces, se la
pasaba enseñando a quien quisiera escucharle con atención, y con tanto interés
que en cualquier salón donde estuviera, gracias a él la materia de ciencias
naturales se convertía en la más querida de los alumnos. Todos lo diferenciaban
por su seriedad, por su dedicación al estudio, a la amistad con otros
profesores y a su esmero para que nadie perdiera la materia esencial que él
enseñaba, y siempre se le conoció como alguien lleno de sabiduría, prudencia y
cordura, hasta que se enamoró perdidamente de una de sus alumnas.
Durante algunos días, se le vio
muy cerca de ella, considerando que el perfume que germinaba de su cuello era
una maldición para cualquier hombre enamorado, que tuviera la mala suerte de
haberlo sentido a fondo en sus pulmones. Al saludarla, lo hacía con más
frecuencia y cariño que a las demás, quizás para tratar de generar un recuerdo
aparte en la memoria de ella. Hacía el esfuerzo eso sí de disimular lo que
sentía, y de ponerles las tareas más fáciles a todos los alumnos, sólo para
beneficiarla a ella. Pero se equivocaba, de una manera bastante exagerada. Si
había alguien a quien le gustaba el estudio, ésa era Ángela Guzmán. Toda la
vida eso había sido su gran obsesión, y no necesitaba que alguien se preocupara
para que a ella le fuera bien en el estudio, ni tampoco era la primera vez que
su presencia fantástica en un salón de clases iluminó las mejores charlas de
los profesores más sabios. De manera que en algún momento, comenzó a sospechar
de que algo pasaba. Aquel hombre la miraba de una manera diferente que los
otros profesores, lo que la hizo sentir más incómoda, e incluso, cuando estaba
en alguna parte del colegio, apartada y sola, se sentía demasiado pensada por
alguien. Sólo que al verlo frente al tablero, tratando de impresionarla con la
tabla periódica que era el abecedario de la naturaleza, con la alquimia de la
antigüedad donde se pensaba encontrar el oro en un laboratorio y no moviendo la
batea a orilla de los ríos y con la caída repentina de una manzana que fue el
fruto del conocimiento que llevó a Sir Isaac Newton a descubrir la ley de la
gravitación universal, se daba cuenta de que ese alguien era él, tan serio como
paraba el bellaco. En el fondo, trató de ser lo más normal, porque era
consciente de que su belleza hacía años que estaba causando daño mortal.
Una tarde ocurrió. Mientras
estaban en recreo, se acercó al lugar donde ella estaba apartada, quizás
pensando en la vida que no dejaba de tener buen sentido hasta ese momento en
que estudiaba. Estaba sudando por el calor, se pasaba un pañuelo por la frente,
como si en verdad la presencia intocable de ella, para él representaba un
verdadero sufrimiento. Ella se puso nerviosa, pero él se aseguró de no dejarla
ir y le dijo: «Eres muy bella». Ángela Guzmán sonrió, y hasta se sintió de
nuevo halagada. Pero cuando vio que en la calle, él la estaba esperando para
invitarla a salir, comprendió que estaba delante de un enamorado completamente
perdido, cuya única medicina para su corazón sólo podía ser la misma causa que
le había generado tal enfermedad incurable.
La insistencia fue grande,
porque a los días siguientes, le profesor le daba las mejores notas y parecía
agonizar sin hacerse un tratamiento, como si poco a poco se estuviera ahogando
en el único océano del mundo que no tenía orilla. Ella le agradecía sus frases
de galanteo, pero no le prestaba demasiada atención. Sabía que en cualquier momento
él no aguantaría más, y caería por su propio peso. Un día, quedaron solos en el
salón, cuando terminaron de irse el resto de los alumnos. Entonces él aprovechó
y le dijo:
-Estoy enamorado de usted,
niña.
Ángela Guzmán se asustó con sus
palabras. No supo qué hacer, se levantó de su asiento, cogió sus cosas y salió
corriendo por el pasillo, de prisa, sin mirar atrás, pero sintiendo que por
mucho que avanzara y llegara hasta el infinito, no podía escapar de aquel
espacio que estaba inundado por tanto amor derramado de él. Desde esa misma
tarde le quitó el habla, pensando que era lo mejor que podía hacer, para no
volver a sentirse machacada por una agonía de muerte que a ella sólo le daba
pesar. Éste se sintió frustrado, derrotado y hasta avergonzando de su ilusión,
y pensó que por mucho que hubiera estudiado en la lejana España de donde vino
Cristóbal Colón con sus tres carabelas para que en el nuevo continente
existiéramos todos, haber estado en una región legendaria donde don Quijote de
la Mancha quiso destruir los molinos de viento para que alguien también le
escribiera una novela de caballerías, haber estado en un remoto pueblo de ese
país que estaba casi desconectado de la actualidad porque la gente insistía en
hablar el mismo idioma conservado desde hacía cuatrocientos años, haber cogido
para su gran felicidad un puñado de nieve en Madrid en pleno invierno fluorescente
que le confirmó que estaba en Europa, haber visto en persona la cara del Rey
Juan Carlos que lo miró a los ojos y le estrechó fuertemente la mano de plebeyo
para que supiera que era algo cierto, haber tomado vino blanco en el almuerzo
durante seis años para desarrollar su buen gusto por la copa llena y las cosas buenas
y haberse graduado en la universidad con todos los honores que le valieron un
viaje a Cádiz donde nació su antecesor José Celestino Mutis, eso no le había
servido de nada para enamorar a una muchacha bonita de Barranquilla. No lo volvió
a ver, por la sencilla razón de que desapareció. El profesor se había ido por
siempre del colegio, lejos, demasiado lejos, para que no le siguiera haciendo
más daño una extraordinaria belleza solar, que no tenía nada que ver con el
egoísmo evidente de su amor.
Desde ese caso, Ángela Guzmán
comprendió que era definitivamente diferente a las demás mujeres. Lo había
notado, pero no había nacido para entender el comportamiento de los hombres,
tan impredecible como las olas del mar de leva, y pensó con nervio que algún
día iba a pagar tanta indiferencia hacia el otro lado de la mirada. Éstos
agonizaban en verdad con las lágrimas, y se sintió culpable por ser la única
dueña de tanta belleza. «Una blanca rosa que lamentaba tener espinas», decían
con sinceridad las personas más allegadas a ella. En serio, porque si había
algo que quería era ser buena, pero muy pronto comprendió que el amor no podía
ser para repartirlo en los demás, y con razón llegó a creer que la mejor manera
como podía corresponder a los que se morían por ella, era emitir a veces una
sonrisa resplandeciente, que para remate no hacía sino ilusionarlos mucho más
que antes. Nunca se había imaginado que causaría daño en los hombres, tan
fuertes entre ellos pero tan débiles ante el fuego abrasador de sus ojos de violeta,
a tal punto que muchos creían desfallecer, porque si ella por prudencia mejor
no los miraba, eso los llevaba al mismo estado de dudar de su naturaleza humana.
Quedaban desarmados, algunos que se confesaron prometieron cosas que sólo
constaban en la imaginación superficial de los enamorados, la asediaron por
varias partes para que ella considerara a los hombres, conmoviéndola de veras
porque parecían estropeados y muy torpes en un charco de salitre, por la misma
frustración de no encontrar su amor en ninguna parte de la vida. Pero ninguno
le inspiraba nada en particular, ni podía ser novia de todo aquel que le dijera
que la quería, y eso era suficiente para sentir que en realidad no era culpable
del torbellino animoso que estaba pasando.
De otro lado, Sonia Murcia
llegó a quererla tanto, que imaginó las mejores cosas de la vida al lado de
ella, y se propuso que por nada, ni siquiera el hecho de que en cualquier
momento tuviera cada una su compañero, dejaría de ser su gran amiga
incondicional. Su amistad había pasado toda prueba, y si le hubieran puesto a
escoger entre un novio y la cercanía de su amiga, se hubiera quedado con ésta,
hablando de la luna, el sol y las estrellas, de la telenovela de moda, de
aquellas canciones que sonaban en todas partes e interpretaba con poesía de oro
un cantante llamado Rafael Orozco que muchas tenían como su preferido, por su
cara con bigote, su lunar distinguido en el cachete, pero sobre todo por el
timbre de su voz que lo hacía superior, y que debió ser el secreto amor platónico
de una hermosa joven que no parecía arrastrarse por el amor que inspiraba el
resto de los demás mortales. Su capacidad de entendimiento superaba su propio
concepto de la vida, y era testigo de que su padre la quería tanto, que todavía
en la adolescencia apenas si le permitía tomar el bus urbano donde regresaría a
la casa, y siempre cumplía el compromiso de dejarla y de ir a buscarla, para
que nadie demasiado obsesionado con las novelas de Corín Tellado, se la robara
y llevara lejos. Las demás compañeras se sentían sus mejores amigas, pero Sonia
Murcia en especial era la más profunda en sus sentimientos, y sabía si alguien
le gustaba sin ella misma decírselo, nada más porque reconocía su estado de
nervio, su silencio repentino, su cambio de respiración, al ver pasar en la
calle a un hombre serio dueño de una apariencia tan fina que apenas se fijaba
en la suya. Era consciente de que su amiga le había dicho que le gustaría
casarse con un príncipe, aunque no fuera de sangre azul como en las grandes
cortes europeas, porque su fantasía giraba igual al de una mujer que se sabía
con inmensas pretensiones, a la que no le importaba la raza, la cultura ni el
idioma, porque estaba segura de que en el amor lo único que interesaba era que
la bienaventurada persona que ella quisiera, nada más tuviera un corazón para
que sintieran la misma cosa. Si alguna vez le confesó eso, nunca lo olvidó, y
pensaría que a lo mejor su amiga sabía con quién se iba a casar, y que no se lo
decía a nadie por temor de que nadie se lo creyera, o porque era tan bella que
ya era creíble que de la única persona que ella podía enamorarse, posiblemente
ni siquiera existía en su país.
Ricardo Guzmán, su primo
hermano, se sumó a aquellas andanzas. Se había hecho amigo cercano de Sonia
Murcia con el paso del tiempo, de una manera bastante galán, a tal extremo que
la amiga se quitaba de al lado cuando los veía juntos, consciente de que
aquélla había quedado en buenas manos. Su amistad había sido determinante para
que Sonia Murcia sintiera confianza y soñara con ser la compañera eterna de su
primo, porque de esa manera más que amigas serían casi cuñadas. El hombre se
sintió la persona más feliz del mundo por experimentar el amor de la morena
mujer de Puerto Colombia, y salían a pasear a varias partes, a la playa, al
lado del muelle, sabiendo que el ángel de su prima lo había guiado estupendamente
a la buena amiga, para ver mejor la blancura de las grandes nubes. La relación
con el paso de los meses se fue consolidando, produciendo que pensaran en el
matrimonio, para dicha de Ángela Guzmán, quien ya había sido testigo del
noviazgo de su hermana Martha, y del nacimiento del hijo de su hermano mayor,
que ya estaba estudiando medicina en la Universidad del Norte. Decía por eso
que cuando ella tuviera sus hijos, los iba a querer como si fueran suyos, y tal
esperanza afianzó la creencia de que había nacido para querer más a los demás
que la amaban por dentro y no por fuera. Se veía feliz, y a veces paseaban los
tres por toda Barranquilla, aquel vividero del mundo donde ella estaba
orgullosa de haber nacido, porque le gustaba el calor de su gente, el sol que
lo alumbraba todo, los constantes carnavales que barrían con la peor de las
tristezas, y si algo la ponía feliz era la despreocupación de la gente aún en
medio del drama, y ver el mejor humor hasta para contar una gran historia que
no gastaba más de diez palabras. Su pasión con la realidad había crecido a tal
extremo, que se podía pensar que la vida sólo estaba para que resplandeciera
ella.
Cuando tenía tiempo disponible,
al salir de su casa o del colegio, tomaba un bus intermunicipal que se dirigía
a Puerto Colombia, para visitar a la nueva pareja que se estaba acostumbrado a
vivir mejor junta, y pasaba horas en la nueva casa desde que había descubierto
que en vez de la calle, era más feliz allí dentro. La maravilla de aquel
pueblo, entre pequeñas montañas junto al mar Caribe, le fascinaba de verdad, y
en poco tiempo reconocía a muchos de sus habitantes que al verla una sola vez
no la olvidaban, y la estación del antiguo tren en el parque, donde llamaba más
la atención porque no parecía que venía de Barranquilla sino del cielo. «Le
gustaba mucho bañarse en el mar, y yo me preguntaba si al mismo mar no le
gustaba que se bañara ella», recuerda su amiga. Era un buen pueblo, que
encantaba siempre con cada visita, a tal punto que hasta pensó en algún día
irse a vivir allí. Su amiga siempre la defendía de los enamorados que caían
presa de la fiebre incurable cuando la descubrían por doquier, y deliraban al
menos estar una vez frente a su mirada para terminar de confirmar que había
algo mejor que ser vistos por Dios. En una ocasión se quedó a dormir allí,
aunque temprano al día siguiente, vio cómo llegaba su padre en el carro y se
presentaba en la puerta de su sobrino, creyendo asustado que a ella le había
pasado algo malo.
Una tarde, estuvo un largo rato
en Puerto Colombia. Al parecer, este pueblo pequeño estaba teniendo mucho que
ver con su vida, y entonces le sucedería algo que se establecería en los pocos
días que le quedaban a su memoria. Había estado de paseo junto a su amiga
recorriendo la playa, y estaba ya a punto de marcharse cerca de la vieja
estación del tren, donde la presencia de su belleza resplandeciente convocaba
más la atención de los mismos turistas nacionales e internacionales, que el
antiguo muelle histórico que se estaba pudriendo por tanto mar. De ser tan
mirada, era algo que a ella la ponía incómoda, aunque desde que comenzó a
florecer en su adolescencia, se había acostumbrado a sentirse pensada por mucha
gente que no pudo voltear a ver. Alguien que la vio caminar como una doncella, soltó
una frase que sería inmortal y bastante recordada hasta el último momento de su
vida.
-Eres la mujer más bella del
mundo -le dijo de manera directa-. Pero lo único malo, es que un día cercano te
vas a morir.
La joven quedó muda, siendo
algo que no esperaba escuchar y menos en aquel pueblo que por el olvido del gobierno
centralista, hacía un enorme esfuerzo por seguir apareciendo en el mapa
nacional. Quizás por eso, decidió quedarse el resto del atardecer, sin
atreverse a viajar por miedo a lo desconocido, calando la preocupación en su
mente, en la interna conciencia, sintiendo un horror que la estremeció mucho,
porque además sería el peor recuerdo que tendría de aquel pueblo donde no
volvería nunca más. Pero fue como si su espíritu, de un momento a otro, hubiera
quedado allí para siempre. En un futuro, ese incidente que ella misma contó a
todo el que la quiso escuchar, sería una de las razones para que después de
muerta, pensaran por qué su alma seguiría en pena en los contornos de esa
población.
Por otra parte, se acercaba el
gran día en que iba a terminar el bachillerato. Para Ángela Guzmán aquel sitio
había representado en realidad la mejor experiencia, la que más la había
marcado, y durante mucho tiempo diría que todo el buen conocimiento de la vida
lo había aprendido en el colegio Elena Duque. En serio, al igual que muchas
personas que se graduarían allí, tendría un bonito recuerdo de su paso por ese
lugar, con la única diferencia de que su historia posterior, algún día haría de
ella la ex alumna más famosa de aquel centro estudiantil en la región. Según la
gente que la rodeaba, el último año haciendo decimosexto fue en el que más se
concentró en los estudios, y lo hacía de una manera práctica, con ganas de
terminar rápido, aunque todos pensaron que más bien sentía una enorme nostalgia
porque se estaba acercando la hora de salir para siempre. Fue de todas maneras
una nueva etapa de su vida que estaba a punto de comenzar, para alegría de ella
y de las personas que más la amaban. Cuando llegó la hora del grado, con una
toga posando para el fotógrafo, estuvo feliz, junto a sus compañeras, alegres y
sinceras, representando el buen ejemplo que tenía por ser una de esas estudiantes
excelentes que más le daban crédito al plantel.
A partir de entonces, mucha
gente esperaba ansiosa que ella eligiera esa persona que asaltaría su corazón.
Tendrían que esperar unos meses más para que pasara eso, por la razón de que la
muchacha no demostraba mayor interés por otra persona que por sí misma, y si
decoraba su apariencia no era para que nadie se enamorara de su cara sino que
era lo primero que había aprendido aunque no quisiera arreglar la vista de los
demás, que cuando la veían en seguida le daban gracias a Dios por poder ver, y
apenas sentía algo por los idealistas que la molestaban delirando con ser
alguien en su conciencia, porque la verdad es que Ángela Guzmán no se reparaba
tanto en el espejo como la miraban a ella en la acera. Sin embargo, era
evidente por estar en la lozanía de los dieciséis años, que en cualquier
momento demostraría que se había enamorado, ilusionada con alguien, pero ese
individuo no parecía estar en su entorno sino dentro de su cabeza. «Nunca
hablaba de cómo deseaba que fuera», decían. Era efectiva de algún modo, esa
omisión que la protegía, porque a muchos ilusos les hubiera bastado al menos
aunque fuera una pequeña descripción, para salir corriendo de inmediato a
parecerse al transcendente hombre de sus sueños. Pero el presentimiento de que
el príncipe iba a venir a su vida fue cobrando tal creencia, que nadie dudaba
de eso, no tanto por la onda expansiva de su pensamiento sino porque era innegable
que con tanta belleza, sólo un hombre revestido de poder con dejarse ver un
instante podría salirse con las suyas y llevarse a una mujer cuya excelsa
apariencia que agradaba, había era terminado lastimando el sentimiento de los
demás que la habían visto tantas veces. «Aunque parecía que lo que quería
estaba al otro lado del océano Atlántico, ella lo estaba esperando sin ningún
desespero», asegura Sonia Murcia. Nunca se lo propuso, pero comprendió que era
una verdad de su vida, ir soltando las lágrimas de unas personas que la única
manera como podían besarla en los labios, era primero matándola para que al
menos con los ojos cerrados el dulce que quedaba de su amor pareciera cierto.
Ángela Guzmán fue sintiendo en su interior algo profundo, como si esa persona
que ella tanto esperaba estuviera más cerca de lo que imaginaba, aunque no tuvo
necesidad de prepararse para atraerlo, porque estaba segura de que con su modo
de ser, actuar y vestir, en cualquier instante vería aparecer a alguien
característico de un lejano desierto, que la amaba desde antes de conocerla.
En una ocasión, ambas amigas
estaban en un parque de la ciudad en la calle ochenta en Alto Prado, tratando
de hacer la vida mejor. Era una tarde de brisas, de tranquilidad y gran
panorama, viendo todo el alrededor que se enriquecía más con la imagen de la
muchacha de menor edad. Al igual que siempre, eran hermanas de corazón, que se
identificaban nada más que con el sólo acto de estar juntas. Las personas
pasaban, y la miraban de una manera que aunque los pies andaban iban quedando
con la cara fija, gravitando en torno a aquella belleza heliocéntrica. Ellas se
reían, por supuesto, entendiendo la razón de muchas personas que con sólo verla
una vez en la vida, podían grabarla para siempre en la memoria. Ángela Guzmán,
por un misterio de la naturaleza, llamaba la atención de cualquier persona que
hubiera desarrollado más el sentido de la pasión.
Sin saber por qué, se pusieron
a hablar del amor, algo que a veces bañaba las conversaciones de ambas, porque
era no normal que ante la insistencia de tantos jóvenes por su figura, la
muchacha de cabello castaño no entablara un tema tan universal como ella. Era
claro que Sonia Murcia pensaba en su mejor amiga, la cual hasta entonces no expresaba
el más mínimo interés en alguien de este mundo, complaciéndose con vivir su
propia vida, que para ella era de lo más simple al igual que las mariposas
amarillas que volaban a su alrededor. No daba muestras de prisa por tener a
alguien, quizás porque pensaba que el pretendiente que elegiría no sería
producto del azar sino de sus sueños. De manera que la gran amiga le dijo:
-En cualquier momento vas a
encontrar tu Príncipe Azul.
Ángela Guzmán quedó pensativa,
claro está, como siempre que la amiga le hablaba de ese aquello. Había pensado
en eso tantas veces, que tenía la completa seguridad de que si esa persona
existía, era porque poco a poco había salido a la realidad de su propia
quimera. Intuía que en cualquier momento, iba a sentir por alguien la misma
energía que sentían la mayoría de los hombres por ella, algo que apenas lograba
concebir cuando se miraba en un retrato rodeado de escharchas. Sólo que el
tiempo pasaba, nada sucedía, y mientras tanto su hermosa apariencia se iba
abriendo cada vez más como los pétalos de una flor. Estaba lejos de saber que
en aquellos días esa ilusión de idilio se haría real, de una manera tan brusca,
que ella misma admitiría que había recibido más de lo que había pedido.
Los carnavales en Barranquilla
se prestaban para eso, porque era bien sabido que durante las fiestas carnestolendas,
muchas parejas consumaron la relación nada más conocerse. En la ciudad, todo el
mundo se volvía a la locura general, produciendo casetas, bailes típicos,
aumentando el espíritu de alegría aunque fuera por unos días, donde ricos y
pobres compartían igual entusiasmo, bailando lo mismo bajo el sol, la luna y
las estrellas, escuchando el sonido del tambor en cualquier espacio de Barrio
Abajo, que levantaba a los hombres más viejos de los taburetes porque volvían
al ayer. Si había algo que los barranquilleros amaban de su ciudad, eran en realidad
los grandes carnavales, porque aquello los conectaba con la verdadera vida que
les hubiera gustado vivir los doce meses del año. En cualquier parte del país,
se sentía el ritmo de esas comparsas, que dejaban ver a ciertas mujeres bellas
casi desnudas en las casetas, en las fiestas públicas, aumentado el amor a
primera vista entre dos personas del sexo opuesto, aunque nadie se dignaba a
averiguar si era por efectos de la pasión o por quedarle bien a la fiesta. La
música salsa, el merengue, la cumbia, hacían incluso que despertara el espíritu
de los difuntos, quienes no se perdían aquel espectáculo donde además numerosos
seres humanos se volvían sus nuevos socios en la muerte, porque era sabido que
durante esta época muchas personas morían de forma inexplicable o en peleas
callejeras, como si ése fuera el precio que tenían que pagarle al Rey Momo para
que mantuviera su identidad adorable, aquella que producía que las mujeres más
decentes a veces se permitieran un baile pegado con el vendedor de butifarra
que les daba otra cosa, y que las prostitutas sintieran el impulso de regalar
el amor a los clientes sin ser pagadas, pues no había mejor pago en la vida que
vivir de nuevo el extraordinario carnaval. El pueblo sentía que era su fiesta,
adueñándose de las calles donde pasaban los carros para mostrar las carrozas en
las cuales desfilaban mujeres que si bien no mostraban la totalidad de sus
cuerpos, era por el temor de que algún cura dijera que esa celebración era en
honor al Diablo, el cual en serio era más amado en esos días porque, a
diferencia de Dios, lo podían tocar, ser parte de él y acostarse fácilmente por
su influencia, con una mujer protuberante que no conocían cinco minutos antes.
El mes de febrero era
considerado de alguna manera un mes pagano, pero a nadie le importaba eso,
viendo cómo personas de otras ciudades y de países cercanos y lejanos se hacían
presentes en aquellas grandes fiestas, para ver si era verdad que las hermosas
mujeres de Barranquilla eran más fáciles de amar en la época de carnaval.
Inclusive en las calles más apartadas de la ciudad, los pobres sentían que
también era su fiesta, y organizaban sonoras casetas, diversas rumbas que
duraban hasta el amanecer, propiciando que unas mujeres salieran a veces
embarazadas, y como a veces no sabían de quién, en vista de que algunas desubicadas
tuvieron relación con varios hombres, la excusa que no tenía reproche era decir
entonces que podían abortarlos porque eran hijos del Diablo. La diversión contagiaba
al más aburrido, y los viejos que eran testigos de aquel espectáculo,
aseguraban que el carnaval nunca dejaba de ser menos interesante que los de
antes, y que por el contrario, entre más pasaban los años, más se iba adueñando
de una ciudad que aparte del río, el sol y las calles de arena, era reconocida
internacionalmente por sus carnavales que llenaban al mundo de más colores. Esthercita
Forero por cantar el vienes en la noche La
guacherna se había convertido en la novia de Barranquilla, la Batalla de
Flores, en el Paseo Bolívar, servía para recordarle a la gente que aquella era
sólo una guerra de amor, que las margaritas florecían con más entusiasmo sin
eran lanzadas con alegría entre la masiva muchedumbre, y mientras corrían otros
sucesos alguien llegó a decir que el sol había sido prendido para que ese gran carnaval
se viera más que Colombia. Esta clase de comentarios los creía hasta el más
incrédulo, de la misma manera como también se decía que la luna había sido
puesta en el firmamento, para iluminar los pechos voluminosos de una mujer
querida que se los daba de mamar despojados a alguien que por curiosidad bajo
la tela sólo se los había mirado, en un lugar aparte de la calle. El Festival
de Orquestas era uno de los espectáculos más esperados, porque permitía mirar
la contienda de los grupos musicales más interesantes del momento, dejando ver
al conjunto el Binomio de Oro que brillaba fuertemente, porque su cantante
Rafael Orozco enamoraba siempre a más mujeres, haciendo de Barranquilla su ciudad
por adopción desde que había descubierto que si cantaba con amor desde una de
sus tarimas, podía ser escuchado en el resto del mundo. La razón es que más que
una fiesta aquello representaba un verdadero negocio, donde muchos aprovechaban
para entrar en los bares desapercibidos, para cometer robos que dejaban a
algunos sin la inocencia, para enamorar a la mujer del vecino con el pretexto
de que era sólo un juego de barrio, y para tomar ron en las mismas oficinas.
Era algo que se sabía en todas partes, de manera que aquella era la fiesta
apropiada, para ver con seguridad realizado lo más imposible de conseguir.
La caseta La Tremenda, situada
en la carrera 43 con calle 50, era uno de los grandes templos durante estas fiestas,
ya que incluía la presencia de los cantantes más famosos para atraer a las gentes.
Las personas que sabían eso, trataban de llegar lo más temprano posible para
estar presente en aquella atmósfera que olía a mucho perfume de esencia
femenina, donde la alegría inyectada era lo único que una mujer necesitaba para
creer más en el amor. Con exactitud, era bien sabido que dentro de aquel lugar,
muchos hombres y mujeres se enamoraron a primera vista, efectuando que el
contexto de rumba produjera un sentimiento que se desataba en locura febril, y
un hombre blanco podía enamorarse perdidamente de una negra que tenía más
nalgas que buena vida, un viejo por conquistar a una joven realizaba el milagro
de volverse el niño alcahueteado por todos, alguien pobre sería capaz de
volverse rico si el amor improvisado de una desnuda mujer millonaria le daba
tiempo de pensarlo, mientras los músicos participaban en la pista donde estuvo
El Joe Arroyo desplegando un voltaje casi afrodisíaco, para contagiar a un
público que lo catapultaba como el primer dios negro del mundo. Este cantante
que poco a poco se convertía indiscutiblemente en el Rey del Carnaval, tenía un
extraño magnetismo que intervenía en las masas, que lo seguían como si fuera el
líder de la religión del amor, porque diversos hombres gracias a su música
encontraron con certeza a las mujeres de los bailes y de sus vidas. Siempre
figuraba como el más importante, y cantaba canciones de Fruko y sus Tesos, y
después con su agrupación La Verdad que lo dio a conocer mucho mejor en la
portada de sus discos. Varios grupos vallenatos también se hacían presentes
desde principio de los años setenta, con buen gusto y sabor al estilo de Jorge
Oñate, que traía lo mejor de la Provincia. Pero la verdad es que la gente
barranquillera siempre se sintió más atraída por la música de las Antillas, que
sabía a mujer de raza morena, a aire isleño, a cacao espeso, que impacientaba a
los hombres cuando veían pasar por la calle a la dueña de un cuerpo saliente,
que hacía sudar el pensamiento, y por eso la salsa mandaba corriendo a las
mujeres a la pista de baile. Así que la fama de aquel recinto estaba en el boca
a boca de la mayoría de las personas que gustaban de la rumba, llamando gente
de todos los extractos. Estar presente ante sus mesas sacudidas, o bailando al
ritmo de la música, donde terminaban las sillas dañadas y unas botellas de ron
en el suelo vacías y partidas, era un sueño que muchos querían hacer realidad.
La ocasión en que Ángela Guzmán
se hizo presente allí con unas amigas, estaba lejos de saber que había caído en
la trampa diabólica de la pasión. Había decidido salir a rumbear, para hacer lo
que los demás hacían en esos días. Su corta edad producía que a cualquier lugar
donde fuera siempre estuviera acompañada, pero la verdad es que aquella fiesta
a pesar de sus máscaras, disfraces, espíritu dionisiaco, tenía un inocente
atractivo para los demás, y la beldad no llamaba tanto la atención como la
felicidad del baile que no paraba. Era poco amante del trago, de las cervezas
Costeñita, pero en vista de que la gente de su confianza no dudaba un instante
en echárselo por la garganta, la hermosa Ángela Guzmán también lo hizo, para no
dejar solos a los compañeros que se alejaban rumbo a la locura, que de pronto
pareció la mejor de todas las cosas. Se veía feliz, sin tener la menor sospecha
de que esa tarde su vida iba a cambiar para siempre. Mientras tanto, en la
escena cantaban de una manera estrambótica que hacía saltar los nervios, para
dar posesión a la diversión que nadie regañaba. Los demás aplaudían, a veces
bailaban, haciendo de aquel ambiente un momento sobrecogedor del que ningún
presente podía escapar.
Las personas que estaban a su
alrededor, recuerdan que ella estaba muy contenta con vivir ese momento, y por
sus ojos desfilaron muchos hombres sin llamarle la atención, quizás por el
respeto que tenía hacia sí misma, aunque la verdad es que no era la primera vez
que iba a una fiesta donde la rumba pateaba como un cable pelado con electricidad,
el ánimo hacía expulsar a los demonios que estaban falta de entusiasmo,
mientras el delirio hervía, por el conjunto que estaba presente, haciendo
ebullición un capítulo que pasaría a la historia común por tener a una mujer,
que se volvería el personaje más importante de la leyenda urbana de la ciudad.
En más de una ocasión, bailó con uno de sus amigos, salsa, merengue, vallenato,
haciendo de aquél que la abrazaba un pobre ser humano, que podía estar cerca de
su belleza física pero no de su amor. En ningún momento perdió la compostura, y
recibía tragos de aguardiente Cristal sin negarse, para aprovechar aquel
momento en el que por fin sintió que dejaba de ser la niña consentida de sus
padres. «Estaba tan contenta, que en serio no la conocía», diría algún día su
mejor amiga. En lo más sincero, pocas veces se le había visto así de feliz. Sonia
Murcia en efecto estaba allí, y recuerda que ella se divirtió hasta los mismos
límites de la alegría, sonriendo, siendo ella misma, confirmando con su
presencia que si en Barranquilla abundaba algo en los carnavales, eran mujeres
alegres como ella. Algunos más querían bailar consigo, y ella los recibía con
agrado. La manera como daba felicidad en los demás era impresionante, y poder
amarla con su beneplácito muchos sentían que era la verdadera meta de esos
carnavales.
Por su parte, el conjunto que
estaba presente prendió más la fiesta, haciendo que todas las personas siguieran
el mismo ritmo de la sangre, impulsando un entusiasmo que desbordaba hasta
salirse de la piel, y afectar a las paredes, al piso, al aire que se respiraba,
a la misma naturaleza de cemento que reaccionaba ante tanta alegría que era mundana.
La gente no dejó de pasarlo por alto, observando a un gran cantante de merengue
que para animar el baile era el mejor, sin que los demás pararan de mirarlo,
porque parecía representar la parte vocal del carnaval. El resto de los músicos
lo seguían con temple decidido, sabiendo que eso era un toque para alegrar a la
gente y mantener vivo el mismo regocijo que, al contrario de lo que decía la
religión, los alejaba de aquel abismo oscurecido del infierno. Las personas que
observaban la tarima no cabían de la alegría, y cada quien buscaba una pareja
con que bailar una canción que era su preferida, y más de una persona que no
conocía a una mujer la invitaba a lo mismo y ella no se negaba, porque era
consciente de que aquella melodía también era su preferida. La maicena, el
aguardiente, las camisas de colores, no eran comparable como las ganas de vivir
en aquel momento de movimientos sísmicos, donde la repercusión de todo aquello
podía sentirse más allá de donde llegaba la imaginación que se había olvidado
de cuál era su cabeza. La rumba interna debía llamar la atención de la calle si
hubiera sido en una época normal del año, pero la verdad es que afuera el mundo
entero gozaba de la misma zumba. Todos querían que aquello durara todo el tiempo,
aunque fueran conscientes de que la velocidad del reloj no parara, y asustara a
los que ya habían descubierto la felicidad fugaz de la vida. El baile estaba en
su apogeo, todos querían subirse hasta en la tarima y bailotear, y las botellas
de ron aparecían de mano en mano, incluso cuando ya hacía rato no quedaban más
monedas en el bolsillo.
Un hombre extraño apareció,
como en medio de la nada, después de estar mirando durante un buen rato a Ángela
Guzmán. Era claro, de cejas encontradas y tenía la apariencia de alguien
propio. «El hombre que ella toda la vida había estado esperando», dijo un
testigo de ese momento crucial. Sus miradas se cruzaron enseguida, y ella
reconoció a una persona en la que había estado pensando tanto, que le pareció
que no surgía de la realidad sino de su propio deseo. Él se acercó a su mesa
atraído inmediatamente por ella, y la invitó a bailar. Sin pensarlo dos veces,
Ángela Guzmán se dejó llevar por aquel individuo que por su aspecto demostraba
ser un príncipe con Dios, y bailaron mal por culpa del aparecido algunas
canciones, hasta tener la sensación de que él era su hombre y ella su mujer,
despertando la atención de las personas que la acompañaban, que jamás la habían
visto tan engreída al lado de alguien que apenas conocía y ya le tocaba la
piel. Se entregaron de inmediato, sin pronunciar una sola palabra, sabiendo que
la letra de la bachata romántica que bailaban hablaba mejor que ellos. Sentir
que se había enamorado a primera vista, mientras estaba literalmente en sus
brazos, fue algo que la asustó en serio, haciendo un esfuerzo por disimular
algo que ya él sabía. Durante un gran período, no hicieron otra cosa diferente
de bailar, a pesar de que esos ritmos él no los sabía pisar bien. El hombre
estaba sonriente, no por prepotencia sino de la propia felicidad, porque le era
increíble que alguien tan bella pudiera estar en ese lugar, que se imaginó
lleno de marimondas, de borrachos, y no teniendo una princesa humana que había
salido de las mejores páginas de un cuento de hadas. De manera que siguieron
así, por unos minutos, echándole leña a la ardiente hoguera que los consumía.
Para ambos, nada fue más
importante hasta ese momento de la vida que estar juntos. Cuando Sonia Murcia
se dio cuenta de que aquélla estaba sonriendo, comprendió que los demás tampoco
se equivocaban. Algo había pasado que hizo cambiar el curso de la historia,
pues el frenesí que despedían comenzó a afectar a los otros de una manera tan
instantánea, que le hizo bien a la propia fiesta. «Era claro que había pasado»
diría su mejor amiga: «ella se había enamorado.» En efecto, supo pronto que
aquel desconocido era el hombre de su vida, y decidió no perderlo, mostrando su
mejor lado femenino que producía que él más nunca la dejara, sonriendo con
placer, con coquetería, para que viera bien una cara que si se enamoraban de
ella quemaba como el sol. Él no cabía de la alegría inmediata que le provocaba
aquel ser que lo contagió con elegancia, teniendo la certidumbre de estar
sintiendo una fragancia alrededor de su cuello, que no olvidaría jamás y
reconocería en cualquier lugar de oscuridad eterna. Lo mejor de todo, era que
la adolescente misma parecía alargar el baile con la soltura de su cintura,
provocando un encanto afrodisíaco que de verdad podía dejar sin los cinco sentidos,
a cualquier mortal que tuviera la dicha de sentir al fin el amor despertado
explosivamente en ella. Era claro que en cualquier parte y en todo instante,
sólo quería que de ahora en adelante la vida fuera él.
El hombre debió notarlo, porque
aunque no la mirara, en la retina seguía viendo su imagen agraciada que viajó a
lo más profundo de su mente. En realidad, era la mujer más bella aparecida en
su vida, en la de sus padres, en la de sus abuelos y en la de las demás
personas en la tierra. Supo también que aquélla era la mujer de su alma, preocupándole
que alguna de las personas que la acompañaban fuera su novio, pero cuando
sintió las caricias de confianza de sus manos de princesa, notó que era la
primera vez que ella pensaba seriamente en un hombre que la quería. Se hicieron
a la confianza ligera, que lo unió a ella de una manera más especial, que lo
introdujo en la corriente única que desembocaba en la pasión faraónica. Sintió
que en ese momento se desmayaba, porque la que tenía a su lado era una mujer
tan hermosa, que enriquecía la historia misma de esos carnavales.
-Eres la mujer más bella que he
visto en mi vida –le dijo él.
Durante un buen rato,
estuvieron hablando los dos, haciéndose casi una sola carne. Bastaba la manera
como se miraban, para saber que estaban atrapados por la animada fuerza
centrífuga que aseguraba la preservación, producción y continuación constante
de la destacada especie humana. En el fondo, él parecía ser la persona de su
vida, el humano que aparentemente salió de la nada para llegar a su encuentro y
rescatarla de la amenaza de incertidumbre en que se había convertido su ser,
siendo una preocupación en ella que ante tantos atributos prodigiosos, no
atraía a aquel ente masculino que la hiciera querer. Desde entonces, no volvió
a bailar con nadie más, ni lo volvería a hacer en el resto de la tarde, ni de
otras tardes en su corta vida, demostrando con eso o haciendo creer a los que todavía
llegaban, que aquel galán que la acompañaba era alguien que la conocía desde su
más remoto pasado, y que había venido a la fiesta con ella. Con eso quedó
concreto que, gracias a esa caseta legendaria, había nacido un nuevo amor.
En otras ocasiones volvieron a
verse, pasando de la atracción a la acción de besarse pronto. Al decirle ella
que era el primer novio que tenía, él no lo pudo creer, aunque la verdad es que
la dulzura de sus labios manifestaba en seguida que tenía el azúcar intacto. Su
enamoró con profundidad de Ángela Guzmán, la cual sentía que tuvo algo de gran
inteligencia haber esperado a alguien que ni siquiera conocía, porque en serio
poseía todos los atributos del hombre de sus sueños, buen mozo, piel trigueña,
ojos bastante claros para ver bien, y por fortuna completamente enamorado de la
misma mujer que se había enamorado de él. Nunca él se había apasionado de
alguien con tanta rapidez, y las personas que se dieron cuenta de esa pasión lo
felicitaron, porque en efecto eso quería decir que había encontrado a la mejor
mujer que mostraba la vida. Sólo él sabe cuánto disfrutó a su lado, sabiendo
que era su novio, cuántas veces tuvo el placer de tocar esa piel lozana que los
demás ansiaban sobar, cuántas veces sintió que era suya por la satisfacción de
amarla sin problemas, haciéndole creer a ella por primera vez que el amor en
vivo era más placentero que estudiar, que pintarlo, y que soñarlo, pues pensó
desde ya que sería su único novio por tener. La unión que representaban
aseguraba que eran la pareja perfecta, y se les vio en varias partes, corriendo
en los parques para poder volar, viendo películas en los cines para besarse
mejor en la oscuridad, tomados de la mano en la calle 84 para comer deliciosos
helados que sabían a ellos dos. De esa forma, fortalecieron una vez más la leyenda
de que un amor tan grandioso de ese alcance, solamente podía nacer durante los
carnavales, y se amaron hasta que no supieron hacer otra cosa. Era la mujer más
bella que había visto hasta entonces, con la que mejor se llevaba, y aprendería
a descubrir que había llegado a su vida para enriquecerla más de lo que ya
estaba, sabiendo que podía vivir mucho más tiempo, siempre y cuando todos los
días pudiera ver sonreír una cara como la de ella.
3
El príncipe era del Líbano,
trigueño, delgado y dueño de un perfil parecido, que hizo que una mujer difícil
como ella cayera en seguida en el encanto de su gracia divina, creyendo que era
ese hombre invisible en el que había pensado tanto, que al verlo aparecer luego
de frente lo reconoció en seguida. Su nombre era Habîb al-Assad, tenía
veintidós años, era vendedor de joyas buenas y con mejores muestras por haber,
y era tan elegantemente apuesto, que al descubrirlo en sus proporciones masculinas
más de una mujer de esta vida estaría pensando lo mismo que ella. Su espíritu
delataba a una persona serena, tranquila y amable, que hablaba bien el español
con acento extranjero, poseedor de una presencia seductora que se imponía ante
los demás, aunque al instante se olvidó de sí mismo cuando la conoció a ella,
un ángel que como muchos sabían había caído del cielo. «Él era el hombre que
todas las mujeres aspiraban tener», decían quienes lo conocían. El aura que lo
rodeaba lo hacía parecer como alguien de linaje real que venía de un país muy
lejano, del Oriente Próximo donde el ser humano veía primero el sol, y el
viento fuerte aumenta su protagonismo en la arena que era abundante de
ensueños, de espejismos exuberantes que aparecían y desaparecían dejando la
impresión de no haber estado, pero que aun así eran bastante menores a él, que
era igual al agua de beber para una mujer que estuviera muriéndose de sed en el
desierto. De esa forma, demostraba que su sangre venía pura desde sus más antiguos
ancestros, porque a veces se casaban entre familia para mantener el rico
patrimonio imperial, y la verdad es que hasta el Rey de Arabia Saudí al ver a
una mujer con los atributos de ella, hubiera caído bajo el encanto de una dulce
sonrisa que reflejaba una belleza deseada que nunca antes fue muy bien
imaginada. Su mirada lejana y curiosa revelaba el carisma que era incluso
superior a su aspecto, y desde entonces era imposible pensar que en cuanto él y
ella se conocieran, no se produjera de inmediato el gran milagro del amor.
La verdad es que el inmenso
poder de su raza estaba en que su padre era una persona adinerada, incluido en
aquella parte de Asia, dueño de una familia donde abundaban rostros como el
suyo, que controlaba una riqueza que aparte de ser la envidia de cualquier realeza
musulmana, alimentó una interesante historia que con el transcurrir de los años
ya no parecía sacada de la realidad sino de la más pura fantasía. La fortuna
que poseía, había estimulado muchas leyendas en cuanto a su procedencia original,
por lo que se podía pensar que aunque eran sólo personas comerciantes, algún
antepasado enamorado de la noche pudo ser el dueño de la luna si hubiera estado
en venta. En la cultura de donde venía, la riqueza era la ambición más grande
del hombre, y ser científico, músico, médico, orador o creador de grandes obras
literarias, sólo era un pretexto para adquirir el río monetario que le permitía
a cualquiera hacer sus sueños realidades, desde tener un viejo camello que
nunca se muriera de sed en el ancho desierto, conseguir que un astrónomo en una
sola noche contara todas las estrellas del firmamento, hasta hacer que el
Universo obedeciera siempre las órdenes de alguien que hubiera conocido su ley.
De manera que la familia disfrutaba de los placeres terrenales, algunos tan excepcionales
como conseguir la voluntad de la gente más apartada, que apenas había escuchado
algo de esa casta. En cualquier escenario, tenían mucho poder que los llevaba a
ser los dueños instantáneos de casi todo lo que desearan.
Él siempre había escuchado que
ser rico, era el destino natural del hombre de su raza, y por eso el sentido de
la gratitud era muy fuerte en esa tradición, en la que se creía que había que
ayudar con constancia a los más desfavorecidos para seguir contando con el
favor de Alá, que de todo se daba cuenta desde el cielo. En las calles, en las
esquinas, en los zocos, desde joven pudo mirar que la vida era casi igual que
en las viejas historias donde se mencionaban los genios grandes y felices
salidos de las lámparas, como ver a unas mujeres demasiado bellas que se
tapaban permanentemente los rostros, por temor de que si los tenían
descubiertos podían hacerle un daño mortal al hombre. De modo que aquel lugar
era sagrado por un orden cósmico que respetaban los seres humanos, provocando tantas
fábulas que algunos aseguraban que los árabes aparte de todos los días leer El Corán, eran los dueños por excelencia
del dinero, que el petróleo era más valioso porque lo extraían de la tierra y
comercializaban ellos, al igual que las alfombras para volar, las telas para
adornar a las mujeres, los jarrones para beber el té caliente que inspiraba
grandes ideas, y el turismo en los camellos que les recordaba a los hombres que
a bordo de uno cualquiera podía cruzar el desierto, y encontrarse desde la distancia
el gran palacio de un antiguo país que sólo estaba en la imaginación del
viajero. Era cierto que aquello era verdadero, en medio de una fantasía donde
la aridez del clima era sobrellevada con esmero. Sólo ése era el único sentido
de la vida, y que provocaba que en la tierra diariamente quisiera nacer tanta
nueva gente.
La familia al-Assad toda
procedía originalmente de Irak, aunque se mantuviera en muchos puntos del mundo
enriqueciendo más una fortuna legendaria, debido principalmente a las joyas, desde
diamantes, esmeraldas, rubís, perlas brillantes, que se remontaba al
tatarabuelo que comenzó ese negocio en una calle deprimida, vendiéndole al
primer transeúnte que tropezó, un valioso adorno de oro que había encontrado en
un saco abandonado de especias. Desde entonces, se dio cuenta de que con ese
capital podía poner algo rentable, y con el paso de los años fue vendiendo toda
clase de objetos, desde alhajas, telas, figuras de arcilla, incluso antiguos
libros encuadernados en cuero de ovejas, títulos con inscripciones en oro junto
a piedras preciosas, que –según decían- habían sido escritos en una época
bastante remota, no para ser leídos por nadie sino únicamente para adornar la
biblioteca del gran califa de Bagdad, Harún al-Rashid. En realidad, adquirió
muchas cosas de esta vida, hasta parecer un respetado patriarca con bastón que
hubiera estado en los primeros días de la tierra, cuando era posible ver a
Dios. Su éxito comercial le abrió las puertas de muchas partes, donde su nombre
y reputación lo hacían parecer a aquellas antiquísimas personas que comandaban
grandiosas caravanas, que hacían más atractivas las arenas del desierto. La
fama llegaba a muchos lugares, llevándolo a ser considerado como un señor que
había cumplido la promesa de estar preparado para morir satisfecho, en cierto
cuarto sumergiéndose en una montaña de infinitos dinares de oro. En poco
tiempo, había logrado sacar a flote un imperio mercantil que inspiraba el mismo
canto de los poetas.
Su descendencia continuó con la
tradición, y uno de sus nietos, con sus ojos de aceituna, llegó a ser príncipe
de Marruecos, sólo porque la hija del rey antes de verlo en la alcoba había
soñado con él. De modo que el apellido al-Assad casi todos los tenían, y
casándose entre primos hermanos había hijos que nacían llamándose Mohamed
al-Assad al-Assad. Era claro, por conservar la riqueza que era cuidada con
tanta cautela, que llegaban a pensar que alguien se quisiera casar hasta con su
hermana, para conservar siempre la misma sangre. Eran unas personas muy unidas,
y trataban a toda hora de aumentar el dineral que poseía una fuerza de
gravedad, que en su órbita permanente hacía que se volvieran más cercanas de lo
que eran, sin que nunca parara el estado de gracia. El padre de Habîb al-Assad
era uno de los personajes que más había hecho para aumentar el caudal de la
familia y llevarlo a la grandeza internacional que hacía una leyenda universal,
como las mejores cosas épicas e inverosímiles que sucedieron alguna vez en el
pasado, cuando alguien en un caballo y con una espada poderosa se convertía de
la nada en un príncipe, porque salvó de la muerte a una princesa raptada en el
desierto. Tenía amistad con jeques, magnates y reyes, y no era difícil pensar
que su hijo mayor terminaría siendo príncipe, si nada más quería tomarle la
delicada mano a una hermosa princesa que nunca lo había visto. Era una de sus
grandes aspiraciones, en alguien como él lleno de obsesión, que estando una vez
en un cuarto, en medio de un delirio, ante una cara que no pudo ver, escuchó una
voz que le dijo: la noche tiene dos ojos. El padre quería el bien para su hijo,
y por eso trabajaba intensamente, porque era su preferido, su mejor esperanza,
y tenía la intención de que algún día no muy lejano encontrara a una gran mujer
de apariencia excelente, que reuniera las condiciones para postergar bien la
estirpe.
Tal idea estuvo en su cabeza,
aunque desde muy temprana edad Habîb al-Assad creció con la mentalidad de ser
un empresario de éxito, que nunca se preocupó por llevar su linaje a la sangre
azul, porque después de la lectura fantástica de Las mil y una noches que lo puso a soñar, era consciente de que una
mujer humilde que fuera la más bella entre las mujeres como la que él quería,
podía encontrarse aún en la realidad. Su modo de ser era impresionante, y
terminó sus estudios de economía para convertirse en alguien que tuviera una
carrera de acuerdo con sus intereses. En verdad, tuvo muchas novias, que se
ilusionaron hasta el extremo, pero intuía tanto a las mujeres que era
consciente de que éstas no se enamoraban de su masculinidad sino de su
abundante fortuna, que las hacía poner más lindas con argollas grandes y
excesivos metros de seda fina, sólo para ser advertidas en cualquier momento
por él. Sin embargo, cuando conocía a una mujer con caderas de sobra para el
buen amor, no era tan precipitado al igual que el resto de los hombres. «La
mujer que se enamore de mí, no tiene que saber quién soy», decía. Tenía siempre
el don de saber expresarse, aunque era sensato en reflexionar que una mujer de
cultura diferente en cuanto lo viera, sabría que el amor que él buscaba era
precisamente lo que más lo esperaba. Su padre, de alguna u otra razón, estaba
de acuerdo en su elección, aunque la intención de que se casara con una prima
lejana que vivía en El Cairo poco a poco iba tomando fuerza, y hubiera podido
ser real si en vez de ir a conocer las tres pirámides de Egipto, no terminara
yendo inexplicablemente a apreciar las máscaras de marimonda en los carnavales
de Barranquilla. Mientras tanto, iba demostrando disciplina con los negocios de
la familia, desplazándose a muchas partes del mundo donde tenían sucursales,
que eran muy bien atendidas. Se veía entregado a los asuntos, demostrando tener
más talento que sus hermanos, y siempre caía en el silencio duradero, como si
también se ilusionara con alguien de cabello castaño largo que lo creía estar
inventando. Ese hábito lo tenía casi desde niño, pero cuando hablaba parecía no
haberse ausentado ni un solo segundo del diálogo que los demás entablaban, hasta
que siguiendo el mejor destino del hombre de cedro decidió viajar a un remoto
país de Suramérica.
Barranquilla era, por
excelencia, una ciudad de inmigrantes. Su historia comenzó prácticamente por el
río Magdalena, que con el curso del primer barco a vapor fue dejando ver desde
la distancia que el buen futuro vendría por la corriente. Desde principios del
siglo XX, con la apertura de Bocas de Cenizas, comenzaron a entrar más barcos
procedentes del extranjero, trayendo de todo y para todos, agrandando el bienestar
de una ciudad que cada día tenía más calles, más barrios y un gran mercado público
donde sobresalía el bocachico, para acoger con placer a toda clase de seres
humanos, como europeos, gringos, chinos, árabes y judíos, que de paso trajeron
la semilla de sus culturas para sentirse igual que en sus tierras. Eso enriqueció
la ciudad, gracias a un comercio internacional que la puso más cerca del mundo
moderno. Pero sobre todo seguía llegando gente del Oriente Próximo, como si el
calor de esa comarca fuera el ambiente propicio para continuar la misma
prosperidad que no venían a sembrar, sino que sólo era una gran expansión de
aquélla. Gracias a eso, su raza actual era un crisol que producía gente pujante
y echada para adelante.
La cultura árabe allí estaba
bien establecida, desde sus inicios hasta el momento, por lo que era normal que
sus gentes fueran de lo más representante, y en la calle hablaran ese dialecto.
En cualquier parte, sirios, palestinos y libaneses, tenían una fuerte presencia
que se sentía en el ambiente, a tal punto que parecían los padres fundadores de
la ciudad. Eran muchas las personas que conocían bien a los dueños de los
puestos comerciales, como en el departamento de Córdoba donde también se habían
asentado, aunque unos yendo y viniendo vivían muy lejos, donde el sol salía
primero y por eso apreciaban mejor el sentido de los negocios. La amistad con
otras personas de ascendencia del Medio Oriente era bien fortalecida, y no era
raro que a veces algunos de sus integrantes estuvieran en una tienda tomando
cerveza y hablando en español, para pasar desapercibidos por la mayoría de los
habitantes de la ciudad que se alegraban de que nacieran y se criaran allí. En
verdad, esta ciudad de mar y río siempre había tenido una participación turca,
que la diferenciaba de otras del país. La comida como el quibe, las sanas costumbres,
el sentido de la riqueza, habían contribuido para que la población creciera de
mejor manera con el impulso que le había dado el empresario Fuad Char, y se
dieran cuenta de que en cualquier lugar de la tierra ningún negocio bueno es
imposible de abrir si se tiene una mente para pensar. De manera que era un
lugar de agrado y placer, donde seguirían estando hasta el fin de los tiempos.
Los al-Assad tenían almacenes
desde hacía años antes en esa ciudad, y les había ido tan bien en el comercio
que contaban con los más grandes por la calle 76. Eran los lugares donde los
hombres hablaban entre ellos en árabe y atendían a los clientes en español, con
un sentido tan profesional del negocio que uno no hacía sino pensar que antes
de la misma creación del mundo, ya esa raza había decidido que era la que iba a
manosear el dinero. El éxito de ventas no paraba, y la importación que
realizaban era esencial, ya que cualquier cosa inesperada que se llegaba a
buscar en el mostrador siempre se encontraba, como el amor. La bisutería hacía
parte del mercado que ellos dominaban, y era como si con tantos productos de
joyas, no hicieran sino embellecer más a las mujeres de una ciudad que daría
una alhaja como la reina colombiana Adriana Tarud, dueña de una hermosura
fantástica que nacía en el brillo de su silenciosa mirada, y que era tan cálida
como una urbe del Oriente Medio, porque la brisa fresca y permanente del río
Magdalena hacía sentir cerca a cualquiera que viniera de lejos. Sin dudas,
aquél era uno de los mejores sitios para fortalecer el negocio.
En vista de que siendo allí uno
de los lugares del mundo donde más habían consolidado el mercado joyero, se
debía siempre estar mirando. Era sabido que la prosperidad no paraba, y hasta
el padre de él había ido en varias ocasiones a aquel lugar, para ver qué era lo
que producía que tuvieran esa abundancia de dinero, que recogió por un tiempo
William Mebarak en su búsqueda también de ser el mejor vendedor. Al llegar,
comprendió en seguida que el ambiente era propicio para vender pendientes, porque
aunque quedara en el Caribe al lado casi de la desembocadura de un río, y las
mujeres anduvieran con la piel algo descubierta, allí se respiraba una atmósfera
que lo hacía sentir como en Damasco, donde algunos hombres en la calle todavía
andaban en camello para no gastar la gasolina que se debía exportar. Por esa
razón, siempre procuraron cuidar mucho la clientela de aquella parte calurosa,
y las joyas mejores que producían iban a parar a esas tiendas, para cautivar a
una ciudadanía que a fin de cuentas no se deslumbraba tanto por eso como por
las mismas mujeres nativas que se las colocaban. Combinadas ellas con las
mejores prendas de Ormuz, producía que en aquella ciudad se pudieran ver al
aire libre las mujeres más bellas de la creación.
El día en que llegó al aeropuerto
Ernesto Cortissoz de Barranquilla, Habîb al-Assad supo en seguida que estaba en
una comarca igual de caliente que su tierra. Al bajar del avión, reconoció por
el clima que había algo misterioso que lo transformaría en una persona
diferente, un hombre que estaba destinado a vivir un episodio de la vida que
sería muy conocido en varias partes del hemisferio occidental. Lo sintió en la
temperatura, en aquella deliciosa brisa proveniente del río que le hizo pensar
en la que le decía su padre del Nilo, donde los cocodrilos más largos salían a
la ribera para poderla respirar. Vino acompañado de un hermano, que mientras
caminaba dentro de la sala de la terminal aérea le dijo que a lo mejor allí iba
a encontrar a alguien que lo quisiera bien. Habîb al-Assad sonrió, como si ésa
fuera la verdadera razón que lo había puesto a viajar desde el otro lado del
mundo. Cuando buscaron la parte de afuera para subirse a un carro, seguían
enigmáticamente poseídos. Fue en esos momentos, con sinceridad, que sintió real
el amor de una mujer atrayente que debía vivir en esa parte.
Después de darle una vuelta a
los almacenes de la familia, decidió pasear por esa ciudad de río y mar que
verdaderamente era legendaria en la tradición de su raza, que veía lo más
parecido a una tierra prometida. En la tarde, estuvo en restaurante tradicional
de la ciudad, cerca al estadio Romelio Martínez que estaba cerrado. En medio de
mucha gente, como cualquier libanés más y junto a su hermano y unos amigos,
probó la popular sopa de guandú. Entonces por la sazón que sintió en el
paladar, comprendió que quizás algún día le gustaría vivir allí. Luego estuvo
en otros lugares más conocidos, tratando de descifrar la magia de esa parte, a
donde lo había llevado la misma pasión. Con el tiempo descubrió una cosa:
aquella ciudad de sol y brisa proveniente del río le gustaba, por algo que
todavía ni siquiera había conocido. «Era como si lo único que me faltaba era
ver a la mujer, para tener motivo eterno de quedarme», diría. Había algo que lo
obsesionaba en su interior, hasta que de una manera un poco profunda fue
interpretando aquel fenómeno. En serio, cada vez más estaba absorbiendo el amor
de una mujer que no había tenido la oportunidad de ver, y que, según creía,
tenía que ser muy bella para que pudiera moverlo desde tan lejos.
El hecho de que Habîb al-Assad
estuviera allí, no era del nada anormal, aunque contara con pocas amistades, y
saliera a caminar a pie por las calles como pocas veces lo hizo en su ciudad
natal. En ningún momento, se imaginó que aquella urbe iba a ser el lugar donde
se quedaría viviendo más de un año, y quizás pensó que eso era parte del
compromiso histórico de su raza que se tenía que expandir por todo el orbe,
buscando acumular el dinero que ya estaba hecho. Le gustaba el sol, sus gentes,
aunque por un poco de respeto al Islam, en raras ocasiones le gustaba salir a
divertirse en los carnavales, y prefería estar en un cuarto de Beirut, al lado
de sus sanas hermanas que cantaban tradicionales canciones que alegraban a Alá.
Sin embargo, tomar cerveza era una de sus pasiones favoritas, y lo hacía a
veces con tanto gusto, que era capaz de comprar varias canastas y bebérselas junto
a su gente de confianza durante un fin de semana, y hasta de escuchar mucha salsa
y saber quién realmente fue Héctor Lavoe en una esquina de Nueva York. Eso lo
había puesto a pensar que la vida era mejor en Occidente de lo que su gente
creía, aunque no vio en seguida en la calle a una mujer de belleza majestuosa
como había escuchado tantas veces, a pesar de que allí todas iban tranquilas
con las caras descubiertas. Era algo que se notaba en cualquier parte, y además
se quedaban mirando un buen rato al ver a alguien de aire árabe como él. En su
interior, era consciente de que algún día conocería a la mujer de su vida, sin
importarle cuánto tiempo más se demorara eso, porque sabía que ya estaba en el
lugar donde se encontraba.
Cuando por cosas de la vida se
quedó durante todo el carnaval, caería en el hechizo del que no podrían escapar
judíos, cristianos y musulmanes, por mucho que se mantuvieran retirados. En
esos días de 1982, el ambiente de la ciudad había crecido de una manera muy
grande, y se sentía el ruido de la cumbiamba por todas partes, que quedaba en
la piel, volvía loco al más cuerdo, desataba la furia de los negros de Palenque
que despertaban la sonrisa porque al correr y quitarse las camisas no tenían
necesidad de disfrazarse de esclavos, al momento en que él respiraba la brisa
proveniente del río Magdalena hasta más no poder, que le hizo sentir que había
formado parte de Barranquilla desde una venida anterior. Él no tenía idea de lo
que era esa explosión de la fiesta, pero la rumba lo emocionaba, el sonido del
tambor, el ritmo sobrecogedor de la cumbia que pareció adentrarse en sus venas
como la misma transfusión de sangre nueva, y ponerse a bailar de pronto una
música misteriosa que no había escuchado conteniendo ese aliento sísmico en
ninguna otra parte de la tierra, con la que más de veinte años después Shakira
en Hips Don’t Lie obtuvo su éxito
universal. Era algo que no había mirado, ni siquiera en una selva de la India
donde estuvo alguna vez, y vio a unas mujeres iguales que en medio de la danza
hindú, hacían mover contentos de un lado a otro a los grandes elefantes. De
todas maneras, pensó que aquello también era importante para él gozar de la
vida. Invitado por un amigo de la ciudad, aceptó ir a la caseta La Tremenda,
siendo cualquier ciudadano más, sin querer parecer un archimillonario a pesar
de que su primor de prenda lo delataba, pero lo hizo más que todo porque
presintió que a lo mejor en ese local, encontraría el origen del pensamiento de
la mujer que (aconsejada por el hada madrina) hacía años lo ansiaba.
Al llegar, tal como intuía,
sintió que estaba en un lugar diferente al resto de en los que había estado.
Había tantas personas en medio de la fiesta, bailando, festejando, haciendo
saltar los ánimos por los aires, que apenas ya les daban protagonismo a los
músicos que hacían todo el esfuerzo de la vida, por llamar más la atención de
los que apenas conocían el carnaval. Estuvo un rato parado, en silencio,
buscando cuál era la razón que lo había llevado allí, casi contra la voluntad
de su cuerpo. Sin contenerlo, como por arte de magia, se sintió poseído entero
por el amor, que tenía la loca fogosidad, el fuerte aroma de una doncella, pero
sin haber visto en ese segundo la cara de la bella mujer que lo destilaba. La
buscó en varias partes, con los sentidos bien abiertos, apresurado,
desesperado, temiendo despertar de aquel sueño plácido, que ya había comenzado
a tener incluso antes de conocerla. En su apuro, estuvo así, sin saber qué más
hacer, hasta que al final detuvo la mirada en alguien que al cabo de un momento
lo vio, cuando se sintió conectada con la misma pasión que lo identificaba. Era
de cabello largo y castaño, cara inolvidable y manos de la más fina porcelana,
y tenía la compostura de una princesa, que de repente ha descubierto que entre
amigos se puede tener una verdadera diversión. En realidad, era la mujer que
había imaginado, que estaba buscando para estar enamorado y cuyo intrínseco
rastro corporal lo había arrastrado hasta allí.
A raíz de ese encantamiento, lo
que él hizo fue acercarse y sacarla a bailar, consciente de que lo que menos
sabía era moverse al ritmo de una cultura suramericana, donde había sido
introducido por primera vez. De inmediato, ella respondió a su pedido y fue en
seguida su gran mujer. Fue algo sorprendente, porque parecía ser su maestra de
baile, en un punto en que él reconoció que ahora lo único que sabía era estar
al lado de ella. Todo el resto sucedió de forma espontánea, porque entonces
Ángela Guzmán no dejó de sentirlo un solo instante, como si su apariencia de
árabe fuera suficiente para ser confundido con el último príncipe que quedaba
en Oriente. En serio, no tenían la menor idea de lo que iba a ocurrir a
continuación, pero después por su aire extraño, la química que producían
contagió el ambiente, lo hizo completamente diferente, y todos los presentes de
pronto se pararon, estuvieron poseídos, desarmados, y sin entender se fueron
volviendo al mismo tiempo para mirarlos impresionados, porque sintieron que era
de ellos dos que provenía el amor. Si alguien le hubiera preguntado qué estaba
sintiendo, él hubiera contestado que la mejor media hora de su vida. En esa
situación, en medio de la bulla, tuvieron la oportunidad de intercambiar
preguntas y respuestas, y cada vez que ella le decía algo, él estaba recordando
que era la mujer desconocida que siempre había querido, sin necesidad de verla.
Supo que eso era el principio de un nuevo amor, el cual lo tenía bien
emocionado y lo había llevado a pensar que de ahí en adelante, su vida
solamente sería la que ella quisiera que fuera.
La relación que mantuvieron los
primeros días, fue producto de una loca pasión, y nadie daba para explicarse
cómo dos personas tan parecidas en sus rasgos sobresalientes, podían estar en
un sitio mundano y a la misma hora sin ponerse de acuerdo. Habîb al-Assad era
el príncipe que ella siempre había querido tener, y la verdad es que sus padres
debieron ser las personas más felices de la tierra, cuando supieron que Ángela
Guzmán había encontrado al hombre de su vida, atribuyéndole eso a su buena
estrella, a pesar de haber ido al único lugar donde no la hubieran querido ver.
Al lado suyo, la muchacha comenzó a vivir en serio un cuento de hadas de los
hermanos Grimm, aunque para él aquello era propio de las historias fabulosas de
Oriente, donde el amante conseguía siempre a la mujer de su vida en una tierra
lejana, dueña de una apariencia bien agraciada, que nunca antes había podido
estar con tanta exactitud ni en los versos libres de un poeta. «Era la primera
vez que estaba enamorada de alguien que no era Dios», decía Sonya Murcia. En su
interior, a ella le era casi mentira, estar ahora a su lado, paseando por todas
partes, envolviéndolo con su instinto animal que lo hizo olvidar de que había
venido de tan lejos. Siempre había pensado en alguien así, y por eso pocas
veces les prestó atención a esos tristes pretendientes que la rodearon, que ni
siquiera llegaron a tener un parecido con él. Era algo que por mucho que le
dieran vuelta los demás no comprendían, produciendo que llegaran a dudar de que
tuviera corazón. Pero cuando él de pronto apareció en su vida, demostró que
tenía el mejor que debía poseer una buena mujer.
Sin que nadie entendiera, Habîb
al-Assad no quería sino estar en Barranquilla, y su familia libanesa pensaba
que al fin había encontrado a la encantadora mujer que le hizo entender cuál
era el único destino cierto del hombre. Lo que su padre le pidió, es que si
quería quedarse en aquella ciudad y vivir para siempre, es que fuera un buen
representante de sus negocios. Eso era algo que él tenía muy claro, porque
desde ahora podía tener una compañera a la que iba a volver socia en sus
asuntos, aunque la verdad es que Ángela Guzmán era dueña de una belleza tan
excesiva, que no parecía haber nacido para vender joyas sino más bien para
exhibirlas. Ella se emocionó con aquella aventura, y la idea de ser su esposa
la tenía muy emocionada, totalmente ilusionada, porque lo que más había querido
era viajar por el mundo, y al lado de alguien ilimitado como él, podía hasta
cumplir el deseo de tomarse una foto frente a un palacio de Indonesia que fuera
de ella. Se divirtió mucho con aquél que fue su primer y último amor, dejándose
amar con los abrazos y los besos sensitivos, pero sin saborear el jarabe de la
adhesión completa, porque para eso debía tener antes el consentimiento
apropiado de Dios.
Era algo que tenían en cuenta,
desde que estuvieron en un cuarto de la ciudad. Debido a esa oportunidad tentadora,
era la primera vez que él comenzó a mirarla con sus verdaderos ojos de libanés.
Fue un instinto animal que ella crecida en belleza entendió, como si aquel
hombre que había nacido para traerle cuantiosa riqueza, a la hora de desearla
podía ser el mismo que la dejaría sin su tesoro. En el espacio de intimidad,
dio el paso que no se había atrevido antes a dar, por el temor de que en verdad
ella no lo quisiera hasta ese extremo. La abrazó, la besó, la acarició en sus
partes mejores, y cuando insinuó ir más allá para vivir por siempre dentro de
su carne, ella creyó que su vida estaba a punto de perderse sin ninguna clase
de garantía, y entonces recordó los consejos de su madre, la cual le decía que
para dejarse tocar de un hombre era porque había de tener puesto su anillo de
esposo. Tener la cama tan cerca de esa mujer, fue algo de fascinación para él,
pero no pudo ir a ese punto ardiente, hacerla una esclava suya en el placer,
como ya era ella en su imaginación ansiosa. Ángela Guzmán le dijo que si tomaba
una daga y se la colocaba en la garganta era capaz de darle la vida si así lo
deseaba, pero no aquello que él en esos momentos anhelaba con desespero. Era
tan fuerte el sentimiento con que lo dijo, que él no tuvo más dudas de que era
en efecto la mujer que había buscado en el mundo entero. El suceso estaría sólo
en los dos, y esa conciencia de culpa lo perseguiría por un rato, haciéndolo
sentir mal por intentar llevar al pecado a alguien que todavía tenía su lado de
ángel.
Sin hablar más de eso, estaban
después en un restaurante de comida árabe, situado en el norte de la ciudad.
Era algo a lo que ella poco a poco se acostumbraba, porque era consciente de
que al enamorarse de él también se estaba enamorando de su cultura oriental,
donde la bandeja servida era más abundante. En vista de eso, pidieron pollo
asado al carbón al mejor estilo del lugar, con ensalada de lechuga, tomate y
cebolla, papas cosidas y salsa de ajo. En esos instantes se miraron a las
caras, reconociendo aquel amor que resplandecía y los iluminaba mutuamente,
para abanicar un gran tema que estaba en el aire. Él sentía que había llegado
el momento de decirle algo, que ella también quería escuchar.
Habîb al-Assad creyó que era
adivina por la forma como lo miraba. Sin embargo, fue consciente de que él andaba
tan enamorado, que no era nada de la otra vida que ella acertara en lo que siempre
pensaba. Entonces se lo dijo de una manera natural, que le llegó al mismo
corazón.
-Nos vamos a casar.
Ángela Guzmán se sintió feliz,
de verdad. Para ella, en ese instante ya él comenzó a ser su esposo. Mientras
tanto, quedaba pendiente algo de trascendencia. Cuando le preguntó a ella cómo
quería que fueran las cosas, si se quedaría en su religión o él en la suya,
ésta no tuvo la menor duda. Sólo así le dijo con el sentir que llevaba adentro,
que en una iglesia.
-Quiero que sea lo más pronto,
no importa dónde –le dijo él.
-Lo sé.
Pero ella quería explicar la
verdadera razón de su ilusión en el altar.
-Es que siempre he soñado
–dijo- estar como una novia vestida de blanco.
En consecuencia, era muy claro
que ella seguiría con su devoción cristiana, y a él no le quedaba más remedio
que convertirse a esa religión con tal de tenerla todos los días con gusto a su
lado. Es decir: primero tenía que volverse seguidor del nacido en Belén, para
poder apreciar el esplendor de su desnudez en la cama. Para él, eso no representaba
ningún problema. La idea le fue dando vuelta en la cabeza, y cuando se lo
comunicaría a sus padres, hasta estarían de acuerdo. Lo único que sabía era que
la amaba más que a nadie, más que a sí mismo y que a todas las cosas, y que por
ella podía vivir en cualquier otra parte y hablar solamente su idioma.
El admirable trato fue
aumentando más con el paso de los días, y aunque ella ya no estudiaba en el
colegio Elena Duque, él seguía al frente de sus negocios con la responsabilidad
de cualquier vendedor. En varias ocasiones, al salir de su casa, ella lo
acompañaba en el almacén de joyas, viéndolo a veces hablar en su lengua con sus
socios y padres distantes que estaban en el teléfono, y soñando algún día
dominar ese idioma con el que desde la antigüedad en el desierto se habían
dicho las mejores frases de amor a una pareja, sobre todo después que le compró
para su alegría infinita una vieja mansión al mejor estilo árabe, de las únicas
dos que estaban en el barrio El Prado. Sus amigas se dieron cuenta en seguida
de que había conseguido al soberano de su secreta ansiedad, y se alegraron por
eso, sabiendo que algún día ella, cuando fuera su esposa oficial y estuviera moviendo
su escultural cuerpo en una acostumbrada danza árabe frente a la alcoba, como
una salvaje, sensualmente inspirada, llena de pasión, de erotismo, luciendo un
traje recubierto en oro, esmeralda y muchos diamantes, haría de él el hombre
más rico del amor. Por su parte, el joven Habîb al-Assad no veía la hora de
llevar a cabo rápido aquel matrimonio, y así tener la oportunidad de estar en
la oscuridad de un aposento con una dama que lo había puesto a ser el humano
enamorado que más usaba la imaginación, de la que salía vapor, porque el amor
de ella lo tenía tan prendado que después de una corta estadía en Maicao,
sintió la necesidad de estar viéndola cerca a cada rato, para no tener que
pensarla tanto. La iniciativa de él, sería llevar a cabo el matrimonio más
grandioso que se hubiera dado alguna vez en la ciudad, para que la historia
occidental recordara quién ante el altar había sido el hombre más enamorado del
mundo. Estaba seguro de que también ella asentía a eso, y le dijo en una
ocasión en su idioma que nunca, pero nunca, lo dejara solo, porque estar sin
ella era igual a la muerte, habiendo descubierto algo que ya habían
experimentado antes sus enamorados deprimidos. Era imposible que algún día
dejara ella de quererlo, porque ya había visto en sí todas las condiciones de
un hombre bueno, y estuvo entonces dispuesta a quitarse la ropa y entregársele
antes de tiempo, pero él mismo decidió que mejor respetaría la costumbre
católica del amor. En realidad, lo único que necesitaban para conocer la
felicidad era que llegara el 4 de febrero de 1983, el día escogido para la boda
del año.
La iglesia Inmaculada
Concepción quedaba en el barrio histórico más representativo de Barranquilla,
El Prado. Su inauguración, un día a principios de marzo del año 1951, puso de
moda un lugar donde hasta los más ricos querían ir a rezar todos los días. Su
fachada blanca frente a un pequeño parque y a pocos metros del Hotel El Prado,
supuso la certeza de que también los ricos eran buenos si iban tanto a una
iglesia, y los domingos atraía gentes de todas partes que querían estar
presentes en las misas que comandaba entonces un padre, de barba vistosa y voz
de Galicia, de quien se decía que alguna vez había visto a Dios. Su espacio
interior estaba lleno de muchas personas, y su fama era motivo para que unas
que llegaban a la ciudad estuvieran un momento aunque fuera en el lado exterior
de aquella iglesia bonita, que además santificaba el ambiente, produciendo que
ciertos individuos que pasaban la miraran bastante, y terminaran creyendo sin
darse cuenta que gracias a ella estaban más cerca del cielo. En verdad, era
raro que alguna persona de la ciudad no hubiera escuchado hablar de ella, tanto
si era por su hermosa fachada blanca o por los comentarios de que las personas
más pudientes de la ciudad de vez en cuando aparecían allí, que para ciertos
indigentes eran indispensables de conocer, aunque sintieran un enorme desprecio
hacia la gente que les daba limosna. Era algo que se veía semanalmente, provocando
que la gente más apartada se hiciera una buena idea de lo que significaba estar
adentro de ella.
El solo frente era suficiente
para querer entrar en masa los domingos, a pesar de ser una de las iglesias más
pequeñas del mundo. Las personas que vivían alrededor, se imaginaban que eso
era lo único que le hacía falta a El Prado, para ser el mejor barrio del
continente suramericano, como en un principio en los años treinta lo fue. Muchos
tenían la sensación de aquel lugar de casas tan hermosas, de todas las culturas
y los tamaños, era el lugar ideal para vivir, y por mucho que fueran a Roma, a
Londres y a París, ese sector en cambio con terrazas de jardines vistosos,
tenía el privilegio arquitectónico de ser en lo residencial casi varios países
al mismo tiempo. Era sabido que las personas más adineradas, que a veces vivían
en otros lados, no faltaban en aquel templo dedicado a la Virgen de la
Inmaculada Concepción, y que por un momento sintieran lástima de los indigentes
que pasaban por las calles o se acostaban un rato en los bancos del parque, no
tanto para estar cerca de Dios sino de esa misma gente que siempre tenía los
bolsillos llenos de monedas de plata. Sin embargo, también era sabido que
muchas almas medio dañadas la visitaban, y que después de salir sentían que
eran mejores personas que antes de entrar. Para unas personas, ir allí era algo
de todos los días, en especial por las tardes, para dar las gracias por la
continuidad de la vida. En cambio, unas aunque entraran varias veces en otras
capillas que quedaran cerca de sus barrios, recordarían que alguna vez por lo
menos habían ingresado en aquélla que era la iglesia de más hermosa fachada
blanca que se conocía.
En cuanto a los matrimonios, ya
se había perdido la cuenta de los más elegantes que se originaron allí, y que
daban la idea de que era en una iglesia donde de verdad las parejas aseguraban
para siempre el serio compromiso. En muchas ocasiones, al pasar por allí,
algunos humanos eran conscientes de que se estaban llevando a cabo uniones
conyugales bendecidas por el padre, y nadie tenía duda de que ambas familias de
los novios debían pertenecer a la élite, porque los carros parqueados en las
afueras eran de otros mundos, la felicidad hacia la vida era más persistente y
el aire que soplaba purificaba el ambiente, para nada contaminado del mundo
exterior que se oxidaba con tanta gente pobre de la ciudad, viendo a veces algo
parecido a eso en las telenovelas. Era como si las personas, o nuevos ricos,
para pertenecer de verdad a la sociedad barranquillera, tuvieran que casarse
primero en la iglesia Inmaculada. Si alguien no lo sabía, poco demoraba en escuchar
al pasar por su andén que ésa era la iglesia donde se casaban los ricos, y que
a pesar de no ser nueva, donde se seguirían casando. Al ver el tamaño pequeño
de la fachada blanca, a veces lo dudaban, pero bastaba asomarse un instante al
interior del santuario para ver los adornos que enriquecían el aspecto sagrado,
enriquecido por materiales caros, pulidos y bien ornamentados, y todos comprendían
que muchos llegaban a casarse también por la sensación de que sólo realizándolo
allí mientras miraban el alto techo, podían estar con sus parejas haciéndose
una clara idea de la eternidad. Muchas personas, aunque vivieran en Estados
Unidos o Europa, venían a ese templo de Barranquilla donde se habían casado sus
padres, sus hermanas o sus amigos de sociedad. Sólo el que era rico sentía
sinceramente que estaba en el lugar justo para una boda, que al día siguiente
estaría en las páginas sociales de los principales periódicos de la ciudad. El
ambiente era el más propicio para hacerlo, aunque las fiestas las celebraran en
el norte, donde estaban las nuevas casas de la burguesía, haciendo de esa
atmósfera el aire ideal para consolidar el verdadero amor que muchos querían de
veras hasta la muerte.
Ése fue el lugar que la misma
Ángela Guzmán escogió para casarse. Había sido su sueño de niña, al verla siempre
por allí y escuchar todo lo referente a ella, de manera que la expectativa de
que fuera así la tenía más contenta que antes. Decía que quería estar bien
vestida, bella, como una cenicienta, para dicha de su corazón. Se sentía completamente
bien, a tal punto que unos llegaron a pensar que por estar ese día en el altar,
sería la mujer más hermosa de la historia que alguna vez estuvo vestida de
blanco. Según su amiga Sonia Murcia, Ángela Guzmán no se cambiaba por nadie en
esos días previos a la boda. Recuerda cuando compró el vestido de novia en un
caro almacén del norte, con su compañía y la de su madre, y que lo escogió desde
el primer momento en que entró, como si desde siempre hubiera sabido dónde se
encontraba el ideal para ella. «Parecía la Cenicienta», decía. «Todo le estaba
saliendo como lo soñó desde su juventud.» Según diría, le quedaba bien desde
que se lo midió, tanto que no hubo necesidad de hacerle ninguna clase de
costura y arreglos, y se vio tan claramente agraciada al arrastrarlo ante el
espejo, que pareció que en esa propia ocasión ya se fuera a casar. Así que todo
iba fácil ayudado por el viento del norte, las cosas marchaban por el camino
correcto, la gente más allegada le pronosticaba un buen porvenir, le deseaba
una vida duradera y mejor, y ella le demostraba una respuesta de afecto
profundo cuando se vio de pronto rodeada de tanto cariño sincero.
Durante unos días, se comenzó a
anunciar públicamente el acontecimiento inédito que iba a ocurrir. Aunque su
padre invitaría a muchas personas, hubo más expectativa en vista de que alguien
entre las personas de Oriente iba a casarse con una muchacha de Barranquilla,
que aunque no era rica sí pertenecía a la sociedad. En los círculos sociales se
comentó eso, y la comunidad árabe tuvo noticia, mientras nadie estuvo en
desacuerdo con que fuera por una iglesia el matrimonio, menos el día caliente
en que llegaron los padres de él desde Beirut y que cuando conocieron a la
hermosa Ángela Guzmán en persona, comprendieron en seguida porqué su hijo había
sentido el amor desde un continente que estaba tan lejos. Muchas personas
estarían presentes en la boda, de eso nadie tenía la menor duda, porque aunque
no eran de allí, la familia al-Assad conocía a unos miembros de su raza en la
ciudad que a su vez conocían a grandes amistades, representativos de la alta sociedad.
De manera que más o menos se tenía una idea de cómo iba a ser de grande aquella
boda, que tenía a todos interesados por lo que iba a suceder como si fueran
cosas de la realeza, ya que la imagen de príncipe de él y la belleza exótica de
ella eran propicio para un fantástico cuento árabe, que mil años después
parecería una exageración de la realidad.
La noche del casamiento del
libanés Habîb al-Assad con la bella Ángela Guzmán, había motivos para pensar
que se estaba llevando a cabo una nueva unión que se recordaría en la ciudad.
Era algo que se veía, porque era claro que una hermosa mujer que había
terminado por representar a la ciudad, iba a mezclar su sangre al menos una vez
con una personalidad muy poderosa venida de Oriente, quizás por el misterioso
rastro de su aroma corporal, que hacía incluso que las personas que nunca la
habían visto recibieran en todas partes de los cinco continentes el bienestar
del amor universal. Desde primeras horas de la tarde, fueron llegando uno por
uno los invitados, que eran muchos, porque si bien la familia de la muchacha no
era de las más ricas, su padre conocía a los hombres más poderosos de la ciudad
que estaban contentos, ya que gracias a ella una de las fortunas más grandes
del Líbano quedaría en parte en Barranquilla. Ésa era la razón más que suficiente,
para que llegaran invitados del norte de la ciudad, gentes de bien, que de
alguna u otra forma se beneficiaban mucho con la población árabe de la ciudad,
que era muy profunda e influyente, como debía valorarlo enormemente el gran
periodista y escritor Juan Gossaín. Los padres de ambos estuvieron presentes,
si bien los de él se mantenían afuera y distantes por respeto a su religión
islámica, y todos pudieron ver a un señor que era amigo personal del Rey de
Arabia Saudí, que esperaba que la llevaran de paseo a su tierra para conocerla
y admirarla con devoción como al monte Jabal Sawda, donde podían llegar al
cielo. La fama de Habîb al-Assad era muy sabida desde que invitó a las
personas, aunque la verdad es que muchos cuando vieran aparecer la cara de la
novia comprenderían por qué alguien que era tan rico como un sultán, se había
enamorado hasta de los barrios más pobres al sur de Barranquilla. Eso llamaba
poderosamente la atención, y todos tuvieron la oportunidad de estar presentes
en un lugar donde se iba a realizar la boda más grande en la historia de la
ciudad.
Dentro de la iglesia que estaba
iluminada, se vivía en completa calma. Eran muchas personas las que estaban
presentes, y era impresionante cómo algunos ricos tuvieron que quedarse
sentados en el parque de afuera, sólo porque no todos cupieron en la diminuta
iglesia. Era un caso fuera de lo normal, y alguien con razón hasta alcanzó a
decir que si aquella no sería la boda más grande registrada alguna vez en la
ciudad, sería en definitiva entonces la mejor. Según la fortuna del hombre que
esperaría en el altar, y de la mujer preciosa que iba a ser su esposa, no cabía
duda de que fuera posible. Había tanta riqueza concentrada en el ambiente, oro
y plata en los cuerpos y sobrado refinamiento en la apariencia pulcra de los
invitados, que muchos se preguntaban dónde estaba allí Jesucristo cargando la
pesada cruz. Pero como la ilusión de una mujer siempre ha sido ser llevada al
altar con aires de una princesa, todos pensaban que al fin y al cabo Dios había
inventado bien el amor, y no era del nada malo que de eso fuera testigo el
resto de los hombres. Muchos políticos, personas de la alta sociedad,
principales empresarios de la ciudad, en los que estaban los palestinos, se
sentían halagados con que aquella religión recibiera como uno de los suyos a
alguien que en su juventud, cerca de La Meca, había recorrido las mismas arenas
del desierto que alguna vez aquejaron de amarga sed al profeta Mahoma, buscando
a una mujer singular que en aquel entorno no aparecía ni un espejismo.
Sintieron licenciosa emoción, como si todos los hombres al menos con la mirada
se fueran a casar con la novia. Ésta, en cualquier momento, iba a aparecer,
deslumbrar y demostrar para remate que si había algo parecido al pecado no era
la riqueza material de los presentes, sino la misma belleza.
El novio estaba frente al
altar, esperando a la novia. Se veía completamente sumergido en la soledad, en
medio de una religión que apenas conocía, aunque por fortuna era el único
hombre que la estaba esperando para amarla de verdad. Era consciente de que las
personas estaban pendientes de lo que estaba pasando, y que muchos mortales que
estaban sentados detrás suyo, hubieran dado toda su fortuna por estar en el
cuerpo donde estaba él. «Parecía el hombre más afortunado del género humano»,
dijo alguien que estaba presente. Con quietud mantuvo su compostura, esperando
ver pronto a una mujer, cuya sola presencia en la puerta de la iglesia le
volvería a hacer sentir que no estaba solo en la tierra. Según diría después,
quería que todo terminara rápido para estar con Ángela Guzmán en algún lugar
distante, donde nadie más sintiera el amor de los dos. Sólo que entonces había
que cumplir los requisitos católicos, muy cerca del padre que debió notar su
nerviosismo, en vista de que la mujer que sería su esposa se estaba demorando
bastante, como si en alguna parte se hubiera arreglado en sus asuntos íntimos
más de lo habitual, para que él fuera consciente de que había valido la pena
ser el dueño de ella. En serio, estaba desesperado por ver cómo era la cara de
Ángela Guzmán, en el momento más especial de su vida.
Cuando apareció la novia,
acompañada de su padre rumbo al altar, todos se volvieron a mirar a una mujer
que ya daba la noción de venir de la otra vida. Era tan bella a pesar de su
corta edad, que un gran rico de la ciudad se preguntaba y quejaba amargamente
que cómo era posible que alguien venido de tan lejos, hubiera conocido primero
a una muchacha bonita que podía ser su vecina. En efecto, muchos hombres
pensaron eso sin disimular. Pero ya era tarde, y ella, sonriente, caminaba con
su vestido blanco rumbo al lugar donde estaba el hombre que había esperado
meses para poder llevar a cabo ese momento tan significativo, que lo hacía el
más importante de los que se enamoraban. Esos segundos que pasaban no parecían
acabar, pero tuvo paciencia, sintiendo que la atraía con la mirada, notando el
silencio de las demás personas que estaban admirados ante ella, tan hermosa,
tan ingenua, tan sonriente, animando a un público que cada vez más se sentía
emocionado con aquel episodio prodigioso. En realidad, nada había mejor que ser
testigo de lo que en esos momentos estaba ocurriendo al interior de la iglesia
Inmaculada. Ella relucía siendo el sol que había bajado, que se había medio
apagado para ser más humano, acercándose al hombre que la amaba con toda la
fuerza del alma, en medio de la música tradicional, sintiendo que era para él,
que por ella no sólo era capaz de renunciar a su religión, sino también a su
nacionalidad y a su cultura, si ésta era impedimento para que pudiera verla ama
de todos los pensamientos como la estaba viendo en ese instante. En ese estilo
de andar, llegó al lugar donde estaba él, lleno de un miedo que se notaba.
Estando juntos, miraron al
padre que era el único mortal que no parecía haber sido seducido por la
apariencia irreal de ella. Cumplió con su compromiso, haciendo lo mismo que
hacía siempre en ese caso. Sin embargo, se dio cuenta de algo significante. En
su largo tiempo en aquel templo, jamás había sentido que una pareja se amara tanto.
Eso en serio lo contentó, porque si algo había aprendido en su carrera en la
diócesis, era que el matrimonio era la muestra más clara del amor.
-¿Acepta a este hombre como su
esposo?
-Acepto –respondió ella.
Los mantuvo muy cerca, algo que
era habitual. Al preguntarle al hombre si la aceptaba como esposa, éste asintió
con la cabeza.
-Sí, acepto.
El padre, sintiéndose de veras
inspirado por una orden que venía del cielo, los bendijo para siempre.
-Entonces los declaro marido y
mujer –dijo, y después miró al bienaventurado-. Puede besar a la novia.
Para ambos no era la primera
vez que lo hacían, pero de pie en el altar, delante del público que se creyó
afortunado con ese espectáculo, fue una verdadera revelación cuando estuvieron
besándose de los labios durante varios segundos, sacando el amor que tenían por
dentro, brindándoles con la escena romántica a cada quien un poquito, dejando
claro con eso que la realización de un matrimonio era lo mejor que ocurría
siempre en la historia. Era algo fascinante, que sucedía en aquel recinto y
contagiaba a todo el que tuvo la oportunidad de ser testigo de ese gran milagro.
Durante un buen rato, sólo se escucharon los fuertes aplausos de los
asistentes, a quienes les cayó como una mentira lo que estaba pasando. «Parecía
el final feliz de un cuento de hadas», dijo alguien. En realidad, hasta el momento
esa reflejaba ser la única verdad.
Después se volvieron a mirar a
los demás, que estaban de pie. Ángela Guzmán, muy conmovida, lloró de la felicidad.
Era el momento más extraordinario de su vida, y mientras sus labios sonreían,
sus ojos botaban imparables lágrimas, sin poder creer lo que estaba viviendo,
realidad electrizante que la erizaba, que la hacía sentir un ángel que al fin
había tenido el permiso de Dios Padre Todopoderoso, para poder entregar su
carne mortal a un humano. Algunas personas también lloraron por eso, en
especial su madre, que estaba estremecida ante la sensibilidad de su hija, y lo
único que le preocupaba era que la noche anterior fue la última vez que la tuvo
viviendo oficialmente en su casa. «Mi niña estaba tan emocionada, y quería que
los demás fueran más felices que ella», dijo la señora cuando la recuerda,
llena de tristeza. La pareja de enamorados se iba abriendo paso, para salir a
la calle, pero la multitud los obstaculizaba mucho, los incomodaba, los
estrujaba, porque ya eran los seres más especiales. Nadie podía creer lo que
estaba pasando, y al fondo, en el altar, el padre miraba orgullosamente a aquel
pueblo cuyos seres demostraban ser buenos hijos de Dios, sintiendo que su
compromiso por esa noche había terminado. «La boda por la que más se recuerda a
un padre español», como aseguran unos. En el fondo, ya quería que la fiesta
acabara, pero era imposible ante tantas felicitaciones que recibían los
protagonistas del amor, y entonces Habîb al-Assad finalmente terminó de
confirmar sin molestarse que a muchos señores que estaban allí, distinguidos
representantes de la alta sociedad, también les hubiera gustado casarse con
ella. En cambio, alguien rememora algo muy distinto. «Hoy pienso, por lo que
sucedió luego, que un matrimonio a lo grande con tantos bombos y platillos, es
de mal agüero», dijo. Era natural que eso pasara desapercibido, estando cerca
de la calle, donde el novio no se molestó en absoluto que la tocaran tantos
prójimos, sino que por el contrario, se sintió orgulloso de que todos vieran
con los mismos ojos a una hermosa dama que a su corta edad de diecisiete años
no había sido descubierta antes por otro hombre poderoso, como sin el amor de
casada no hubiera sido realmente tan bella. En un momento, mientras se abrían
paso entre tanto estropicio y les tomaban numerosas fotos, parecía que de
pronto se hubieran vuelto famosos. Al ir llegando a la puerta, mirados y
tocados por todos, él vio que la gente que estaba afuera igualmente quería
verlos, porque había de nuevo que conocerlos. De alguna manera tenían razón,
porque lo que eran ellos dos ya eran unas personas diferentes.
En la terraza, muchos
ciudadanos que estaban cercanos se dieron cuenta de que aquella era una boda
grande. Vieron salir a la novia, acompañada de un hombre que no era de esos
lugares, pero que de repente sintió que pertenecía a esa cultura y esa raza
desde hacía años, porque era poseedor de una prenda inestimable que no tenía la
gente de allí ni con todo el dinero por hacer. Bastó ver el esplendor de los
invitados, para imaginar que se trataba de otra gente rica que estaba de
fiesta, porque supuestamente un rico se había casado con una rica, qué rico,
algo a lo que estaban acostumbrados de los ricos, qué cosa con los ricos, así
que algunos transeúntes inflexibles siguieron caminando de largo, pensando en
lo que estaban pensando antes de mirar a las afueras de aquella iglesia a donde
pertenecía la felicidad. En el parque había gente sentada, expectante con aquel
desarrollo único de la vida. Para él, aquel era un momento halagador, porque la
persona que más amaba ya era su mujer, y ella al sonreír se lo manifestaba,
comprobando con eso cómo también había logrado convertirla en lo que quería que
fuera.
El lugar donde se celebraría
bien la fiesta a bombos y platillos era el Club Alemán, donde la alta sociedad
de la ciudad siempre se había reunido. En esos momentos, ya algunas personas
habían llegado con anticipo, porque la noche era temprana y se creía que
aquella fiesta sería una de las mejores, donde no faltaría el whisky con hielo,
el limón, la soda, las hermosas mujeres y hasta los temas de negocios. Era la
otra celebración, donde la verdadera diversión estaba lejos del catolicismo.
Cuando llegaran, los recién casados se encontrarían con la sorpresa de una gran
recepción donde estarían vestidos de civiles, y podrían unos darse el lujo de
bailar con la que a esas alturas, ya era considerada públicamente por la prensa
como la mujer más hermosa que había nacido alguna vez en Barranquilla. Así que
allí podrían disfrutar con más entusiasmo, teniendo en cuenta que la pareja
estaba dispuesta a sacrificar mucho tiempo de su luna de miel, para complacer a
tantos invitados que quedaban en la tierra. Era algo lleno de alegría, de un
entusiasmo desorbitado que daba para pensar en las mejores cosas.
En su larga historia de
existencia, aquel club había reunido en muchas ocasiones a las personas más
prestantes de la ciudad, y pertenecer a él parecían cosas de una logia, porque
eso brindaba una protección y caché que daba renombre, produciendo que unos
hombres al hacer dinero, lo primero que quisieran era sentarse un instante en
ese recinto para hacer ya parte de la sociedad. Durante toda la vida, era el
lugar ideal para reunirse, porque daba gusto estar viendo casi las mismas
caras. Muchas personas, que pertenecían allí, iban con frecuencia, formando una
gran familia que parecía funcionar como corazón de la sociedad, dirigiendo
desde esa sala a veces el destino propio de la ciudad. El padre de Ángela
Guzmán era uno de sus célebres miembros, y por tal razón escogió el lugar como
el ideal para continuar después los festejos de la boda. Sabía que nada había
mejor que ese sitio para crear la bulla que querían tener, aunque a personajes
del espíritu de Habîb al-Assad apenas les interesaba eso, y lo único que quería
en la vida era complacer en todos los sentidos a su mujer, que nunca antes en
una sola ocasión había permitido que su belleza exterior hubiera sido tan
mirada por los hombres. De manera que si la fiesta tendría lugar allí, era para
pasar a lo grande el suceso de un matrimonio, que se sentía en toda la ciudad.
Con todas las personas ya
presentes, se vio a un hombre libanés vestido de civil como cualquier príncipe
moderno. Se le veía hablar en español, gentil, atento, asegurándose de que
todas las personas estuvieran cómodas, porque estaba tan feliz que sentía un
poco de vergüenza, al ver que nadie pudiera estarlo tanto de la forma en que lo
estaba él. Las personas lo miraban bailar el vals de la mano de ella con
atención, y sabían que tenía mucha razón para dejar por siempre su país
apartado, en busca de quedarse en una ciudad como Barranquilla donde encontró
su mejor joya. El salón estaba repleto de gente, y apenas distinguían a la
novia, que le tocó bailar con más de diez hombres desconocidos por ella, los
cuales sólo de esa manera educada descansaron tranquilos, desde que descubrieron
por primera vez su hermoso rostro de serafín en la iglesia. Nadie podía
imaginar que una unión como ésa pudiera terminar unas horas más tarde en
tragedia, ya que la felicidad de ambos era tan manifiesta, que hasta el adivino
más diestro hubiera dicho que el futuro de toda la raza humana sería mejor
desde que se habían casado ellos dos. «Al contrario», dijo alguien. «Parecía
como si la felicidad de ellos que era tan grande, estuviera afectando para bien
la vida de todos nosotros.» Cualquier persona que quisiera en esa
efervescencia, podía acercarse a los invitados árabes naturales que estaban
presentes, que eran unos cuantos en unas sillas, y tratar de hablar un tema,
siempre y cuando la sonrisa no faltara en las caras, que era el único idioma
que ellos allí podían entender. A las diez de la noche, el trago ya había
comenzado a surtir efecto en las personas, y comenzaron a sufrir los estragos
ciertos hombres por no haber conocido a tiempo a la mujer más hermosa que
habían visto los ojos, para haber sido el protagonista de sus buenos momentos
de casada donde el amor le iba a sobrar. La gente no cabía del entusiasmo por
haber sido testigos de aquel acontecimiento que tenía a todos con los pelos de
punta, haciendo de aquella velada una de las más recodadas en el club.
Si había alguien que estaba
totalmente feliz, era Ángela Guzmán. Se le veía en la cara que no se cambiaba
por nadie, y su amiga Sonia Murcia se dio cuenta de eso. Sabía ya que ésta
estaba embarazada, de su primo hermano, y le había asegurado que después de la
luna de miel, iba a ser la madrina de su primogénito. Ella, que pocas veces
había tomado, se había permitido de vez en cuando unas copas, viendo siempre
cerca al que era su esposo, que por su buen sentido del humor se había
convertido en la sensación del escenario, y lo jalaba de vez en cuando, besándose
delante de todos, para regalarles otro buen recuerdo perdurable a aquellas
almas iluminadas que los miraban. Sabía que él había hecho todo lo posible por
estar en algo que era su fiesta, y pensaba que de algún u otro modo podía
complacerlo, siendo casi también de su religión, visitando aquellas tierras de
las cuales le hablaba tanto, donde una mujer como ella podía perderse el
desierto de la Arabia Feliz que era de los más grandes del mundo, y la humanidad
entera hubiera corrido a buscarla para que apenas sintiera sed. Por eso trataba
de mostrar una sonrisa angelical que les recordara a los presentes que ella ya
tenía un esposo, pero que también era la amiga amorosa de todos ellos, y el
público general muy cautivado comprendió que la iba a querer más que antes de
ser así.
Después de medianoche, ella
pensó que había tocado la hora de ir al edificio donde estaban los familiares libaneses
de él, donde comenzaría a casarse en serio con su cultura. Las personas que
estaban en el Club Alemán no sintieron molestia por eso, y pensaron que ya era
su compromiso de esposa. Procuraron desprenderse de todos, de una manera tan
especial que no sentirían su ausencia. Era normal que tuvieran que irse, para
seguir con la emoción que ahora les pertenecía en otro lado. La gente que
estaba más cerca de ella, le dijo que lo hiciera rápido, porque a esa hora en
el Líbano ya era de mañana, y los padres de él habían hecho un gran esfuerzo
por mantenerse despiertos en una ciudad que no les quitaba el sueño. Fueron las
primeras personas de las que se estaba despidiendo para siempre.
El lugar donde se dirigieron
era el edificio Girasol, y allí estaban esperando los familiares del novio con
una música oriental, a la que ya ella poco a poco se estaba acostumbrando. Era
el icono de la ciudad, en verdad, por su altura y redonda estructura. Siempre
que se toma una foto, éste aparece de noche bajo la luna llena, una imagen de Barranquilla
que en cualquier momento siempre le da la cara al mundo. Era algo que los mismos
ciudadanos tenían en cuenta, sintiéndose orgullosos de aquella edificación, que
de alguna forma reflejaba la grandeza arquitectónica. Pasar por esa carrera que
llevaba al mismo norte, era de seguro mirarlo un rato.
Desde que llegaron al edificio,
todos la abrazaron, para darle la bienvenida no tanto al apartamento sino a su
nueva cultura. En realidad, si bien se habían casado como cristianos, sabían
que ella pertenecería era a la tradición de ellos, porque aunque jamás entrara
en una mezquita, no había poder sobre la tierra para que el joven Habîb
al-Assad cambiara su gastronomía, sus paseos a camellos en el desierto y su
idioma natural, que ella desde que lo conoció había hecho un esfuerzo tremendo
por aprender, porque quería entender hasta la forma más original en que él pensaba
su amor. La trataron como a la seductora princesa real, igual a las de los
relatos persas y de inevitable sangre azul, con la que él nunca se pudo casar
por no tener ninguna contemporánea la cualidad de ser sentida, y le hicieron
ver que era una de ellos, con mucho cariño, prometiéndole el suegro más
adelante grandes regalos que ella apenas pensaba, porque estaba tan emocionada
con ese momento que estaba viviendo, que apenas quería que se hiciera de mañana
y hubiera otras mañanas. Su esposo se sentó con ella, la llevó luego a varias
partes de aquel lugar, demostrándole con eso que al lado suyo, todo era más
pequeño de lo que cualquiera pudiera imaginar. Entonces en un rincón del
apartamento la besó con más profundidad que en el altar, y le dijo que nunca lo
dejara solo. En esos momentos, ya Ángela Guzmán había sentido lo esencial que
era no solamente para él sino para toda la familia, y le dijo que estaría
consigo hasta en la muerte. Si alguien le hubiera preguntado dónde había sido
más feliz, hubiera respondido que en el apartamento donde vivió sólo unas horas
con el novio. La comida que allí probó, las buenas costumbres, la serenidad de
aquel festejo, le hizo entender que estaba en su primera armonía con los familiares
de él. La madrugada estaba fría, y cuando se asomaban abrazados por una de las
ventanas, veían cómo toda Barranquilla estallaba en los carnavales, que también
parecían celebrar por ése que era el amor más grande del mundo.
Como tenían prisa, bajaron un
momento a la terraza del edificio donde había algunas personas reunidas,
haciendo de aquel momento algo muy placentero. Ambos se montaron al carro,
cuando ya estaban a punto de irse al aeropuerto, y miraron al cielo. Según
ella, como buena barranquillera, desde esa parte de la ciudad a un lado del
edificio Girasol, se miraba mejor el disco de la luna. Esa imagen la tenía en
cuenta, y muchas personas venían desde distintas partes sólo para desde allí
apreciarla mejor. Eso le hizo decir que era una lástima que a esas alturas de
la vida, que era la más especial para ella, por culpa de las nubes no se
pudiera ver en ningún instante la luna, y que además en esa fecha posiblemente
no estaba llena.
-No te preocupes –le dijo él-,
que ahora que estemos en Miami será de miel.
Era la única verdad que querían.
La idea era ir a esa ciudad al sur de los Estados Unidos, que era el país escogido
por ella para pasar juntos en la soledad de una semana, las mejores noches que
recordarían en sus vidas. Quería conocer los edificios del Downtown, los
hoteles y restaurantes de Ocean Drive que conservaban el Art Decó, y tomados de la mano bajo el sol caminar descalzos por
South Beach, buscando ver si era verdad que sus playas eran tan blancas como la
sal, frente al océano azul que era el más grande reflejo del cielo. Estaba tan
emocionada por eso, que cuando él se lo recordó, ella quiso ahora sí que la
mañana llegara rápido, que era el momento en que les iba tocar estar en el
aeropuerto. Las ganas de estar a solas con él, quizás aumentaron desde que se
vieron en medio de tanta gente, pero algún día los demás entenderían porqué esa
misma noche no habían visto la luna en la que se querían montar.
A pesar de que toda
Barranquilla estaba amanecida por lo que fue una noche de Guacherna, las
personas más ricas eran casi ajenas a eso. El matrimonio de una joven de la
ciudad con un supuesto príncipe del Líbano tenía a los más curiosos hasta
inventados historias inverosímiles, porque algunos aseguraban que tan pronto
terminara esa noche se la iba a llevar de paseo por el mundo entero,
mostrándole el palacio que ella quisiera tener, presentándole a los más
conocidos príncipes de Oriente, y volviéndola más bella de lo que era con las
joyas más originales que el hombre había inventado, desde que se salió de las
arenas del desierto para que ninguna mujer como ella se muriera de sed. En
realidad, casi no se equivocaban en pensar que podía pasar eso, en alguien que
planeaba continuar sus estudios en la Universidad Autónoma del Caribe, con la
carrera de diseño de modas. Por lado de Habîb al-Assad hubiera gastado toda la
fortuna de la familia, con tal de alargar la vida de una mujer que era igual de
hermosa a otras jóvenes que sólo nacían en esa ciudad, algo que demostraría en el
futuro Paulina Vega cuando fue elegida Miss Universo. Sin embargo, la veía tan
enamorada de la vida que aquello lo tranquilizaba, porque no había poder más
grande que el del amor y por suerte él era el que se lo inspiraba a ella,
aunque estaba bastante desesperada en marcharse de allí, para irse a la Florida,
lo más pronto posible, sin esperar más, de una forma insistente que al esposo
lo puso mal. Algunas personas, que recuerdan que eso sucedió, piensan que ya
podía estar siendo llamada por la muerte.
Al darse cuenta de que faltaba
poco para amanecer, se organizó una caravana que acompañaría a los novios al
aeropuerto. En esos momentos, muchas personas que habían estado en la iglesia y
en el Club Alemán, estaban ahora también allí, para despedir y acompañar unos a
la pareja rumbo al único lugar donde podían pasar desapercibidos, sin que los
curiosos supieran que estaban entrenando matrimonio. De manera contenta, Ángela
Guzmán se preparó para marcharse. Algunos integrantes de una agrupación
vallenata, estaban presentes e iban a acompañarlos, cantando las canciones de
su ídolo Rafael Orozco, como el tema Muere
una flor. Era especial ver cómo todas las personas querían participar en
esa celebración por la boda, donde ellos dos no eran los únicos felices. Los
preparativos para la marcha estaban arreglados, y serían más de cuatro carros
los que irían juntos. Las personas que se quedaban en las puertas del edificio,
no hicieron sino desearle lo mejor a aquella pareja, en cuyas caras se veía la
felicidad misma, pero quizás también el deseo de estar pronto en un avión donde
podrían descansar un poco de la pachanga.
Se despidieron de los que
quedaron, entre ellos Sonia Murcia, que por estar embarazada de varios meses ya
no se podía mover más. Ésta, antes de despegarse de ella, quiso que le
sucediera lo mejor. «Ya puedes subir al cielo como deseaste», le dijo, y casi
una hora más tarde cuando se enteró de la desdicha, se arrepentiría por siempre
de haberle dicho esa reveladora frase. De todos modos lo articulado era cierto,
porque si algo la tenía contenta era ver a su mejor amiga feliz, porque estaba
realizando el mejor de sus sueños. Mientras tanto, los demás se movían de un
lado para otro, pensando que pronto iba a amanecer. Muchos también les desearon
lo mejor, sintiendo la joven casada que era ése su momento, y que no le quedaba
más que dar las gracias por lo que había pasado con la ayuda de todos. Entonces
Ángela Guzmán miró por última vez en la vida, a los humanos que allí se
quedaban.
-Ahí les dejo Barranquilla,
para que la gocen por siempre –dijo feliz la recién casada.
Quienes escucharon esas
palabras, las recordarían claras sin olvidarlas. Algunos pensaron que si dijo
eso, era porque era consciente de se iba para un lugar que estaba lejos. Otros
creyeron que precisaba para que disfrutaran muy bien sin ella, ya que era
específico que, además de irse de vacaciones, iba a estar ausente durante mucho
tiempo. Sin embargo, nunca pensaron que sin pensarlo ni quererlo, se estaba
refiriendo a la misma muerte que le esperaba.
Salir por el norte de la ciudad
era quizás lo más ideal, porque buscarían la Circunvalar. En esos momentos,
Habîb al-Assad sabía más a menos por dónde iría, y no podía ocultar la
felicidad de ir al lado de alguien que confiaba en él lo suficiente para
quedarse dormida, incluso si iba manejando. Según recordaría después, la misma
Ángela Guzmán le dijo que sentía un poco de frío, y después él interpretaría
eso como causa del miedo de no estar alguna vez juntos. Como la alegría era la
que reinaba, la mantuvo alerta, diciéndole que estuviera despierta en todo el
trayecto que iban a tener, porque el sol con ella dormida, no iba a querer
aparecer en el horizonte. Ella sonrió, sintiendo que lo que más le gustaba de
su marido era su modo de ser, la forma de hablar castellano con su acento
libanés, y aquellos ojos casi tan transparentes que nunca podían ocultar lo que
pensaba.
Nadie se imaginó que estaban a
punto de vivir una tragedia. Quienes fueron los últimos en presenciar a la pareja,
suponían que iba a disfrutar de una larga vida, porque el amor que la unía era
suficiente para muchos años más de gran satisfacción. Si había alguien que
estaba calmado en cuanto a irse y llevársela era el novio, por lo cual había
motivo para pensar que con él como su héroe la muerte no podía tocarla a ella.
Todo estaba bien, porque había comenzado de esa manera, y lo único que
preocupaba era que no habían tenido un momento de descanso, habiendo mínimas
razones para dudar de la persona que iba a conducir. En efecto, Habîb al-Assad
no había parado de tomar tragos de whisky desde que estaban celebrando en el
Club Alemán, aunque nadie se sintió con valentía de decirle que dejara el
manubrio y lo diera porque se veía tan enamorado que era imposible pensar que
en otras manos, su mujer estaría más segura que en las de él. Al montarse en el
carro, ésta se sentía acorde, siendo fácil creer que sólo a su lado podía
llegar a la luna de miel. Para decir verdad, no se sospechaba que a esas
alturas él estaba un poco pasado de tragos, sintiéndose convincente de manejar
con cordura en esos momentos porque estaban a punto de salir los rayos del sol,
que le hizo creer que los mantendría despiertos y, por supuesto, a ella siempre
del lado de la vida.
Al ir llegando al norte donde
finalizaba la ciudad, entraron en la Circunvalar, por donde iban tantos carros.
Era el lugar donde la mayoría de la gente que vivía por esos lados, tomaba la
ruta para ir a Cartagena de Indias o al sur de la ciudad, buscando el puente
Pumarejo sobre el río Magdalena. La verdad es que Habîb al-Assad en ninguna
ocasión había conducido por allí, y le pareció que nunca terminaría de conocer
aquella ciudad donde había descubierto a una mujer, que ahora era más de él que
de los que hace años la conocían. Se mantenía al volante muy concentrado, con
mucha prudencia, porque desde muy joven tenía experiencia en el timón, aunque
más luego a causa de los tragos hubiera preferido que otra persona en sobriedad
y menos cansada lo hiciera por él, sintiendo sinceramente que en esos instantes
no quería usar las manos para conducir sino para abrazar a su amada. Ésta
estaba a su lado, y era tan bella, y tan buena, que se veía claramente que
estaba hecha para durar lo que durara la vida de la que, gracias a él, estaba
más enamorada que nunca. A bordo del mismo carro, traían el equipaje que les
iba a servir mucho el tiempo que iban a quedarse en Miami, un lugar donde ya él
había estado varias veces por asuntos de negocios. Aunque fueran los dos en ese
carro, sentían de veras que todas las personas iban en la misma unidad. La
carretera estaba solitaria, a pesar de que había aires de jolgorios, y a veces
pasaban unos carros a ciertas velocidades que eran fáciles de esquivar como los
malos pensamientos.
La gran caravana llamaba la
atención de las personas que la veían pasar a un lado del camino, y algunas se
imaginaron que tanta celebración era por los carnavales. Los demás carros iban
detrás, porque lo más ideal era cederle el turno a una pareja que si todavía no
volaba, era porque había comprobado que la felicidad más grande del mundo
estaba era aquí en la tierra. Algunas personas, recordarían ver a Ángela Guzmán
mirar de vez en cuando hacia atrás, y emitir una sonrisa que enamoraba a
cualquiera. «Iba tan complacida», diría alguien que iba allí «que todos pensamos
que era la única dueña de la felicidad.» Era imposible pensar que pudiera
ocurrir alguna cosa mala, y que alguien junto a su novio que dejaba tanta
felicidad esparcida en el camino pronto los dejaría solos por siempre, sin
tener tiempo de montarse en el avión de Avianca que esperaba en la pista del
aeropuerto, para subir justamente al cielo como los demás vivos. El carro que
iba más cerca, a veces tenía que bajar la marcha, en vista de que el esposo de
ella disminuía la velocidad, para asegurarse de que todo fuera bien. «Si en
algo estaba bien borracho, era del amor que tomaba de ella sin parar», aseguran
de verdad. Fue algo que siempre vieron, la forma tranquila como él manejaba
para andar normal. Mientras tanto, lo que esperaba era casi inevitable como la
carretera que se extendía larga. Aún así, era increíble ver la alegría de
tantas personas, ante dos seres humanos que, al contrario de lo que les esperaba,
pensaban con razón que lo único que podía sucederles en adelante era el amor.
Por su parte, Habîb al-Assad
conducía con calma, sabiendo que lo que más lo aguardaba estaba a pocos centímetros
de él. Al frente aparecían otros carros, y tenía cuidado en eso porque iba con
ella, que al estar despierta demostraba que sólo quería tener pensamiento para
lo que estaban viviendo. Él, como debía ser, le hizo caso a su instinto que era
el de manejar cuerdo, sabiendo que habían avanzado lo suficiente en el trayecto
para llegar sin más tardanza, y al repararla entonces bien, cuando sonreía con
su cabello largo, se daba cuenta de que la belleza siempre había sido una
mujer. Estimulado por esa apariencia, y con ganas de impresionarla, aceleró la
marcha del carro. En muchas ocasiones, había tenido prevención con eso, y
demostraba una habilidad singular, pero se adaptó a esa nueva velocidad, yendo
como jamás debió hacerlo, al lado de un ángel que por su virginidad pura
todavía tenía alas para ir sola al cielo. Su esposa no dejó de tocarlo, en silencio,
sintiendo que tanto sentimiento le daban hasta ganas de morirse con él. El
destino del gran amor que cambió la historia estaba escrito, siendo algo que
algunos tendría en cuenta, después de despertar de esa fantasía. «Si yo hubiera
sabido cómo iba a terminar todo eso, nunca en mi vida hubiera aprendido a
manejar un carro», contó el libanés, y fue una frase especial para este libro.
En esos momentos, mientras iban en ese ritmo, el caso más triste, doloroso y
lamentado que se recuerda en la ciudad, comenzaba irrevocablemente a suceder.
Al igual que él, varios vieron con retraso que un vehículo imprudente venía
demasiado rápido en sentido contrario, casi suelto de algo, pero aún así no se
imaginaron que tenía algo que ver con la vida de casados que ellos estaban
estrenando. Sin embargo, al notar que en realidad venía al impacto fuerte, el
marido se movió a la derecha, de improviso, ágilmente, pero perdiendo el
control de manera lamentable, en el ruedo chocaron fuerte contra un muro, y sin
saber muy bien lo que por consecuencia pasaba, vieron cuando el mundo terrestre
perdió la posición de siempre. Fueron varios los votes que tuvieron, en medio
de los gritos, de la desesperación, sin saber qué pasaba con su mujer, qué
estaba haciendo y por dónde se estaba yendo, provocando que la misma mente no
diera para comprender en pocos segundos lo que estaba ocurriendo.
De inmediato, al acabar todo
así y regresar el silencio de las cosas, las personas que iban a bordo de los
otros carros y las que pasaban cerca, fueron a socorrer a las víctimas de aquel
accidente. El estado pangado del carro era alarmante, y parecía mentira que
alguien pudiera sobrevivir a esa desgracia funesta. Miraron que Habîb al-Assad
había logrado seguir respirando a pesar de lo que había pasado, pero estaba sin
fuerzas, adolorido, queriendo que alguien lo ayudara a salir para él también
ayudar a su esposa. En cuanto a ésta, en seguida la buscaron. Con la ayuda de
algunas personas, cuando la vieron tirada en el suelo en un lugar apartado de
la carretera, pudieran tomarla y ver el estado con muchas heridas en que había
quedado. Al principio pensaron que podía ser salvada, a pesar de que la bella
figura estuviera empañada en seria consideración por el polvo y la sangre
salida de adentro. Alguien que la examinaba mientras los demás en el suelo
trataban de reanimarla, supo rápidamente que Ángela Guzmán Simanca estaba
muriendo, porque empezaba a ponerse demasiado frágil, perdiendo el color claro
de la piel, y por primera vez no preguntaba dónde estaba su esposo. Éste apenas
pudo se apresuró en ir a la parte donde estaba su mujer, ilusionado que con la
pócima de su amor sería capaz de abrir los ojos, pero al tomarla en sus brazos,
besarla bien enamorado y llamarla varias veces, y a pesar de eso nada le
respondía, lamentó con oscura amargura su ausencia como muchos de los presentes
conmovidos con la dramática escena, en el instante en que la novia exhaló el
último aliento y se fue de esta vida, que con toda seguridad también se quedaba
bastante triste sin ella.
4
Esa noche de oscuridad, Pedro
Aponte tuvo en cuenta que se estaba haciendo demasiado tarde para regresar a su
casa, y pensó que aunque le indicaran que parara ya no iba a hacer una carrera
más. En su corta vida como taxista, tenía la costumbre de trabajar únicamente
en Barranquilla, que era la plaza más grande para ganarse los pesos, y al
acabar la jornada regresaba a su pueblo porteño, donde vivía con su mujer y sus
hijos. En ningún momento, había sufrido un accidente, el carro era suyo y
estaba con buen cuidado, y conocía muy bien aquella ciudad que era una de las
más vividas por las personas, reuniendo siempre el capital que le permitía
vivir tranquilo y no dedicarse a otra cosa distinta desde la mañana que no
fuera manejar. De manera que era una persona bastante disciplinada, y mientras
la mayoría de sus amigos se quedaba bebiendo cervezas los fines de semana, él
prefería reunirse con sus hijos, mirar algunas películas que daban en el
televisor, proporcionándole más vida a su familia que también lo distinguía por
verlo en silencio en el mecedor. En todo eso y muchas cosas más iba pensando,
cuando estaba saliendo de Barranquilla por el norte de la ciudad y se adentraba
en el destino siempre desconocido de la carretera.
Era raro que fuera oyendo
música en el pasacinta, aunque en su casa escuchaba toda clase de salsa y otros
ritmos pegajosos del Caribe. Con las luces del carro, iba viendo con perfección
todo el camino, sin descuidarse para nada, porque aquel era un lugar donde
habían sucedido unos accidentes, sin que se supiera a ciencia cierta por qué.
«Era entonces cuando no le tenía miedo a las cosas de la noche», habría de
decir después. Era de todas formas alguien desconfiado, razón por la cual
producía que anduviera con más calma y seriedad que cualquiera, y que a las
once de la noche no le hiciera una carrera a nadie ni si veía que en la calle,
rodeado de muchas personas, un ser humano en el suelo se estaba muriendo. A sus
veintiocho años era un hombre hecho y derecho, que actuaba con mucha precaución,
y el camino a Puerto Colombia lo conocía bien, como si hasta lo hubiera andado
varias veces a pie. En realidad, para él eso era lo que más conocía del mundo
en el que le había tocado vivir.
La carretera estaba
completamente solitaria, al igual que todas las noches en que le tocaba volver.
Prácticamente, lo que veía era producto de los focos del carro, y no había
luna, algo normal a principio de ese mes del año 1984, cuando la oscuridad era
reinante en el monte, del que a veces salían ardillas y otra clase de animales
como los zorros chuchos, cruzando en carrera la carretera por donde él andaba
concentrado. En esos momentos, pensó que le hubiera gustado llegar rápido a
Puerto Colombia, porque tenía unas ganas de comer con las que apenas podía, y
aunque tenía bastante dinero no quiso probar nada en la ciudad que rápidamente
dejaba atrás, porque sabía que a esa hora su mujer le tenía tapada la comida,
que él al llegar ansioso calentaría hasta con el hambre. Por instinto, conducía
muy bien, como si fuera un juego práctico, y al igual que muchos de sus
colegas, pensaba que nada le gustaba más en la vida que estar sentado en esa
silla delantera, para que manipulando el timón todo lo exterior que lo rodeaba,
diera la ilusión de moverse rápido. Simultáneamente, podía pensar en un millón
de cosas, pero era consciente de lo que hacía con el manubrio, y que su vida
dependía de su sobriedad, la cual siempre estaba con él, dejándose llevar por
una alta velocidad a la que con sinceridad estaba acostumbrado tanto, que ya le
parecía que era la forma más natural de andar en esta vida. Sin embargo, más
adelante distinguió unas luces acercándose en sentido contrario, hasta ver que
era un bus intermunicipal, que iba lógicamente para Barranquilla, sin poder
reconocer quién era el chofer. Un carro particular venía detrás del bus, y
disminuyó la marcha para no acelerar y pasárselo por el carril, donde conducía
él. Era natural que a esas horas avanzadas de vez en cuando se encontrara con
otros vehículos, pero ambos iban tan rápidos que desaparecieron de pronto como
si nunca los hubiera visto. Entonces volvió a estar en la soledad infinita,
mirando el monte interminable, donde la oscuridad era tan abrupta, que parecía
mentira que en esa carretera el carro suyo pudiera inventar un poco de luz.
Ninguna vez había sentido miedo, y en más de una ocasión, después de las nueve
de la noche, debido a un casual problema, le había tocado bajarse, sacar las
herramientas y cambiar la llanta dañada, como si estuviera en la terraza de su
casa, llamando la atención de otros taxistas que medio paraban y sólo seguían
de largo cuando él les aseguraba que todo estaba bien.
Debía ir antes de la mitad del
camino, en el que comenzó a sentir la influencia de algo fuera de lo normal.
Era algo que nunca en la vida había experimentado, y pensó que se debía al ir
por una parte señalada, donde últimamente había pasado toda clase de accidentes
inexplicables desde el punto de vista teórico. Las personas, entre ellas él,
decían que aquello se debía a la curva de la carretera, que a veces cogía
desprevenidas a las personas, que se habían acostumbrado a que el camino de la
tierra aparte de plano era sólo recto. En esas cosas andaba abstraído, cuando
vio que más adelante a su lado izquierdo, salía la silueta de algo que le pareció
humano. En efecto, era una mujer vestida de blanco totalmente lista para el
matrimonio, que le señalaba urgente que le parara, algo que él estuvo a punto
de hacer, creyendo que se trataba de alguna dama que había sido abandonada por
un hombre insatisfecho, o violada por unos bandidos de los que ahora escapaba.
Estando pasando frente a ella, le pudo ver bien la cara, y se dio cuenta de que
era apenas una joven adolescente, dueña de una belleza tan inmensa que no
necesitaba mucha luz para demostrarla. Sin entender por qué, Pedro Aponte muy
asustado continuó de largo, porque sintió un terrible escalofrío, que le hizo
hielo por dentro, concluyendo que en realidad había tenido un llamado no de una
mujer sino del otro mundo. Aceleró más en la velocidad del carro, sin mirar
atrás, también completamente seguro de haber escapado a la tentación de alguien
que podía estar tendiéndole una trampa, porque imaginó que a lo mejor no estaba
sola, y mientras seguía de largo en la oscuridad de la carretera, se cruzó con
otro carro, cuyo chofer a lo mejor sí iba a ser seducido por aquel extraño ser.
En su interior, sintió un poco de descanso, porque ahora alguien la podía
ayudar por él, aunque tardaría mucho tiempo en olvidar aquella experiencia,
arrepentido a veces por lo que consideró una cobardía, que no era normal en su
habitual modo de ser. Cerca de llegar a su pueblo, sintió más tranquilidad,
siendo algo que a nadie al principio le iba a contar, porque estaba lejos de
saber la verdad siniestra de ese acontecimiento.
Por su parte, Eduardo Contreras
era un taxista de más edad, que tiempo después en esa misma carretera viviría
un caso similar. Estaba en Barranquilla, manejando tarde de la noche en la
calle 72, cuando una señora que iba saliendo de un supermercado lo detuvo, para
preguntarle cuánto le cobraba por hacerle una carrera a Puerto Colombia, a lo
que él le dijo que mil pesos. En realidad no quería hacer otra carrera más,
pero recordaba: «Quería terminar de ganarme otros pesos». Al aceptar, le abrió
la puerta, por donde ella se metió con las bolsas llenas de compra, y entonces
comenzó a hacer la carrera. En menos de una hora, ya habían llegado al pueblo
del mar, y acto seguido la dejó en la terraza de su casa. Él conocía a muchas
personas en ese sitio, sobre todo a otros taxistas, pero se dio cuenta de que
en el lugar donde se reunía la mayoría estaba casi solo, y pensó que lo mejor
era que se fuera rápido para Barranquilla. En seguida salió del pueblo,
adentrándose en la oscura carretera que a veces por su soledad, ponía a pensar
en ciertas cosas que daban auténtico miedo.
Era una persona que conocía
bien aquel camino, y en varias ocasiones había hecho carreras en ambos sentidos
que le dejaban muchos pesos, pero era raro que lo hiciera como en esa
particular ocasión, en la que se le había hecho tan tarde. Iba tranquilo,
oyendo los viejos boleros de Emisora Atlántico, para sentirse acompañado.
Durante toda la vida, había sido amante de aquella música tropical, y un día,
según decía, le hizo una carrera a Nelson Pinedo, que a su avanzada edad aún
huía de sus seguidores en el centro. También disfrutaba viajando por aquella
carretera, larga y estrecha, que lo identificaba en la vida como su propio
carro. Eran muchas las caras que había visto pasar por su asiento, y se sentía
con razón que era el mejor de los taxistas en Barranquilla. Esa sensación de
grandeza le daba seguridad, porque nunca lo habían atracado en el carro. Era un
motor que tenía en su poder durante más de diez años, y pensaba que mientras
siempre le funcionara, iba a ser un tradicional taxista de ésos que aún
manejaban dando vueltas, sin haber que ya habían llegado a viejo.
La vía por donde se dirigía
estaba por completo sola, y a diferencia de muchos, no pensaba en espíritus
malos ni le inquietaba pasar por lugares donde ya habían habido varios
accidentes que elevaban la atención, porque creía que a fin de cuentas algún
día le llegaría su hora, pero que ésta nunca aparecía donde uno la imaginaba ni
menos al estar mirando el reloj. En vista de eso iba muy tranquilo, sabiendo
eso sí que ya era tarde, algo que le preocupaba, porque siempre le gustaba
madrugar para cumplir el compromiso del oficio que consideraba el mejor del mundo.
Sentía la voz del locutor, que le era tan familiar mientras manejaba, que hasta
creía que le había hecho más de una carrera en ese auto. En algún momento, se
cruzó con una camioneta llena de personas en la parte de atrás, y se imaginó
que era de algunos guajiros que llegaban a Puerto Colombia a altas horas de la
noche llevando quintales de marihuana, para transportarla en lanchas a los
barcos parados en alta mar, que al ser cargados partían repletos para el
extranjero. Él, al contrario de muchos, cuando en la oscuridad de la carretera
veía otros vehículos, no sentía felicidad por la fugaz compañía sino miedo de
que algún imprudente se le tirara encima, y provocara un accidente
irremediable. De esa forma, a veces prefería la soledad para concentrarse en la
música que le hacía acordar de sus mejores años de hombre, y de esas putas
buenas cuyos burdeles había dejado de frecuentar en el centro, porque estaba
seguro de que las mujeres bellas como las de antes ya no preferían la mala
muerte. Acabado el programa de boleros, apagó la emisora y sólo entonces
comenzó a sentir el ruido del carro que lo hizo tener en cuenta la realidad
material de la carretera.
Estaba a una altura más allá de
la mitad del camino, y creyó confiado que estaba repitiendo lo mismo de siempre,
que era manejar bien para evitar el peligro. Se sentía seguro, como cualquier
noche más de su vida, aumentando la velocidad si se daba cuenta de la soledad
aguda del recorrido, y sólo disminuía un poco cuando veía que se acercaban las
luces de otros carros. A ambos lados de la carretera, la oscuridad era infinita
y sólo las luces delanteras de su carro parecían estar provocando la creación
del mundo conocido. Por eso le tenía confianza a esa parte, donde había andado
tanto con ese sentido. Entonces, de pronto, al lado derecho del camino,
apareció la figura de una mujer vestida de blanco. Estaba acercándose apenas a
ella, pero ni aun así impresionado con su imagen quiso pararle, porque sintió
que no era normal que a esas horas de la noche, alguien sola con el vestido de
matrimonio le hiciera señal de que se detuviera en aquel paraje. Más adelante,
al ir perdiéndola de vista, entendió que aquello no era normal e hizo todo lo
posible por olvidarse de eso, algo que no pudo, porque lo que había pasado nada
se lo explicaba, y quiso que algún carro emergiera en la vía para no estar tan
solo. Se creyó algo descansando a cierta altura de la carretera, ya que ésta
volvió a ser la misma solitaria que había conocido antes en la noche.
En ese momento, Eduardo
Contreras sintió que no estaba solo. A través del retrovisor, mientras el carro
andaba sin haberse detenido un solo segundo en el trayecto, se dio cuenta de
que la mujer a la que no le había querido parar estaba ahora sentada en la
silla de atrás, muy tranquila, callada y arreglándose un poco el pelo, como si
ya se hubiera encargado de decirle a él a dónde era la carrera que le tenía que
hacer. Lo mejor del caso, es que ella en ese puesto estaba lo más de normal,
serena porque la iban llevando para que se casara, dejando ver su lado humano,
sin tener intención de hacerle el menor daño, y él profundamente en estado de
shock quitó la mirada, se concentró en el manubrio y aumentó la velocidad a
ciento veinte, sintiendo que lo que la aparición había venido a hacer era a
causar su muerte, cosa que hubiera preferido antes que seguir incómodo con eso
en la soledad del camino. «Lo único que sé es que era tan bella que parecía
estar viva», dijo él después. Durante unos minutos que fueron una pesadilla, no
volteó hacia atrás para no encontrarse con su mirada consciente de la vida,
tratando de encontrar alguna manera de alejar lo malo de su aspecto, manejando
sin parar como lo que más sabía hacer, avanzando en gran distancia lo que pudo,
y sólo más adelante descubrió que la mujer no estaba con él, después de un
largo rato de eternidad en que estaba entrando a la ciudad. Le pareció que a lo
mejor se bajó en medio de la carrera cuando pasaron por el cementerio Jardines
del Recuerdo, lugar donde debían descansar sus restos humanos. Pensó en serio
que fue así, ya que tampoco había modo de explicar la desaparición repentina de
aquel asiento, sin haber hecho nada más en absoluto y sin que él hubiera de
nuevo parado en su vuelo. Le causó un respiro apreciar que el norte de Barranquilla
donde llegaba era un sitio seguro, dejando la sensación de que la presencia de
muchos vivos hubiera espantado a una muerta como ella.
Esa noche al llegar a su casa,
sin comprender mucho el sentido de las cosas contó lo que había sucedido. En
esos minutos, la madre de sus hijos debió creer que era verdad, porque él no
quiso probar la comida, y durmió pensando en eso, sin poder repasar en algo
más, como si la aparición de aquella mujer proveniente de la muerte hubiera
querido dejarle una porción del más allá. En efecto, al día siguiente, amaneció
sorpresivamente con fiebre, bastante enfermo y a punto de morir, y debió ser
muy grave el asunto, porque su familia un poca temerosa con la situación tuvo
que llevar a alguien para que le rezara una oración de vida. Fue algo que le
demoró por unos días, y algunos se preguntaron si en realidad estaba peleando
con la influencia de la muerte que personificaba aquélla. Cuando se recuperó,
demoró unos cuantos días sin hacer una sola carrera, ni en la misma
Barranquilla donde había tantos vivos. Siempre había de decir que eso que le
ocurrió había sido cierto, y que la apariencia turbadora de aquella mujer era
tan extraña, que sólo podía ser del otro mundo.
En cambio, Luis Hinojosa no
contaría con la misma fortuna. Después de haber estado haciendo una carrera en
Puerto Colombia, a las nueve de la noche quiso volver a Barranquilla. Todavía
el rumor de que en aquella carretera salía un espanto no se había divulgado con
tanta fuerza, y la gente seguía viajando tranquila sin más miedo que al de los
accidentes nocturnos. Tenía treinta y cuatro años, y estaba separado de su
mujer, aunque todas las noches en el Barrio Abajo llegaba a la casa donde vivía
ella con su madre, y le dejaba algo de dinero por la niña que tenían. Sus
amigos, aparte de eso, decían que entre ellos era el mejor. En esos momentos,
aceleró por esa autoconfianza bastante rápido, recordando que a esa casa donde
se dirigía se acostaban temprano, y que no era normal en él que llegara a esa
hora. En la oscuridad del camino, iba tranquilo, pensando en el Junior, igual
que muchos de sus amigos, al que en ese año de 1985 las cosas le estaban
saliendo bien y prometía ser de nuevo campeón. Era lo único que tenía en la
cabeza, y por ser viernes, estaba contento porque se estaba acercando la hora
de verlo jugar, siendo narrado a todo pulmón por Edgar Perea el domingo en el
Romelio Martínez, donde pocas veces él fallaba en su calidad de aficionado. Esa
noche había tenido un buen tiempo como conductor, porque había logrado reunir
bastante dinero, para pagarle al dueño del carro que él manejaba. Al contrario
de muchos, algún día quería dejar de ser taxista y meterse a mecánico de
camiones grandes.
La carretera estaba muy oscura,
pero eso no lo asustaba. La luna estaba llena, y él la venía viendo frente a la
ventana del carro, como si no viajara hacia Barranquilla sino que buscaba la
forma de estar cada vez más cerca de ella. Le gustaba mucho la velocidad al
manejar, y era amigo de varios taxistas que a veces le pitaban cuando se los
encontraba en el camino. Lo raro de esa noche es que no vio a ninguno de ellos,
y se imaginó con razón que la mayoría todavía andaba recogiendo algo de dinero
en las calles de Barranquilla. Se apresuró por ir rápido, pensando en su
pequeña niña que también siempre pensaba en él, hasta verlo llegar.
Cuando se estaba acercando a la
Curva del Diablo, vio algo extraño que lo puso a pensar con preocupación. Se
trataba de una mujer vestida de blanco, con un traje bastante elegante para la
oscuridad de ese lugar tan apartado. Entonces debió sentir inmediato pesar con
ella, porque imaginó que se trataba de una pobre mujer abandonada por algún
hombre demasiado malo, como para dejarla sola a su suerte. Fue bajando la
marcha a medida que se acercaba, hasta detenerse por completo y verla por la ventana
abierta de la puerta derecha, reparando que estaba en verdad muy bien
arreglada, lista para el matrimonio. La mujer era claramente bella bajo la luna
y las estrellas, y los demás astros que se estaban moviendo sin detenerse en el
cielo, y entonces habló con una voz que era de lo más normal.
-Por favor –le dijo ella-,
necesito que me lleve urgente a Barranquilla, porque me tengo que casar.
En ese instante, él se fijó
bien en su cara. A pesar de su apariencia embrujante que en un principio le
inspiró confianza, tenía un poco de oscuridad alrededor de los ojos que denotaba
eterna fatiga, algo fuera de lo corriente, como un verdadero espanto. Al darse
cuenta de que en realidad se trataba del alma de una persona muerta, un golpe
descomunal en el corazón acabó con la vida de Luis Hinojosa. Durante varias
horas, estuvo allí sentado, solo, sin conciencia, sin haber soportado el
impacto que le causó haber visto a una mujer, que vino puntual a su encuentro
desde el inframundo. Muchos carros pasaron por allí, pero nadie se detuvo,
imaginándose algunos conductores que se trataba de un taxista borracho que se
había quedado profundamente dormido, teniendo un sueño con el amor. Sólo al día
siguiente, por la alerta de ciertos curiosos al ver el vuelo cercano de los
gallinazos, la policía que fue informada se acercó al lugar, unos agentes lo
miraron y notaron que a pesar de que estaba sin vida, por sus ojos abiertos aún
parecía presa de alguna fatal impresión.
Andrés Hernández era otro
conductor que no tenía la más mínima idea del nuevo caso de ultratumba que se
estaba generando en esa carretera, y habría de seguir yendo y viniendo varias
noches sin que nada en absoluto le diera miedo, hasta llamar la atención del
mismo fantasma. Era un hombre de algunos treinta y ocho años, de tez trigueña,
natural de Soledad, Atlántico, andaba por todas las carreteras hechas y por
hacer, pero tenía una mujer en Puerto Colombia a la que siempre visitaba, a
pesar de tener un verdadero hogar en el sur de Barranquilla. En su mente, tenía
la certidumbre de que esa situación en que algunas personas habían perdido la
vida en la carretera que de Puerto Colombia llevaba a Barranquilla, no tenía
nada que ver con él. Era un ser muy tranquilo, seguro de sí mismo, y manejaba
con mucha cautela, a pesar de que los colegas supieran que al aumentar la
velocidad era uno de los más prácticos en el asunto. Se sentía feliz con su
propia vida, y si algo le gustaba más que manejar, era hacer dinero producto
del manejo. Ésa era la razón de que aquel modelo amarillo fuera suyo, para
ahorrar con más facilidad, en vez de estar pagándole la tarifa diaria al dueño.
Se sentía engreído con el carro, y el único que siempre lo había manejado era
él para estar seguro de que siguiera andando.
La noche en que se dirigió a
las diez y media a Barranquilla, le tocó hacerlo rápido porque no era normal en
él que anduviera tan tarde. A pesar de eso, la serenidad lo acompañaba, y si
algo le preocupaba del camino era que pudiera quedarse varado, pero nunca con
que se le apareciera una muerta. Era alegre, divertido, y tenía un sentido
bueno del humor, por lo que al mirarlo a la cara, pocos se imaginaban que algún
día dejaría de ser quien era. En esa ocasión, mientras escuchaba Él me mintió de Amanda Miguel, se cruzó
con dos buses intermunicipales que viajaban demasiado rápidos en el camino,
como si sus chóferes sintieran temor feroz de esa carretera. Pero él continuó
tranquilo, sin problemas, dándole más rápido al carro al ver que a veces la
carretera subía en forma de loma, y después bajaba para que se deslizara mejor.
Era un gran profesional, aunque en alguna ocasión había chocado un auto por
culpa suya en la ciudad, y el único herido había sido él. Esa experiencia lo
llevó a sólo aumentar la velocidad de un vehículo si estaba en una parte de la
carretera más despejada, y lo hacía de forma tan fuerte, que reflexionó que esa
provechosa manera de llegar más rápido, lo obligaba a concentrarse para no ir
pensando tanto. Se sentía consecuente de lo que hacía, aunque desde que tenía
conciencia le había inspirado confianza esa calzada, que era la que más le
pertenecía. Era claro que andar por allí le gustaba, y que así podía por ser
siempre. Por eso en una fase del recorrido, vio a un lado de la carretera a una
mujer que le hacía señal de que parara.
En vista del imprevisto, sintió
por instinto que era necesario bajar la velocidad, porque estaba preparada para
el matrimonio. Era algo que no le había tocado vivir en ese lugar ni con nadie
distinto, pero le inspiró consternación la situación de la muchacha. Al frenar
y verla a través de la ventana derecha que estaba abierta, ella le dijo que por
favor le hiciera una carrera, que estaba atrasada para el casamiento, donde
todavía la estaban esperando, así que comprendiéndola un poco él le abrió la
puerta para que montara sonriente en la parte de atrás, en el momento en que le
pareció una pasajera más y no alguien que dentro de su taxi quería ir un rato
por la vida. Nada se le atribuía a algo fuera de lo común, por lo que el carro
comenzó a andar ahora más rápido para que ella pudiera llegar con tiempo a su
cita, a llevar el amor. Según recuerda, mientras manejaba, iba pensando en la
hermosura de la mujer con que dejó de hablar, pero también dándole gracias a
Dios porque en la soledad de la carretera volvió a ganarse un pasaje más.
Siguió conduciendo con conocimiento al igual que otras veces, antes de que le
pasara la sensación de esa novedad, viendo una vía que conocía bastante su
alma. Miraba todo a su alrededor, el cielo, el horizonte, el monte donde la
oscuridad se podía tocar, y todo le parecía bien como en otras ocasiones. Sólo
que el ambiente se puso un poco raro, porque después de avanzar unos kilómetros
considerables, sintió que algo detrás dejó de pensarlo, de estar con él, y al
voltear para ver a qué se debía, se dio cuenta entonces por el asiento que
estaba vacío de que había vuelto a quedar solo. Sin poder con la impresión que
dejaba ese hecho impactante, se asustó como jamás en su vida había pasado,
quedó perplejo en lo más hondo, hasta casi perder el control del carro. No
entendía qué era lo que había sucedido, en el desarrollo de la rutina, y seguía
inmerso en eso al ver para su alivio las primeras luces de la ciudad.
Con el suceso entonces, la
gente fue diciendo que algo particular estaba pasando en la carretera de Puerto
Colombia. Los primeros que sentían que podía ser por la presencia de algo
paranormal fueron los conductores, aunque la vida siguió siendo la de siempre.
Sin embargo, cuando pasaban por la Curva del Diablo, todos miraban con temor
aquel sector del camino. Era como si por allí se estuviera apareciendo el mismo
Diablo.
Aún así, poco se sabía de la
verdadera razón de eso. Se seguían desconociendo los motivos originales, aunque
se le atribuía a alguna clase de misterio, y un ejemplo era el desespero que
siempre había tenido la muerte desde el principio del cosmos, por devorar lo
que pudiera de la vida que se expandía como el espacio intergaláctico. Lo único
que se logró con tanta especulación, es que a esa carretera poco a poco se le
cogiera miedo, que a veces no tenía que ver con la intervención de algo
infrecuente, pues muchos aseguraban que cuando alguien se iba a morir era lo
más normal que le viera unos segundos antes la cara a la muerte. En el
transcurso de los años, fueron aumentando los comentarios imaginados sobre esa
carretera, a la que muy pocos ya querían usar en las noches solitarias, por
temor de que se les apareciera entonces el hermoso fantasma que mandaba la
muerte. Quizás tenían razón, porque siempre surgía la voz de un nuevo conductor
con la versión de que había viso a una mujer bella vestida de matrimonio a un
lado del camino, que infligía toda clase de tragedias porque al perder la vida
se había casado obligadamente con la muerte. Llegó un momento, en que algunos
incluso se retiraron de aquella arriesgada vida de conductores. Era claro que
la mujer vestida de blanco, le salía a casi todo aquél que manejara mucho un
carro por ese lugar.
Aquélla era por supuesto la
carretera que llevaba al mar. Construida muchos años atrás, produjo que Barranquilla
quedara más cerca de Puerto Colombia, algo que de alguna u otra manera fue
volver a escribir la historia, ya que era sabido que la ciudad con el pequeño
municipio estaban atados casi por un cordón umbilical. Durante lustros, los
choferes la consideraban como algo que los llevaba al cielo, porque gracias a
ella ganaban el pan de cada día, y desde que tenían uso de razón se encontraba
en buenas condiciones para andar. Por nada del mundo la cambiaban, y era buena,
a pesar de que al igual que en muchas otras carreteras, se habían presentado
ciertos accidentes que fueron fatales, pero que se olvidaban o eran
desconocidos por los nuevos conductores que tenían deseos de manejar. Era
normal que hubiera habido esos accidentes, pero no los relacionaban con nada de
la otra vida. En cualquier parte pasaban, y por eso lo único que les
interesaban era que allí viajaban más tranquilos que en otra carretera conocida
de la región, porque sentían el mar. Lo cierto es que ella los llevaba mejor al
pueblo, y casi siempre estaban de regreso a Barranquilla a buena hora. Era algo
certificado, y algún día cuando funcionarios del gobierno quisieron hacer un
peaje, los conductores y personas del pueblo protestaron iracundamente por muchas
cosas, una de ellas porque aquello representaría un retraso para llegar más rápido.
El camino era un universo que no cambiaban por nada, porque manejar por allí
era tan fácil como vivir.
Lo malo fue que de un momento a
otro, y sin que nadie se lo explicara, comenzó a sobrevenir aquel fenómeno paranormal
que cambió la referencia que se le daba a esa carretera. Las personas que
aseguraban haber visto a la novia vestida de blanco, siguieron aumentado cada
noche. La mayoría de esas personas, eran también los choferes de los mismos
buses que se atrevían a andar tan tarde. Algunos, cuando les tocaba regresar
solos por la carretera, decían haberla visto a través del retrovisor sentada
solitaria en la parte de atrás, como cualquier persona que ya hubiera pagado su
asiento. «Era real, como el largo vestido que llevaba puesto», decían. Al suceder
eso, aumentaban la velocidad del vehículo para tratar de espantarla, con la
única diferencia de que ella casi siempre inofensiva, no parecía por momento
darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en este mundo, al que ya no pertenecía
ni ansiaba pertenecer. Llegó un momento, en que casi nadie que había escuchado
sobre eso quería aventurarse a andar por esa carretera, y otros hasta
decidieron cambiar de profesión, con tal de no volver a experimentar tal visión
que señalaba la presencia segura de la muerte. «Muchos se murieron nada más por
mirar que era bella», aseguraban. En verdad, era como si aquel aparato
estuviera dispuesto a alejar a todos los que manejaban por aquella carretera, y
mientras trataba de cobrar inexplicable venganza de algo, hasta con el que
estuviera manejando y no la viera. Aquel misterio fue cogiendo sobrada fama, y
el que manejaba por allí prestando un servicio público, estaba al tanto de las
apariciones de la bella mujer vestida de blanco que trataba de parar a las
personas que iban en los carros, para que le dieran chance aunque fuera una vez
a la muerte. Sintieron miedo, y algunos infortunados que iban pensando en ella,
inevitablemente la vieron. Fue un momento que mejor no les hubiera gustado
vivir, porque aunque llegaran a sus casas, entraran al cuarto, apagaran las
luces y cerraran los ojos, la mirada de ella los perseguiría persistente,
intensa y nítida, hasta el último segundo de sus vidas.
Mientras tanto, los accidentes
mortales por los que se le acusaba, seguían sucediendo uno tras uno de corrido,
algo que se volvió un escándalo. Con el curso de los años, cada vez que un
carro se volcaba o chocaba con otro y perecían los pasajeros, ya nadie trataba
de buscar una explicación distinta a la de la aparición repentina de aquella mujer,
que estaba dispuesta a acabar con los hombres que aprendieran a conducir bien por
allí. En una ocasión, cuando un bus que manejaba un hombre solo resultó
incendiado a un lado del camino, todos se imaginaron qué había visto el pobre
tipo para que hubiera terminado su suerte en medio de las llamas. «Era el
infierno en la tierra», dijo un testigo. «Pero a ella nada de eso le bastaba
para detener su crimen horrendo.» Parecía cierto, aunque en otras carreteras
pasara lo mismo con altas cuotas mortales, y nadie dijera que era por ella.
Como si fuera poco, en otra ocasión, un hombre que manejaba un carro particular
de color rojo, quedó volcado a un lado del camino, en medio de las latas aplastadas
y con los ojos abiertos, fortaleciendo la certeza de que con la alteración que
se sufría al verla a ella, era suficiente para no dar para cerrarlos ni después
de muerto. «Era claro, eso sí, que quería que alguien se los cerrara para no
seguir viendo», dijo su primo. Con el transcurrir más de los años, seguían
sucediendo esas cosas, y hubieran podido ser tomadas como accidentes que
pasaban en cualquier carretera, si no fuera porque los cadáveres demostraban
una impresión sempiterna que ya no se les quitaba ni aunque los ojos se les
cerraran y sus cuerpos se pudrieran dentro los ataúdes, porque sabían que la
propia muerte era ella. Muchos buses se volcaron a un lado del camino, y cuando
el nuevo siniestro acontecía, parecía claro que desde algún lugar apartado, la
mujer vestida de novia estaba divirtiéndose malignamente con eso. Personas que
pasando de largo en el carro sobrevivieron a la fuerte impresión de aquella
visión terrorífica, decían que bastaba mirarla a los ojos para sentir que
estaban siendo vistos directamente por la muerte. «Y qué hermosa era la
muerte», dijo alguien, que la alcanzó a ver a un lado del camino y vivió para
contarlo. Su presencia espantaba, daba mucho miedo, y si se descarrilaba otro
carro con su ocupante muerto, se aseguraba que la muerte se había disfrazado de
novia guapa, porque era la mejor manera que se había inventado nunca antes para
ganarse a los vivos. El hombre que la vio a un lado del camino, haciéndole
señal de que parara, llegó a decir que a pesar de que sentía miedo por la
expectativa de su presencia, tuvo un poco de lástima al mirarla existir tan
solitaria. Sin embargo, no le paró. En cambio, un chofer distinto que después
de creer que la había atropellado, paró el bus y se bajó, apareció luego muerto
a un lado del camino, pero como alguien que dormía con ganas desesperadas de
despertar de la pesadilla donde estaba ella.
Las autoridades llegaron a
pronunciarse en aquel caso, que a la hora de la verdad parecía más una fábula
de los conductores, y la medida que tomaron fue tratar de que nadie manejara
tan tarde. Algo imposible, porque era pelear con la misma naturaleza de la
carretera, que fue hecha para ser usada a cualquier hora en que sirviera por
alguna urgencia. Alguien que tenía poder en la política, llegó a decir que ese
fantasma estaba con un hambre insaciable de víctimas humanas, y que lo mejor
era llevar en la noche un sacerdote a aquel camino para divorciarlo de la malevolencia.
Nunca sucedió, porque por momentos la realidad parecía gobernar con las leyes
de la vida, y a veces pasaba hasta un año sin que transcurriera nada, antes de
que volviera a presentarse un nuevo caso que estremecía a la ciudadanía, y que
hacía creer que una mujer desde la otra vida estaba apareciendo y acabando con
los hombres que amaran más a los carros que a ella, que era una desgraciada en
la oscuridad eterna. Luego con fuerza volvía a tomar protagonismo en los
accidentes, y ciertas personas salieron en defensa de ella al sobrevivir a uno,
porque decían que no habían visto nada cuando se salieron del camino. Sin
embargo, después eran conscientes de que no hubieran podido perder el control
en otra carretera. La creencia de que ella tenía aquel camino embrujado comenzó
a tomar fuerza, pero casi nadie que caminaba de noche por la carretera decía
haberla visto, como si fuera verdad lo que se decía, respecto a que aquel
espíritu sólo les salía a las personas que estuvieran conduciendo carros. Su
influencia se siguió sintiendo, y cobrando más importancia en aquellos
alrededores, donde definitivamente se había instalado el ángel de la muerte.
Fueron los choferes de los
buses interurbanos quienes más se sentían asustados, porque por el torniquete
pasaban tantas personas sin verles bien las caras, que sentían que cualquiera
de esas mujeres que entraban como amas de casa, trabajadoras o estudiantes, al
quedar finalmente sola en el último asiento, terminaba convirtiéndose en la
novia. Sentían bastante miedo, y alguien decía que en caso de llegar a verla,
se bajaría del bus y saldría corriendo, pareciendo claro que a cualquier hombre
que huía a pie ella no lo perseguía, pero la verdad es porque sabía que ya
estaba muerto. En los lugares donde se encontraban y conversaban sobre eso, a
veces se decían: «No manejes tan tarde, que te puede salir la novia». Sólo que
cuando los nuevos conductores la descubrían, tenían miedo hacia la ley de la vida
en general, porque daba la sensación de que con sólo pensar en ella se la veía
en cualquier momento. Eran pocos los hombres que se atrevían a manejar solos
hasta altas horas de la noche, resultando bien claro que el fantasma vestido de
blanco los estaría esperando, porque consideraba que era casi una falta de
respeto de ellos andar por los lugares oscuros, donde los muertos como ella
tenían derecho a salir un rato.
En alguna ocasión en que Jairo
Román salía de Barranquilla, se había quedado sin un pasajero en el bus y
estaba manejando solo. Para él, era lo más normal de la vida estar a veces
conduciendo sin compañía de nadie, y ya sabía que no recogería a más personas,
teniendo en cuenta que iba por una carretera oscura desde donde parecía sentir
la presencia lejana del río Magdalena, al que le tenía cautela por no saber
nadar, y avanzaba rápido con ganas de llegar al pueblo para acostarse a dormir.
Su forma de ir manipulando con astucia el timón, le daba la confianza de que a
bordo del carro nada podía asustarlo, porque en caso de que viera algo raro, él
simplemente iba dentro de aquel bus que se abría paso entre la brisa fuerte y
lo hacía sentir en un espacio-tiempo diferente. Estaba ingenuo, con ganas de
llegar pronto, y conocía tanto aquel trayecto que yendo por esa carretera
estaba más cómodo, que caminando despacio por el corredor de su casa. Al pasar
por la Curva del Diablo, tuvo cuidado de estar a punto de ver o sufrir un
accidente, aunque hacía ya mucho tiempo en que había dejado de hablarse de que
posiblemente por allí estaba sucediendo algo inaudito, y cuando entonces
intentó pensar en lo normal, vio a la novia a un lado del camino. Estar con esa
repentina presencia le causó un miedo que no era de él, aunque pasando por esa
parte siempre sentía como si pudiera acompañarlo algún espíritu inspirador de temor,
que se terminó ya de manifestar. Aceleró lo que pudo, con valor y decisión de
hombre experto, y sólo más adelante al alejarse de aquel paraje, volvió a ser
casi el mismo con aire nuevo, en una vía tan solitaria donde lo único que
existía era su vehículo en huida.
En el trayecto, no se encontró
con otro bus ni en sentido contrario, y supo por eso que se había dejado coger
bastante tarde de la noche peor. En muchas situaciones, ya había pasado por
eso, porque así como algunas veces había sido uno de los primeros en dejar de
trabajar, varias veces también había sido uno de los últimos en andar por
aquella carretera, que si en algo daba recelo era por tanta soledad que daba
para imaginar muchas cosas que el día no mostraba. Sabía que estaba a pocos
kilómetros de llegar al municipio, en el instante en que percibió que algo iba
con él, por lo que al fijarse por el retrovisor, notó sentada a la misma mujer
vestida de matrimonio en el último banco del bus, y mirándolo fijamente con sus
ojos que ya han visto por varios años la muerte. Enteramente paralizado de
miedo, y creyéndose víctima de una experiencia cruel que casi lo hace llorar,
se apresuró en marchar más rápido, sin volver la vista a atrás donde
posiblemente ella estaba esperando que de alguna manera muriera, pero no pasó
nada, todo siguió quieto, igual, y consideró que su destino estaba más lejos de
lo que había pensado, así como la esperanza segura de vida. En realidad, a diminuta
distancia del Lago del Cisne, nunca supo en qué momento dejó de sentir la
presencia de ese ser demoníaco, porque después al ver que estaba llegando al
municipio volvió a ir solo, pero con unas ganas de parar y salirse de aquel
bus, donde inexplicablemente sin pagar pasaje se había montado la muerte.
Apenas llegó a Puerto Colombia, paró en el primer lugar donde vio a muchos
seres humanos y prefirió que de ahora en adelante buscaría mejor otra
profesión, antes que volver a experimentar algo horrible como eso, en que el
miedo lo hizo sentir en serio humillado.
Sería una de esas personas en
tratar de hacer que todos supieran, lo que en la carretera estaba sucediendo. A
muchos hombres que manejaban buses, les dijo lo mismo para que fueran
prudentes. En el interior, no quería que otros vivieran lo que vivió, ya que
estaba seguro de que cualquiera no iba a tener el corazón tranquilo como él lo
tuvo, para resistir lo que era peor que un rechazo de amor de la mujer más
querida. Algunos le prestaron atención, otros no, pero con el paso del tiempo
su historia se convertiría en una de las más conocidas. Pero de todos modos,
hasta el final de sus días repetiría aquel suceso a quien quisiera oírlo, que
para él fue tan real como la noche en que le tocó vivirlo. Era él el que más
decía que por allí aparecía el fantasma de una mujer vestida de novia.
Un periodista se enteró de eso,
y quiso entrevistarlo. La versión que el mismo chofer le contó, fue suficiente
para hacer de ella una buena historia, que se publicó como noticia y despertó
un gran interés entre los lectores. El chofer diría que si no se murió de
miedo, era por la costumbre de que a pesar de que viviera lo que viviera, e
incluso en ocasiones en que estuviera casi durmiéndose, casi siempre estaba
manejando bien en esa carretera. «Es lo peor que me tocado vivir en la vida»,
explicó. «No sé cómo estoy vivo para contarlo, y no sé qué estará pensando ella
de mí.» Con sinceridad, aunque confesó que la belleza de la mujer solitaria que
estaba en el último asiento le asombró de una forma sobrenatural, hubiera
preferido no haberla visto nunca ni de día. La manera seria en que contó todo,
produjo que la mayoría de las personas sintieran que estaba hablando con la más
pura verdad, porque era la única manera de explicar cómo logró juntar a su
alrededor a tantos periodistas. Durante algunos días, no se hablaría de otra
cosa, y el relato de la novia de Puerto Colombia cogió tal fuerza, que muchos
comenzaron a tenerle miedo a esa ruta. Desde entonces, el público comenzó a
creer que de veras ella estaba apareciendo, y lo podía hacer con cualquiera que
se hubiera enamorado de esa carretera.
La idea de que alguien vestido
de blanco estaba surgiendo en la vía que llevaba al mar, se volvió una trama
para las personas más comunes. Algunos aseguraban que era una mujer que había
muerto poco después de su matrimonio, y que su alma había quedado en esa
carretera, como parte de una venganza implacable, acabando con los choferes
inocentes, en su búsqueda del culpable de que ella se encontrara muerta sin
nada de amor. Era una leyenda que se volvió urbana, llamando la atención de todos
los reporteros que tuvieran interés por el periodismo narrativo. Alguien
aseguró que era verdad que ella aparecía por allí, aunque nadie parecía
explicar la verdadera razón para que lo estuviera haciendo, pero en vista de
que los accidentes continuaban inclusive en ciertos parajes de la carretera que
eran normales, se comenzó a señalar a aquel fantasma hasta como el responsable
de las grietas del asfalto, de las vacas que se cruzaban, que producían peligro
mortal para los carros en el día. Era algo que siempre ocurría, por lo que los
periodistas habrían de documentarse no sólo con las numerosas personas que aseguraban
haberla visto, sino de mencionar muchas veces el lugar conocido cerca de donde
se decía que aparecía.
Puerto Colombia era un
municipio pequeño ubicado a orillas del mar Caribe, el cual a pesar de la
pobreza era considerado con razón por sus lugareños el mejor pueblo del mundo.
Desde hacía muchísimos años, la nombradía de este lugar estaba fundada
prácticamente en su prosperidad pasada, cuando por medio de un tren que venía
desde Barranquilla, permitió que en su largo muelle entrara toda serie de
cosas, desde los aparatos electrodomésticos más modernos hasta las razas
europeas, judías y árabes, que huyendo de muchas situaciones como las guerras
en la nueva tierra a donde llegaban daban para inventar la riqueza. Sin
embargo, la gloria pronto estaba empezando había acabado. En ese entonces de la
actualidad, era hogar de pescadores, de gente casera y muy buena en sus costumbres,
que a veces al ver aparecer a muchos turistas pensaban que alguno de ellos
quizás era un nuevo ejecutivo con grandes intenciones, tratando de encontrar el
camino que los llevara a los días más dorados del pasado. Era fresco por la
brisa en la tarde, y sus habitantes al nacer allí era raro que después se
fueran a vivir a otra parte que quedara lejos.
En el año 1888 cuando la línea
del tren que llegaba hasta Salgar terminó alargándose a ese lugar conocido como
Cupino, el caserío comenzó a recibir del mar las maravillas que se daban en
otra parte, a bordo de barcos tan grandes y magníficos, que los niños que los
miraban ya no soñaban con ser pescadores sino míticos marineros. Era buena
señal del futuro que estaba por venir, y que desde ya auguraba grandes cosas
para la apartada población, que siempre conoció un solo idioma. Cuando el
gobierno le dio el contrato de hacer el muelle al ingeniero cubano Francisco
Javier Cisneros, éste tuvo en cuenta que estaba en un importante país que se
merecía tener el más largo que conociera el hombre, para aparecer en la
enciclopedia de la época. En efecto, ésa fue su idea inicial, y si no la
cumplió era porque se necesitaba terminar rápido la obra para operar el
comercio marítimo en un lugar que estaba destinado a darle a esa parte de la
costa y al país, las cosas que estaban inventado las mentes más brillantes de
esos momentos, como el bombillo de Thomas Alva Edison. Los barcos llegaban
entonces con más continuidad, trayendo toda clase de objetos a aquel muelle
cuya punta estaba casi en alta mar. En verdad, el tren que llegaba hasta el
muelle se iba cargado de tantas cosas grandes para Barranquilla y luego por el
río Magdalena al resto del país, que daba la impresión de que el mundo entero
se estaba mudando para ese pueblo. Era lo más parecido a la fantasía, ver cierta
clase de gente nueva, siendo los árabes una de las razas que más llegaban allí,
trayendo su cultura, su gastronomía y sus cuentos milenarios, que no eran tan
interesantes si no mencionaban entre los protagonistas principales la belleza
infinita de una mujer, que era más fácil de amar bajo la luna creciente. En
poco tiempo, aquel pueblo era un lugar donde todas las cosas sucedían, incluso
como se las imaginaban que sucedieran, la abundancia no tenía fin, y todos en
Barranquilla llegaban allí buscando lo que se acababa de inventar en Estados
Unidos, como la radio y el cine, y leer frescos los periódicos en inglés que se
imprimían en Nueva York. Era una situación mágica, y muchos individuos nativos
cumplieron el sueño de hacerse marineros, a bordos de naves que iban a
cualquier parte que estuviera en el mapamundi, y era tanta la fama del muelle
que era el tercero más largo del mundo, que atraía los barcos más grandes de
los océanos. Pero lo mejor es que unos hombres que llegaban, sin más equipaje
que una maleta, fuerte disposición y con deseos de gran prosperidad, parecían
en realidad que traían la historia.
Mientras tanto, el tren se iba siempre
cargado de muchas cosas, rumbo a la ciudad de Barranquilla que a través de ese
pequeño pueblo se convertía en la ciudad de arena más encantadora que las
fotografías a blanco y negro iban a dar a conocer. Desde casi el comienzo de su
historia, este lugar contó con la fama de que tenía las mujeres más bellas para
ver, como algún día lo dejaría claro la actriz Sofía Vergara, porque era un
crisol de varias razas como la francesa, italiana y alemana, que producía tales
ejemplares. Era algo de admirar, porque personas diferentes y con grandes
ambiciones hicieron reales sus ideas en poco tiempo, una de ellas ver volar el
primer avión en el país. Cada vez que pasaba algo en Europa, como la Primera
Guerra Mundial, la ciudad se llenaba de más gente inteligente. La cultura se
respiraba en las calles del centro, donde el sabio Ramón Vinyes había traído en
un bolsillo la literatura de España. En esa época, la erudición de la ciudad
gozó de hombres intelectuales como José Félix Fuenmayor, algunos de los cuales
leyeron todos los libros que eran buenos. Se fundó en la Calle Ancha un
periódico llamado El Heraldo, donde
en décadas venideras se formarían grandes periodistas con aspiraciones
literarias, que con la técnica narrativa al modelo de Ernest Hemingway serían
los mejores escritores de la generación. En adelante, así ocurrió, para bien de
la gente, porque la prosperidad que llegaba en barcos o en aviones resultó
buena para una ciudad nueva, donde de pronto todas las personas del mundo
querían vivir. La sabiduría de su gente era asombrosa, y algún día leer al
escritor estadounidense William Faulkner por el Paseo Bolívar sería tan natural
como respirar el aire fresco proveniente del río Magdalena. El cine, el teatro
y la literatura que se harían, produjo que los habitantes de Barranquilla
sintieran que estaban a la vanguardia de las cosas más interesantes, y confirmó
en Colombia que quien vivía en las costas del Caribe, por el privilegio de la
vista se daba cuenta primero de lo que sucedía en el resto de la tierra. Muchos
deseaban quedarse allí de por vida, y hasta brindar permanentemente por la
vida.
Sólo que después de que
Barranquilla decidió abrir el río a los barcos que navegaban por alta mar en
1936, la mejor historia de un pueblo vecino y su muelle tocó su fin. Los barcos
comenzaron a entrar por Bocas de Cenizas, y recorriendo contra corriente las
aguas del río Magdalena llegaban al puerto fluvial de la ciudad, y toda la
mercancía se sentía en el centro que no paraba de crecer, y allí celebraron por
tantas cosas que ahora se podían ver. Todo comenzó a cambiar en la Puerta de
Oro de Colombia, la situación fue haciéndose un poco mejor con la construcción
de las mansiones navieras, cerca de la iglesia San Nicolás, y la identidad de
la gente era fácil de reconocer si se miraba nuevamente el río que era
transitado por muchos navíos de diferentes banderas con contenedores pesados,
que la hicieron más grande y habitada por los hombres con talento. Era tanto el
progreso, impulsado también por los Santo Domingo, que llegó a tener a mediados
del siglo veinte, que hasta se pensó que Barranquilla podía ser la capital del
país. Se abrieron muchas nuevas industrias, sobre todo las que estarían
establecidas por la Vía Cuarenta, que le darían una nueva cara a la ciudad. Era
fácil visualizar desde entonces, como diría el locutor Marcos Pérez, el
panorama de la futura metrópoli.
Puerto Colombia se sumó en el
olvido, y el muelle fue abandonado por siempre. Era algo dramático, ya que nadie
se imaginó siquiera que el principal puerto del país, algún día muy cercano
sólo sería recordado por los poetas de folletines. Los pescadores artesanales o
buzos de brazo largo, para bien o mal, trataban de sacar las migajas del fondo
del mar, de lo que antes tanto llegaba por encima. Sin embargo, el amor que su
gente le tenía, hacía de él un pueblo querido por los amantes del recuerdo. Era
algo que pertenecía a la vida, porque unos habitantes se sentían orgullosos,
como si estuvieran más a gusto con la situación de la nostalgia. El turismo era
algo que llamaba gente, y el viejo muelle de cemento con hierro fue rescatado entonces
por los enamorados. Era el único testimonio de las glorias pasadas, y llamaba
fuertemente la atención verlo resistir al mar y cada tarde a una nueva caída del
sol. Caminar cerca viendo mucho el largo muelle, que inspiró varias veces a la
poetisa barranquillera Meira Delmar sentada a la orilla de la playa, era algo
lleno de encanto que atraía a la gente de más lejos. Bañarse en el mar, era un
sueño de nunca acabar, y ver las montañas que le hacían casi una bahía,
manifestaba claramente que todavía de alguna forma aquel pueblo apartado, casi
en sus cenizas, seguía existiendo para las curiosas personas de afuera que lo
llegaban a encontrar en el presente.
De manera que la vieja estación
del tren, era el lugar de recreación. En sí, la vida del pueblo parecía girar
en torno a ella, y por el sentido nuevo de vida que daba. Los lugareños sentían
que era un pueblo pequeño que nunca crecía, pero algunos pensaban que así era
mejor, porque entonces no tendrían que caminar tanto para hacer cualquier
mandado. Tenía varias casetas, donde vendían toda variedad de comidas, bajo la
sombra y al aire libre, dejando a gusto a los comensales que se daban el lujo
de probar bien fritos pescados buenos, que sólo unos minutos antes habían
andado libres bajo el agua marina. Lo mejor de todo, es que aquél que llegaba
avistaba la placa conmemorativa de la estructura carcomida de cemento del
antiguo muelle, que recordaba que alguna vez por allí había pasado de prisa la
historia.
En aquel mismo lugar, donde
paraban los buses interurbanos, fue donde se comenzó hablar entre los conductores
de que algo extraño en la carretera estaba sucediendo, alimentando entonces una
leyenda que no tenía nada que ver con su pasado memorable. En serio, los
cuentos de que en la carretera yendo para Barranquilla aparecía el fantasma de
una mujer, ya era algo que tenía fuerza en la narrativa regional, y unos choferes
amigos se habían puesto de acuerdo para no trabajar tan tarde. Como muchas personas
rondaban por allí y escuchaban lo de la novia de los transportadores, la
población se fue enterando de que algo raro estaba pasando en la carretera,
siendo por fuera lo que más se estaba comentando de ese pueblo que dejó de ser
importante para el mar, tema nuevo que se hablaba y se exprimía durante las
tardes en las terrazas, en la calle, en los solares, y hasta los niños dejaron
de jugar por las noches a los carritos ante el temor de que se les apareciera
la novia. Lo mejor del caso, es que al llegar en el bus se podían ver bien las
caras de las personas que la habían visto, que eran las mismas todavía con que
estaban contando el hecho. Todos sentían un poco de miedo, y aquél que veía su
alma vestida de blanco en la carretera, juraba que era la mujer más bella que
podía salir de entre la muerte. En prevención de eso, aún así decían que el que
le parara, se iría de esta vida sin tiempo para saberlo. Algo que no era tan
seguro, aunque muchos que lo hicieron se habían muerto, sin haber sentido el
respectivo miedo porque a veces su agraciada apariencia confundía el corazón.
La tradición oral desde allí no
sólo fue regándose por la población sino más allá de la carretera, por medio de
los choferes que en todas partes andaban. En verdad, el mito fue tomando más
fuerza en la ciudad de Barranquilla, y se decía que todo era una mentira de los
conductores para cobrar más caro a las personas que querían viajar de noche,
contra supuestamente la voluntad de ellos. En cualquier calle de la ciudad se
repetía eso hasta parecer una verdad, que dañaba la imagen de Puerto Colombia
que al menos necesitaba la afluencia del turismo. Lo sonado del caso, es que
siempre llegaba un nuevo conductor contando que en efecto la había visto
sentada en el asiento de atrás, por medio del espejo retrovisor, donde por
principio natural sólo se podían ver los vivos. Con el paso de los años, a la
gente le dio miedo viajar por esa carretera por no encontrarse con la novia que
se les aparecía hermosa a los hombres, para que se casaran fácil con la muerte.
Algunos se preguntaban quién había sido esa mujer, y cuando incluso en Telecaribe se habló bastante sobre el
caso, se tejieron toda clase de versiones. Algunos aseguraban que se trataba de
una mujer que acompañada de su padre rumbo a la iglesia, se mató de pronto en
esa carretera, y que su alma había quedado penando porque se perdió el amor.
Otros decían que en realidad se trataba de una mujer como la novia de Barrancas
que quedó plantada por el novio, que no la esperó en el altar, o de alguien
engañada que se había suicidado, y que desde entonces su fantasma salía en esa
carretera para acabar con la existencia de todos los hombres, y vengarse del
daño que le hacían al corazón. Más cosas se dijeron al respecto, que era la
Llorona, o que era alguien loco que se disfrazaba para asustar, pero nadie en
sí daba para saber cuál era la verdad. Pero de lo que no había la menor duda
era que seguía apareciendo, sin importar que las personas ya lo supieran.
En Barranquilla, era donde la leyenda
había de volverse mundial. Muchas personas contaban eso, diciendo que aparecía
de noche vestida de blanco en la carretera de Puerto Colombia, y la gente más
joven se refería a aquello como una historia buena, aunque pocos la hubieran querido
vivir. Los periodistas no perdían la oportunidad para escribir sobre eso que
llamaba tanto la atención. Muchas crónicas salían publicadas, donde prevalecían
las versiones de los principales testigos que ya se daban por ciertos. «Cuando
los conductores de buses vienen solos en la noche, a través del retrovisor la
ven sentada en el último asiento», se decía. A muchos les fascinaba aquella
leyenda urbana, que parecía sacada de la fantasía. También se anunciaba en Noticias
Caracol, algo que volvió esa historia familiar para la audiencia colombiana.
Con el tiempo se olvidaba de eso, y se contaban otras cosas terrenales. Pero la
novia siempre estaba saliendo, llamando hasta la atención de la hermosa periodista
Claudia Villarreal, que si quería en su programa podía volver más atractiva la
cuestión para los que estaban con claridad interesados en ella.
Cada vez más había gente del
medio siguiendo la pista de eso. Con el paso del tiempo, bastaba con que se
dijera o inventara la historia de que había vuelto a aparecer la novia sentada
en el asiento detrás de un taxista, para que al día siguiente temprano se
vendieran casi todos los ejemplares del periódico principal. Era algo que
llamaba la atención, y entonces algunos lectores se preguntaban si aquello no
era un cuento que se inventaban de vez en cuando ciertos cronistas encantados
por lo desconocido, que muchas veces tuvo en cuenta el renombrado comunicador
Ernesto McCausland en su búsqueda de lo interesante. Era una buena historia de
miedo, por la que más se estaba conociendo la ciudad.
Fue por eso que unos que se
interesaron bien en ella, se dirigieron a la casa en Puerto Colombia de una
persona que había conocido a una bella mujer cuando estaba viva, para publicar
un suceso en el periódico que tanto les interesaba a los lectores de temas
paranormales. En serio, porque era bien sabido que varios se sentían seducidos
por aquello, sobre todo con la confesión del chofer Jairo Román. Todos querían
asegurarse de que sí hubo una muchacha que después de muerta, sentía cierta
clase de odio hacia los vivos. Era claro que la mujer vestida de blanco siempre
aparecía en aquella carretera, y que estaba causando accidentes que causaban
intriga, y querían saber la razón que la llevaba a hacer eso. Era una cuestión
que merecía importancia, y con más profundidad de lo que antes se podía pensar.
Por eso estaban decididos a investigar bien el caso, para escuchar la mejor
versión del supuesto origen de la novia.
En vista de eso, Sonia Murcia
decidió contarle lo que sabía a uno de los periodistas que buscaban su
testimonio. Era una mujer que aún vivía en el pueblo, aunque con otro marido.
Era alguien de pensamiento diferente, pero tenía todo claro para contestar a lo
que se le preguntaba sin mala intención. Algunos periodistas confirmaron
entonces que sí había alguien del pasado que había muerto al acabarse de casar,
que fue la mejor amiga de ella. Muchas personas escucharían su relato, el cual
en realidad sí podía ser el verdadero testamento de un caso real, que después
se volvería sobrenatural.
La tarde en que estuvo
dispuesta a contar su historia, se había desocupado de los oficios domésticos y
estaba sentada en la sala. Era una mujer ya entrada en años, pero bastaba tener
en cuenta lo que iba a referir, para que de pronto rejuveneciera y fuera igual
al mejor recuerdo que ella tenía de sí misma. La persona que estaba al lado, conoció
que ahora era una mujer que tenía varios hijos, y que había vivido en Puerto
Colombia el tiempo suficiente, no sólo para contar la historia de ese pueblo
sino la misma del mundo que ella había conocido. Se veía tranquila, serena, con
ganas de aclararle a la gente la verdad del asunto, porque no estaba segura de
lo que decían por allí los choferes señalando que podía ser su amiga con toda
certeza, ya que recordaba a ésta con todo el amor posible que los años no
habían podido borrar, como si el fantasma de la doncella fuera más bien un alma
compasiva en la vida de ella. «Era la muchacha más buena de todas», dijo. En
realidad, mostró ganas de llorar cuando se acordó de su gran amiga. Le daba
pesar la leyenda distorsionada que se estaba gestando en torno a ella, una persona
que fue tan inocente como cualquiera de las que la rodeaban en esos momentos, y
que al parecer el único pecado que cometió en la vida fue hacerle caso temprano
al amor.
-Su historia es la más triste
que se recuerda –siguió diciendo.
En esos momentos, bastó mirar a
la mujer para darse cuenta de que comenzaba a navegar en las aguas ya claras de
la memoria. Las personas que la escucharían hablar, fueron conscientes de que
estaban siendo testigos, de forma inesperada, de una gran joya de la crónica
literaria, que no podían dejar pasar por alto, y con grabadora en mano y
libreta de apuntes, no sólo quisieron grabar todas sus palabras sino anotar
cualquiera de sus gestos conmovedores. La vieja amiga, que estaba ahora casi
también olvidada en el pueblo, pareció la única persona con suficiente
autoridad para contar la verdad que todos querían oír. Entonces comenzó a
hablar, primero con nostalgia y luego con dolor intenso, y fue evidente que de
la nada, la imagen risueña de la bella compañera se hizo una realidad intangible
que casi se podía ver, mientras parecía mentira que alguna vez hubiera podido
ser humana.
Según comenzó a decir, ella se
llamaba Ángela Guzmán Simanca, acababa de terminar el bachillerato en el
colegio Elena Duque, siendo una de las muchachas más bellas del plantel, con
quien compartió interminables horas felices. Fue su compañera de muchos ratos,
con la cual anduvo en varias partes que ya habían cambiado en la ciudad de Barranquilla.
La conoció bien desde los nueve años, a tal punto que lidió sus secretos, su
vida mejor que nadie, y sería una de las personas que más la extrañaría cuando
se fue sin despedirse de este mundo. En época de carnavales, su vida cambiaría
para siempre. Una tarde de marzo de 1982, conoció en la caseta La Tremenda a
quien sería el amor de su vida, el libanés Habîb al-Assad, que enseguida quedó
prendado por su hermosa apariencia que nunca dejaba a la vista pasar de largo.
Era el hombre que siempre había estado esperando, algo de lo cual muchos se
dieron cuenta, porque había que conocerla bien para saber que estaba enamorada
hasta de la mala forma de bailar de él. El amor floreció vertiginoso, y en once
meses le cumplió a ella el sueño de su vida, que era vestirse igual a una princesa
de cuento de hadas para estar en al altar con su príncipe querido.
El matrimonio se realizó en la
iglesia Inmaculada, donde muchos invitados tuvieron la oportunidad de ser testigos
de un momento que no sólo unió a dos culturas, sino que fue una verdadera
sensación, porque daba gusto ver que unas personas tan privilegiadas en el
aspecto físico pudieran quererse de igual manera. Nunca antes había pasado algo
igual en aquel recinto sagrado, que también sería conocido por ese inolvidable
matrimonio, que dejó su huella por siempre en la historia de la ciudad. La belleza
increíble de la mujer, fue objeto del comentario de los presentes, sobre todo
de los hombres, que no podían aceptar que un individuo viviendo tan lejos,
hubiera despertado el amor en una joven de diecisiete años que bien pudo ser de
ellos. La fiesta se celebró en el Club Alemán, por iniciativa del padre de
ella. Hubo una gran rumba, donde el joven casado pudo estar alegre en medio de
una cultura que no era la suya, pero donde le esperaba el gozo de una mujer que
inspiró a la empresa familiar la realización de mejores joyas. Más tarde
siguieron al apartamento de los familiares del novio en el edificio Girasol, al
buen estilo oriental. Al llegar con la amanecida la hora de marcharse al
aeropuerto, se despidieron de ciertos seres queridos, en especial de Sonya
Murcia, que no pudo acompañarla por estar embarazada. Se hizo una caravana de
varios carros, y con conjunto vallenato se dirigieron al aeropuerto Ernesto
Cortissoz, por la Circunvalar. En el camino, todo parecía tranquilo, tanto que
muchos se imaginaban que la parranda iba para largo, incluso cuando la pareja
estuviera lejos. Mientras iban un vehículo imprudente casi los impacta, y por
esquivarlo el carro donde estaban los recién casados perdió el control, chocó
contra un muro y dio unos doce botes en el asfalto. La única fallecida en el
accidente fue Ángela Guzmán.
Su muerte fue una verdadera
locura en la ciudad, sobre todo un balde de agua fría para los numerosos
invitados que se habían quedado celebrando en la fiesta. En aquella época, causó
un dramatismo traumático, toda clase de comentarios infinitos, de grandes
especulaciones sin resolver, casi más de lo que se decía ahora que era un fantasma
de la carretera, y muchas personas lamentaron el triste final de una hermosa
joven tan enamorada de la vida, que parecía mentira que se hubiera ido para
siempre de ella. En cualquier parte, se hablaba sobre eso, se recordaba sin
parar, sin que dejara de doler, por las cosas magnificas del matrimonio, la
elegancia de los novios, la despedida increíble que tuvieron, rumbo a una luna
de miel que nunca pudieron alcanzar porque no salió esa noche en el cielo.
Sonya Murcia anotó que según le había dicho la desaparecida Ángela Guzmán en
una ocasión, si algún día se presentaba un accidente de carro, escaparía por la
ventana. El carro donde ella iba dio muchos tumbos, y recorrió más de setenta
metros. Nadie creía que eso hubiera sucedido, que hubiera intentado saltar,
pero sí explicaba por qué de pronto había sido la única víctima mortal de la
desgracia.
El diario El Heraldo de Barranquilla dejó constancia de los hechos. En
efecto, como vieron los periodistas, allí se ve el carro arruinado, la foto de
la hermosa novia que mira feliz desde la vida, y al esposo destrozado por
dentro como el más infortunado de todos. Era verdad, y muchos recordarían que
aquello había acontecido, y que en su época treinta años antes había causado
tanta conmoción o quizás más que cualquier noticia positiva del año en la
ciudad, sobre todo por el estado del viudo que, tal como rezaba en la
información, dijo con un acento árabe lo que sentiría desde ese instante en
adelante: «Me quedan muchas tardes tristes». Era algo que al mostrarse de nuevo
pareció revivir el viejo drama, casi olvidado por completo. En las páginas del
periódico que publicó el informe varias veces, se relata el suceso que guarda
dolor. La tragedia de la novia estaba presente en la hemeroteca del periódico, al
igual que el sino trágico de Adaníes Díaz el cantante de Marianita -que murió cuatro días después un 9 de febrero en una
carretera de La Guajira-, para el que la quería volver a sacar y comprobar con
los ojos que al menos servían para llorar. Para muchos que leyeron eso a
principios del año 1983, se les había convertido en la dramática historia de
amor que más los había impactado en la vida.
Como se supo años después, el
millonario empresario libanés vivía ahora en Bogotá. Seguía con el negocio de
la familia, siendo un hombre mayor que viajaba por varias partes del mundo y
del país que de todas maneras no lo dejó ir. En realidad, poco se sabía de él y
apenas respondía a las preguntas que le despertaban aquel viejo recuerdo que
nunca se curaba. Lo que estaba claro era que había rehecho su vida con otra
persona originaria de Argentina con quien tenía varios hijos, y mantenía
contacto con la familia de la muerta, sobre todo con la madre. Pero aquél que
lo conocía bien, entendía que no se había olvidado por nada de la joven, a la
que la felicidad de estar con vida sólo le duró diecisiete años.
Uno de los periodistas que
revivió el caso con esa importante investigación, no pudo creer en las cosas
inexplicables que eso dejaba. Todo el tiempo había creído en la supuesta
aparición del fantasma que salía de noche en la carretera, y había hablado con
varias personas que decían haberlo visto. Pero había algo que no entendía del
todo, por mucho que le diera vueltas al mismo tema, teniendo en cuenta que la
aciaga cuestión había ocurrido era en la Circunvalar. Por eso no tardó en
decir:
-Siempre creí que el accidente
donde murió la mujer, había sido en la vía de Puerto Colombia.
La historia de Sonia Murcia
sirvió para esclarecer los hechos y pensar que ella no tenía nada que ver con
el fantasma de la carretera, porque Ángela Guzmán era una joven hermosa y
buena, que nunca le habría hecho daño a nadie. Si algo la conectaba con aquel
municipio donde decían que aparecía vestida de novia, era quizás haber estudiado
en el colegio Elena Duque, que después de estar muerta ella ahora quedaba en
esa ruta. En cambio, algunos aseguraban que en realidad sí podía ser ella,
porque aparte de eso tenía un primo hermano que vivía en Puerto Colombia, al
que había visitado varias veces. La leyenda creció más con esa especulación, y
al darse cuenta de la belleza que tuvo la mujer en la vida real, fue suficiente
para que muchos hombres dejaran de tenerle miedo a la muerte, y hasta tuvieran
el interés de conocerla sin importar los riesgos letales en la soledad oscura
de la carretera. Pero por mucho que se dijera eso y se repitiera hasta el
cansancio, según la que fue su cuñada la que aparecía no era la joven, porque
más bien parecían cosas del demonio. «El espíritu maligno se disfraza de ella,
para hacerles daño a los hombres», decía. Fuera cierto o no, muchos preferían
pensar que sí era ella debido a la coincidencia de los hechos. Uno de ellos,
era que desde la fecha en que se comprobó que había muerto, comenzó a aparecer
el fantasma más temido de la carretera. Alguien que lo había visto, como un
taxista que no se atrevió a parar, dijo que era igual a la mujer que estaba en
la vieja fotografía del periódico, que volvió a publicar una edición especial
de la historia real por las implicaciones posteriores que se le adjudicaban, y
sintió tristeza después por no haberla embarcado en su carro, cuando supo que estando
viva había sido sólo una adolescente muy querida, que más bien inspiraba en los
demás las ganas de manejar y de vivir. Por último, otros creyeron en lo que
decía Sonia Murcia para defenderla, porque aquel fantasma que aparecía en la
carretera con un vestido de novia preparada para el matrimonio, tenía que ser
el mismo espíritu del enemigo.
La madre de la joven, también
se enteró de esos malos comentarios. Todavía tenía un buen recuerdo de su hija,
y la amaba con todo el cariño que conservaba en lo más profundo de su alma. De
manera que le pareció que aquello que se decía sobre las supuestas apariciones
de su hermosa hija, era a gritos algo sinceramente injusto, debido a la buena
memoria de su niña. Pero en vista de la insistencia de los testigos, decía
siempre a quien quisiera escucharla: «Ojalá que me salga a mí». Era cierto que
estaba hablando con la más pura verdad.
La verdad es que aquella
historia, ya no pertenecía sólo a Barranquilla y sus alrededores. En cualquier
parte de Colombia, se hablaba de ella, diciéndose que era un fantasma que
aparecía en la carretera que de la gran ciudad llevaba a Puerto Colombia. Eso
fue producto para que muchas personas, viajaran a altas horas de la noche para
ver si era real que el espectro surgía. Algunos aseguraban haberlo visto, y
pareció una verdad absoluta, porque contaron el hecho temblando y más nunca
volvieron a visitar el pueblo donde todavía estaba parado el muelle extenso. En
cambio, otros que fueron en carro por curiosidad no regresaron vivos, debido a
que sufrieron un accidente mortal por la Curva del Diablo, sin haberla visto.
Muchas personas pensaron que lo mejor era explotar aquella historia para
mostrársela al mundo, y al parecer la novia de los conductores se prestaba para
eso, porque daba pistas de su existencia, como sucedió una vez cuando un equipo
de televisión a bordo de un carro que transitaba allí por la noche grabando un documental
sobre ella, al regresar al estudio vio la imagen blanca que apareció fugaz en
el trayecto mientras estaba en pleno tránsito. Los medios de comunicación
registraron eso, y entonces en el mundo Barranquilla también comenzó a
conocerse por ser el lugar donde aparecía el fantasma de una novia, con el
vestido blanco del matrimonio. El misterio constante se convirtió en leyenda
urbana, que inspiraría hasta una película en la que actuó como psicóloga Stephanie
Pugliese, y unos se sintieron orgullosos de ella como del arroz de lisa.
Sin embargo, ni con la
investigación a fondo que pareció propia de un buen reportaje, y que fue
conocida en todas partes, resultaba suficiente para que dejaran de contarse
nuevas historias sobre las visiones de la novia vestida de blanco en la
carretera. Cada vez más salían personas que decían haberla visto a un lado de
la vía, la cual con su imagen imprevista provocó tanto susto en un hombre que
era conductor, quien a pesar de luego de varios kilómetros de haberla dejado
atrás sentía que en cualquier momento podía perder fatalmente el equilibrio del
manubrio, porque ya ella le había mostrado la muerte. Siempre que se contaba
algo de ella, inquietaba a los más interesados en su vestido blanco en la
oscuridad. En una ocasión, un carro de bomberos fue avisado de un incendio en
la carretera por un carro que se había volcado, y no tardaron en llegar al
lugar de los hechos. Cerca de allí, estaba la policía. En el instante en que se
creía que la persona había muerto dentro del motor en llamas, surgió del monte
oscuro un pobre hombre con la ropa desgarrada y sangrando mucho, que dijo haber
salido despedido del carro que de pronto se volteó, cuando sólo comenzaba a
pensar en ella. En una ocasión distinta, alguien que recibió una llamada
telefónica de una mujer supuestamente conocida de Puerto Colombia para tener
una aventura amorosa y montó con prisa en un carro, pereció trágicamente en el
camino. «Fue ella la que lo llamó», dijo llorando la madre de la víctima. En
efecto, cuando se quiso averiguar quién había sido la persona que había citado
al muchacho, nadie apareció para decirlo. El susto se fue apoderando de todas
las personas que tenían la mala suerte de ir a altas horas de la noche por
aquella calzada, y procuraron tratar de no andar por allí ni si el sol estaba
en el cielo. Pero lo peor de todo sucedió a finales de un mes de abril, en que
un hombre que manejaba un carro por la carretera, dejó abandonado supuestamente
éste a un lado del camino, y no apareció jamás. Según las personas que creían
en esas cosas, aquello tenía una fuerte explicación. «Se lo comió vivo»,
dijeron. El temor de que cosas inexplicables siguieran teniendo desarrollo, fue
suficiente para que muchas personas no quisieran ir solas por esa carretera,
pero aun así, el espíritu maligno seguía encargándose de hacer sus fechorías
con tal perfección, que nadie puso en duda de que se trataba de la misma
encarnación del mal. Cuando un hombre que se atrevió a manejar solo, la vio a
un lado del camino, se extrañó de que ella lo quedó mirando un instante con
sentido de piedad, lo que le bastó para confirmar lo que se intuía desde la más
remota antigüedad de los pueblos, respecto a que la muerte siempre había sido
una mujer.
Alguien que había escuchado
esas historias era Mario Sánchez, que a bordo de su carro una noche estuvo pensando
en ella, en vista de la oscuridad del camino. Era un taxista que tenía más de
diez años en aquel oficio, y consideraba que si no le había salido nunca, menos
sucedería ahora yendo a Puerto Colombia que estaba al tanto de la situación
escalofriante. Al parecer, la mayoría de los casos en que aquel fantasma al que
se culpaba injustamente de que era Ángela Guzmán Simanca se había aparecido,
era a los que habían menospreciado su existencia. Así que iba viendo el
paisaje, y sintiendo el aire que entraba por la ventana abierta que más bien le
traía vida. En el fondo, era un chofer adiestrado en lo suyo, y estaba seguro
de que si algo se le presentaba no había aparición de este mundo que pudiera
alcanzar a un carro rápido. En eso estaba, cuando se fue acercando a la Curva
del Diablo.
En muchas ocasiones había
pasado por allí, y había visto un accidente que apenas tenía media hora que
acababa de acontecer. Aunque escuchó que era por la difunta, pensó que la
verdad es que podía deberse a la curva peligrosa de esa vía, que a veces tomaba
a los desprevenidos por sorpresa. En más: creía que las personas conductoras visualizaban
tanto a la novia, que a lo mejor la terminaban atrayendo a la vida real. En su
caso, él iba muy tranquilo pensando en las cosas de esta vida para mantenerse
sujeto a ella, viendo además que al lado suyo pasaban varios carros con hombres
que pertenecían al mundo material. «Creer uno en una mujer muerta que se
enamora de los conductores», pensaba con algo de menoscabo. En sus manos sólo
tenía importancia agarrar bien el manubrio, y acelerar después de que anduviera
por esa vía difamada. Entonces, cuando pensaba que ya había pasado por el lugar
del peligro, la vio. Era una mujer vestida de blanco que estaba allí,
demostrando que podía hasta levitar a un lado de la vía con destreza. Sintiendo
que estaba siendo una víctima semejante a muchas personas que no habían vivido
para contarlo, aceleró lo que pudo para que ella no tuviera tiempo de sentarse
en la parte de atrás, como les ocurría a unos hombres que no le paraban. Mientras
tanto, en su desespero, el carro se salió del asfalto y dio varios votes que lo
llevaron rumbo a la muerte, donde estaba mandando ella.
La historia salió en una
noticia, y nadie dudaba de que era verdad lo que pasaba en esa carretera. La
seguridad de que algo fuera de lo común estaba saliendo, se creyó que más que
una venganza del amor, aquella era la venganza universal de las víctimas que
muchas veces por la imprudencia de los carros habían muerto en una carretera,
como le sucedió a la misma Ángela Guzmán. «Aunque pareciera mentira, ella era
una víctima más de la carretera», dijeron. A muchos taxistas, por mucho que les
pagaran, les dio miedo andar por allí hasta de tarde, aunque se tranquilizaron
y lo siguieron haciendo, porque hasta entonces no había antecedentes de que el
fantasma de la muerta fuera visible bajo los rayos del sol, aunque eso no
evitaba los accidentes. Una de las personas que manejaban en los buses, declaró
en cierta ocasión al noticiero de Jorge Cura que prefería ir acompañado para no
ver nada, porque al parecer ella siempre se les aparecía a los que iban solos.
Pronto eso también terminaría por descartarse.
Una noche José Hernández que
era conductor, al lado del cobrador de pasajes William Nariño, vivieron lo que
otros habían vivido. Iban en la parte de adelante, mientras el joven William
Nariño contaba los vueltos. En realidad, hacía mucho tiempo que no se comentaba
nada respecto a que había vuelto a aparecerse la mujer muerta, pero entre los
conductores de buses hablar de ella era tan normal como referirse al precio
siempre ascendente de la gasolina. En un momento, a un lado del camino, vieron
a la novia con su vestido de matrimonio. Con gran razón, llenos de susto y sin
saber qué hacer con la circunstancia, no hicieron sino acelerar. Pero eso no
bastó para que ella se rindiera, porque lo peor iba a ocurrir aunque creyeron
perderla de vista. Estaban a pocos kilómetros de la ciudad de Barranquilla,
cuando a través del retrovisor, visibilizaron que en la parte de atrás estando
sentada los acompañaba. Lo horrible del caso, es que la mujer con cara gris
desde la muerte los miraba fijamente, como si sí se diera cuenta de lo malo que
pensaban los hombres de ella. Ambos gritaron del mismo miedo, tanto que
espantaron al espíritu de la mujer que terminó despareciendo, dejando bien el
recuerdo de que estuvo. En ese momento descansaron, en serio, aunque pensaron
que más adelante se les revelaría ya como la muerte oscura que sin darles
tiempo de creerlo se los llevaba a donde no se veía nada. Al llegar a la
ciudad, sanos y salvos, cambiarían de oficio para siempre, y sin arrepentirse
jamás de eso. Sólo que antes se encargaron de decir por todos los aires que era
una verdad garantizada la presencia de aquella mujer, y lo que antes era visto
como una leyenda se aceptó en la vida moderna.
Desde entonces, ya nadie tuvo
dudas de que lo que estaba sucediendo en esa carretera era algo de prevenir. El
temor de que pasaran cosas peores, produjo que en la única parte donde daba
miedo ser conductor era por allí. El respeto por las personas que manejaban
buses o taxis tuvo un gran significado, y nadie entendería nunca por qué en
realidad no salía en otras partes, sino solamente yendo para Puerto Colombia,
donde nadie la había atropellado. La única razón que tenía sentido es que ella
se estaba vengando de cualquiera que manejaba carro, quizás ya sin buscar a la
persona que alguna vez la mató, porque se era consciente de que mientras
existiera la vida siempre estaría presente la muerte bajo cualquier apariencia.
De modo que la vida de las personas siguió siendo normal, y cuando volvía a
anunciarse la noticia de que la habían visto nuevamente, apenas ya encantaba,
aunque se aseguraba que ella era hasta la culpable de que muchos cantantes
famosos del vallenato, hubieran muerto trágicamente en diferentes carreteras de
la Costa Caribe. Si eso pasaba sólo se comentaban más cosas pasmosas, como el
hecho de que a veces por medio de la novia se podía ver a la muerte, sin estar
en ella. El fantasma siguió siendo parte del contexto, y no parecía saciarse
con todos los accidentes y muertos que se iban acumulando con el paso de los
años, sino que quería más, dejando ver de veras que espiar a la vida era la sola
intención que tenía la muerte. De lo que estaban muchos seguros, es que aunque
a veces nadie la viera, era la responsable de la mayoría de los desastres que
ocurrían por allí.
5
Al despertar ese día siguiente,
Manuel Deluque se acordó de que era el hombre más afortunado de la especie
humana, por haber tenido aquella agradable experiencia con una hermosa e
increíble mujer que ni estando durmiendo pudo olvidar. Al ver la cálida
atmósfera que lo rodeaba, tuvo en cuenta que la ilusión de un gran amor le
había permitido llegar tranquilo en la madrugada a su casa, y se sintió de
veras feliz, porque sólo él había tenido en sus brazos a una mujer tan bella en
todas sus proporciones, que apenas la daba para ver igual en el recuerdo. Se
sintió un poco cansado, cuando eran las diez, pero ver mejor el ámbito en
penumbra de su cuarto lo puso a dudar de la misma percepción, porque no había
más nada que él. De modo que pensó que lo adecuado era apresurarse, bañarse
rápido y salir a la calle, donde quizás quedaba un poco de su rastro esencial,
que le podía asegurar que sí había pasado. Era algo en lo que estaba repasando
constante, y por nada de la vida quería estar sin ella, para tocarla, besarla y
quererla, sintiendo de nuevo esa fuerte presencia que había terminado
embrujándolo en los sentidos, al darse el lujo de poseerla de una forma
espontánea poca vista antes, por lo que le seguía preocupando que únicamente
hubiera sido un sueño de amor.
La casa estaba activa antes de
que recuperara la conciencia, y cuando abrió la llave de la regadera, escuchó
las voces, conversaciones y comentarios, que nada tenían que ver con eso tan
importante que él estaba sintiendo. Mientras se bañaba y restregaba con el
jabón, pensaba sin parar en ella, hundido en su recuerdo donde siempre aparecía
con una sonrisa, la cual mejoraba las facciones de su cara, y al terminar de
echarse agua y cepillarse bien los dientes, volvió al cuarto donde comenzó a
cambiarse con sus mejores prendas, rociándose la colonia que tanto le gustaba
para estar en la calle. Se sentía bastante bien, y aunque posiblemente su
desayuno estaba servido desde hacía rato en el comedor, no tenía ganas de comer
sino de cruzar la puerta y salir a la terraza, para ver el sol que iluminaba
una ciudad maravillosa, donde por primera vez el protagonista principal era él.
Quería hacer las cosas rápido, sin más pérdida de tiempo, que aprovechaba para
hacerse una idea clara de cómo debía ser ella, cuando se sabía pensada por el
amor. La certidumbre de que su vida había cambiado al cien por ciento, lo tenía
por completo entusiasmado y con ganas de vivir todos los días posible en este
mundo, que la presencia inesperada de esa mujer había vuelto mejor.
Nada le hacía creer que la
noche anterior había tenido cierta experiencia con un caso paranormal, porque
había pasado de una manera tan natural, que él demoraría muchos años en aceptar
que cómo algo que sólo fue una ilusión pudor quedar grabado profundamente en su
memoria. Se veía más bien entusiasmado, ilusionado, creyendo bien en una mujer,
porque había sucedido un nuevo caso de asombrosa pasión que no tuvo tiempo de
ser amistad. Estaba lejos de saber que esa mañana la decepción que sufriría por
la inexistencia física de la persona a la que quería amar, sería más desastrosa
que cualquier hecho que le hubiera ocurrido antes a su pobre espíritu, y que
caería en un estado tan lamentable, donde las cosas de vida lo podrían ayudar
mucho menos que la tentación más grande que se había inventado la muerte. Sin
embargo, a veces tenía la sacudida de que lo vivido la madrugada anterior no
había sido más que una fantasía que él tuvo, por creer tanto en la idea rosada
del amor. Pero cuando recordaba cómo estaba de enamorado, la chaqueta que le
faltaba y qué más tenía que buscar en su piel delicada para sentirse mejor,
comprobaba que aquella aventura había sido material igual a su presencia en
esos momentos dentro de la casa, y lo que le intrigaba era el desenvolvimiento
hábil como ella, sin conocerlo muy bien, hizo que una noche fuera de amor. En
efecto, eso era lo único que no encajaba, para dejar de dudar de la dicha más colosal
que experimentó jamás. Por eso estaba ansioso por verla otra vez, y si alguien
le hubiera dicho la verdad en ese instante no le hubiera creído, porque estaba
seguro –y con suma razón- de que nadie se podía enamorar excesivamente de otra
persona que nunca hubiera visto. El recuerdo que tenía de ella era suficiente
para darse por bien servido, por lo que creía que todavía lo esperaba como
cualquier mujer que representaba a la vida.
Mucho tiempo después, su madre
se arrepentiría de no haber sabido lo que había pasado con su hijo para ayudarlo
a fondo. Según ella, era un muchacho muy bueno, cuyo único defecto era creer en
el amor a primera vista. Pensaba que él, al igual que había pasado con muchos
hombres desdichados en la carretera que de Barranquilla llevaba a Puerto
Colombia, había sido víctima de una trampa mortal de la noche. Precisamente por
una sencilla razón: era alguien muy ingenuo que manejaba un carro descubierto
que llamaba la atención. En realidad, estaba segura de que en efecto sí había
visto algo que los demás no veían, porque conocía a su hijo profundamente, y
sabía que cuando se enamoraba de alguien, era porque había sido encandilado con
una gran mirada de mujer bonita. Durante algún tiempo lamentaría eso, sobre
todo porque algunas personas dirían que se había vuelto loco. La idea de que
había recibido un llamado del mundo inferior, haría de él alguien más bien
digno de su lástima.
Ella había ido a la tienda a
comprar las cosas del almuerzo, así que al estar de regreso ya era demasiado
tarde para saber qué era lo que estaba pasando. Sólo se enteró de lo que había
ocurrido horas después, cuando alguien le dijo que su hijo se había vuelto
loco, histérico, poseído aún por la alucinación, y andaba tirándole piedras a
toda Barranquilla, porque era una ciudad que había quedado sin noche. Por esa
razón estaba lejos de saber lo que en esos momentos él estaba punto de vivir,
enfrentándose a una realidad que había terminado por trastornar sus sentidos
abiertos, porque siempre diría que si en algún instante notó algo fuera de lo
normal estando a su lado, fue esa mujer misteriosa que se parecía a la
oscuridad. Estar solo, dentro de la casa, fue algo que quizás un espectro había
arreglado días antes, para que terminara viviendo lo que terminó de vivir, sin
creer aún así en la mentira más grande que tuvo el amor. Si habrían querido
hacerle un favor antes de salir, le hubieran preguntado por su vida. En seguida
hubiera respondido que estaba pasando un momento de buen agrado, con algo que
solamente, para su fortuna, su recuerdo tenía.
Frente el closet abierto,
terminando ya de cambiarse, era claro que había vivido lo suficiente en aquella
casa donde estaba su alma, y aparte de ser un profesional, le gustaba leer
libros de cualquier materia, llegando a tener una cultura que en su etapa de
universidad había sorprendido a profesores y le había valido la fama de alguien
fascinante, dueño de una gran imaginación para bien la vida. Al estar
durmiendo, aunque fuera tarde, nadie le tocaba la puerta ni si lo llegaban
buscando, porque todos eran conscientes de que Manuel Deluque era amante de su
intimidad, llegando a profundizar tanto en ésta, que era como si en su larga
soledad hubiera logrado establecer contacto indirecto con unas entidades
invisibles, pocas de los cuales se atrevían a aparecer a su alrededor por no tener
el amor que él deseaba. Reflexionando en esa costumbre eterna, se peinaba el
cabello ante el espejo, mirando aquella masculina apariencia que había
terminado por seducir a una bella mujer, que si estaba cerca no dejaba a un
hombre cerrar los ojos. Su sentido de ser le había indicado que era la dueña de
su vida, y que posiblemente en el lugar donde se encontrara también tenía que
estar pensando en él, por el amor que se le había traído. Al sentir que estaba
listo, dejó todo bien arreglado, abrió la puerta del cuarto y empezó a
pertenecer a aquel ámbito en el que quería seguir de largo, viendo en la
ventana el resplandor de la calle, donde estaba ocurriendo un asunto importante
para que sintiera otra vez con seguridad que era el mejor hombre.
No vio a nadie que le
preguntara a dónde iba, y aunque el desayuno estaba servido y tapado en el
comedor, apenas le prestó atención. Sabía que su madre preparaba la mejor
comida que él probaba, pero las ganas de ver a la mujer de su sentimiento lo
tenían desesperado, concluyendo por dentro que cuando un hombre está completamente
enamorado, no siente el hambre común. Concebía que estaba poseído por algo
superior, y tener esa sensación lo llenó de valor, de unas ganas de irse y
llegar rápido a donde Ángela Guzmán, antes de que en el corazón se le esfumara
el amor. Recapacitó que era bueno decirle a alguien para dónde iba, porque quizás
iba a estar en algún lugar al lado de la nueva novia, y allí se podían
preocupar por ver que no volvía en varias horas que para él serían unos
segundos. Se dirigió a la cocina, buscando a su madre, pero al no verla por el
mesón, pensó que a lo mejor estaba en la tienda como todas las mañanas a esa
hora comprando lo del almuerzo, y en el espacio de la soledad aprovechó para
seguir pensando en la mujer de la noche, la única cuyo amor seguía seduciendo a
los hombres sin necesidad de tener vida. Sentía que la verdadera magia del amor
estaba en eso, en poder abrazar y besar a una mujer hermosa apenas la acabara
de conocer, y no se preguntó qué era aquello que había hecho en el pasado, que
ahora lo hacía merecedor de la compañía de una muerta que hasta el viento
procedente de lejos llegaba a ella, para que lo respirara y pudiera vivir un
poco. En realidad, era consciente de que jamás en su vida había visto a alguien
con esos atributos sobrenaturales, y le pareció mentira ese cuento de los
escritores eruditos, los cuales aseguraban que la mujer más bella de la
historia pertenecía ya sólo a las arenas alejandrinas que eran movidas por el
viento.
En esos momentos, su hermana
menor se cruzó con él en la sala, cuando parecía estar jugando sola y feliz.
Ella le dijo que su madre le había dejado el desayuno servido, tal como siempre
le decía al verlo salir del cuarto. Pero según él, no tenía nada de
hambre.
-Una persona me está esperando
-dijo.
Su hermana apenas entendió,
sobre todo por el estado de ánimo que le vio esa mañana, a diferencia de los
últimos días en que andaba muriéndose de despecho en la soledad. Había sido
testigo como el resto de la familia del gran dolor vivido por la separación de
Elizabeth Linero, y creyó que ya se habían arreglado las cosas entre los dos,
ya que siempre había sentido un aprecio por aquella mujer que estuvo destinada
a ser su cuñada. Sintiendo comodidad por eso, lo fue viendo desaparecer.
Mientras tanto, Manuel Deluque recordó cuál era el camino que tenía que andar
en esta vida.
Al estar a punto de salir, tuvo
en cuenta que iba a exprimir un momento parecido al de la noche anterior, que
le generó el mejor recuerdo que había de tener. Seguro de que su apariencia de
hombre estaba más preparada para la nueva ocasión que en la fiesta de Boston,
creyó con razón que ese día las cosas serían más grandes, y que podía llegar al
extremo íntimo al lado de aquel ser humano de cabello largo y claro, cuya
afección permitida sólo podía ser reflejo del mismo agrado de conocerlo. La
verdad es que él era ya una persona diferente a la que todos conocían, y
haberse visto en el espejo no fue suficiente para comprender de verdad qué era
lo que le estaba pasando, al pretender seguir teniendo un buen sueño durante el
día y delante del sol. Aunque no lo notara, haber sido víctima de la aparición
súbita de alguien, era un caso que nadie que lo conociera hubiera podido
resolver, y la única manera de entender aquello que le había sucedido sin que corriera
peligro, es tan complejo como tratar de explicar por qué si está el odio sigue
naciendo de nuevo el amor. La sensación de que había vivido algo fuera de lo
normal ya lo había percibido él, pero por estar embelesado con lo que
recordaba, no se preguntaba cómo alguien dejó amarse tan rápido, con la misma facilidad
con que alguna vez murió en una carretera. Aunque no alcanzó decirle a los
demás a dónde iba, eso lo tenía sin cuidado, porque estaba acostumbrando a ver
a su familia de continuo, que confiaba en todo lo que hacía. Entonces montó en
el carro y buscó el rumbo de la casa de ella, bastante emocionado, contento,
precipitado, porque esperaba verla nuevamente y comprobar que seguía teniendo
el mismo espíritu que lo había enamorado.
Según la gente que lo conocía,
él era un muchacho bueno, querido por los seres humanos, que tenía la virtud de
caerles bien a las personas nada más verlas, por lo que era normal que
terminara de atraer la atención de una mujer aunque no fuera de este mundo. Su
sentido de la amistad era lo más admirable, y quería tanto el bien de sus
amigos, que hasta los ayudó a conseguirse novias que eran amigas de él, y
aparte de eso la gente estaba de acuerdo en que era un profesional de los
mejores. Por esa razón, eran varias las personas que lo estimaban, que le
celebraban las locuras en las raras ocasiones en que se pasaba de la raya, y
sin más era avisado cuando se organizaba alguna fiesta, en la que él pocas
veces faltaba, porque era un hombre de descendencia guajira al que le gustaba
mucho el vallenato. «Pero era injusto que se enamorara de mujeres, que después
de todo siempre desaparecían de su vida como si fueran fantasmas», dijo alguien
que lo consideraba. Sus amigos lo tenían en el grado de una persona buena, y podía
demostrar mucho cariño a alguien apenas acababa de conocer, y más si era una
sublime mujer que aumentaba las ganas de ver siempre. En sí, era un hombre que
reunía todas las condiciones para ser apreciado, con un atributo que pocos
tenían, que era el de servir antes de ser servido, de preocuparse por el
problema de alguien allegado, de solucionárselo veloz, y podía enterarse de los
detalles más recónditos, salvar relaciones que estaban ya resquebrajadas,
aunque la que últimamente había terminado con una novia lo tuvo en el limbo
durante una semana, y sólo ver la mejor cara de la muerte lo pudo hacer olvidar
del mal de la vida. Nadie recuerda haberle visto un solo síntoma de locura, y
si alguna vez había demostrado tenerlo era por estar al borde del arrebato,
después de haber estado con una bella mujer que por algún tiempo probaba el
amor que salía de él. Su carisma era un don que Dios le había dado para ser una
presencia necesaria en los demás, y quizás alguna mujer que no lo conoció en
vida, había entonces aprovechado para tratarlo un rato, cuando descubrió que
después de la muerte podía encontrarse esa posibilidad. De modo que era alguien
a quien por excelencia querían, a quien le tenían un profundo cariño, y pocas
personas se sentían a veces con autoridad de llamarle la atención si veían que
cometía algo equivocado, porque casi nadie estaba en contra de él.
Cuando estaba muchacho, había
tenido la ilusión de ser el marido de una buena mujer que pensara más en él que
en su propia belleza. Toda la vida había escuchado que las mujeres más bellas
de la tierra nacían en su misma ciudad de Barranquilla, así que él viviendo
allí no tenía mucha dificultad para encontrarlas cualquier mediodía cruzando la
calle. En algún momento, llegó a pensar que no tenía suerte con las mujeres,
porque al estar enamorado de una dama que gozaba de una extraordinaria
apariencia extraterrestre, se daba cuenta perfectamente de que no tenía ojos
para él. Esa frustración se fue apoderando de su alma, de su espíritu, formando
su personalidad dura, y si estaba en la calle y veía pasar mujeres a su lado de
encantador atractivo, a veces miraba para otro lado, ya que tenía la convicción
de que estaban en planos de la existencia diferentes. Sólo que en los momentos
de soledad, a veces inspirado, creía que esa ilusión se podía hacer realidad.
Se sintió decidido a encontrar esa mujer de sus sueños, antes de que otro
hombre pudiera hacerlo primero que él.
Estando estudiando en la
Universidad Simón Bolívar, pudo experimentar la realidad de estar en un lugar
donde era amigo de más mujeres que de hombres. Desde el primer día en clase, se
sintió seducido por una muchacha guapa que venía de otra parte, y que al notar
la mirada insistente de él le sonrió de veras. Su nombre era Stefani Daza,
natural de La Guajira, y era dueña de un cuerpo tan escultural que desde que la
vio, se confesó que mientras ella estuviera en esa universidad él no se iba a
salir nunca de allí. Desde que siendo su gran amiga se convirtió en su novia,
pareció llamar la atención general de casi todas las personas que hasta el
momento no se habían dado cuenta de la presencia de él. Sería alguien con la
que estuvo en varias partes, en las discotecas, incluso en un motel, donde
descubrió que con una mujer demasiado bella también es posible hacer el amor, y
por un buen rato que quedaba para el recuerdo. Sólo que al comienzo del cuarto
semestre ella no regresó a la universidad, se quedó en Villanueva escuchando
vallenatos de Daniel Celedón, y más nunca volvió a saber de su paradero. Para
Manuel Deluque, aquello representó un drama del que no se dio para sobreponer
pronto. Nunca antes había tenido una relación tan seria con una joven, y
durante el resto de sus estudios de contaduría tuvo algunas otras relaciones,
pero en ningún caso se trató de alguien importante, por el que hubiera dado la
vida entera antes de obtener un beso que supiera a amor. En el fondo, era como
si suerte con las mujeres iba a cambiar el día en que fuera alguien
independiente. El resto de sus estudios transcurrió de esa manera, y cuando iba
a las parrandas de sus amigos guajiros, escuchaba vallenato y tomaba en vano
bastante whisky Old Parr para que algo peor le doliera en la garganta. Fue uno
de los mejores estudiantes, y al llegar el momento de la graduación les dio la
felicidad más grande a sus padres.
En su interior, comprendió que
de ahora en adelante podía aspirar tener una mujer a su lado, que lo sedujera
de la misma manera en que él imaginaba que fuera. En razón de eso, hizo todo lo
posible por conseguirse un buen trabajo. Un amigo de la empresa le dijo que en
el lugar cerca de donde él estaba, había una esbelta mujer que lo iba a hacer
caer presa del encanto, porque era dueña de una belleza tan grande que incluso
los hombres de corazones más fríos corrían el riesgo de que al mirarla una sola
vez, no podían pensar después en una cosa diferente. Preguntó cuál era el
nombre de la muchacha, y le respondieron que Elizabeth Linero. Con ese ánimo no
perdió la ocasión de ir a conocerla, en el momento en que ella salía de su
trabajo, y desde la distancia pudo comprobar que la apariencia de aquélla podía
influir tanto en su conciencia, que sólo después una mujer que vino del otro
mundo pudo superar el amor que él sintió a primera vista por una de éste. Al
enterarse de que estaba sola, de que acababa de terminar con su último novio,
se ilusionó veloz con ella y quiso acercársele solo en su afán de encararla,
pero el amigo le dijo que lo dejara hacer antes el contacto para presentársela
con el debido protocolo, y que así ella tuviera una primera buena impresión de
él.
-Es una mujer seria de las de
antes –le aseguró de todas maneras.
Para Manuel Deluque, aquello
representó una tortura, porque desde ese momento supo que nunca podía olvidarse
de una mujer que ni siquiera sabía que existía, siendo alguien que iba a hacer
cuanto estuviera a su alcance para que ella se habituara a pensar sólo en él.
En efecto, en una ocasión, el amigo lo llamó por teléfono y le dijo algo que le
gustó. «Adivina a quién tengo al lado –le dijo-: una persona que te quiere
conocer.» En pocos minutos, Manuel Deluque entraba en el restaurante de la
calle ochenta y cuatro, donde la hermosa Elizabeth Linero estaba sentada
solitariamente esperando la llegada del amor. En realidad, era más bella si la
tenía cerca y era mirado de pronto por ella. Tenía el cabello largo y negro,
los ojos claros y vivos y estaba muy bien maquillada, siendo evidente que
también podía sentir tristeza por algo que anteriormente en su vida había
pasado, que la había dejado en un fuerte despecho como para considerar el
comienzo de una nueva relación. No había dudas de que quería conocer a alguien
del que ya le habían hablado muy bien, y le asombró de que estuviera allí,
aguardándolo sin conocerlo siquiera debido a la descripción interior que le
habían dado de él, que la hacía más valiosa sobre todo por el intenso interés
que tenía en ella. Al brindarle una gaseosa, se dio cuenta de que la mujer que
tenía a su lado estaba también impresionada con su presencia de galán, porque
el profundo amor que trajo él fue tan terminante que ella sin quererlo lo
sintió entero. En esa oportunidad, hablaron de muchas cosas, tocando el tema de
la posibilidad de salir adelante. Fue entonces cuando le preguntó cuál era el
sueño principal de su vida, y él le respondió con un genio inspirado que nunca
había sido suyo, que era vivir eternamente al lado de una mujer hermosa como
ella.
La relación se convirtió en
noviazgo, de una manera que no se las creía, con aquella mujer que había nacido
en un pueblo pequeño del Magdalena, y a él le parecía imposible que eso pudiera
suceder, porque ninguna vez lo había pensado. Su pasión no conocía límites
rozando la felicidad, y desde el primer momento en que la besó en los labios
con buen gusto, se le metió el espíritu de ella. Lo que más le asombró y lo
tomó fuera de lugar, después de muchos abrazos y palabras de sabio, fue cuando
supo que alguien tan elegante como ella también se había enamorado de él. Se
volvió una persona trabajadora, que ganaba un buen sueldo, y para él nada tenía
más sentido que pensar en ella, aunque siempre la viera. Fue algo que lo hizo
demasiado feliz, aunque no pensó que lo más grande que pasaría en su vida lo
dejaría marcado con un hierro candente, al haber tenido la oportunidad en una
noche de verano de quitarle la ropa, en medio de las caricias, del fuerte
desespero, del deseo infinito, que los llevó a hacer a continuación el amor,
desencadenando la mejor actuación que conoció de ella, que lo llevó derecho al
cielo, después de lo cual pensó con error que ya no le importaba si se acababa
el mundo. Ese sentimiento de que era ya su señora le hizo un daño terrible,
porque pensó que era un río caudaloso en el que se iba a bañar siempre, cuando
la verdad es que para la mujer él era solamente un amante de paso, que se había
recomendado a sí misma para salir de un enorme dolor que le dejó un hombre que
no se quiso casar con ella. En cambio, él estaba feliz con esa mujer y pensaba
que después de ella, lo único que podía venir era la muerte.
De modo que sin esperarlo, fue
sucediendo lo impensable. El amor fue cayendo en la normalidad, en la monotonía,
dejando ver que no era algo tan grande como hubiera sido mejor la amistad. Con
los meses siguientes, después de que tuvieron más actos sexuales que hicieron
creer en la fantasía, al ella decidir que había llegado el momento de terminar
la relación, Manuel Deluque no lo creyó. Algo dolió en su corazón, que no tenía
cura posible, en ningún lado. «Fue como si hubiera tenido un infarto, sin morirme»,
explicaría después. Cayó en un estado de humillación en el que nunca se había
imaginado, y hasta le imploró con llanto que no lo dejara solo. En vista de
eso, Elizabeth Linero sintió miedo de alguien como él, obsesionado con su
imagen, y lo fue apartando de su lado de una manera despiadada. No respondió a
su petición, no le prestó más atención, se hizo indiferente, y trató de verse
lo menos posible bella, sin maquillaje, sin echarse su perfume particular, para
que él pudiera olvidarse de lo que eso inspiraba. Nada de eso funcionó, porque
el hombre que la amaba más que a sí mismo la quería hasta mejor de manera
natural, desnuda, agria, con lagañas, sin cepillar en las mañanas cuando la
despertaba el resplandor del sol, que era como ella con la añadidura de una
sonrisa había logrado embrujarlo, y entonces al ver su insistencia inmadura, no
tuvo más remedio que ser brutal con él, y le dijo que estaba enamorada de otro
hombre que se le había aparecido. Aunque no supo si fue verdad, aquello dio
resultado, porque mató en vida al pobre Manuel Deluque. Su alma pasó a estar en
un estado destrozado, sólo pensaba en ella y en lo que podía hacer con ella, y
llegó a alarmar a las personas porque en vez de olvidarse de ella, había terminado
por olvidarse de lo normal que siempre había sido él.
Desde ese momento, su vida no
volvió a tener el mismo sentido de antes. Apenas salía de la casa, después de
abandonar el trabajo, ni se asomaba a la calle para no ver la cara de la gente
que seguía tranquila en la vida, mientras él estaba dolido por alguien que no
hacía sufrir al vecino de al lado que hablaba de política, al cliente que comía
pan con gaseosa en la tienda del cachaco y al hombre que voceaba La Libertad desde una bicicleta y era
sumamente feliz. En más de una ocasión intentó comunicarse con Elizabeth
Linero, pero al confirmar que era feliz con un arquitecto, se quiso morir en
serio, porque hasta el momento se había imaginado que el único hombre que podía
estar en su pensamiento era él. No volvió comer. No escuchaba música, porque
inmediatamente le hacía acordar de ella. Pensaba que si alguien le hubiera
dicho que ella se había muerto cuando estaban juntos, no le hubiera dolido
tanto como saberla ahora llena de buena vida, entregándole el amor a otra
persona que no la quería tanto como él. No veía la manera de salir de esa
oscuridad, donde el desánimo sacaba unas lágrimas que calentaban su cara. En
algún instante pensó que en la calle estaba la salvación, porque en el cuarto
no hacía sino sufrir su ausencia igual al de una persona querida que se hubiera
muerto.
Por eso en los últimos días, se
sabía que había terminado la relación amorosa con una mujer que siempre creyó
que iba a ser la mitad de su vida, y algunos distinguían que andaba despechado
hasta querer desaparecer para no seguir inspirando el peor pesar. Se veía
diferente, aunque emitiera una liviana sonrisa que no le salía de adentro. En
raras ocasiones, se había visto así tan abatido, y algunos pensaron que hacer
fiestas era un honor para él, pero en muchas ocasiones no se presentó, mientras
la mayoría de la gente se preguntaba qué le sucedía a Manuel Deluque que ya
casi no manejaba su jeep por Barranquilla. Su sentido de la amistad se juzgaba
destruido, y fingía por momento estar alegre, cuando la verdad es que muchas
veces le echaba llave a su cuarto, donde volvió a prender el equipo de sonido a
todo volumen con la música repetida de Diomedes Díaz en su interpretación de Sin medir distancias, para que nadie se
diera cuenta de que estaba llorando por un amor parecido al de esa canción. El
daño que sentía que le había hecho aquel que consideró el amor de su vida, lo
había hundido en un abismo del que no sabía cómo escapar, y escuchó de nuevo
muchas canciones para curar esa herida, no pensando en otra mujer sino en ser
alguien de gran trascendencia, para que aquélla que lo había puesto a sufrir lo
viera algún día mejor que en el que llegó a sentir algo diminuto por él. Su
dolor con el paso de los días fue sanando, y estuvo jurándose a sí mismo que nunca
volvería a enamorarse de una mujer que no conociera bien, pero se equivocó, cuando
vería a una tan bella que pareció un nuevo gran invento del amor.
En medio de su profunda pena,
creyó que todavía le quedaba alguna oportunidad de renacer en la vida. En el
fondo, pensaba que a fin de cuentas no valía la pena echarse a morir por nadie,
si a la hora de la verdad aquélla aunque fuera dueña de una apariencia
insuperable, no era la hermosa mujer de Barranquilla con la que había fantaseado
desde muchacho. Algo le dijo que si bien ésa no era la respuesta que buscaba
desde que cayó en la lobreguez de la depresión, sí tenía que ver con las
palabras de aliento que le decían otras personas, sobre todo su madre, cuando
le indicaba que la suerte le tenía guardado algo mejor. En vista de eso se
acordó de su vieja ilusión de ser el eterno compañero de la mujer más bella que
vieran sus ojos, la cual hasta el momento no parecía estar en la vida. Era
consciente de que no tenía la menor idea de cómo era, cuál era su nombre, pero
pensó que tenía que estar cerca de la mujer que él idealizaba, porque de lo contrario
no la sentiría. Con esa inspiración dijo, como si él mismo lo hubiera invocado,
que la próxima mujer que se consiguiera tenía que ser del otro mundo.
Nunca había escuchado la
historia de que una mujer vestida de blanco, se les estuviera apareciendo a los
hombres. Su vida estaba en otro lado, y además giraba dentro de la misma ciudad
de Barranquilla, por lo que estaba acostumbrando a sólo ver mujeres en la calle
resplandeciente, que eran producto de la realidad y no iban regando a su paso
sin complicaciones el aroma del amor. En ningún momento había oído aquello que
sucedía en la carretera yendo a Puerto Colombia, y si había pasado, más había
tardado en escucharlo que en olvidarlo, porque aparentemente no tenía nada que
ver con su interés. Una mujer que, según decían los choferes, llevaba a los
hombres mal parados a la misma perdición de enamorarse de la muerte. Al igual
que cualquiera, era ajeno a aquel fenómeno, tan metido en una existencia donde
las cosas que brillaban no eran hechas de oro como la gente creía, consciente
de que aunque demostraba ser un hombre de buenas en las cosas de esta vida, era
alguien con una sensibilidad profunda que no estaba preparado para enfrentarse
con un luminoso espíritu de rostro risueño, que fue el mejor regalo de la noche
que se hizo para siempre recordar. Por eso andaba en una línea paralela a eso
que afectaba a los choferes, con la única coincidencia que no podía nadie
dudar: la novia se les revelaba la mayoría de las veces a los hombres que
estaban solos. Era algo que no se comprendía, pero que más adelante se iba a
saber con certeza.
Era difícil entender qué había
hecho Manuel Deluque para merecer la presencia de alguien que ya estaba muerta.
La única razón era que al haber terminado la relación amorosa con la mujer que
más amó hasta el momento, la simulación de otra que ya no estaba era un
consuelo para la decepción, porque al aparecer se creía que el fantasma que se
asomaba en la carretera vestido de novia, era en verdad un alma en pena
perpetua por no haber consumado nunca, ni después de la boda, el gran amor. De
manera que él, desdichado como ella, sería el elegido para vivir un romance con
alguien que por fortuna no lo condujo al más allá, pero que hubiera sido mejor
si lo hubiera hecho, porque se llevó el amor de la vida. En vista de eso,
algunos dirían que el alma de la novia había sido tan feliz aquella noche con
él, que a partir de entonces no volvería a aparecérsele jamás a nadie más,
porque era la primera vez que estando enamorada se había ido a la muerte sin
morirse. Para él, sin embargo, había sido lo peor que le había tocado. Era algo
con lo que iba a convivir incesantemente, aunque habría de decir que lo que se
le apareció era real, humano igual a él y a cualquiera de las que habían pasado
por su corazón, y por lo ocurrido sin explicación, quiso ir a buscarla a la
región de la muerte cuando se dio cuenta de que una mujer como ella podía
regresar a la vida, y por el hallazgo de la fuente de la eterna juventud, con
la misma edad con que había fallecido.
Al enterarse de que había sido
invitado a una nueva fiesta, se le iluminó la vida, porque era la primera vez
que iba a estar en medio de la alegría desde que se había sumido en la profunda
tristeza. Se puso su llamativa ropa, se hizo el mejor peinado, se arregló bien
en el espejo, y creyó que alguien como él podía darse de nuevo una oportunidad.
No tuvo el presentimiento de lo que le iba a suceder, sino que se dejó llevar
por la expectativa de estar en un lugar repleto de mujeres, donde era conocido
por varias personas, y cuando estaba a punto de llegar lo único que le extrañó
es que hubiera tanta gente alegre, si en la ciudad no había pasado exactamente
nada bueno. La idea de que alguien tan importante lo estaba esperando, no
estaba en su cabeza. Sólo tenía el convencimiento de que su presencia era lo
único que faltaba para que de verdad comenzara la rumba, y así quedó demostrado
en cuanto él llegó y tranquilizó a todos, porque pareció el mismo sujeto de
siempre.
En su interior, algún
entendería porqué había llegado hasta allí. Tuvo que pasar mucho rato, para que
comenzara a tener plena conciencia de la escena que lo rodeaba. Sólo quería una
cosa para su alma, pero nadie le atraía con fuerza. A veces se sentía
emocionado, y de trago en trago comenzó a sentir algo extraño, que nunca había
estado con él. Cuando tuvo la ocasión de verla sentada aparte, tuvo la
sensación de que era tan humana como las demás mujeres, pero con una gran
diferencia, porque lo único que la hacía irreal era la belleza. En seguida
comprendió que Dios había atendido a su llamado, y al contrario de otros hombres,
quería estar en un lugar solo con ella, porque tenía la seguridad de que sólo
así llegaría al mismo estanque de su amor. En ese vivir no notó nada raro, y
mientras bailaba con ella, lo que también le agradó era que tarde o temprano su
ex Elizabeth Linero de esa nueva relación se iba a enterar con lujo de
detalles. Fue lo mejor que sintió en la vida, y al recordar eso admite que por
momentos le parecía mentira lo que estaba viviendo, porque no podía creer que
tanta emoción positiva pudiera ser de pronto posible en un hombre por
naturaleza infeliz. Aquella situación lo revivió por completo, aunque no
comprendía por qué la gente presente, la mayoría que había sido consciente de
su drama anterior, no se asombraba tanto de estar viéndolo al lado de una mujer
tan bella, que enriquecía más las ganas de estar en la sala. Sólo que no estaba
para prestarle atención a eso, y al ver que ella iba a donde él se dirigía,
tuvo en cuenta que podía ser el único dueño del amor. La energía que ella le
transmitía era difícil de explicar, y fue entonces un poco consciente de que lo
que estaba viviendo era una pasión bastante grande, que sólo podía ser real
como esa noche tan fresca.
Mientras estaba completamente
seguro de haber cambiado hasta la normalidad, los demás pensarían otra cosa.
Habían visto en el buen amigo un comportamiento tan extraño, que últimamente le
habían presentado toda clase de amigas con el propósito de rescatarlo de la
pena profunda, pero nada había podido con el carácter de un hombre que estaba
más enamorado de alguien que ya no veía, que de las amigas de las amigas que
estaban dispuestas a ayudarlo dejándose ver. Era algo que se iba a regar en todas
partes, con una insistencia exagerada. Él seguía en su encierro, aunque
fingiera por el contrario ser fuerte. Pero todo estaba hecho para que en
adelante su vida pasara a estar en el boca a oreja de la sociedad, ante la gran
desgracia de él.
En la fiesta donde estaban,
sucedió algo inaudito que llamó fuertemente la atención. Se mostraba desde el
principio siendo un ser solo, aunque alegre, hablando con sus amigos,
celebrando, saludando a todo el mundo, descubriendo por primera vez que no hay
nada mejor que estar enamorado de uno mismo. En ningún momento le vieron nada
raro, aunque no tardarían en ver que se emborrachaba más rápido que los demás.
Entonces, de un instante a otro, algo inexplicable ocurrió, porque cuando
vieron que estaba totalmente inspirado en mitad de la sala, no lo pudieron
creer. «Estaba bailando solo», diría alguien que recordaba con nitidez ese
detalle. Aunque muchos fingían no darse por enterados, notaban que Manuel
Deluque al igual que un místico había entrado en una especie de trance, de
éxtasis profundo, tratando de abrazar a alguien que no estaba con él, para
olvidarse de sus penas y ser mejor bajo la luz, y pronto se acostumbraron a su
arrebato de borracho donde estaba haciendo el papel de payaso feliz. Lo veían
moverse con mucha emoción, como si se hubiera enamorado de algo que sólo él
deseaba que estuviera presente. Los demás celebraron eso, permitiendo que el
inesperado espectáculo hiciera también parte de la fiesta, y hasta alguien se
le acercó y le dio varias veces de un trago, para que él siguiera al ritmo de
su propia alegría, desatando algo que nadie entendía, habiendo perdido el
rumbo, y sólo entonces algunos que lo estimaban mucho creyeron que por fin el
pobre amigo despechado se había vuelto completamente loco. «Era algo más o
menos así, por no decir que sí», dijeron. Pensaron que lo mejor era dejarlo
solo, para que fuera feliz en su condición, y cada quien se volvió a concentrar
en lo suyo, a hablar de los temas que tenían que hablar, oyendo toda clase de
música que alegraba la fiesta, ignorando a un hombre perdido que hace tiempo
pareció olvidarse de la vida. La gente bailaba, casi al lado de él, y algunas
mujeres casi tan hermosas como las que a él le gustaban, lo rozaban para que
despertara y se fijara en ellas con ganas de agarrarlo y bailar, pero la verdad
es que Manuel Deluque no estaba para cambiar por nada ese estado de milagro, en
el que se había hundido con su pensamiento. Era increíble, pero él alzaba sus
manos como si estuviera alzando las manos de alguien, le sonreía a algo que no
le sonreía, le hablaba a algo que no le hablaba y quería besar a algo que nunca
lo había de besar. «Nadie era capaz de interrumpirlo», decían. «En realidad,
era como si hubiera escogido bailar con el amor.» En medio de todo, el hombre
demostraba estar en mejor estado de ánimo que los demás, aunque éstos creyeran
que había perdido la conciencia de la realidad que lo rodeaba, y en serio era
más feliz si nadie parecía darse cuenta de lo que únicamente estaba viendo él.
Se preguntaban quién era la mujer que estaba recordando o imaginando para que
tuviera tal emoción, que lo obligaba a mantenerse bailando mientras los demás
se sentaban de vez en cuando y descansaban para volverse a parar con otra pareja,
al mismo tiempo en que él por nada de la vida tenía en sus planes el de tomar
un asiento, porque el amor estaba de pie. «Daba pesar, pero todos pensábamos
que en una fiesta cualquiera tenía derecho a ser feliz», dijo Rosalba, una de
sus mejores amigas. En algún periodo, fue dejando la energía a un lado, al
acabar una de las tantas canciones que bailó con el alma que no era de él. A lo
último bajó la mano invitando a algo que no hacía parte del ambiente y caminó
hacia la terraza, donde al sentarse en un muro vieron que se puso a hablar solo
como un poeta improvisado. Era fuerte la música que venía de adentro, así que
pocos distinguieron que más tarde se montó en el jeep que estaba en la calle, y
se fue a un rumbo desconocido.
Durante esa noche y al día
siguiente, fue el tema de todas las bocas de las personas que lo conocían. La
preocupación de que el buen Manuel Deluque hubiera perdido la cordura, alarmó a
muchos y otros que no lo vieron y se enteraron de eso, quienes recibieron las
intensas llamadas telefónicas, donde escuchaban hablar del espectáculo que hizo
solo, sobre todo en la terraza, cuando alguien que se acercó a darle un trago
escuchó que le preguntaba el nombre a algo que no lo tenía. Era evidente que
había dejado de ser la misma persona de siempre que conocían, pero con lo
sucedido la noche anterior dejaba ver que no andaba bien, aunque se creyó que
al montarse en el carro era con rumbo a la casa de su ex Elizabeth Linero, para
reclamarle por qué razón lo había dejado. Si alguien era ajeno a lo que estaba
pasando, era el mismo Manuel Deluque. Era indudable que había bailado como
cualquiera, pero sin nadie material. Pero los demás presintieron, y ahí de verdad
acertaron, que de alguna u otra manera estuvo poseído por el amor.
Alguien hasta intentó
comunicarse con su familia, para preguntarle si había llegado bien. Era algo
normal que eso pasara, teniendo en cuenta que no se había despedido de ninguno
de los presentes. Pero pronto se abstuvo, porque creía que a lo mejor al
despertar él podría estar recuperado, y nadie quería hacerle entender que había
estado un poco loco. Quisieron en ese sentido respetarlo, pensando que a fin de
cuentas hasta el más cuerdo tenía malos momentos en la vida. Así que lo mejor
fue dejar que las cosas siguieran su curso, y que algún día encontrara a la
mujer que lo haría olvidar de todo lo malo que era estar sin ella.
Sólo que días más tarde, cuando
hubo conocimiento del fenómeno inmaterial que había ocurrido, tuvieron profunda
piedad de él. En efecto, el hecho de que la novia se le había aparecido en esa
fiesta de todos fue algo que tuvo credibilidad en los demás por la prueba clara
de su locura, a tal punto de que tuvieron lástima, aunque nadie pudo ver lo
mismo en la sala, pero sí sentir su energía por medio de él. En realidad,
creían que tenía que ser una muerta para que pudiera inspirar el corazón del
gran amigo, quien desde que había terminado con Elizabeth Linero no tenía ojos
para una viva. «Por eso se enamoró de aquélla, que era algo completamente fuera
de lo normal», diría alguien. La pista de que se había ido con ella, era
palpable porque no volvió más. Al montarse en el carro abrió dos puertas, soltó
en el vacío su chaqueta que no se cayó, algo que alguien demasiado borracho
vio, y eso fue determinante para armar el rompecabezas de que sí había sido
víctima de una aparición sobrenatural.
Pero lo más asombroso de todas
las cosas, es cómo si aquélla era la mujer que hacía perder el control a los hombres
que manejaban de noche en la carretera de Puerto Colombia, con él sólo había
tenido una relación para que pudiera ser feliz un rato en la vida. No se
explicaba eso, y por eso dudaban de que se tratara de la misma mujer que hacía
morir a los chóferes. Sin embargo, algunos dirían que si el fantasma de Ángela
Guzmán se le apareció a él sin hacerle el menor daño, era para enamorarlo de
una manera tan enorme que luego con su rápida ausencia provocara su depresión
irreparable, otra de sus macabras maneras para transportar a un pobre de alma a
las tinieblas. Nadie estaba seguro, menos las personas más cercanas, que dirían
que ella al verlo, tratarlo y conocerlo se había enamorado hondamente de él, y
por eso cambió los planes de llevárselo a la muerte donde quizás el amor no se
sentía. «Nadie sabrá cuál fue la razón que ella tuvo para no llevárselo, pero
lo cierto fue que se le apareció y hasta le dio su gran amor», diría alguien.
En cambio, Manuel Deluque creería tener después pruebas suficientes para entender
cuál había sido la razón para que ella le surgiera, sin hacerle daño físico.
Según dijo después, la difunta sí se le había aparecido para llevárselo a la
muerte como a otros hombres, pero nunca contó con que podía sentirse también
enamorada, hasta decidir dejarlo en la vida donde se vería más bello para su
buen agrado. Al darse cuenta de que él estaba profundamente enamorado para
amarla en la muerte, desapareció antes del amanecer, sabiendo que cuando él
muriera, se volverían a tener con complacencia porque ya ella se había
asegurado antes el encargo del amor. En el fondo, muchos creyeron que después
de eso, Manuel Deluque atentaría con su vida para perseguirla, porque la única
manera de estar donde estaba la novia era en la muerte, aunque nada le
garantizaba que iba a volver, cosa que él por supuesto si ya estaba con ella no
pensaba hacer. Con lógica, él sabía que después de eso sí la iba a ver, por una
sencilla razón: si los muertos como ella regresaban a la vida, ¿quién le
aseguraba que no podía comenzar a desnudarla por la espalda en el más allá? La
realidad es que su convicción tenía mucho sentido, y creía que algún día
encontraría la ocasión, aunque fuera un accidente de tránsito o cualquier cosa
antes de la vejez, para encontrarse con ella donde los dos por primera vez
fueran iguales.
Desde entonces, su historia
pasaría a formar parte del folclore. Muchas personas contarían su caso, incluso
el presentador de radio Abel González, como el de un hombre que en una fiesta
había conocido a una muchacha curiosa que más nadie vio, y que al lado suyo
tendría un romance que no se supo bien si sucedió en la vida de él o en la
muerte de ella. Por su importancia, eso después salió en todos los periódicos
de la tierra, aunque él fue el único hombre que al principio no creyó que fuera
sólo una aparición. Pero para las personas que estaban cerca de él, había
entrado en una especie de locura, que a ella le pareció la mejor ternura. Sin
quererlo, pasaría a formar parte del comentario de muchas personas, hasta darle
más páginas buenas la literatura. Era como si lo que aún le faltaba por vivir
era esa mañana en que iría a buscarla, la cual aseveraría que había tratado con
cosas del fuego eterno. Lo que sí estaba claro era que ella, aunque venida de
la muerte y a la que sólo vio en una ocasión, había sido el auténtico amor de
su vida.
Mientras tanto, él estaba
seguro de estar viviendo un hecho material al que muchos seres humanos les
hubiera encantado vivir. Si en algún momento notó que alguien en la fiesta lo
miraba más de la cuenta, pensó que era por la imagen de la hermosa mujer, que
no parecía venir de la muerte sino del sol. Estimó que eso era lo más normal,
ya que su apariencia era fantástica, y daba la impresión de que muchos mortales
le hubieran vendido el alma al Diablo, con tal de haberse ido junto a ella por
donde la rotación de la tierra se iba llevando la única noche que tuvo el
espacio de verdad. Tuvo en cuenta que luego de haberse marchado de la fiesta,
iba a ser objeto de muchos comentarios, aunque lo que se le pasó fue no haberle
preguntado a ella de quién era amiga, cuál era la persona buena que la había
invitado a ese lugar, sólo para que él al verla conociera el amor. Al recordar
después que Ángela Guzmán tampoco se lo dijo, creyó que eso era el sentido de
la verdadera sorpresa, sin estar deambulando en los anillos de Saturno, y se
conformó con amarla y ser amado por ella, como jamás lo había hecho con nadie
en su fase de sucumbida. Se sentía por completo mejor que sus amigos, y hasta
en algún instante se dijo por dentro que si ella hubiera estado muerta de todas
maneras también la habría amado, por la misma poderosa razón que siempre inspiraba
verla.
En ningún momento anterior de
su vida había sentido lo que tuvo que vivir, y por eso dirigiéndose directo a
la casa donde la había dejado recién en la madrugada, le pidió a Dios del cielo
que ante la luz matutina ella lo volviera a ver igual de interesante, que en la
oscuridad y el frío de la noche cuando él era su calor. Sólo que al recordar
todo lo que habían hablado, entendió que había conocido parte de la
personalidad que gobernaba su corazón, y que a lo mejor ella debía estar
pensando más en él que él en ella, esperándolo con ansiedad, para hacer
realidad esos sueños de vida de los que habían hablado, cuando lo mejor fue
sentir el sueño. En su interior, le bastaba con pensar en su cara risueña para
tener en cuenta que siempre que se acordara de ella, estaría muy enamorado.
Presentía que sería de él para el resto de la vida, y repasando eso movía bien
el timón. Su corazón daba tumbos, por miedo, pero recordaba tanto el camino de
su casa que hubiera sido capaz de llegar a pie, con tal de comprobar que ella
lo seguía esperando con más interés que a la mañana.
El barrio Los Nogales era un
sector que él conocía bastante bien, como buen ciudadano que era. Era sabido
que en la época de la bonanza marimbera, unas personas de La Guajira que se
hicieron ricas con el comercio ilegal que era la moda en el mundo, habían
venido a la ciudad de Barranquilla a invertir sus fortunas y a comprar algunas
de aquellas casas, siendo algunas tan llamativas que abundaban en vistosidad.
Allí tenían muchas viviendas buenas, las cuales gozaban de tanta hermosura, que
llamaban de inmediato la atención inclusive de cualquier persona que no
recordara los estropicios de aquellos tiempos. Muchas personas de renombre,
habían pasado por allí, estableciendo el aura de seres legendarios, pues habían
hecho prácticamente de la nada, fabulosas fortunas que parecía increíble que
hubieran existido antes sólo en la imaginación de un machetero. Mientras tanto,
a él le intrigaba que una mujer como Ángela Guzmán pudiera vivir en ese lugar,
donde se escuchaba tanto vallenato y se hacían grandes parrandas, y se preguntó
por qué alguien archimillonario como esas personas de armas en manos no la hubieran
conocido antes, y haberla seducido con su poder de intimidación. En algún
momento, a bordo del carro que recorría el sector, llegó a pensar que podía ser
hija de alguno de esos hombres, pero cuando recordó el apellido de ella supo
que era de ascendencia barranquillera. Al instante volvió a quedar tranquilo,
como siempre que sentía algo que le preocupaba de ella, estando llegando a su
dirección.
Al parar el jeep frente a la
reja de la casa de ella, quedó un poco pensativo. Le parecía mentira que
mientras era el hombre más enamorado en la historia de la humanidad, bajo el
sol caliente en ese carro sin techo, ella debería estar allí adentro, quizás
durmiendo o ayudando a su madre en las tareas domésticas, sin sorprender ni al
perro que podría estar cerca esperando su presa. La gente pasaba, y vio con
envidia a esos vecinos, que seguramente hacía años eran testigos de la
existencia de la mujer más hermosa que se recordaba, aunque eso no les había
cambiado en nada la vida, porque tenían que llevar de todas maneras dinero a la
tienda, para poder sacar algo con que hacer el almuerzo. Sin embargo, cuando
tuvo en cuenta que la noche anterior él había sido el gran afortunado de tener
su amor, respiró tranquilo, comprobando que no había necesidad de haber nacido
y criado en Los Nogales, o ser un rico guajiro, para poder convertirse en el
hombre que sería su esposo. Ese sentimiento de felicidad curó su ego, y pareciendo
cada vez más un personaje sombrío de Shakespeare, se dispuso a estar lo más
pronto cerca de ella, para sentir su calor, completamente seguro de que verla
con su cabellera suelta, era lo único que le aseguraba que ya era de mañana. Al
abrir la puerta del carro, bajó en seguida y se dirigió apresurado a esa casa
que recordaba bien.
Estaba cerrada como la habían
dejado, de modo que estuvo un rato golpeando el hierro de la reja, hasta distinguir
que había un timbre. Al hundirlo dos veces, esperó un rato, sintiendo que ella
misma podía abrirle, pero nadie salió durante un largo momento y entonces pensó
que a lo mejor todavía se encontraban durmiendo. La gente pasaba, y lo miraban
parado allí, como si fuera el único hombre que existiera en esos momentos en el
mundo. De pronto, cuando no lo esperaba, una mujer entrada en años abrió la
puerta de la terraza, y salió directamente su encuentro. Era una señora vestida
de negro, pero bastaba verla un instante para darse cuenta de que era la dueña
de ese raro espacio, que parecía olvidado por el amor.
-Buenas –dijo él, para
demostrar educación.
La señora se acercó desconociendo
al extraño hasta la reja, sin recordar quién era. Lo miró un rato, de los pies
a la cabeza, tratando en el fondo de entender el pensamiento de alguien que la
iba a encarar. Era claro que no lo conocía, ni en esta vida ni en la otra. Supo
bien que era un desconocido, y le preguntó qué necesitaba.
-Soy amigo de Ángela –dijo él.
La señora, impactada, lo miró a
la cara estando ya no tan seria.
-Ah, perdón –dijo, y abrió la
reja-. Pase.
-Gracias.
Él mismo no podía creer la
confianza inmediata con que se le trataba, sólo por pronunciar ese nombre que
tenía magia. La señora abrió la reja, para que él continuara. Entrar en el
ámbito de aquel jardín, donde había cayenas rojas y trinitarias rosadas, fue
sentir de nuevo para su alivio inmenso la presencia del amor, porque también
vio unas rosas blancas, que se parecían mucho al alma de la joven Ángela
Guzmán. Todo estaba bien cuidado alrededor de la grama, y él reconoció que
había alguna mano diligente que en las mañanas se encargaba de cuidarlas bien,
regarlas con bastante agua y podarlas de vez en cuando junto a las otras de
diferentes colores, y que en realidad todas se parecían a ella. «Qué flores tan
bonitas», dijo. La señora lo escuchó por su amabilidad, y estuvo de acuerdo.
-Sí.
La mujer caminó hasta la
puerta, que estaba abierta, y lo convidó a seguir. En su mente, Manuel Deluque
supo que la muchacha debía ser la consentida de aquella casa, para que el sólo
hecho de que alguien la mencionara y dijera ser su amigo, fuera considerado
alguien muy especial, llegando a estar en la confianza absoluta. La señora
estaba vestida de negro, pero no le prestó atención porque se imaginaba que a
lo mejor debía guardar luto por el esposo muerto, como en efecto lo estaba hace
mucho tiempo. El ámbito de la casa en el interior estaba un poco apagado, muy
oscuro, pero se imaginó que era costumbre de aquella gente en el barrio, que gustaba
mucho de la intimidad que hacía que la vida fuera más discreta y mejor para pensar.
Estando adentro, la señora lo invitó a tomar asiento, y él lo hizo, por
supuesto, esperando que en cualquier momento aparecería la muchacha, y ella lo
miró a la cara y le preguntó que cuándo la había conocido.
En el fondo, Bertha Simanca
había estado esperando durante muchos años que algún hombre llegara a su casa,
en vista de lo que se decía de su hija. En cualquier parte de la calle, era
señalada como la madre de la muchacha que les salía a las personas que
manejaban en la carretera que llevaba a Puerto Colombia, pero al igual que
muchos poco podía imaginar que podía aparecerse de una forma amigable, en la
que ella sí creía que fuera. «Cuando llegó aquel muchacho a mi puerta,
comprendí que me iba a traer razones de mi hija», diría después. «Se le veía en
la cara que la había visto.» Era claro que se sentía un poco incómoda con la
presencia de aquel tipo que no había visto nunca, pero también que estaba
ansiosa por escuchar sus palabras, que le traían algo nuevo a su vida
rutinaria. Algo le decía que había pasado algo fuera de lo normal, y que aquél
se lo iba a contar en sus mejores detalles. Pero estaba a años luz de
comprender por qué, en efecto, su hija buscaba el contacto con un hombre que
quería vivir.
Manuel Deluque estaba también
ansioso. Para que no pareciera que su hija era alguien que se dejaba conocer
tan fácil, que incluso fue la novia a la que besó extremadamente la noche
anterior sin apenas saber muy bien quién era él, le respondió que la conocía
desde hacía muchísimo tiempo. La madre aceptó que eso era lo más normal, y él
le preguntó entonces dónde estaba.
-Quién –preguntó a su vez ella.
-Ángela.
La mujer no entendió, y el
ambiente se puso en serio tenso. En verdad, estaba empezando a suceder algo
fuera de lo esperado.
-Anoche la traje –dijo él.
La señora entró en
desconfianza, por supuesto. Llegó a temer de la presencia de aquel extraño,
porque le pareció que le estaba mintiendo, al estar equivocándose con respecto
a su hija, porque aunque oía que quizás aparecía como un aparato, no podía
creer que él no supiera que estuviera muerta. Aún sin estar alarmada, se dijo a
sí misma que cómo era posible eso, si estaba claro que todos sabían lo que ella
sabía. En razón de eso, le expresó la única verdad que sabía desde hacía varios
años.
-Mi hija está muerta -dijo.
A continuación, le dijo al
muchacho que mirara a la pared, para que viera colgado un cuadro, donde la
hermosa mujer que él quería tenía el cabello castaño suelto, y estaba sonriendo
como muestra de su singular belleza y juventud. Él lo hizo, aunque el papel le
pareció demasiado viejo, para la edad que mostraba la muchacha que había traído
la madrugada anterior. Pero a pesar de todo, era la persona que conocía y había
besado recientemente. Más todavía, verla allí fue tener en cuenta que no se
había equivocado de casa, porque era donde ella vivía con su alma. Afirmó
rectificando que no era posible que estuviera muerta, porque él la había traído
en la noche en el carro, y por la puerta había entrado. Bertha Simanca se
sintió clara con su afirmación, porque en algún momento llegó a creer que era
ella la que había perdido la comprensión de las cosas. Y más bien impresionada
por eso de que la noche anterior la habían traído allí, a su casa, donde ella casi
la había parido y la había criado bien, quedó sin respiración y se puso a
llorar.
Entonces él supo el resto de la
historia. Su hija, la menor de los tres hermanos, hacía muchos años había
muerto, en un siniestro accidente de tránsito, a la mañana después de haberse
acabado de casar. Su muerte dejó a todas las personas consternadas, porque
sucedió precisamente cuando iba a gozar de la luna de miel en el extranjero. En
la ciudad, casi todo el mundo sabía eso, al ser algo trágico que quedó para
siempre en la historia, y cada vez que alguien pasaba por el frente de aquella
casa se acordaba de que era el lugar donde había vivido alguna vez la hermosa
adolescente, que la muerte había hecho famosa. La señora pensó en serio que él
había sido víctima de alguna aparición de ella, y lo quiso de algún modo, por
haber visto la forma humana de una criatura que desde su muerte había soñado
siempre ver en la oscuridad junto a su cama de viuda, pareciendo bien real,
para decirle al menos a alguien que le había salido. La confirmación de que lo
que había tenido con él no era más que una ilusión, lo angustió profundamente y
quiso no haber existido en esos momentos ni nunca antes.
No sabía qué hacer con aquello
que había terminado de escuchar. Se sentía bastante mal, como si se hubiera equivocado
de lugar, y quería que alguien le dijera que eso que estaba viviendo era sólo
algo que más bien estaba pensando, a fin de cuentas por la eterna duda que
tenía del amor. Era una injusta pesadilla, que le dolió en el corazón, porque
no daba para imaginar cómo a una mujer que vio la noche anterior, en verdad no
le había alcanzado el soplo de radiación para llegar en llamas a ese día. Era
claro que había sido quizás víctima de una aparición, en la que solamente pudo
creer un hombre enamorado.
-No puede ser -dijo.
Al ver a la señora llena de
tristeza, se dio cuenta de que en realidad ella no estaba mintiendo, que a lo
mejor tenía razón, al mismo momento en que él no daba para explicarse qué había
pasado si todavía sentía el aliento de su voz, cuando la muchacha en la
madrugada le dijo con suma razón que lo amaba más que a la noche. En su parálisis,
Bertha Simanca parecía desbordarse en el llanto, sintiendo que en serio aquel
muchacho había sido testigo del encuentro inexplicable con su hija, y sintió
piedad de él, porque era la forma más natural de desdicha en que podía quedar
cualquier hombre, que hubiera tenido la oportunidad de verla sonreír por el
gran placer de llegar a verlo. Juntos vivieron algo conmovedor, temblaban, se
asfixiaban en la confusión, y él miraba alrededor, queriendo que ella
apareciera de algún lado dispuesta a decirle que había vuelto por siempre de la
sombra, para poder vivir feliz al lado de alguien como él. Fue algo insólito,
pero sólo estaban las paredes, el viejo comedor, los muebles mismos donde ella
alguna vez se había sentado para hacer las tareas, sin sospechar que algún día
cuando ya no estuviera, llegaría hasta su casa alguien buscándola por la
fragancia de su cuello, que antes de morirse dejó regado por toda la tierra. La
señora se percató de que a pesar de eso él no creía del todo que ella estaba
muerta, porque insistía en que la madrugada anterior la había traído allí y
todavía hasta sentía su amor. Era tan grande su insistencia, por lo que
llorando sin parar sintió más lástima de él, y se dispuso a hacer algo urgente:
-¡Ay, mijito, ahora mismo te
voy a aclarar esto!
De manera que entró rápido al
cuarto, para cambiarse de ropa. Mientras lo hacía, él desde la sala la sentía de
nuevo llorando. Al volver mejor vestida y con una cartera, encontró a un hombre
que no hallaba cómo pararse, pensando en la muchacha que había visto más enérgica
que cualquiera, porque estaba llena del gran amor que creaba la vida. No
entendía qué se disponía a hacer la señora, pero presintió que quería ir para
la calle. Él por su parte, apenas quería salir de allí, sintiendo que era el
lugar donde más había quedado la presencia espiritual de Ángela Guzmán. Sólo
cuando la señora le dijo que lo iba a llevar para dónde sí estaba ella, se dejó
conducir por la mano.
Bertha Simanca sabía que aquel
era un caso que se salía de lo normal, pero también ella se sentía partícipe de
eso, y decidió que no descansaría hasta que fuera al único lugar donde él podía
despertar de su sueño. En su larga vida, era raro que algo se presentara así,
pero como era de su hija de la que se estaba hablando, se sintió con la obligación
de moverse rápido, mientras pensaba en ella y miraba a aquel muchacho que se
había dado el lujo de ver una cara, que hacía años lloraba por su mortal
ausencia. «Sentía pena con aquel muchacho, porque me pareció tan bueno», diría
después. En ningún momento, se imaginó que iba a vivir un caso semejante, y
pensó que eso diferenciaba ese día de los otros días sin sentido, y que nada
era mejor que estar en la calle, bajo el sol de las once, rumbo a un lugar
donde creía haberla dejado sin movimiento, sin existir por completo, mientras
en la casa ella lloraba por mucho tiempo su temprana muerte que se alargaba
hasta la eternidad. En realidad, si no se había quitado el luto ya no era tanto
por dolor, sino porque le daba miedo que sin ponerse tales vestidos negros, ya
se no pudiera volver a acordar bien de ella. Era una mujer que vivía sola,
sintiendo que la presencia de aquella joven la acompañaba diariamente,
escuchando que tenía algo que ver con la supuesta novia vestida de blanco, que
a veces aparecía en la carretera que llevaba a Puerto Colombia. Estaba segura
de que su hija era algo angelical, y que si su alma estaba en pena ella sería
la primera en darse cuenta porque podía sentir su desamparo perdurable. Pero
con la presencia de aquel muchacho, llegó a creer que sí era cierto que le estaba
saliendo a un vivo, pero no la misma que provocaba esas muertes horribles.
Si él hubiera sabido lo que más
o menos ella sabía, quizás no hubiera perdido su tiempo. No había escuchado
bien hablar sobre la mujer muerta que se les aparecía a los vivos, aunque la
que él había visto también estaba vestida de color blanco. Se sentía incómodo
por eso, y quería retirarse de aquella atmosfera de duda que no se le despegaba.
La señora estaba por completo segura de que a lo mejor su hija se le había
presentado a ese tipo, y que al contrario de lo que se decía de aquel otro fantasma
de la carretera, si aparecía no llevaba a nadie a la muerte sino más bien a la idea
del amor. Sabía que tan pronto viera lo que le iba a mostrar, terminaría de
creer en la inocencia de la muchacha.
En el carro, Manuel Deluque
recorrió el norte de Barranquilla hasta comenzar a andar por las afueras. La señora
le iba diciendo más o menos por dónde tenía que seguir, pero sin saber él para
dónde marchaban, yendo en silencio, sin poder creer lo que estaba viviendo,
seguro de que estaba cuerdo respecto a que eso que había visto la noche
anterior era real, porque la muchacha había estado sentada en el mismo lugar
donde ahora estaba su madre. Bajo el sol caliente, por la carrera 51B, se
preguntó si aquello no fue producto de la borrachera, pero tenía demasiadas
evidencias para demostrar que sí había sido protagonista de una pasión con una
mujer que podía ser considerada las más bella por ver, propietaria de un
carisma sin igual, que sólo podía ser el de una persona que conociera bien la
vida. «Quería que algo me demostrara que esa señora estaba loca», confesaría
con sinceridad él. Sin saber muy bien lo que estaba ocurriendo, conducía
resignado, completamente asombrado de una señora que al escuchar lo que él
había dicho respecto a una historia romántica con su hija, se había puesto a
llorar y quería llegar por eso a alguna parte significante, donde dejaría en
claro que la estaba confundiendo con la realidad. No le quería preguntar nada,
porque no quería oír esa misma voz que le había dicho que la mujer que había visto
la noche anterior, hacía años se había muerto sin conocerlo. En sí, aquella
mujer que iba a su lado ya le era del todo familiar, de igual forma que para
ella él resultaba casi un hombre conocido. Lo vio conducir, por la carretera
que llevaba a Puerto Colombia, un poco temiendo la verdad que ella le había
acabado de contar, sin creer del todo que era cierto, y más bien esperanzado de
que algo demostrara que la había visto viva como las flores más frescas. Esa
idea lo tenía alentando, porque creyó que Ángela Guzmán había venido por siempre
a su vida, para ser la única dueña de su amor.
El cementerio Jardines del
Recuerdo quedaba en las afueras de Barranquilla, y era tan grande y lleno de
flores sobre la grama, que muchas personas antes de morir ya habían elegido que
les gustaría descansar eternamente en ese lugar apartado. En su larga historia
de existencia, había recibido bajo tierra a muchos difuntos que eran celebridades
de la política, el periodismo y la farándula, y diversas personas que sin ir a
visitar a sus muertos, entraban por una razón como si también de un sitio
turístico se tratara. Quizás por quedar cerca del norte de la ciudad, allí iban
a dar los ataúdes de las personas más prestantes de la sociedad, y ser
enterrado en ese suelo era casi sinónimo de clase, por lo que siempre que
alguien de mucho dinero se moría ya se sabía que iba a ser enterrada en esos
jardines, donde había lápidas de mármol con grandes realces, rosas de todas las
clases, de todos los colores y tamaños, dejando ver que las flores era lo único
que terminaba por gustarles a los muertos. Cualquiera podía caminarlo por los
corredores, y mirar en el suelo muchas tumbas, donde estaban enterradas grandes
personalidades, por lo que no había sino que preguntarles a los sepultureros
para que respondieran en seguida. Desde allí, cerca de la estatua de Jesús, se
podía ver el río Magdalena en su curso milenario. No había pues mejor lugar
para elegir el área de descanso de los que ya no hacían parte de esta vida,
aunque algunas personas aseguraban que de noche muchas personas que regresaban
de la ciudad, entraban al cementerio y buscaban sus tumbas. Era parte de una de
las tantas leyendas de la ciudad, porque los sepultureros estaban seguros de
que sólo veían a los vivos, aunque a veces no sabían si las personas que en el
día les pagaban para mantener bien cuidada una tumba indicada, eran los
familiares del muerto o el mismo muerto. De todas maneras, como en cualquier
campo santo, siempre había comentarios de esa clase, y algunos hombres preferían
entrar al cementerio de día que de noche, para llevarles una flor de visita a
las almas ausentes, tanto para decir qué vaina, en Barranquilla sí muere la
gente. Al igual que cualquier día, el aire que arribaba del río era natural,
inspiraba las ganas de vivir, y muchos que llegaban a visitar a sus muertos se
encontraban de pronto con ganas de quedarse, por el paisaje que terminaban de
representar tantas flores diferentes que no nacían allí. Aunque pronto se
marchitaran, diariamente estaban llegando más flores procedentes de la ciudad,
con lo que se manifestaba que los muertos a veces recibían más demostración de
amor que los vivos. Esa forma cultural hacia la muerte era lo que hacía de
aquel cementerio el más conocido de la Costa Caribe, quizás por estar en las
afueras de la ciudad, donde los dormidos no eran perturbado ni ofendidos por el
ruido urbano, las voces de bulla y la alegría fiestera de la gente que
reflejaba la vida. Lo mejor del caso es que unas personas, al pasar por allí y
aunque no tuvieran un muerto enterrado, veían tanta tranquilidad y buen cuidado
del terreno, que les daban ganas de entrar un rato para ver qué se sentía estar
cerca de lo que iba reuniendo siempre la muerte.
Al bajarse del jepp en la
afueras de aquel cementerio, Manuel Deluque se imaginó muchas cosas. Al verla
vestida de negro, comprendió que aparte de eso, era una persona que siempre
había estado allí de visita, llorando por su drama familiar, y tuvo de veras
miedo, porque de pronto le pareció que ella estaba acostumbrada a verle la cara
a lo triste. Sin saber qué hacer, se fue detrás suyo, tratando de ver qué
pretendía, en vista de su obstinación, pero con temor de que le mostrara algo
que todavía no quería aceptar. La vista de tantas tumbas, le fue haciendo caer
en cuenta de que la muerte de un ser querido era algo normal que le podía pasar
a cualquiera, pero él estaba seguro de que la mujer a la que supuestamente iban
a visitar no estaba allí, sino alejada por una madre que no la quería para él.
Estaban en serio llenas de muchas flores, y al paso le quedó claro que aquello
no era una muestra de amor hacia los entes inconscientes, como se creía, sino
que tantas rosas de distintos colores era una forma de consolar más bien a los
parientes que quedaban vivos.
Algunos sepultureros que
regaban el agua de las mangueras los quedaron mirando, reconociendo en seguida
a la señora que llegaba con regularidad. Por educación, Bertha Simanca siempre
los saludaba y ellos le respondían recordando lo que iba a hacer cuándo se
dirigía por ese lado, sabiendo de quién exactamente era la madre. Sin embargo,
no sabían qué sucedía con aquel tipo que les pareció un completo extraño, que
no tenía perfil de haber estado allí con anterioridad. «Se le veía en la cara
que estaba bastante perdido», dijo uno de ellos. En serio, iba en silencio,
preocupado, como algunas personas que sienten miedo hacia los cementerios hasta
de día. Tenía temor de que su propia vida estuviera corriendo peligro, pero la
insistencia de la mujer lo tenía un poco confiado, porque lo que le iba a
mostrar al parecer era muy importante.
Ésta seguía su camino muy
serena, y era claro que hubiera podido arribar a donde se dirigía con los ojos
vendados. Por eso se aseguraba de que la estuviera siguiendo, para que
entendiera que ella tenía la verdad, mientras en esos instantes él miraba en la
grama la tumba del desaparecido periodista de deportes, Fabio Poveda Márquez.
Cerca de allí, de vecino, estaba la lápida del cantante Rafael Orozco Maestre
donde quedó grabada su imagen inmortal con unos versos de la canción Sólo para ti, el gran artista del
vallenato que se fue de este mundo sin llevarse consigo sus canciones. Mientras
tanto, a él no le quedaba otra solución que seguirla hasta donde lo arrastrara
su insistencia terrestre. Caminaron por un corredor, sintiendo cómo poco a poco
se estaban enterando de la única realidad que esperaba a la vida, y viendo las
últimas moradas de otros personajes conocidos de la ciudad. Siempre había
escuchado eso, aunque le causaba interés el nombre de ciertas personalidades
como Álvaro Cepeda Samudio, un importante escritor de periódicos y libros que
había leído, el cual parecía aumentar su renombre y prestigio con el paso del
tiempo. Aunque no era persona de cementerios, y estaba allí contra su propia
voluntad, dejó de pensar en eso porque de pronto la señora comenzó a detenerse.
Cuando llegaron entonces a la
tumba que ella buscaba, él se preguntó cómo había terminado en ese lugar, qué
era lo que le estaba sucediendo, para ir detrás de algo que prácticamente era
nada. En el suelo estaba una lápida de mármol, entre la grama de un jardín muy
bien decorado con flores de colores diferentes, cuyo terreno le señaló la
señora que era donde estaba sepultada la muchacha, y en el fondo era cierto
porque el grabado de la placa decía: Ángela María Guzmán Simanca. En seguida,
el hombre se dio cuenta de que era verdad que estaba muerta al igual que
cualquiera de los que estaban cerca, en el polvo inclemente de sus huesos,
aunque al lado estuviera descubierta una gran prueba de su libertad ocasional,
porque allí mismo, acababa de dejar la madrugada anterior, estaba la chaqueta
abandonada que él le había prestado para resguardarse del frío y que ella no
había tenido tiempo de devolverle. La señora presenció eso, y al mirarlo
resignado comprendió qué era lo que había pasado, como si de un momento a otro
hubiera reconocido el fenómeno inexplicable. La evidencia demostraba que el
alma de su hija, antes de que se hiciera de mañana, había regresado a hacerse
invisible a su lugar de descanso eterno, después de haber querido con razón ser
feliz nuevamente por un breve tiempo en la vida.
Era algo sobrenatural lo que
había ocurrido. Si alguien a parte de ellos hubiera visto lo mismo, también
hubiera sido testigo de que las cosas de la otra vida transcurrían a veces en
ésta sin cambiar para nada el curso de la realidad, y con tanta fantasía que
más bien parecían cosas de la mentira en la que nadie creía. El hecho era
contundente, sin darle cabida a más misterio, dejando en claro que lo más
difícil de aceptar no era tan imposible como se pensaba anteriormente. Y eso
hacía sentir frío, el que sólo puede producirlo meditar un momento en la muerte
profunda del ser más que más se estima.
En vista de eso, el hombre no
entendía muy bien lo que estaba viviendo. Era la desilusión más grande que
había experimentado, porque se sentía una vez más desatendido por alguien que
quería.
-Esto es lo peor que me ha
pasado en la vida –dijo lleno de aflicción.
En ningún momento, había
esperado un caso insólito de esa manera. Sin saber qué más hacer, no supo dónde
quedó, por haber visto eso que le confirmó que sí era verdad que alguien lo
había amado, aunque no le hubiera contado de su estado natural, para no
decepcionarlo en el mejor instante de la relación fosforescente que la hizo
ser. Era un acontecimiento asombroso, porque tenía conciencia clara de lo que
recordaba, que era tan real como el aire que allí se respiraba, y a pesar de
eso entendía que nunca había tenido nada que ver con su reposo actual. Sintió
por esa razón que estaba padeciendo una pesadilla que respaldaba lo material, y
fue un gran desgraciado, un hombre desventurado al que le tocó vivir esa
situación traumática, que haría que fuera alguien que detestaría por siempre el
día. Por eso decidió alejarse de un salto lo que pudo, sin escuchar a la señora
que le preguntaba cómo se sentía, para dónde iba, preocupada en serio por él,
la cual había admitido que de alguna manera tenía razón, al mismo tiempo en que
el dolor lo estaba destruyendo sin compasión, llegando al punto de dudar de la
fidelidad de su recuerdo incuestionable. «No encontraba el pobre el camino para
salir de allí», diría la mujer. Se fue haciendo cada vez menos visible, sin
saber por dónde andaba, qué le pasaba y porqué, y ella pensó que también él era
algo fuera de lo normal, por haber vivido la noche anterior ese hecho exclusivo,
que sólo le había de suceder a un hombre que se había enamorado. Sin más
indecisión, buscó las afueras de aquel lugar que le recordaba su mala fortuna,
con ganas tremendas de llorar y de que alguien le explicara por qué una mujer
que hacía años estaba muerta había salido a su encuentro, sin tener la
sinceridad de decir lo que pasaba, para evitar más adelante esas graves
consecuencias, hasta comprender que debió ser muy grande el amor que sintió por
él para que no se lo llevara, y pudiera tener en cuenta al menos cómo pudo ser
ella de haberlo conocido en su vida anterior. Eso dejaba en claro que su
calamidad era estar respirando, habiendo tenido esa experiencia reservada con
algo que ya no estaba. El destino que lo esperaba, ausente de cariño y sin
claridad, era el de un hombre del que muchos afirmarían que se había vuelto
loco, pero no le importó, porque estaba seguro de que había sido un privilegio
después de todo haberla sentido, aunque eso calaría en su modo de ser
llevándolo directo al peor desastre, sabiendo que su desdicha era la única
falta de consuelo que iba a tener en adelante.
Bogotá, 25 de junio de 2015
